Manuel Felipe

El zanate va y viene del árbol a los cables de luz, entre ratos, se detiene en el barandal de la azotea, permanece un rato ahí, hasta que emprende el vuelo, dirigiéndose al camellón de la calle, en busca de ramas, o algo de comer ¿qué sé yo? Camina entre la alfombra de hojas secas que se ha ido acumulando. Otro zanate se le acerca, inician una especie de combate, hasta que, juntos, se van volando, se alejan.

Veo a un niño jugar con su triciclo rojo a colisionar contra las paredes que sirven de muro para no invadir las otras, para no caer al vacío, mientras sus padres no dejan de grabar y tomar fotografías de todo lo que hace, quizá pretenden armar un álbum de sus días más felices juntos, conviviendo como nunca antes, siendo benditos porque no les tocó el otro escenario, el de estar en algún cruce de la ciudad.

Frente a mi casa hay varios árboles, en algún tiempo, alguien –que yo desconozco– se tomó la molestia de sembrar las semillas que con el pasar de los años, habrían de proporcionar sombra a las personas, cobijo a los pájaros que en ellos viven. El viento del atardecer apenas mueve tantito las ramas de los árboles, lo suficiente para provocar una timidísima lluvia de hojas, no todas logran caer, se van con el viento, perdiéndose entre el silencio de la calle, que hoy luce solitaria, la ausencia de transeúntes y de vehículos la visten de domingo, pero no es así, esto más bien parece un nuevo día, un día que habrá de nombrarse cuando todo esto deje de ser y su nombre sea sólo un recuerdo de varias tardes en la azotea, donde, a veces, veo a un niño jugar con su triciclo rojo a colisionar contra las paredes que sirven de muro para no invadir las otras, para no caer al vacío, mientras sus padres no dejan de grabar y tomar fotografías de todo lo que hace, quizá pretenden armar un álbum de sus días más felices juntos, conviviendo como nunca antes, siendo benditos porque no les tocó el otro escenario, el de estar en algún cruce de la ciudad, sacando melodías del organillo, esperanzados a unas monedas, quizá sucias de covid-19, para llevarse un pan a la boca.

Los zanates han vuelto, se guardan entre las ramas de los árboles. A lo lejos, la tranquilidad se va rompiendo, es el perifoneo de todas las tardes que viene acercándose de a poquito, como si de un virus se tratase: Como medida de prevención, ante la emergencia sanitaria, se les invita a todas las personas que no tienen ninguna necesidad de andar en la calle, especialmente niñas, niños, embarazadas, mayores de sesenta años y enfermos crónicos, a que permanezcan en sus hogares, les recordamos que estamos en una…, es mejor poner play: Grantchester Meadows.