La noche corriendo a tu lado

Daniel Tristán

Narrador, profesor, editor y promotor de la lectura.

Lights will guide you home.

 And ignite your bones.

Coldplay

I

El autobús se detuvo un momento y continuó su viaje. Juan había saltado con prisa dispuesto a correr los dos kilómetros restantes para llegar al pueblo. Esperar el desenlace de la llovizna era tanto como esperar que un pozo incendiado se apagara. El cielo estaba demasiado rojo para semejante milagro. Emprendió la carrera cubriéndose con el impermeable amarillo del trabajo. Quiso trotar al principio con la intención de conservar energías por si las nubes se desataban del todo. Cargaba en un brazo la pelota que había comprado para su hijo. Apenas tenía diez meses de nacido, pero él siempre tuvo presente el futuro. Su primogénito debía apasionarse por el fútbol, las canchas petroleras lo esperaban. El agua insistió tanto en hacer resbaladiza a la pelota, que optó por correr abrazándola a dos manos. El breve relámpago que le alumbró un instante el camino, le hizo posible distinguir a corta distancia a un hombre montado a caballo. Pensó que su padre había tenido la idea de ir a buscarlo como otras veces. Sin embargo, el jinete pasó sin saludar. Fue entonces que tuvo conciencia sobre la prisión de un tiempo anterior. El entierro ocurrido dos años atrás era difícil de olvidar, pero algo oculto en las partículas de la lluvia le hizo tener un destello de amnesia. Juan se encontraba trabajando en las plataformas petroleras, allá lejos, en medio del mar, la tarde en que un auto dejó a su padre agonizando al borde del camino. Al regreso se encontró con los rezos del novenario. El dolor lo tenía más presente en épocas de lluvias, porque el viejo siempre tuvo la costumbre de esperarlo con el caballo, a orillas de la carretera federal. Volvió del ayer cuando imaginó el rostro angustiado de su esposa, a causa del retraso que llevaba. Seguramente, ella estaría de pie en la ventana como de costumbre, esperándolo con la mirada y el pensamiento hasta verlo aparecer. Juan como todo obrero del trópico se sabía de memoria aquellos retrasos de tiempo que provocaban las lluvias. Por eso apretaba el paso, entre lapsos, para evitarle minutos de angustia a su mujer. Pero ese viento del Norte que doblegaba los matorrales del camino, daba la impresión de querer detener su marcha en vez de su aflicción. Solitario avanzaba Juan y la noche corría a su lado sin que lo supiera. 

Juan como todo obrero del trópico se sabía de memoria aquellos retrasos de tiempo que provocaban las lluvias.

