Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Un cuento fantástico

Ecdisis de Luca

Vicente Gómez Montero

Novelista, dramaturgo, lector, melómano, formador de escritores y uno de los narradores tabasqueños más consolidados del siglo XXI es Vicente Gómez Montero, quien en los últimos 30 años ha dejado constancia de disciplina y pasión por la literatura. Este cuento, que generosamente comparte con nosotros, es una muestra del paraíso Gomezmontesino, donde los elementos de la literatura fantástica están representados.

para Lorena

Mientras subía por la enredadera, Luca supo que el momento había llegado. Con sus pocos años, ágil de cuerpo, apenas con el traje de baño que usó durante el día en la piscina, en la fiesta de las niñas Tina, Mina y Pina,  Luca era la viva imagen de la juventud del vecindario.

Las casas, instaladas ahí por las autoridades primeras del pueblo, queriendo darle jerarquía a sus lauros, eran de una amañada soledad. Todas con balcones, altillos les llamaron en ese tiempo, que daban el toque sobresaliente, enfatizando la fuerza y constancia de los habitantes de aquella población. Las casas fueron ocupándose de esas familias de abolengo, de alta alcurnia. Apellidos rimbombantes se fueron mezclando con los de menor fortuna genética. Porque de pronto, ante la oleada revolucionaria que asoló el pueblo, las grandes casas, ésas, hechas para el dispendio y la opulencia, se ocuparon por familias menos prestigiosas pero con dinero. La Revolución trajo dinero para unos y desdicha para otros. Los aristócratas de antaño admitieron a regañadientes a los nuevos ricos, por nuevos y por ricos. Entonces se fundieron los antiguos linajes con el nuevo cuño pero quedó el recuerdo. El linaje se puso bajo el tapetito del dinero. Las grandes casas sólo fueron eso, grandes de espacio, nunca más de abolengo.

El linaje se puso bajo el tapetito del dinero. Las grandes casas sólo fueron eso, grandes de espacio, nunca más de abolengo.

Por una de esas casas, hasta el balcón, trepaba Luca, haciendo gala de la fuerza obtenida durante muchas horas en el gimnasio. En mitad del camino, tomando aire, colgando de una de las enredaderas, recordó porqué estaba ahí. Hace unos meses, la vio. Elisa. Elisa era la esposa de aquel hombre. De aquel pintor que adornaba las paredes de su casa con exagerados cuadros de dulce albedrío. Pero el interés de Luca era Elisa. La mujer lo detuvo una mañana frente a la casa. Disculpa, le dijo, ¿sabrás donde hay una farmacia? Él apenas indicó que una o dos calles más allá. El contoneo de las caderas de la mujer lo hizo babear como babeaba hasta hace apenas un año ante la melcocha que la tía Tencha elaboraba a fuego lento.

Un año después, la melcocha pasó a mejor idea para ser sustituida por el contoneo de las caderas de la hermosa mujer del vecino. Luca los vio nuevamente durante la reunión organizada por sus padres para recibirlos. Ahí se enteró el muchacho que la pareja y sus padres fueron grandes amigos durante la estancia de los cuatro en París. Hasta ese momento, supo que los vecinos conocían a sus padres, que él era famoso, que su padre y el pintor eran amigos desde la pubertad, que la estancia juntos en París mientras se volvía famoso uno y rico el otro era en la época de la concepción del hijo, éste que ahora trepa la frágil enredadera para llegar al balcón de la recámara principal, que sus padres les dieron las señas de la casa, grande, espaciosa, opulenta, necesaria para estudio y vivienda del pintor y su esposa. Que la mudanza llevaba muebles y extraños enseres de muchos lugares del mundo fue lo último que supo.

El pintor llegó con su esposa algo avanzada la fiesta. Ella entró como exhalación sentándose junto a la mamá de Luca. Marco era enorme. Más parecía obrero que artista. Manos grandes, nariz grande, largas piernas, torso grande. Un pintor llamado a ser el solícito amante de aquella hermosísima mujer. Ya la había observado el muchacho alejarse cuando le indicó el camino a la farmacia. Ahora la tenía ante sus ojos, ante sus ojos almendrados para observarla como se observan los animales exóticos en el zoológico.Con paciencia y de lejos. Paciencia porque el animal exótico, un pavo real digamos, se sabe observado, visto, apreciado. Pero saberlo no basta para la presunción de su raza. El pavo real esperará el momento justo para extender su cola. Luca recordaba esos poemitas absurdos que su maestra de canto y buenos modales recitaba para enseñarle pronunciación. Pavorreal, largo fulgor, / por el gallinero demócrata / pasas como procesión…

Ya la había observado el muchacho alejarse cuando le indicó el camino a la farmacia. Ahora la tenía ante sus ojos, ante sus ojos almendrados para observarla como se observan los animales exóticos en el zoológico.

