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Un cuento sobre Mozart

El réquiem de Mozart

Manuel Sánchez Mármol

Cuento escrito en 1906, a principios del siglo XX cronológico. Una pieza musical puede anticipar la catástrofe. En esta obra podemos dar fe, del carácter melómano del primer gran intelectual tabasqueño.

A Rafael Silva

I

Culminaba en el apogeo de gloria el Cisne de Salzburgo, Mozart el divino. Todas las altezas de la tierra inclinábanse ante él, y las soberanas mismas, lejos de ampararse en las prerrogativas del sexo, prodigábanle el aplauso, y aun le otorgaban el privilegio de sus caricias: hubo una que no, la que, en gracia de su bastardía, falsificaba la majestad con la hinchazón de la soberbia: mas a la afectada severidad de la cortesana había respondido el ilustre mozuelo con desdén inconsciente. En cambio, su precoz sensibilidad atreviolo, en homenaje de gratitud, a la infantil aspiración de ser el desposado de augusta princesa, como él predestinada a la inmortalidad: no a la deslumbrante y jubilosa, sino a la tristísima del martirio…

Mozart es el prodigio: ¿qué mucho, pues, que rompa sagradas prohibiciones? ¿qué mucho, pues, que la Madre Iglesia lo tolere y que eluda sus anatemas? Y él elúdelos cuando substrae de la Capilla Sixtina sin desintegrarlo, estereotipado en su pasmosa retentiva, el grandioso Miserere de Allegri, vedado a los profanos.

La alabanza vocinglera y tumultuosa síguele por donde va, envuelto en los destellos de su genio; no digamos de triunfo en triunfo, que no es triunfo para el sol marchar incendiando los espacios.

Ya no cabe en las estrecheces de su cara ciudad natal, y se ve obligado por las exigencias que el arte le impone, a ir a tomar asiento en la capital del imperio.

 

II

Ver y escuchar por la vez primera a la insigne cantatriz Luisa Weber, y prendarse de ella, fue todo uno. Sus facultades afectivas, no menos hondas que las estéticas, vibraron en el gran virtuoso, con vehemencia nunca antes sentida. Ya no piensa más que en verse unido a la encantadora artista. Impetuoso, cual de suyo lo son las naturalezas apasionadas, empeñase en realizar sus anhelos, y allánale el camino la fama de su nombre, pronunciando con admiración singular por la Europa del arte. Luisa acoge con fervor las aspiraciones de Mozart, que ebrio de amor se cree trasportado al paraíso de la humana dicha, mas en el momento de ser dado a conocer a la diva adorada, encuéntrale feo el rostro y enclenque el cuerpo, y no acierta a disimular una mueca de repugnancia, que percibida por Mozart, bástale para darse por despedido y vuelve la espalda a la altiva beldad, que el amor no había sofocado en él la conciencia de su personalidad. Cierto que aquella mueca, hija de una primera impresión, no era cosa peregrina en la joven tan hechicera cuanto talentosa. Mozart distaba mucho de ser en lo físico trasunto de Apolo. La fealdad habíase creído con pleno derecho a tomar posesión de aquel cuerpo, envoltura de un alma cuasi divina.

Pronto halló el desdeñado Wolfgang desquite y compensación en la ternura de la hermanita de Luisa, la modesta Constanza, con quien tras de aventura romancesca, logró desposarse, y así llega el inmenso compositor a entrar en el goce de las tranquilas fruiciones del hogar, por tanto tiempo apetecidas.

Ahora le absorbe por completo, la consagración al arte, que tan grandemente ha enriquecido con sus portentosas creaciones.

Los dilettanti y hasta los maestros creían encontrar en I nozze di Figaro la última expresión de lo bello a que el arte puede aspirar; pues habrá más: en pos de ella vendrá el maravilloso Don Giovanni, la obra maestra por excelencia del gran virtuoso, y tras de Don Giovanni todavía Il flauto magico, y ya en las convulsiones de la agonía, aun La clemenza di Tito.

III

Si su genio aún no se cansaba en su gloriosa ascensión, su cuerpo resentíase de inquietante malestar no pareciendo sino que la inspiración, siempre encendida en aquel privilegiado cerebro, fulguraba a expensas del organismo, que acabaría por consumirse.

Trabajaba una mañana en el recogimiento de su gabinete, en la partición de Il flauto magico, cuando la tiernamente querida Constanza le interrumpió para anunciarle que un sujeto desconocido se empeñaba tenazmente en verlo, para entregarle en propia mano una carta de que era portador.