Tan pronto alcanzó algunas casas de las afueras, la lluvia se desató con furia. Los perros también desatados le ladraban con rabia. Se acordó del cuento No oyes ladrar a los perros, leído en la adolescencia. Aquellos ladridos y aquel recuerdo le hicieron correr como un fugitivo. Con tal ritmo no tardó en arribar a la entrada del pueblo. Frente a sus ojos apareció la primera glorieta y sintió alivio. La cortina de agua a duras penas permitía distinguir el busto al cual le rendían culto cívico todos los años; y ya era tanta el agua cayendo sobre su cabeza que, al cruzar aquella glorieta, tuvo una pesadez en los recuerdos. Pero no era tiempo de solemnizar a nadie. Era el tiempo del Boom petrolero en Tabasco, el sexenio de bonanza pronosticado para la entidad; aunque Juan sintió en ese momento una explosión en el estómago que le pronosticó el hambre que llevaba. Las luces del alumbrado eléctrico de la avenida principal, aparecieron como estrellas de un bajo cielo. Entre trotes y brincos las fue dejando atrás. El impermeable quedó impregnado con algo de esa luz revuelta con agua, porque más de uno vio avanzar un resplandor frente a la ventana de su casa. Entretanto, la medianoche se iba diluyendo en charcos por todas las calles. Cuando Juan alcanzó la segunda glorieta, la lluvia se detuvo repentinamente. Aprovechó aquella tregua para descansar bajo los pies de una estatua de bronce. En la placa estaba grabado el nombre de Lázaro Cárdenas. La efigie le trajo recuerdos de la infancia como del trabajo que desempeñaba diariamente. En la escuela primaria rememoró los 18 de marzo y ahora como obrero petrolero debía hacer lo mismo para cumplir con la militancia sindical. Alzó la vista para mirarle el rostro a la estatua. Se fijó en el bigote porque todo el tiempo lo había encontrado tan parecido al suyo. Pensó entonces en el destino de aquel gobernante. En la carrera política que había llevado. Recordó al momento la frase de un filósofo, leída en una revista: “Algunos hombres nacen póstumos”. Pasó lista en su mente a los idealistas, a los soñadores despiertos. Reflexionó en lo trascendental de la existencia. Finalmente tuvo el deseo de poseer una glorieta después de muerto. Esa fue una rara ocurrencia que lo hizo desprenderse de una seriedad “corrompida”, porque sonrió abiertamente, sin mayores testigos que la humedad de la noche. Puso la pelota en el piso y respiró tan profundo como pudo. Finalmente, imaginó lo que restaba de trayecto: primero daría vuelta a la izquierda para tomar la estrecha carretera a Ciudad Cárdenas. Aunque el camino era oscuro, las luces del patio de algunas casas, allá adelante, le mostrarían su robusta silueta en movimiento. Enseguida cruzaría el puente del arroyo. Metros al frente pasaría junto a la cruz que rememoraba la muerte de su padre. Esa cruz de hierro que sólo tenía importancia para él. Después alcanzaría la Curva del Diablo, el Templo Mormón, la Vulcanizadora, el Club de Leones, y con un esfuerzo más, corriendo a orillas de la carretera, vería la luz de una casa bajo dos almendros. Ese era el fulgor que todas las noches le indicaba el final del camino. Adentro le esperaba una esposa que lo recibía a besos, el niño dormido, una buena cena, el baño listo. También le esperaba la costumbre de mecerse en la hamaca y de hablar de cosas sin importancia. La costumbre de deshacer el nudo del sueño que hubiera atrapado al otro; la costumbre de irse rendidos a la cama, doblegados por el peso de la madrugada. 

Fotografía: Jaime Ávalos Gómez

Juan echó por la borda aquellos pensamientos, al sentir las gotas que caían nuevamente. El futuro inmediato lo motivó otra vez a desafiar a la lluvia. Pensó en quitarse las pesadas botas del trabajo que ya le lastimaban los pies y correr sobre el pavimento en puros calcetines. Lo pensó, pero no lo hizo. Emprendió entonces su carrera definitiva. Tan pronto comenzó a cruzar el puente del arroyo, oyó un llanto desgarrador. Se detuvo extrañado. El llanto se repitió. Lo podía oír muy de cerca. Era un grito, un ahogo. Era algo que la noche no lograba callar. Se armó de valor, pues, siendo un padre primerizo, reconocía cómo lloraban los hijos pequeños. Bajó del puente y en la orilla del arroyo encontró al bebé. A pesar de que la oscuridad le impidió verle el rostro, pudo sentir el convulsionado cuerpecito. Estaba envuelto en algo que a Juan le pareció una toalla. Sus manos la sintieron completamente seca. Eso le hizo suponer que la madre podía estar observándolo desde las sombras. Sin quitarse el impermeable cubrió al niño y apresurado volvió sobre el puente, alejándose del sitio, evitando caer por algún deslave. El viento movió una pelota olvidada detrás de él. Ésta rodó sin hacer el menor ruido, hasta montarse en las aguas rápidas. Pero, Juan ya no vio cómo se perdía. El estruendo de un rayo lo estremeció. Ni siquiera recordó haber visto el previo aviso del relámpago. Contrario a lo que podía esperarse, el bebé no tuvo ningún sobresalto, cesó incluso de llorar. Juan corrió a todo lo que pudo porque la lluvia iba en aumento. En su loca carrera comenzó a sentirse un héroe, un póstumo, un protagonista de los tiempos venideros. Tuvo la certeza, la absoluta convicción de que, al día siguiente, la única noticia importante del pueblo sería su proeza, la gesta de haberle arrebatado a la noche un muerto más. En su Corazón delator latió el anhelo de ser reconocido por algo, por alguien. Imaginó una glorieta, una estatua, un busto; e imaginó también las vueltas de vidas e ideas ajenas, alrededor de las vistosas representaciones que le levantarían. Pero una voz lo sacó de su entelequia. Alguien habló. Alguien le balbuceó una frase. Alguien dijo algo. Escuchó un nombre. La voz se metió adentro de sus oídos hasta enroscarse allí: ―¡Juan, Juan, detente!― Fue entonces que interrumpió su avance. La lluvia en cambio buscó prolongarse en el tiempo y espacio del lugar. Juan hizo a un lado la solapa izquierda del impermeable, para descubrir al bebé que lo acompañaba. Ayudado por el resplandor de los relámpagos, vio cara a cara, el rostro de un adulto en el cuerpo de un niño que le sonreía. No supo en ese instante qué debía hacer. No supo tampoco qué hacer con sus piernas ni con sus brazos. Se atragantó de saliva intentando decir lo que no pudo decir. Y cuando la mano de la criatura quiso tocarle el mentón, no pudo cargar más ese bulto. Con fuerza lo arrojó hacia el monte como si fuera un animal muerto. Esta vez no sintió correr. Esta vez alcanzó su casa, huyendo del miedo, de la noche, de la terrible lluvia. Juan se fue directamente a la cama, sin saludar, sin comentar nada, sólo le pidió a su mujer que esa noche no apagara la luz. Y se acurrucó junto al cuerpecito de su bebé para sentir su cálido aliento, buscando en ese pequeño espacio, el viaje sin despedida que significaba el sueño para él. Afuera, la lluvia y el viento llegaron y se fueron varias veces, y en su sueño Juan los oyó como un recuerdo lejano que lo esperaban en algún sitio.

