Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Un cuento policíaco rural

Una dulce canción bajo la tumba

Teodosio García Ruiz

Cuento testimonial de uno de los gremios necesarios para la transformación del país, el magisterio escolar; con una atmosfera de la Villahermosa de los años ochenta.

Como siempre Tripero y Sesoloco llegaban primero a esa fonda de mala muerte que se llamaba Carrañaca, ahí vendían los mejores cócteles de camarón, los ceviches de bobo y robalo, las campechanas y los levantamuertos. Puros mariscos de primera que llegaban antes a la colonia Casablanca y después avanzaban de casa en casa, de encargo en encargo, hasta llegar cerca del Playón. Entonces don Anselmo Ruiz, un hombre descendiente del español malagueño cruzado con mujer de Jalpa de Méndez, con su bigotón a la Jorge Negrete y a veces a lo Joaquín Pardavé, salía y revisaba los peroles o los morrales de sisal. Metía las manos, sopesaba la densidad y la frescura del producto, mordía uno y se tragaba otro hasta decir:

Y eso que ya veníamos cargados de las comunidades donde trabajábamos con verdadera entrega con los niños y padres de familia de esa regiones.

—Bueno, estos ya están tibiecitos, como que se están echando a perder.

—Pero si los acabo de sacar de los calambucos— contestaba el vendedor.

—A mí no me vas a hacer pendejo- afirmaba Carrañaca.

Y el pescador se iba con los mariscos a otra parte, hasta que llegaba otro vendedor que cediera su operación de regateo. Así era Carrañaca.

El asunto es que bajábamos a la ciudad y gozábamos del progreso: gises, lápices, diccionarios, novelas de Martín Luis Guzmán, de José Rubén Romero, discursos de José Vasconcelos y escritos de Salvador Novo; las últimas ediciones de la Sep y los clásicos de las editoriales argentinas. Íbamos al Teatro Merino y comprábamos ropa en Casa de los Mena, o de los Manzur. Comíamos en las fondas del mercado y, a veces, llegábamos a la peluquería El Fénix, para darnos el lujo de haber estado en la ciudad.

Después de cobrar en la Tesorería, cargábamos batería en donde Carrañaca. Y eso que ya veníamos cargados de las comunidades donde trabajábamos con verdadera entrega con los niños y padres de familia de esa regiones. Cargados porque a tanto trabajo, tanto cansancio, tanta entrega, más faena y de mujeres nada. No teníamos tiempo y es que además éramos asesores de todo. La hacíamos de parteros, de cochineros (en eso de la matanza de cerdos y en los alumbramientos, aunque yo siempre he dicho parir, paren las mujeres, paren las bestias, paren de joder), de escribas, de agrónomos de topógrafos para dar herencias rectas y no terrenos chuecos, de niñeras y de cocineras: que si cómo se guisa eso que se llama espagueti, que si qué es la paella a la valenciana, que si qué es el pato al orange. Y bueno, había que descifrar y asesorar todo. Y de mujeres nada. Por eso es que veníamos cansados de todo y cargados de deseos de mujer, sabíamos que la primera parada era en la tesorería, la segunda era en donde Carrañaca y después Las Turcas, el templo celestial del sexo furtivo y de las caricias pagadas, en la calle Morelos. Donde decían las malas lenguas que sólo iban personas de mala nota, en cierto sentido era verdad, porque ahí encontramos en más de una ocasión a diputados y presidentes municipales cuyos hijos en la escuela eran unos burros y que a estos niños por órdenes superiores, es decir, de los inspectores o supervisores teníamos que pasar con buenas calificaciones.

Veníamos cansados de todo y cargados de deseos de mujer, sabíamos que la primera parada era en la tesorería, la segunda era en donde Carrañaca y después Las Turcas, el templo celestial del sexo furtivo y de las caricias pagadas, en la calle Morelos.

