El Profeta Enoc


Jesús Ezequiel de Dios

Hemos adaptado este texto costumbrista, presentado originalmente como una de las partes de una novela, en su parrafeada original, sin alterar en nada su contenido; sólo lo separamos en puntos y aparte, con el objetivo de facilitar su lectura en línea. Este trabajo refleja la idiosincrasia de los tabasqueños.

La vida cambió para José de los Santos y doña María Constancia le enseñó a llevarla más organizada. Darle de comer a las tres o cuatro vacas del establo casero, asearles su lugar, eran los preparativos para que su primo hermano, el menor de los hijos de la tía María procediera a la ordeña manejando al becerro mamón.

El gobierno hizo público que el profeta Enoc cruzaría el Grijalva andando sobre sus aguas, tal día a tal hora. Todo Villahermosa se aglomeró en el barranco para testificar el milagro anunciado.

Entretanto la tía se entregaba a la cocina. El “puntal”, de café negro en “coco” de güiro, ya se los había dado. Cada quien tenía el suyo, como todos los demás en esa casa. No era cosa de utilizar indistintamente esto o aquello. Tampoco se acostumbraba a comer a toda hora; sólo tres veces al día y se consumía lo cocinado que, por regla general, allegaba Antonio en sus andanzas y quehaceres por “La Playita”, terreno de la propiedad familiar. Luego, a repartir la leche envasada en medias botellas y recogerle a las familias su importe. A la “zanateada” o sea el chapuzón, desayunar y correr a la escuela, donde la estancia resultaba placentera bajo la dirección y cuidados del maestro Taracena y la solidaria compañía del alumnado, que vieron en José de los Santos al capitalino de Villahermosa, el único que usaba su cachucha verde aterciopelada y hablaba con mucho conocimiento de su ciudad, del Teatro Merino, de los circos que había visto, del armón transformado en tranvía urbano y que transportaba a la gente de Atasta a Villahermosa y viceversa, de los barcos llegados de Veracruz y Campeche, del fotingo de don Pancho Lomasto que paseaba jueves y domingos a los familiares y amigos de aquellos que, con la anticipación debida de tres días por lo menos, contrataban una o dos horas para recorrer tres o cuatro calles transitables haciendo el circuito del Parque Juárez para circunvalar la Plaza de Armas.

Platicaba Pepe a sus condiscípulos de lo divertido que le parecieron a la chiquillería villahermosina los carnavales en que de casa en casa, ingeniándose, llegaban a hartarse de antojos y golosinas, pegados a las comparsas desde la mañana hasta el ocaso, en que la diversión se reanudaba en la Plaza de Armas para tirar confeti y serpentinas, pegarle en el pecho ramos y mariposas a las muchachas en señal de cortejo y simpatía, mientras desfilaban los carros alegóricos adornados con las más bellas señoritas.

Apareció en las calles de Villahermosa un tipo de aspecto indígena, pelo lacio y largo partido por una raya, bigote escaso y caído, piel oscura, ojos de alucinado que miraban al sol largamente sin parpadear, además pausados, ropa talar de manta sucia y descuidada, y que al caminar se apoyaba en un palo largo a manera de vara de mando.

Otras veces relataba que a raíz de la rebelión de Adolfo de la Huerta, apareció en las calles de Villahermosa un tipo de aspecto indígena, pelo lacio y largo partido por una raya, bigote escaso y caído, piel oscura, ojos de alucinado que miraban al sol largamente sin parpadear, además pausados, ropa talar de manta sucia y descuidada, y que al caminar se apoyaba en un palo largo a manera de vara de mando. La gente aumentaba por la chamacada tan telenovelera como sus mayores, le seguía. Cada dos o tres esquinas se detenía y predicaba, que ante la maldad de los hombres la ira divina acabaría con el mundo en el año de 1925. Tiempo era de hacerle caso a lo que decía, comportándose al gusto de Dios para no pasarla tan mal cuando sobreviniera el final.

Vieron en José de los Santos al capitalino de Villahermosa, el único que usaba su cachucha verde aterciopelada y hablaba con mucho conocimiento de su ciudad, del Teatro Merino, de los circos que había visto, del armón transformado en tranvía urbano y que transportaba a la gente de Atasta a Villahermosa y viceversa…

Se comentaba de casa en casa y de barrio a barrio, en toda la ciudad, que se trataba del profeta Enoc y no dudaban de su calidad de ser enviado del cielo. Esa creencia se reafirmaba por la dieta del sediciente profeta, ya que por decirse sólo consumía leche y miel. El gobierno en manos de Tomás Garrido Canabal, no le concedió ninguna importancia. Pero día con día, los seguidores de Enoc aumentaban hasta parecer una apretujada y ululante manifestación política. Entonces Garrido le trajo a su presencia y platicaron. Enoc se sostuvo en sus predicciones y Garrido le preguntó si podía hacer milagros, a lo que éste contesto afirmativamente. El gobierno hizo público que el profeta Enoc cruzaría el Grijalva andando sobre sus aguas, tal día a tal hora. Todo Villahermosa se aglomeró en el barranco para testificar el milagro anunciado. Ahí estaba Enoc que intentó caminar sobre las aguas pero se hundió y apunto de ahogarse, fue rescatado.

Desilusionada la mayor parte de la concurrencia se dispersó, mientras otros tomaron la cosa para burlarse de los inefables y del propio Enoc. Luego se conocieron los diagnósticos que certificaron la salud de Enoc. Tal vez por sífilis o debilidades congénitas era un desequilibrado.

Tomado de: Ezequiel de Dios, Jesús. José de los Santos I. UJAT. 1991