II

La mañana del sábado un suceso alarmó a todos los lugareños. Juan fue el último en enterarse porque despertó casi al mediodía. Un pozo petrolero de la cercana Ciudad Cárdenas se había incendiado. El humo del mechón de fuego era visible en muchas rancherías y ejidos. El cielo se oscureció en corto tiempo. En un radio de cien metros las autoridades acordonaron la zona. La gente cercana al siniestro decidió huir. Juan vio pasar decenas de personas dirigiéndose a la cabecera municipal de Pino Suárez. Allí había vivido alguna vez, pero el silencio del campo le atrajo más que el bullicio de la población. Ahora tenía la fortuna de habitar en uno de los pocos terrenos que escapaban de los ductos de petróleo. Y en todo momento que salió a observar el éxodo, enunció en voz baja: “Ojalá que, en su marcha, no derriben la cruz de mi padre como si fuera una señal amarilla de PEMEX”. Casas, sembradíos y animales domésticos quedaron atrás en cuestión de horas. Pino Suárez se atestó no sólo de albergues, sino también de vaticinios y fatalismos. Además, llegaron desplazados de San Carlos, de Buergos y Montelargo. Los San Carleños aparecieron con toda su carga de supersticiones, pero con la información más creíble sobre la causa del accidente. Contaron que dos obreros desmantelaban las conexiones de la cabeza del pozo, cuando una conexión reventó. Aquello generó una fuga de gas y aceite que se expandió rápidamente. Enseguida saltó una chispa provocada por el choque de un balastro con las piedras. Y el gran incendio se hizo. De inmediato se solicitó el auxilio de los mejores ingenieros del país, pero ninguno de ellos logró gran cosa. El fuego se intensificó a los dos días. Entonces se pidió ayuda a Houston y se estuvo a la espera de una comitiva especializada, encabezada por un gringo que tenía fama de haber resuelto este tipo de incendios en otras partes del mundo. 

Ayudado por el resplandor de los relámpagos, vio cara a cara, el rostro de un adulto en el cuerpo de un niño que le sonreía. No supo en ese instante qué debía hacer. No supo tampoco qué hacer con sus piernas ni con sus brazos. Se atragantó de saliva intentando decir lo que no pudo decir. Y cuando la mano de la criatura quiso tocarle el mentón, no pudo cargar más ese bulto. Con fuerza lo arrojó hacia el monte como si fuera un animal muerto.