El pavo real esperará hasta que todos, atentos, recrudezcan su expectación de verlo abrir la cola. Luca siempre pensó si siempre tendría esas mismas plumas hermosas el pavo real, si no las cambiaría como otros animales se transforman o cambian de piel. Así era Elisa, pensó el joven. Un delicado pavo real. Un exquisito pavo real. Luca se fue hacia muchos lugares de la casa. Dejó de hacerlo porque se dio cuenta que no evadía la vista de la mujer del pintor, buscando ángulos para verla mejor. Elisa, sin embargo, no actuaba como un animal exótico. En vez de mostrar sus mejores galas, se deslizaba en el hombro de su anfitriona y Luca, a pesar de su edad, entendió que había llorado.

Su padre y el pintor de la casa de junto, antes de decir agua va, ya bebían aquel coñac reservado para los mejores momentos. Luca supo la estimación que se tenían ambos hombres. Un poco mayor el pintor, contaba historias de exposiciones y escenarios cosmopolitas, delicados y duchos cual gran señor. Elisa, la mujer, había llorado, lo supo. Pero no supo qué hacer. Transcurrió la fiesta más allá de la madrugada. Al final solo quedaron sus padres y los vecinos. Reían las gracejadas del pintor los anfitriones. Elisa se acomodó en un sofá más alejado acomodándose para dormir.

Por fin pudo verla Luca a sus anchas. Qué hermosa era. No solo la melcocha de la tía Tencha pasó a la historia, igualmente Mina, Tina y Pina, sus amigas con las que coqueteaba de fiesta en fiesta y de salto en salto en el colegio. Todo se le olvidó a Luca mientras la veía. Era delgada, pero no una modelo. Pechos voluminosos, atrayentes, redondos. Le parecieron perfectos aun cuando no había visto más que los de la muchacha de servicio o al espiar a las chicas en el colegio.La cadera de Elisa – ah, la cadera de Elisa – curvas para perderse en ellas, excepcionales, anchas pero firmes. De la cintura pasó a las nalgas. Sentado frente a ella, estuvo a punto de tocarlas. Un estremecimiento de la mujer lo hizo recular. Adivinaba las nalgas firmes, redondas, perfectas. Sus ojos no iban a apartarse de ellas nunca más.

De la serie “Las mininas” de Jorge del Moral

Renovó las fuerzas para continuar la escalada por el balcón de Elisa. Unas ramas, unas pocas ramas para llegar al balcón. Uuuuf, suspiró cuando llegó a la balaustrada de mármol. Aun no saltó adentro. Aunque el balcón era lo suficientemente grande para esconderse en él, fue cuidadoso. Plantas, plantas, plantas. Muchas en ese balcón donde alguna vez la entrevió. Estaba en su recámara.

Los días de verano eran más calurosos que los días de primavera, según su maestro de geografía. Entonces, cuando se levantó de la calidez bochornosa de la cama, la vio. Estaba entre las plantas. Otra vez, la comparación con un animal exótico lo conmovió. Una sinuosa serpiente cambiando la piel ante los ojos expectantes de su público asombrado. La mujer, entre las flores, arbustos, plantas del balcón exhibía su espléndida desnudez. Porque estaba desnuda. Luca sintió que su miembro, de longura total, se expandió por entre las costuras del apretado pantalón de mezclilla lastimándolo.

Desnuda, entre las plantas, sorbiendo un coctel helado, era la imagen de la despreocupación y la vida. Ahora sonreía. Luca no pudo menos que asombrarse de su capacidad para cambiar de ánimo. No hace unas noches lloraba en el hombro de la mamá de Luca. Hoy, días después de la fiesta, sonreía plena de sol, de verde, encerrada en una verde joya, clorofilada de sueños, ebria de sol, de aparcado vómito de luz. Mientras más reflexionaba en estos silencios, el muchacho se dio cuenta que su pene destilaba el meloso transitar de la libido. Se cubrió, aunque después pensó que era demasiado tonto. La vecina, desollándose la piel mientras se untaba aceite de coco, no lo veía. Mejor. Fue la primera masturbación hecha pensando en ella. La primera de muchas, siempre pensando en ella como en un animal de una exótica galería.