En esas tres paradas clásicas de un maestro rural que había egresado de La Granja, la máxima casa de estudios del magisterio local, y que en verdad era una mierda, teníamos muchas cosas qué contarnos. El Tripero era un tipo de armas tomar, Sesoloco no tanto, maestro de grupo en la Zona de los Ríos, fanático de los germinados y de las hortalizas, todas su explicaciones de Historia de México tenían que ver con el tipo de alimentación de los héroes, con el hecho de levantarse muy temprano y también con la circunstancia del baño diario. No había otra fe para él que la de levantarse muy temprano, bañarse y trabajar en las hortalizas. Alrededor de todas sus explicaciones se aprendía a leer y a escribir, a pensar y sacar conclusiones. En cambio Ananías y Aristóteles que trabajan por la Sierra, eran los clásicos maestros machacones; jóvenes rurales, uno de Balancán y otro de Nacajuca, a los que si se les pedía que sacaran petróleo del desierto lo hacían, a los que se les decía Tomás garrido es un Dios, lo creían, a los que se les podía sacar lágrimas con sólo decir el Señor de Tabasco es bendito, porque así lo decía el cerdo del Obispo, claro, cuando había Obispo. Pero cuidadito y usted le solicitara un peso en préstamo porque entonces esos jovencitos se ponían endiablados, les salía humo y espuma por la boca, resoplaban y rascaban tierra con sus pesuñas rurales de la Sierra y eran capaz de renegar de Dios por el hecho de no perder un centavo, así como cuando llegaba Carrañaca a cobrar el costo del consumo de mariscos con alguna cerveza Moctezuma que sacaba quién sabe de dónde.

Siempre nos reuníamos cinco en la mesa del fondo. Carrañaca ya sabía cómo es que nos habíamos hecho amigos a pesar de que el único que no era de la localidad era yo. El Tripero, Sesoloco, Ananías y Aristóteles tenían en la cabeza todas las costumbres de su tierra, que si los tamales de tripa de leche, que si las maneas, que si el licor de crema de cacao, que si el tepache y el fermento de maíz, que si el día de San Francisco, de la Santa Cruz, que si San Isidro Labrador, que el Señor de Tila, que si la fiesta de Comalcalco donde sueltan a los toros, que si eso y lo otro. Con estos antecedentes, el único que no salía burlado y jodido por las bromas de Carrañaca era yo. Pero no era problema de hablar y hablar y después de digerir los mariscos, irnos a bañar para pasar buenas horas con las muchachas de Las Turcas, sino que al Tripero, le decía por ejemplo, salúdame a tu familia de Iquinuapa, y el otro bajita la mano le mentaba la madre. Cómo es que te enojas si eres de Jalpa de Méndez, preguntaba yo, inocentemente y él contestaba que ese lugar era famoso porque ahí nacen muchos invertidos, no te entiendo, preguntaba yo con mayor inocencia, y él decía alzando la voz: invertidos, coño, putos, me entiendes, pu-tos. ¡Ah!, decía como ya supiera lo que ocurría. A Ananías, Carrañaca le decía “el cornudo”, porque parecía un toro cuando va al matadero, caminaba como menso, se dejaba joder por las bromas más imbéciles y había sido un estudiante brillante en La Granja, por eso Carrañaca lo jodía, pues como buen animal de ahí mamó todo. Así se agarraba también a Aristóteles, sólo que con mayor prudencia porque este era un mocetón con la cara garapiñada por los barros y espinillas y los pelos le salían del bigote eran como las cerdas de los cerdos chelos, de esos de rancho. Como era de Nacajuca y allá se les cuece aparte, Carrañaca era precavido. A mí me decía El Chilango, pinche chilanguito, y me servía más ostiones y camarones porque él sabía el itinerario de nuestras correrías. Todavía estábamos solteros, y como además nos gustaban las novelas policíacas, pues siempre, entre cerveza Moctezuma y caldos de camarón íbamos narrándole las últimas aventuras de ciertos detectives, el modo de asesinar a una persona sin que se detecte en la autopsia, el mejor mecanismo para lograr que la suegra se convierta en una dulce canción bajo la tumba, los argumentos que se deben formular cuando es un testigo falso y por qué hay que ver de frente a la inocente víctima a la que se le está siguiendo un juicio, de eso sí que le gustaba oir a Carrañaca y también de lo que hacíamos con las mujeres en la cama. Ustedes pensarán que hablamos sólo pendejadas, pero es que estando en las soledades de la Sierra y la Zona de los Ríos, donde todo es abandono y pobreza, injusticia y mosquitos, calor y paludismo, uno piensa y piensa en llegar a esta ciudad, comer bien, beber bien, dormir bien y coger bien. Lo demás: gises, cuadernos, diccionarios y novelas policiacas y de aventuras, constituían la despensa para regresar a las zonas de misterio y de ignorancia, de inundaciones y cagadero político de la capital.

Tripero, le decía por ejemplo, salúdame a tu familia de Iquinuapa, y el otro bajita la mano le mentaba la madre. Cómo es que te enojas si eres de Jalpa de Méndez, preguntaba yo, inocentemente y él contestaba que ese lugar era famoso porque ahí nacen muchos invertidos, no te entiendo, preguntaba yo con mayor inocencia, y él decía alzando la voz: invertidos, coño, putos, me entiendes, pu-tos.