Sin embargo, la gente comenzó a hablar de que el pozo estaba embrujado. Se expandió el vaticinio de ser el incendio una cosa del más allá. Se regó el rumor de que las lluvias se habían ido a mejores tierras. Y, por último, los brujos de San Carlos pronosticaron miseria. No obstante, las llamas continuaron iluminando las noches del lugar, sin que los augurios y esfuerzos pudieran amedrentarlas. Siete días llevaba ardiendo el pozo cuando llegó la comitiva de Houston. El gringo que la encabezaba traía en sus ojos una mirada decidida, vestía de botas y pantalón vaquero, y de su boca salió la promesa de terminar prontamente con el incendio. Solicitó la colaboración inmediata de veinte obreros para maniobras de alto riesgo. Aunque Juan fue de los primeros en apuntarse, al final se lo omitió por pertenecer a otro complejo petroquímico. Juan ardió de rabia. Estalló. No entendía por qué le negaban la posibilidad de inscribir su nombre en las futuras crónicas del pueblo. Ser alguien. Los amigos lo reanimaron. Pero él decidió llegar furtivamente hasta la zona acordonada. Allí pasó tres tardes, contemplando el incendio arriba de un árbol de almendro. Al anochecer, volvía a casa.

Una mañana, Juan consiguió entrevistarse con un ingeniero de Ciudad Madero, que había conseguido la hazaña de que pudieran acercarse a cuarenta metros del pozo. Aquello fue un gran avance, pues desde esa distancia se podría maniobrar alguna estrategia. Fue a ese ingeniero a quien Juan le expuso detalle a detalle un plan. Comenzó por trazarle un mapa del área. Después le dibujó y explicó lo que tenía en mente. El ingeniero prometió poner en práctica de inmediato aquella estupenda idea. Pero no lo admitió como obrero para las maniobras, porque no pertenecía a la sección sindical donde había ocurrido el accidente. Eso fue en definitiva lo que a Juan le ahogó toda voz. Abatido volvió a casa para dormitar rabiosamente en la hamaca, meciéndose una y otra vez, de todas las maneras posibles, como buscando enfermarse de algún mal por estar tanto tiempo suspendido. 

Al día siguiente lo visitó el anciano Lucas, nativo de San Carlos. Había sido, además, el mejor amigo de su padre. Juan sabía que le guardaba cierto rencor. A causa de que no pudo estar en la agonía de su padre, como tampoco en el entierro. Lucas le reprochaba además que continuara trabajando como petrolero. Por ello, fue la esposa quien salió a recibirlo. Juan no quiso abandonar la hamaca. En ella se había mecido toda la noche, malhumorado y sin dormir. Cuando Lucas quiso averiguar la causa del enojo, la esposa le explicó que el contrato de Juan había terminado, y que por ello tendría que esperarse quince días o hasta un mes para conseguir firmar otro. Sin embargo, ambos interlocutores sabían que lo del desempleo era costumbre en un obrero transitorio. No obstante, de manera reciente, Juan había conseguido dos contratos consecutivos. La mujer consideraba que todo era cuestión de darle tiempo al tiempo. Ayudaba a la economía del hogar que el esposo no tenía gusto por el alcohol o el cigarro. Pero Lucas se empeñó en decir una y otra vez, que este era el momento de buscarse una mejor labor, que el petróleo sólo causaba males. Y miró hacia la hamaca, como queriendo ser oído: ─Ese mentado oro negro, sólo nos está dañando las tierras, las cosechas y los arroyos. Lo del pozo incendiado es cosa del mal. ―Nunca se apagará al menos que le arrojen a un recién nacido―, sentenció, malignamente.

Fotografía: Jaime Ávalos Gómez

Al escuchar estas palabras, Juan olvido todo enojo. No supo si una voz le había dicho aquello en sueños o al abrir los ojos la imaginó de repente; pero saltó de la hamaca como de un trapecio. Supo entonces que tenía una oportunidad.