Todo se le olvidó a Luca mientras la veía. Era delgada, pero no una modelo. Pechos voluminosos, atrayentes, redondos. Le parecieron perfectos aun cuando no había visto más que los de la muchacha de servicio o al espiar a las chicas en el colegio.

Todo eso recordó ahí, agazapado tras aquellos helechos entre los que la vio aquel día. Ahora el sol no estaba. La luna tampoco, era una noche muy oscura. Aquella vez la luz no fue impedimento, la noche sí lo era. Avanzó con tiento. No había tomado en la fiesta de la piscina aunque sus amigos quisieron darle algún trago furtivo. No necesitaba alcohol para estar ahí. Era un muchacho arriesgado. Eso le daba lustre con las muchachas y con alguno que otro compañero. Avanzó a tientas por entre las plantas.La puerta de la habitación principal, entornada, se hizo a un lado para dejarlo entrar. Entró.

Cama enorme, ajuar blanco, muy blanco, cómoda y tocador completaban el entorno. Un ropero, un antiguo ropero frente a la enorme cama, reposaba como invitándolo. Pensó un rato. Si el pintor lo encontraba ahí, en vez de su hermosa mujer, estaría en problemas. Serios problemas. Ni él mismo comprendía qué estaba haciendo ahí cuando la vio. Es decir, vio la figura de Elisa en un cuadro. Estaba a la cabecera de la cama, un enorme cuadro, evidentemente obra de su marido, lo miraba. La perspectiva era correcta. Elisa, la del cuadro, lo veía desde la altura voluntariosa de la pared, abrigándolo, desconcertándolo, definiéndolo. Era la primera vez que Luca se sentía observado. Siempre era él quien observaba, siempre él quien deslizaba la mirada sobre el cuerpo de Elisa.

Alguna otra vez la vio desde la ventana corriendo. Guardaba en su mente esa figura delirante saliendo a correr todas las mañanas. Luca la vio mientras corría bamboleando sus pechos cual protuberancias desatadas. Corría mientras era observada. Pero ahora Luca era objeto de la vista del otro. De la otra. Desde el lienzo, Elisa miraba al inquilino del ropero, pues Luca estaba dentro ya procurando esconderse, sinuosamente. El cuadro era una alegoría de Elisa, con alas de mariposa, antenas relucientes, una piel abajo, tirada en el suelo, desmadejada entre una raigambre de rostros fijos en la desnudez de la mujer emergida de la pupa, indicaba la presencia reciente del lepidóptero en el mundo. Un nuevo cambio de piel, nueva ecdisis de bíblico apoyo, aunque esto no lo pensó Luca pues escuchó ruidos.

Cerró la puerta del ropero dejándola entornada. Marco y Elisa entraron en la habitación. Elisa reía como si la locura, al fin, se hubiera apoderado de sus encantos. Marco la sostenía, sonriendo igualmente. La dejó ligera sobre la cama mientras ella canturreaba una canción de moda. El esposo fue hacia el baño. Regresó de inmediato. Llevaba en las manos una cubeta hermosamente cincelada, exquisita en su contorno, circundada por una serpiente haciendo las veces de manijas. En la cubeta descansaba una botella de vino blanco, dos copas, una bandeja con bocadillos recordaron al joven espía un mesero de esos contratados por sus padres en las fiestas que daban ocasionalmente. Todo lo dejó junto a la cama, para después desvestir a su mujer. Lo hizo parsimoniosamente.

No necesitaba alcohol para estar ahí. Era un muchacho arriesgado. Eso le daba lustre con las muchachas y con alguno que otro compañero. Avanzó a tientas por entre las plantas.

Otra vez veía Luca el cuerpo esplendoroso de Elisa, otra vez se enardecía el miembro, otra vez estaba a unos pasos sin lograr tocar la carne firme. La carne calienta la brasa, había leído en un poema del autor de La música de las esferas, recordó. La frase se incrustó en su mente viendo como las prendas del monumento aquél iban cayendo, arrojadas por el marido que también se quitaba las suyas. Luca se incorporó más en el espacio reducido. Era un fisgón, un deliberado voyerista de los escarceos sudorosos de la pareja. Ahora los vio completamente desnudos.En ese momento comprendió que él estaba a un paso de la desnudez pues su traje de baño, ante la erección dolorosa, comenzaba a quedarle pequeño.

