Érase una vez un cuento en línea

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Una ciudad paralela a Villahermosa

Bellaisla

Alicia Delaval

Este relato, aparecido en su edición original como parte del primer capítulo de la novela “Las vírgenes terrestres”, logra una consistencia por sí solo que nos aproxima a la fuerza narrativa de una de las mejores prosistas tabasqueñas del siglo XX.

Bellaisla, brillando bajo el despiadado sol de junio, semejaba una de esas ciudades de juguete que construyeron los niños con los diversos objetos que encuentran a su alcance. El abigarrado conjunto de colores que lucían sus casas y edificios, y el trazo inverosímil de sus calles que subían, bajaban, se ensanchaban y estrechaban, dando vueltas y revueltas y desafiando, de esa manera, todas las reglas urbanísticas, ofrecían a los desacostumbrados ojos de los visitantes, una visión no sólo completamente ilógica sino extraña y obsesionante.

La topografía del terreno en la que estaba ubicada, no justificaba de ninguna manera su absurdo trazo, ya que la ciudad se encontraba situada sobre una amplia planicie.

Tal vez la explicación de esta falta completa de urbanismo era la de que, como nunca había existido un plano regulador, cada quien había edificado su casa o edificio robándole al municipio parte del terreno destinado a las banquetas, a costa del predio vecino, o bien, haciendo esquina en el lugar menos a propósito, o cerrando una calle arbitrariamente.

Sin embargo, a sus habitantes aquello les parecía lo más natural del mundo y conocían cada recodo, cada rincón, cada escondrijo de su ciudad mejor que las líneas de su propia mano.

Si uno se atenía a las crónicas, Bellaisla databa de la época de la Colonia, aunque no poseía un solo edificio que hubiese podido ser considerado como monumento colonial. La historia había pasado por ella casi sin tropezarla, y los héroes nativos, cuyos nombres enseñaban a los niños en las escuelas, pertenecían por igual a la crónica que a la leyenda.

Hasta el nombre era incongruente. Mirándola sin pasión tenía uno que aceptar que como ciudad, carecía de belleza y tampoco se la podría calificar como una isla. Se encontraba, eso sí, en el centro de un vasto territorio al que atravesaba un caudaloso rio que, como gigantesco pulpo, se dividía y subdividía en numerosos afluentes; y a nadie se le hubiese ocurrido contar los arroyos, lagos, lagunas y pantanos que lo hacían aparecer, visto desde un avión en vuelo como un gigantesco espejo quebrado en mil pedazos, sobre el verde tapiz de la intrincada y lujuriosa selva.

La ciudad estaba limitada a lo que parecía ser la pieza mayor de aquel inexplicable rompecabezas, y el resto estaba ocupado por ricas haciendas o bien por diminutas rancherías y pequeños poblados que no lograban ni siquiera la denominación de cabeceras municipales.

El conjunto daba la impresión de una inmensa postal turística en la que se hubiese abusado de azules y verdes; pues tenía todas las gamas: desde el azul más verde y más acuático, hasta el verdinegro característico de los lugares selváticos.

Su clima, terriblemente insalubre, explicaba su falta de tradición. Los sacerdotes y misiones que, en otras partes dejaron iglesias y conventos cuyas sólidas estructuras aún desafían al tiempo con el poder de su belleza, habían sido enviados a Bellaisla, en el pasado, por la comisión de algún delito y, o bien morían pronto, aniquilados por los tricocéfalos, las fiebres palúdicas y otras enfermedades infecciosas o la esperanza de retornar a la civilización a la mayor brevedad posible, les había impedido acometer el esfuerzo de dejar tras de sí una obra perdurable.

Había iglesias, sí, pero de construcción sencilla y sin pretensiones. El carácter liberal y abierto de los bellaisleños no se prestaba precisamente al misticismo; sin embargo, los domingos los templos se llenaban, no tanto por devoción sino porque era una buena forma de distraer el ocio dominical, ya que la ciudad no contaba con muchos sitios a donde se pudiese concurrir a olvidar las preocupaciones de toda la semana.

Los hombres se reunían en los cafés y en las cantinas, las mujeres lo hacían en las iglesias.

Naturalmente, existían sus excepciones; personas sinceramente devotas, casi siempre mujeres que, habiendo dejado atrás la juventud y con ella las ilusiones, se acogían en el regazo de la religión, esperando encontrar en la eternidad lo que la existencia temporal se empeña ávidamente en negarles.

Pero volviendo a la fisonomía de la ciudad, su exuberante vegetación y la belleza de sus paisajes naturales arrancaban exclamaciones de asombro a los turistas que se veían en la necesidad de atravesarla, en sus continuos vagabundeos en busca de las zonas arqueológicas.

Era, además, la capital de un estado potencialmente rico, y los fuereños hacían en ella pingües negocios; casi siempre a costa de los nativos, que indolentes por naturaleza o por razones climatéricas, los veían enriquecerse mientras ellos se conformaban con “irla pasando”; echándole a su mala suerte la culpa de su poca prosperidad en los negocios.

Los viajantes de comercio, cuando después de algunas visitas lograban acostumbrarse al calor incesante y a la cotidiana tortura de los piquetes de moscos, la dejaban con tristeza, asegurando que era el paraíso.

Y lo era, en efecto. Su gente, como toda la del trópico, siempre se mostraba cordial y agradable, muy especialmente con los forasteros, y el Supremo Hacedor, en un gesto de humorismo, parecía haber concentrado en ella a todas las vírgenes del calendario católico; si alguien lo hubiese puesto en duda no tenía más que darse una vuelta por las calles o asistir al Jardín, en una noche de retreta.

Las había para todos los gustos, desde el más simple hasta el más exótico: rubias, descendientes de franceses o alemanes; morenas claras, apiñonadas y oscuras, según el porcentaje indígena aportado en la mezcla; o perfectamente blancas, de cabellos endrinos y ojos profundamente negros, que revelaban su directa ascendencia ibérica, y hasta auténticas pelirrojas, que lucían sus cabelleras como un llamarada encendida por la furia de un sol inexorable.

Algunas eran altas, de porte altivo y talle cimbreante, como cañas mecidas por el viento; otras, de estatura mediana, bien formado los cuerpos y ondulosos los andares; o bien pequeñitas, esbeltas y finas como ponys de pura raza.

Las había lánguidas, como gatas melosas dispuestas siempre a la caricia; altaneras y distantes, soberbias, como vaquillas de lidia; pero la mayor parte eran alegres, vivaces, parlanchinas; en conjunto, en fin, que no dejaba nada que desear y en donde hasta el más exigente hubiese encontrado una como hecha a su medida.

Pero el problema principal de las bellaisleñas era precisamente la escasez de hombres. La guerra por “colocarse” se desarrollaba en forma feroz, despiadada, inmisericorde; en ese terreno nadie tenía compasión de nadie. Como en la lucha de las especies, sólo las más fuertes subsistían.

Tomado de Delaval, Alicia. Las vírgenes terrestres. Capítulo 1. 1969

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1 Comentario

  1. Manuel Tamez

    Incisiva e ingeniosa doña Alicia, me gustó su descripción de Bellaisla.
    ¿De verdad dijo “por razones climatéricas”? Es para morirse de risa.

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