Habló a solas con el viejo y le contó lo del bebé que oía llorar por las noches. Recibió como consejo: que fuese por ese bulto y lo arrojara al fuego del pozo tan pronto pasara la medianoche. Prometió hacerlo, sin la ayuda de nadie. Después volvió a la hamaca a esperar la hora justa. Al despedirse, Lucas le contó todo a la esposa. Además, le recomendó seguir a Juan para que vigilase el cumplimiento de su propósito; asegurándole que aquella acción terminaría con el incendio y, en consecuencia, a Juan le lloverían los contratos. Pero de proseguir aquel cerro de llamas, ninguna compañía contrataría más a ningún obrero, predijo. Ella argumentó que no creía en apariciones porque sólo había visto los fantasmas del hambre y la pobreza; pero con tal de que tuvieran dinero para comer, creería en lo que fuese. Lucas lamentó que por causa de su edad no estaba en posibilidad de seguir a Juan. Era asfixiante y peligroso, sobre todo de madrugada, expresó. Pero prometió cuidar del bebé si ella seguía a su esposo.La intensidad de la noche les pareció una eternidad a los tres. Pero, Juan abandonó puntualmente el hogar, sintiendo en su carrera la liviandad de una gloria que tendría su peso en el porvenir. La mujer entregó su bebé a Lucas como se entrega uno a los recuerdos. Y fue detrás de la ausencia.

III

Juan, tan luego de acercarse al arroyo, oyó el llanto. Tomó al bulto como se toma a un animal muerto. Después, subió al puente. Escondida en la oscuridad, la esposa lo vio pasar. Pero nada le vislumbró entre las manos. Quizás fue la noche la culpable de aquello o aquello lo culpable de esa noche. Fue persiguiéndolo a corta distancia, a pesar de sentir un malestar impreciso en el vientre. Fueron así dos imprecisiones de la madrugada, dos vaguedades corriendo sobre arenas oscuras. En la certeza de sus corridas vieron las cosas repetidas de la noche, pero no supieron nunca cómo salir de aquello. 

Un bebé lloraba, sólo que esta vez no era un ruego embaucador. La esposa corría con angustia, pensando en el presente. Juan imaginaba la plaza de trabajo que obtendría gracias a este esfuerzo sobrehumano. Incluso, ya podía oír los rumores sobre él. ¡Allá va, Juan! Gritarían los niños al verlo pasar: ―El apagador de fuegos, el gran obrero, el gran hombre. Y sintió que el aire era una mano invisible que secaba su frente. 

Inmersos en ese correr con la noche, los dos pasaron frente a su hogar. Uno antes que el otro. Pero quien venía detrás, se detuvo, y entró intempestivamente en la casa. Unos segundos después volvía a retomar la carrera, ahora con más desesperación que voluntad. Sin embargo, el primero de todos era ya algo inalcanzable. 

Se divisaba al gran mechón de fuego desafiando a la oscuridad. Los dos redoblaron el esfuerzo porque les pareció que aquella lumbre gigante los había estado esperando por siempre. Dentro de estas zarabandas mentales, en las que ambos se encontraban, Juan sintió que le apretaban el dedo índice, la esposa lo sintió en el pecho; él tuvo un estremecimiento de pies a cabeza, ella una fiebre en aumento; él entró en éxtasis, ella en delirio. Un jinete cruzó a los dos y fueron así tres sombras que la luz no pudo domesticar. 

Fotografía: Jaime Ávalos Gómez

Allá adelante, bajo la furia de un encendido jueves, el bulto fue arrojado a las llamas del pozo, sin que éste tocara el suelo, porque mil quinientos grados centígrados lo fulminaron de inmediato. Se había dicho que sólo era posible acercarse al pozo hasta cuarenta metros, pero viendo que la voracidad del fuego no disminuía en absoluto, Juan avanzó más. Instantes después vio venir a un hombre montado a caballo como si éste hubiera saltado de entre las llamas. Lucas pasó sin saludar y se alejó con prisa hacia las calurosas tinieblas. Él sintió que el tiempo real le volvía quemante el presente. Él vio una lumbre apagándose lentamente en su cerebro. No supo entonces qué hacer con la libertad de sus manos y pies. No halló dónde flexionar el corazón. Sintió un torrente de sudor recorriéndole el cuerpo, como si estuviera por convertirse en una estatua de sal, sintió también las frías manos de su esposa, tocándole la rodilla, y oyó además una voz como salida de la tierra que le recriminó, ─¿¡Qué has hecho Juan!? Por el amor de Dios, ¿¡qué demonios hiciste!? Finalmente, su mujer se irguió del suelo como una flama temeraria. Y con rabia y locura avanzó entre las llamas hasta desaparecer. Juan no supo cómo seguirla hasta allí. Detrás, llegaron corriendo dos obreros de la guardia nocturna, desesperados por sacar a los intrusos. A Juan lo vieron caer en la tierra como un bulto por tanto humo inhalado.

