Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión del género cuento

Villahermosa de principios del siglo XX

La vida en “El Vacilón”

Jesús Ezequiel de Dios

Esta es una narración costumbrista. Presentada originalmente como una sección de una novela, hemos querido destacarla como un cuento, ya que en ella podemos encontrar algunos elementos del género, pero sobre todo, aquí hay una reconstrucción de primera mano del paisaje y quehaceres del habitante de la capital tabasqueña de principios del siglo XX.

Como se dijo, a Pepe le sobresaltó enterarse que tenía que irse con su padre y así llegó a vivir a “El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja. De nuevo a dormir entre costales y envases; como en “Las Delicias”, muchas veces abajo del mostrador pero siempre protegido por el cariño solicitó de su primo Ismael. Por su viudedad de hombre joven y su indiscutible vitalidad que jamás le hizo asco a ningún trabajo, el padre de José de los Santos se aturdía con el licor. Cariñoso con su hijo único, le agradaba mantenerlo a su lado colmándole de cariños, pero sus amistades femeninas de ocasión y la bohemia de Faustino Mora y el Negro Miguel entre los recordados, le hacían desentenderse en mucho de Pepe.

“El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja.

Esa parte de la Villahermosa de los años veinte, estaba comprendida por el área inundable de la desaparecida “Laguna del Negro” y en los tiempos de seca, la identificaba la apretujada vegetación menor de la cantidad de predios baldíos que eran numerosos. En ellos crecieron zapotes de agua, que lucían sus bellas flores llamadas también tumbilí; cuajilotes; palos espinosos de fruto medicinal para las afecciones respiratorias; güiros retorcidos y fuertes que sirven para hacer jícaras y cocos para “la bebida”, así denominado el pinol o el chocolate batido, en verdad nadie aprovechaba; picos de loro de flor y fruto que al abrir sus vainas, lucían la negrura dura de sus semillas, contrastando el encarnado aterciopelado de sus entrañas abiertas y el entorno verde-loro que la contenía; guarumos huecos, arbustos sin corazón; taratanas de hojas alineadas y uniformes; coscorrones durísimos, que secos flotaban viajando en las aguas de creciente; sobre todo cocohítes, cuya flor de color obispal delimitaban las propiedades. La vegetación menor disputaba el espacio vital a la mayor. Bellas enredaderas de rompe-platos libadas por las abejas; libélulas y moscardones; cundeamores encendidos y dulces hasta el empalago; matas de civil cuajadas de sabrosas manzanitas; higuerilla cuya fecundidad para producir sus bolitas como racimos de uvas siempre intrigaron a José de los Santos, que se preguntaba ¿para qué sirven?, cierto que presumía la utilización que pudiera dárseles; el “jujito” envuelto en fina malla semejando diminutas pelotas verdes de voleibol envueltas antes del juego; sandiílla cuya fama de ser alimento predilecto de las culebras, hacía que la chamacada las mirara con temor; yerba-martín, malva y altamisa tan del gusto de los pajaritos, que le daban a esos montazales el aspecto de tierra no visitada por ser humano alguno; y era el paraíso de una fauna menor volátil y reptante adivinable en medio de la música del viento al peinar la flora. En los baldíos crecía mucho el zacate, tanto que los aguadores en su último viaje de trabajo, lo cortaban, lo cargaban en sus cuadrúpedos y al llegar a sus moradas humildes, se agasajaban esos nobles y sufridos animales. Sobra decir que el palo mulato y el jobo eran abundantes hasta el fastidio. No se diga del palo de tinto, cuyas espinas al lesionar, casi siempre resultaban infecciosas.

Sobra decir que el palo mulato y el jobo eran abundantes hasta el fastidio. No se diga del palo de tinto, cuyas espinas al lesionar, casi siempre resultaban infecciosas.

Sobrevenían las lluvias y con ellas, después de la canícula en que la chiquillería era purgada con agua de tamarindo mezclada con crémor, el Grijalva le metía el agua a los popales y lagunas. La del Negro se desbordaba y la inundación llegaba hasta la calle Eusebio Castillo, contenida por la elevación de la calle Zaragosa, en el año de 1928. Toda la zona de Sánchez Magañanes, Lino Merino, Juan Álvarez, Gregorio Méndez, Doña Marina después Doña Fidencia, Sarlat, Galeana, Matamoros, Moctezuma ahora Cuauhtémoc, se iba al agua emergiendo más allá de esas calles la presencia enhiesta de los grandes árboles, que resistían las inundaciones sin morir ahogados, así de profundas eran sus raíces. A Pepe de los Santos, navegando esas aguas de creciente, le venía la ilusión de viajar hacía lo desconocido cubierto su bote por la sombrilla gigantesca de aquellos árboles, que hacían umbrosos el paisaje en algunos casos, el deslizamiento increíble de los toloques y los ofidios, y de vez en cuando, el escalofriante descubrimiento de algún lagarto que nadaba tranquilo quien sabe adónde, ante la mirada azorada de susto de los chamacos incursionistas. El móvil de tales experiencias estuvo definido por dos propósitos: desde luego “pasea en bote la creciente” para robar la fruta de los solares a pique, hurtos blancos si se quiere, toda vez que no la recolectaban hubiera o no creciente. La fruta la dejaban para solaz y fruición de las aves y caída se pudría en el suelo. Como si fueran coscorrones de tamaño gigante. Sobrenadaban las bolas verdes de los panes de sopa y los castaños, muy apreciados. Con las primeras se hacían pasteles y las segundas se cocían en sal.

La inundación llegaba hasta la calle Eusebio Castillo, contenida por la elevación de la calle Zaragosa, en el año de 1928.

Tampoco faltaba algún dueño quisquilloso, que escandalizaba al descubrir el bote lleno de chiquillos lanzados a la aventura de “robar fruta”, y entonces sonaban los escopetazos con tiros de salva; era cuando la palomilla se tiraba al agua y a nado escapaban jalando el bote protector. De los Santos y sus amigos, desde niños fueron buenos nadadores y con el tiempo ganaron premios y campeonatos…

Tomado de Ezequiel de Dios, Jesús. José de los Santos I. UJAT. Villahermosa, Tabasco. 1991

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