No gustaba a Mozart verse turbado en sus labores; mas ante lo raro de aquella pretensión, prestose a recibir al singular emisario. Entró el desconocido, saludó brevemente, y puso en manos de Wolfgang la misiva. Leyola; no traía firma, y se reducía a pedirle, en cortas líneas y concisas frases, que compusiera “un réquiem ejemplar”, y fijara su precio para que le fuera enviado. Preguntó Mozart al mensajero de quién procedía la carta, a lo que respondió, que estábale prohibido dar explicación alguna. Sonrió Wolfgang, meditó unos instantes, y movido por la curiosidad, quiso dar cuerda a la misteriosa demanda, y contestó aceptando el encargo y señalando la retribución de su trabajo.

Tres días después reaparecía el mensajero, tornaba a acercarse a Mozart entregándole una bolsa conteniendo monedas de oro, el precio fijado a la composición del réquiem, y limitándose a preguntar para cuándo estaría concluido, marchose.

Hondamente impresionó a Mozart el incidente, y tanto, que durante algunos días no puso la mano en Il flauto. Su espíritu se ensombreció, y poseído de temerosa superstición, llegó a imaginarse que el misterioso encargo era un aviso del cielo de su próximo fin, y de que aquel réquiem serviría para sus propios funerales.

Sobreponiéndose, sin embargo, a sus siniestras aprehensiones, persuadido de que no dependía de su voluntad frustrar la fatal sentencia, y que tenía el deber de cumplir el pacto ajustado, se dedicó a llenarlo. A medida que avanzaba en la obra, sombras más densas obscurecían su alma, embargada por la expectación del último trance; y a compás, su organismo daba muestras de sus zozobras. Como si por instinto hubiera querido alejar el temido desenlace, hizo a un lado el réquiem y se dio por entero a la labor de Il flauto magico.

Terminada la obra, aun vino en socorro de Mozart, Praga, su entusiasta admiradora. Deseosa de dar el mayor lucimiento a la coronación del emperador Leopoldo, quiso asociarlo a sus fiestas, encargándole, con solícito encarecimiento, la composición de una ópera que fuera calcada sobre el librero de Metastasio, La clemenza di Tito. La solicitud es indeclinable. Manos, pues, a la obra. Trillado es el tema; pero Mozart es creador, y La clemenza di Tito salió rejuvenecida, transfigurada, llevando en sus páginas el sello de la originalidad. Fue nueva joya, fue la última del caudaloso repertorio del taumaturgo de la música.

IV

El día de la coronación de Leopoldo está cercano, y es hora de encaminarse a Praga. Mozart está ya instalado en el vehículo que le conducirá; sólo falta que suba la inseparable Constanza. Arriba por fin, y va a poner el pie en el estribo, cuando se siente asida por la falda. Vuelve la cara para saber quién se atreve a tanto, y se da nada menos que con el misterioso mensajero, portador de aquella carta que contenía el encargo del réquiem.

–Mil perdones, señora –balbuce el hombre–. Traigo la misión de preguntar para cuándo estará lista la misa…

El interesado se impacienta y promete que cuando le sea entregada remunerará más ampliamente al ilustre maestro. Me he tomado la libertad de detener a usted, porque veo que van a partir, y tengo precisión de llevar una respuesta.

Mozart que se había levantado y acercándose a la portezuela del carruaje, sin poder disimular su turbación, dijo al mensajero:

–Id y asegurad a la persona que os envía, que a mi regreso de Praga, a donde me lleva ineludible compromiso, me consagraré exclusivamente a la terminación del trabajo, ya bien adelantado.

El mensajero se alejó, y los viajeros partieron.

Sólo la presencia de Constanza, a quien el amoroso consorte no quería acongojar, diole fuerzas para dominar su confusión y poner rostro tranquilo, a fin de ocultar la desolación de su espíritu. Tenía por cierto, por cierto e indefectible, que la hora de su muerte se acercaba con rapidez.

Los homenajes, los aplausos, las ovaciones espléndidas que Praga le prodigara fueron impotentes a producir una pulsación de alegría en el conturbado pecho del extraordinario artista.

Vuelto a Viena, la misma postración en que se sentía venir cayendo paulatinamente, mas con avance tangible, diole aliento para cumplir su compromiso, y consagró toda su generosa y fecunda mentalidad a la producción del réquiem. Él, a quien nadie le viera jamás ocioso, nunca como ahora se dedicó al trabajo. Y como el recargo de labor que se imponía, coincidiera con la demacración de su cuerpo y con las alucinaciones de su enfermizo cerebro, hubo de prescribir el médico que le fuera retirado el tormentoso réquiem.