IV

El pueblo se enteró de la tragedia hasta dos días después. La noticia no tuvo mayor relevancia en el momento, porque aquel mismo día fue apagado el pozo. Los albergados volvieron a sus casas cargados de congojas. Los animales domésticos los secundaron. Las lluvias no se quedaron atrás. Se dijo que aquella tranquilidad esperada, había sido posible gracias a la astucia y pericia de un ingeniero de Ciudad Madero. Él tuvo la idea de cavar un pozo paralelo, a treinta metros de distancia del incendiado, para desde allí inyectarle bombeo de agua a presión al fondo de aquella torre de llamas. Los dos obreros que cumplieron con tan arriesgada labor, y que no se desmayaron como los otros ocho, fueron ascendidos de categoría, y además a cada uno se les concedió la plaza de trabajo. Uno pidió además una escuela primaria para su ranchería y también se la concedieron. En cuanto estuviese terminada la llamarían: “Escuela Primaria Sección 14 S.T.P.R.M”. El ingeniero que se llevó los honores fue trasladado a Houston de inmediato, por su colega gringo, y allí colaboró en varios proyectos durante algún tiempo. 

Fotografía: Jaime Ávalos Gómez

A Juan lo sacaron de su casa como se saca a un animal muerto. Fue condenado y recluido por dos crímenes. Con el transcurrir de los meses lo trasladaron a un hospital psiquiátrico donde un ingeniero petrolero lo visitó una mañana. Bajo la sombra de un árbol de almendro, halló al enfermo. Juan estaba de pie, con la cabeza fija y alzada, como si observara el nido de un pájaro entre las ramas. En un momento el visitante lo vio avanzar hacia el tronco con las manos extendidas, como buscando treparse al árbol. Sin embargo, se quedó abstraído, poniendo la mirada en lo alto. Pasado el mediodía el visitante no quiso ver más y apagó el último cigarro con su bota derecha, se marchó moviendo la cabeza a la manera de un péndulo.

Han pasado ocho años y a Juan se le ha comenzado a ver en el pueblo. Aunque él todo lo oye no habla más que consigo mismo. Vive de la caridad de algunas personas. Consume la mañana, sentado sobre una de las bancas de hierro de la glorieta principal. Allí se queda hasta que desaparece la sombra que proyecta la alta base de una enorme estatua. Siempre trae puesto un roído impermeable amarillo, además de unas viejas botas. Ni el más terrible calor consigue que se desprenda de ellos. La gente lo ve, pero quien se acuerda de él, hace como quien no lo ve. Le apodan el Petrolero loco. “Nunca fue petrolero”, rumoran a la distancia algunas mujeres. “Nunca estuvo loco”, dicen otras. Adolescentes traviesos que vuelven de la escuela, le avientan almendras por detrás y salen corriendo entre risas. Ahora la gente dice que, durante las madrugadas, debajo del puente del arroyo, se oye llorar a un bebé. Juan siempre escucha ese rumor detrás de sí. Por eso desciende todas las noches buscando oír el llanto. Aguarda solitario en la oscuridad y conforme las horas pasan, sólo oye un correr de aguas que llegan y se quedan con él. Lentamente comprende que en esa noche nada será cierto. Pero tan pronto ve cómo se alza a la distancia una gran pelota de fuego, corriendo se aleja con un desgarrador desamparo sin saber por qué.

Este cuento obtuvo la mención honorífica en el VII Concurso Internacional de Cuento “Ciudad de Pupiales”. Daniel Tristán es el seudónimo de Daniel Peralta Guzmán.