Marco destapó la botella de vino blanco y comenzó un extraño ritual desmesurado, erótico, digno de la belleza de su mujer. Derramó vino blanco en el cuerpo blanquísimo de Elisa. Luca ahogó una exclamación. Comprendía ya la reunión de la pareja. Aquella demostración de ducha excitante era una de las causas por lo que estaban juntos, supuso. El vino comenzó a correrle a la mujer por todas partes, una inundación que se acomodaba por entre las cimas de los pechos, inundaba la boca que se estacionaba en el cuello, en la posa entre omoplatos, camino al vientre. Elisa degustaba el líquido sacando la lengua, gorgoteando jerigonzas desaforadas que enardecían a los varones junto a ella. Bueno, junto al esposo; el espía a unos pasos frotándose la verga con la lujuria propia de sus dieciocho años.

Elisa recibió vino blanco cerca de su acaudalado pubis. El vino dejó algunas gotas en el vello alrededor, era como un bosque donde el rocío aderezaba las plantas, aquellas plantas negras que protegían la cueva donde pronto se aposentaría el miembro del pintor. Aquel pensamiento causó ira en Luca. ¿Iba a tocarle ser amedrentado espía del acto? Bueno, le decía su conciencia, nadie te dijo que vinieras a meterte aquí, ni que vieras con lujuria a la mujer de tu vecino, ni que comenzaras a desearla como se desean las mujeres de los otros. Entonces comenzó la locura. Su locura. Vio que el esposo lo veía.

La sensación de ser visto lo devolvió violentamente a la realidad. Estaba en la casa del amigo de su padre, estaba clandestino en el ropero, estaba erecto pues los escarceos de la pareja así lo mantuvieron desde hace buen rato. Nada fue tan extraño en esos rumbos del erotismo como la mirada del marido mientras lamía el vino de la entrepierna de su mujer. Era una invitación no un reproche. Comerse a Elisa era un gran trofeo, mejor iba a ser montarla ante la complacencia del esposo. La mayor parte del deseo se empantanaba cuando el esposo hizo una seña. Aquel ademán en el supermercado, en la calle, en el bistró donde los vio una u otra vez, quería decir hola, como estás, acércate, saluda. Decía lo mismo exactamente ahora. Viéndolos tan enzarzados en el ansia del vino, ella recibiendo el licor, emporándolo en sus sinuosidades mientras él, al chuparlo, beberlo, lamerlo de entre muslos, senos, vientre, nalgas de su mujer, quiso estar en medio, participar del endiablado trío más que acecharlo desde la oscuridad trotamundos del ropero. Salió.

Era un fisgón, un deliberado voyerista de los escarceos sudorosos de la pareja. Ahora los vio completamente desnudos.

Estaba preparado para golpear al pintor de ser necesario. Elisa rió. Decía algo entre dientes que no se entendía. Marco, en su plena desnudez, volvió a hacerle señas de que se acercara. Lo hizo. Se quitó el traje de baño. Estaban ahora en total equidad. Eran tres por la causa del amor. Se unió al trío con gallardía.Separó al esposo mamando la vagina, sudorosa, licorizada de la mujer que se retorció ahogando un grito. La vio por fin.

Encontró sus ojos, esos ojos ahora se vieron toralmente, frescos, lujuriosos, deslizados entre los apasionados gritos de la mujer, gritos ahogados por el esposo que la besó inmediatamente. Vio Luca las lenguas de los esposos entrelazarse, deslizarse, succionarse una con la otra, impenitentes. Usó entonces la suya para distraer a la mujer. Lo logró. Ella pronto separó la boca de la de su esposo, concentrando la mirada, nuevamente, en los ojos del muchacho que, para ese instante apenas contenía, dolor supremo de su macha estirpe, la erección. Marco, viendo eso, recostó su humanidad en los almohadones de la cabecera. Su miembro era considerable, según vio Luca. Claro, pensó el joven, con esa estatura.

Elisa lo atrajo hacia sí, se recostó en el pecho de su marido, contrayendo el pene entre su recia nalga y la juntura de la espalda. Ahí, los esposos invitaron a Luca a poseerla. Lo hizo. No iba a dudar, esperaba esto hacía mucho tiempo. El viento comenzó a soplar feroz, aullador en las imágenes del mundo que se abrieron para ofrecerle al joven la enmarañada vulva de Elisa. La montó, acomodando su pene en el interior. La cavidad era suave, jugosa, terciopelo sutil donde el viento salvaje peroraba su acción guerrera. Penetró de un golpe. Elisa gritó de nuevo. Marco no hizo ya nada por impedirlo.