Todo era normal en estos trajines hasta que en una ocasión, el Tripero me dijo que algo andaba mal, que nos tenían detectados como “Los Aguiluchos” porque éramos cinco y solamente trabajábamos para sobrevivir y para llegar a la ciudad y destramparnos; le respondí que no entendía. Todavía no había llegado Ananías ni Aristóteles que habían tenido su festival del Día del Plátano en la escuela y los iban a visitar el inspector escolar y las autoridades del municipio. Como estábamos al fondo no se divisaban los embaces de la cerveza Moctezuma y Carrañaca pasaba como preocupado y nos veía y nos veía, traía sal y limón, limpiaba la mesa como nunca antes lo había hecho y todo señor, todo caballero como era don Anselmo Ruiz, se reía entre dientes, muy nervioso, muy raro, como esas gentes que describía, nacidas de Iquinuapa.

El Tripero me dijo que había hablado con Carrañaca de un caso policíaco. Este había comprado una novela y se la había leído de un tirón. Se trataba de un hombre que amaba a su mujer como a nadie en el mundo y le había encontrado entre sus ropas, mejor dicho, en su corpiño, una carta que decía “te espero atrás de la iglesia de La Conchita, a las seis. No lleves nada de bajo, tú sabes.” El hombre empezó a sudar y a dejar de llevar su vida normal. Ya no comía, el sueño no llegaba, a cada salida de su mujer a la plaza, él pensaba que se iba a ver con su amante, pero lo que más le dolía, era que el amante iba a descubrir o que descubrió el lunar que su mujercita tenía en la nalga izquierda y también el que tenía debajo del ombligo, donde empezaba una cesárea. Un día caluroso, bajó de su hamaca y cogió un machete acapulqueño, le dio quién sabe cuántos machetazos a la cama, donde dormía su mujer como se debe dormir, desnuda y en los brazos de Dios, y que después se hincó y se puso a llorar. El hombre vio sus manos batidas de sangre, las paredes y empezó a contar mentalmente los minutos para irse a entregar a la justicia. Pero qué iban a decir sus cuates, sus familiares. Todos se iban a preguntar: ¿por qué la había matado de ese modo?, ¿cuál es la razón para que un hombre pueda cometer semejante atrocidad?, y para dar respuestas y revivir dentro del pecho otra vez lo que decía el papelito, era mejor morirse otra vez o no haber nacido.

Esto es lo que había platicado Carrañaca al Tripero por la mañana, y éste me manifestaba una inquietud. Que dada la confianza que se tenían entre bromas y más bromas, Carrañaca nunca leía historias policiacas, tenía un hijo que se llamaba César porque había nacido de una cesárea y también que él había conocido a Susana, su mujer y era toda una señora. Delgada, de nalgas y labios turgentes, que sabía amar y que no soportaba el olor a cebolla y camarones de su marido, y en las noches de lluvias y de calores a ella se le humedecía el asunto. Que Carrañaca tenía una colección de cuchillos y de machetes. Y que en alguna ocasión él le contó a Carrañaca el modo como un hombre había matado a su mujer, que yacía en la cama, porque le había encontrado un papelito donde el amante la esperaba atrás de una iglesia. Pues sabido es que citarse con la mujer amada, más si es casa, atrás de la iglesia bueno es porque como Dios protege a todo el mundo, hace el amor en la casa de Dios es además de bueno, reconfortante, se aman los unos a los otros. Aunque hay que tener precaución ya que en las iglesias grandes, donde hay obispados, no es recomendable porque ahí lo hace todo el pueblo, por ello es mejor en las iglesias chicas donde todo mundo va con devoción y si se enteran de los chismes no dicen nada porque tienen cola que les pisen. El detalle fue que Carrañaca no pudo escuchar el final de la historia, pues ese día habían llegado unos turistas gringos a comer mariscos. En ese final, la mujer se había ido antes de la hora fijada por el amante, pero para siempre, no para su encuentro casual y el hombre pensándole ofendido derramó su furia sobre almohadones de pluma que cubrieron la habitación hasta salir por los intersticios de las ventanas que estaban entrecerradas para que apenas entrara la brisa de la medianoche y no los mosquitos de la tarde. El hombre de la novela quedó trastornado por la furia del machete entre los almohadones y en vez de mirar plumas blancas, veía, en las noches de luna llena, plumas rojo sangre que le subía como marea por los pies y le empezaba a oprimir las articulaciones hasta hacerlo agonizar poco a poco y gritar que se estaba ahogando, que lo salvaran, que él había matado a su mujer y que no lo volvería a hacer. Así terminaba la historia y había un epílogo donde el autor decía que la historia tenía que ver con una historia real de la que se habían omitido los nombres verdaderos para no hacer sufrir a los inocentes y otras cochinadas que usan actualmente los escritores de novela policiaca para poner más ingredientes a sus caldos de gallina.