Estas precauciones no retienen el recrudecimiento del mal, y condenado como se ve el paciente a la quietud del lecho, para forjarse la ilusión de que se halla en plena actividad, lo hace trasladar a su gabinete; allí frente a su piano bien amado, instrumento de sus conquistas; entre los papeles que su creadora mano ha cubierto de notas, como constelaciones negras, fulgurantes de armonías, entre los libros y objetos que han deleitado su alma y sus sentidos.

Asistido de los tiernísimos cuidados de su amorosa Constanza, ansía a las veces morir con dulce y lenta muerte en brazos de ella; y a las veces, tornar a la plenitud de la vida, para seguir viviendo la vida de encantos que ella le promete.

A la noticia de la enfermedad mortal que aqueja al maestro, todo Viena se siente conmovido, y en jubileo continúo acuden a su morada gentes de todas las jerarquías y clases sociales, magnates, sabios, artistas, estudiantes, obreros; desde la corte hasta el ínfimo pueblo, todos movidos por común congoja.

V

La vida no se va bruscamente: una oleada de vitalidad viene a reanimar el agotado cuerpo de Mozart aquel día 4 de diciembre de 1791.

La incomparable Constanza siente que la ahoga el contento al escuchar de labios del bien amado, esta exclamación:

–¡Constanza! ¡Constanza mía! La vida vuelve a mí…

–¡Ah! –contestó ella– ¡Dios sea bendito! grande es su misericordia…

Y al acercarse al lecho en el que Mozart se ha incorporado ya, le pide lo ayude a ponerse en pie para ir a acomodarse en el cercano sillón de brazos, puesto allí de respeto, en espera de un alivio del paciente que parecía ya inútil prometerse.

El médico mismo queda sorprendido ante aquella repentina mejoría, que tras de breve examen, comprende y guarda para sí, que es de mera apariencia.

Pide Mozart ver el sol, e incontinente es trasportado a la vecina ventana, por cuyas abiertas hojas penetran los rayos del astro rey, próximo a palidecer entre las nieblas del invierno.

A la influencia de la bienhechora luz y del calor que conforta, una ráfaga de alegría ilumina el rostro del maestro, que quisiera como beber aquella luz, y que aquel calor le penetrara por todos los poros de su cuerpo.

Huyó el sol de la ventana, y al ser instalado en el lugar que antes ocupaba, pensó en su aún inconclusa misa, con el escozor del remordimiento, considerándose en falta para con el interesado en adquirirla, de quien tenía ya recibida la paga de su trabajo.

Su enfermedad era su disculpa, a más de que el trabajo estaba casi concluido. Quería responder a la condición de la demanda. Un réquiem ejemplar se le había pedido, y deseaba responder con un réquiem ejemplar. La misa estaba lista, faltando únicamente para su completa terminación un pasaje del Dies Irae, en que todo el poder de su inspiración había sido impotente a crear.

Un réquiem ejemplar necesitaba traducir, en toda la magnificencia del terror, las tremebundas lamentaciones del profético himno. Era menester que sus notas erizaran los cabellos que hicieran retemblar las carnes, que crisparan los nervios, que el frío del pavor penetrara hasta la médula de los huesos, y así lo había venido ejecutando el maestro; mas al llegar a la estrofa:

Tuba, mirum spargens sonum,

                                                       per sepulcra regionum,

                                                                                                   coget omnes ante thronum…

No pudo seguir el movimiento ascendente que reclamaba la interpretación del grandioso poema, y allí se detuvo.

¡Singular fenómeno! Pudo en sesiones ulteriores completar el himno, pero el pasaje rebelde permanecía irreductible.

No sin resistencia se sometió Mozart aquella noche del 4 de diciembre de 1791, a cobrar el lecho. El alivio no decaía y se durmió sosegadamente.

De súbito despertó al sonido del piano. Una claridad como la del sol iluminaba el gabinete-alcoba; al taburete del abierto clave sentábase una dama cuyas facciones no podía descubrir por quedarle de espaldas. Con estupendo asombro escuchó que la música que ejecutaba con magistral corrección, era el Dies Irae de su réquiem, pero sin detenerse, sin titubear, como quien repite lo que trae en la memoria. Mozart escuchaba inmóvil y atónito. Concluida la primera estrofa, entró en la segunda, y de la última nota de ésta, pasó fácil y llanamente a la tercera, al Tuba, mirum…, a la dificultad insuperada, que había agotado estérilmente el esfuerzo de su numen.

Como si la misteriosa visita no hubiera tenido más objeto que enseñar la dificultad vencida, allí paró la ejecución. Entre el asombro y el sobrecogimiento triunfó la atracción de lo desconocido, y Mozart, de un salto inexplicable, a causa de su desfallecimiento, se puso en pie, y trémulo de emoción fuese hacia la dama, y con acento deprecatorio, le dijo:

–Pero ¿quién sois, señora?