El miembro del joven se fue metiendo en el pozo delirante de la esposa hasta que empujó tan fuerte que, al mismo tiempo, deslizaba su lengua por los pechos, estrujaba las nalgas, afianzaba sus muslos morenos abriendo los perlados muslos femeninos. Veía a Marco. Eso fue lo más perturbador del caso. No vio a Elisa, vio a Marco tras la mujer amada. Vio que veía la escena con lujuria, apoyando los embates de Luca con los ojos, salivando el entorno de su estero. Luca y Marco se veían mientras cogían a la mujer, uno con su desbordada imaginación de artista. El otro literalmente, hundiendo el pene tratando de ver a través de ella, verla por dentro como si no fuera suficiente verla desnuda muchas veces. El hombre hizo entonces un gesto. Comprenderlo Luca, hacerlo y demostrar su juventud esplendorosa fue todo uno. Embistió más. Marco acomodó el ritmo, manteniendo su pene en la espalda de su esposa y Elisa se dio a la tarea de gozar como alucinada las acometidas del muchacho y la complacencia del marido. Cuando estalló en semen de joven estirpe, Luca se sintió cansado. Estuvo en la piscina todo el día en la fiesta de unos amigos al final de la calle. Asoleó su cuerpo enmorenándolo para verse más fuerte y delicioso. Terminó su día escalando la enredadera de la felicidad. Se adormiló un momento. Nunca supo cuando salió Elisa de su vida.

Eran tres por la causa del amor. Se unió al trío con gallardía.

 

***

Nunca supieron los padres de Luca qué pasó con su hijo.No regresó de la fiesta de piscina a la que fue en el penúltimo día de vacaciones. Nadie lo vio regresar por los caminos conocidos ni por los ajenos. Inútiles fueron todas las pesquisas, las búsquedas, los llantos y los rezos. Nunca se supo de su paradero. Nunca nadie lo vio más.

Vieron, eso sí, que Elisa estaba extraña. No le dieron importancia porque la esposa de Marco siempre lo fue. Ahora no decía nada. Aunque siempre fue muy callada. Pero comenzaron a sospechar que algo había pasado en el matrimonio porque ya no escuchaban gritos ni alegatos en la casa.

Desarrolló Marco una febril actividad artística. Lienzo tras lienzo salían del taller del pintor. La exposición fue un éxito. Se llamaba Ecdisis. Ganó premios de academias y asociaciones. Llovieron invitaciones a exponer en galerías prestigiosas, nacionales y extranjeras. Salió de viaje la pareja muy seguido. Llegó el momento que vendieron la casa, se despidieron de sus buenos amigos quienes ya estaban resignados por la pérdida del muchacho. Se fueron con todo una mañana de marzo cuatro años después de haberse mudado ahí; un año apenas de la desaparición de Luca.

Si tal vez, alguna tarde de las tantas en que la madre de Luca acompañó a Elisa a las exposiciones de Marco, se hubiese acercado a las pinturas, habría sentido el olor despedido de los lienzos y hubiese sentido el aroma de su hijo, esas reminiscencias de los efluvios del muchacho que delineaban figuras. Elisa supo que la técnica de su esposo era novedosa. Sí. Lo sabía. Pero nunca quiso hacer nada para detenerlo.

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El cuentista del siglo XX

  1. Rodolfo Urbin

    Madre de Dios! Y con estos calores! Esto es como eso de las muchas sombras de quien sabe quien! O era el perfume?

    • Luis Acopa

      Jajaja, gracias por visitar nuestro sitio de divulgación narrativa.

  2. Vicente Gómez Montero

    No puedo más que agradecer la labor de Luis Acopa, quien siempre da un panorama muy interesante de la Literatura. Concurren en esta página narradores de alta estirpe, conocidos y no. Así que larga vida para esta página, para el compilador, para nosotros que podemos congratularnos de ello.

    • Luis Acopa

      El agradecimiento es para usted, por permitirme publicar su cuento.

  3. María del Rosario Galván Vázquez

    ¡Y Luca escaló por fin la enredadera de la felicidad! Pero me queda duda, será que Marco terminó con los días de Luca .
    Gracias Luis Acopa por tu labor
    ¡Saludos!

    • Luis Acopa

      Gracias. Creo que su duda se puede resolver con otra lectura, en el texto está muy claro lo que le pasó a Luca. Saludos!!!

  4. José Manuel Tamez

    ¿Literatura erótica a estas alturas del partido? ¿Qué más se puede pedir? Que esté bien escrita, por supuesto, pero eso es algo inmanente al maestro Gómez Montero. Buena selección. Adelante.

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