Observe atento al Tripero. Su dicción ya no era la de un maestro rural, la de un tipo introvertido sino la de un cómplice, la de un coprotagonista de la historia. Supe, entre cerveza Moctezuma y los caldos de camarón que se acumulaban, que él había estado con Susana, la hermosa mujer de Carrañaca y también de la novela, que esos lunares de la nalga y del ombligo eran una belleza en esa piel renegrida de mujer nueva, de mujer que todos los días tiene que soportar el olor de cebolla y camarones del marido. Que alguna vez le dio en préstamos a ella una novela del Marqués de Sade y que después, cuando regresó, ella le apretó la mano y le dio un papelito. Por eso es que siempre el Tripero llegaba temprano a donde Carrañaca mientras este se iba a regatear los precios del marisco, el Tripero y Susana sostenían esos encuentros fortuitos en la hamaca, en el aljibe y en el tapanco que está atrás cerca de la mata de tamarindo. Sesoloco nomás cuidaba.

Ustedes pensarán que hablamos sólo pendejadas, pero es que estando en las soledades de la Sierra y la Zona de los Ríos, donde todo es abandono y pobreza, injusticia y mosquitos, calor y paludismo, uno piensa y piensa en llegar a esta ciudad, comer bien, beber bien, dormir bien y coger bien.

Pero esta mañana Susana no apareció y Carrañaca le contó una historia similar a la que él le había narrado. Que todo coincidía como si fuese un crimen. Que las descripciones nerviosas de Carrañaca lo delataban. Que las miradas furtivas también. Que de cuándo acá estaba tan obsequioso con los camarones grandes, con las salsas de chile habanero, con la cerveza Moctezuma que ni siquiera las apuntaba y además, tenía en la playera interior de su guayabera yucateca, manchas de sangre como si al matar un pavo éste se hubiese revoloteado todo, manchando las palanganas y a quien le sostenía las alas. Que así andaba Carrañaca y él estaba preocupado por Susana. Por eso cuando fuimos con Las Turcas, él sólo se metió a platicar con la muchacha y le regaló alguna cosita comprada en Casa Mena para halagarla, porque con Susana tenía todo. Hasta a veces ella le regalaba un envoltorio con ceviche de robalo o camarones para llevar.

Yo estaba tenso y también nervioso. La cerveza se había calentado y ni modo de beberla con cubos de helo que por lo general dan cólera y huelen a tripas de pescado. Me la tragué así y pensé en hablar esto con Ananías y con Aristóteles. Tendríamos mucho de qué hablar, porque de seguro algunas otras historias de novelas que habíamos leído tenían que ver más con la vida real.

Así, el pendejito del Tripero nos había dejado muy atrás de nuestros pensamientos: había bebido bien, comido bien, cogido bien, pero estaba ya sin la Susana. ¿Y Carrañaca? Atendía las mesas como siempre y sin mucha torpeza. ¿Sabría que íbamos a pensar esto durante el tiempo que estuviéramos en nuestras escuelas? ¿Que íbamos a resolver el misterio especulando siempre con las coordenadas de pensamientos aprendidos por mis compañeros en La Granja? ¡Bah! Lo único cierto es que ahora que han metido a Carrañaca en la cárcel, ya no hay un buen lugar donde comer los mejores cócteles de camarón de esta ciudad ni la cerveza Moctezuma, que sí abunda, pero clandestina. Y el Tripero se ha ido rumbo a Teapa para meterse a un convento donde desarrolla sus actividades como maestro rural, pero lado de Dios. Ya no lee novelas policíacas. Ananías y Aristóteles se han casado con las hijas de los más prósperos plataneros de la Sierra. Sesoloco y yo seguimos igual. ¡Bah! Esto parece un cuento rural.

Tomado de García Ruiz, Teodosio. Tripa de pescado (apólogos y exordios escolares). CONACULTA/PACMYC/Gobierno del Estado de Tabasco. 2007

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2 comentarios

  1. Juan Luis de la Cruz Peralta

    Muy buena narrativa, con escenarios muy tabasqueños…

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