La dama se irguió, mostrando su soberano continente. De la belleza de su rostro no había copia en la tierra, y luz vaga e inefable radiaba de sus grandes ojos. Con voz de caricia, que semejaba venir de muy lejos, contestó:

–Soy tu desposada Athanatos. –En aquel punto, el péndulo sonó la media noche–. Mañana a esta hora serás conmigo –concluyó.

…….…………………………..…

Antes de que el día viniera, Mozart estaba ya despierto, y despiertas estaban ya las gentes de la casa; locos de regocijo, porque en la noche habían oído al maestro tocar el piano el trabajoso réquiem, indicio de que su enfermedad había sido dominada y entraba en franca convalecencia. Allí en su lecho trabajaba mentalmente, fijando las reminiscencias de las prodigiosas notas que en la noche había escuchado de la misteriosa aparecida.

El presentimiento de su inminente fracaso, inseparablemente asociado al reciente sobrenatural suceso, ya no le intimidaba, antes lo aceptaba con resignación y dulce conformidad.

Cuando Constanza, con su habitual solícita ternura, entró a saludarle, Mozart le rogó le trajera las hojas del réquiem:

–¿Vas a escribir lo que anoche compusiste? –le preguntó–. Eso podría perjudicarte. ¿No prefieres que haga venir a Süssmayer, para que le dictes?

–Sí; llámale –asintió el maestro–.

Volvió Constanza, trayendo los papeles, seguida del discípulo predilecto.

Medio incorporado en su lecho, el maestro sacó las hojas del Dies Irae, y llamando a Süssmayer, le señaló lo que aún faltaba por llenar.

–Toma tu lápiz –le dijo–, y atiende lo que aprendí anoche.

–A lo que estudió usted anoche –trató Süssmayer de rectificar.

–A lo que anoche aprendí –repitió el maestro–, sin que el discípulo comprendiera la causa de la insistencia en expresarse así.

–Ahora –agregó Mozart–, léelo al piano. Süssmayer fue al clave y repitió lo que acababa de escribir.

–Sí, sí… Eso es –murmuró la voz apagada del maestro.

Entró nuevamente Constanza y anunciole que Sofía, la otra de sus hermanas, deseaba saludarlo.

–Que pase la cara hermanita –contestó él–. Acudió la anunciada Sofía, a quien Mozart amaba con toda el alma.

–Ven, acércate… cuánto te agradezco esta visita. Llegas a verme morir… Necesito de ti… Necesito rogarte que no me abandones a nuestra Constanza, que va a menester de toda tu cariñosa asistencia.

–¡Oh! no digas eso –contestó Sofía–. Si estás ya muy bien… El médico asegura que has entrado en convalecencia, y todos estamos viendo que sí.

–No hija mía. El fin está cercano. Siento ya en el paladar el sabor de la muerte: no me abandones a Constanza.

Al medio día reaparecieron los dolores, que tanto habían atormentado al maestro, que fueron subiendo de punto, pintándosele en el rostro las señales de la muerte.

Cuando vino el médico quedó atónito al percibir la rápida reacción de la enfermedad, cuyos estragos lo hicieron desesperar.

Al llegar la noche ya no había ilusión posible, y a medida que aquélla avanzaba, la extenuación del paciente se hacía visible, al extremo que sus quejidos mismos se iban apagando. Aquello no era una agonía, era una simple extinción…

Constanza, Carlos y Amadeo, los dos frutos de su amorosa unión, Sofía y Süssmayer, el discípulo muy amado, habían caído de rodillas junto al lecho… Mozart buscó las manos de Constanza, como si hubiera querido prolongar su unión más allá de la muerte, y aún tuvo un reto de vigor para apretarla… Constanza la sintió helada y rompió en sollozos…

–¡Qué bien me siento…! –suspiró moribundo…

En aquel instante el péndulo sonó la media noche, y al vibrar la última campanada, una prolongada expiración anunció que todo había acabado.

El alma del gran maestro volaba a unirse con la gloriosa Athanatos.

 

Tomado de: México, noviembre 16 de 1906. (Almanaque de Arte y Letras para el año de 1907, México, Imprenta… de Arte y Letras, 1907, pp. 5-8) Manuel Sánchez Mármol. Obras completas. Tomo II. UJAT. 2011. pp.435-444

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  1. Manuel Tamez

    Este final está mucho mejor que el de la película.

    • Luis Acopa

      Verdad que sí. Incluso, creo que si lo hubiese terminado cuando Athanatos se presenta sería un cuento redondo, aunque para la época en que fue escrito es muy bueno.

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