El peor de los infortunios 

Marcos Rojas Gutiérrez

Cuentista, novelista y narrador irreverente.

Llamaron del hospital para informarme que mi madre acababa de nacer. Debía tratarse de una broma, desde luego, pero fueron muy insistentes.

—Es su madre —dijeron—, apresúrese.

Me fui hacia allá en chinga loca, hecho un saco de nervios.

—Oigan, no se pasen de lanza, soy huérfano —les recriminé cuando llegué al hospital a mentarles su suerte—. ¿Cómo se atreven a burlarse de esta manera?

Pero en vez de interesarse por mi consternación y darme una explicación, me tacharon de loco.

—¿Acaso no saben por lo que he pasado?

Hace unos meses encontré a mi madre engarrotada en la hamaca. Esa noche estrenaban la nueva temporada de una serie a la que me había enganchado y con lo mucho que me gustaba no quería que me importunara con chochadas, así que no hice nada por despertarla. No fue sino hasta la hora de los mosquitos al acercarme a espantárselos que me di cuenta que estaba muerta. Alguien le había dejado marcadas sus despreciables manos en el cuello.

No están para saberlo, pero mi madre había sido una señora de cascos ligeros. Una puta, como quien dice. Pero no una puta cualquiera. Ella era como las de antes. De renombre. Para visitarla, había que llamarle por teléfono. Hacer una cita. Entonces ya podías ir a su casa y cogértela por un precio que le remordería la conciencia a cualquier empleado de clase media. Cobraba caro y con ese dinero bien podrías comprarle un bonito vestido a tu esposa e invitarla a cenar, en vez de gastarlo en una casa de citas. Sólo si eras un cliente adinerado, sus honorarios no representarían ningún problema. De ahí que la mayoría de sus clientes fueran diputados. Como sea, tanto ricos como pobres siempre regresaban, y con el tiempo mi madre se hizo de una fortuna que le permitió retirarse justo a la edad en la que las putas finas obtienen el grado de madame. Luego se compró un terreno en Mayito y construyó una cuartería. Como era de esperarse, nadie quiso vivir donde una mujerzuela y sus inquilinas terminaron siendo sus colegas. Así que al poco tiempo la cuartería se convirtió en putero. Bastaba programar la cita y subir directamente al departamento que te indicaban… Pero después de que la asesinaron, las putas huyeron como cucarachas y, aunque algunas se quedaron, hoy es un lugar que despierta una confusa sensación de melancolía y asco.

Ahí tienen a Juana, que ya va para dos años con el suyo. Desde entonces una luz irradia en el marco de su ventana. Es el espectro. Juana le colocó un foco en la boca. Así es, igual que a una lámpara. Podríamos decir que la luz fantasmal que se sale desde su ventana pertenece a la misma clase de luminosidad que destella en las casas encantadas.

Es una historia que todos los de por aquí conocen, por lo que estaba seguro de que en el hospital sabían bien quién había sido mi madre y lo afectado que me encontraba por su terrible asesinato. Nunca hubiera imaginado que este incidente fuera a ocasionarme tantos disgustos, aún después de haberlo asimilado, y que su mala estrella fuera a perseguirme hasta el último de mis días. Lo que estaban haciendo no tenía perdón de Dios. Eso de llamar a un pobre huérfano para burlarse de su difunta madre –puta o no– era una canallada, ¿no lo creen? De no ser por lo que le ocurrió a Juana, la del departamento siete, hubiera perdido los estribos…

¿Han sentido alguna vez que los miran mientras duermen y que al despertar no hay nada? Bueno, algo así le pasó a Juana, pero ella no estaba durmiendo, sino rechinando el colchón, ya se imaginarán a razón de qué, cuando se le apareció un espectro en la habitación contigua. Tenía la boca abierta, los ojos también abiertos, pero amorfos, y la cabeza echada hacia atrás.

—Parecía una lámpara —cuenta Juana cada que se lo preguntan.

Fotografía: Juan de Jesús López

No se extrañen. Es por toda esa mierda sobrenatural que ha estado sucediendo últimamente. Uno pensaría que había llegado al límite, que en este país nada podría sorprenderte, pero aquí los tienen: infortunios. No se sabe de dónde provienen, ni el momento en el que van a ocurrir, simplemente te ocupas en algo y cuando menos lo esperas ahí está un pinche espectro sacándote el corazón por la garganta. Hay quienes se desgracian en los pantalones y otros que con el tiempo se acostumbran, porque los espectros, en realidad, son inofensivos. Ahí tienen a Juana, que ya va para dos años con el suyo. Desde entonces una luz irradia en el marco de su ventana. Es el espectro. Juana le colocó un foco en la boca. Así es, igual que a una lámpara. Podríamos decir que la luz fantasmal que se sale desde su ventana pertenece a la misma clase de luminosidad que destella en las casas encantadas.

Ya lo ven, Juana supo lidiar con su infortunio. Mientras que yo no sé qué hacer con una madre que supuestamente estaba tres metros bajo tierra. Valiente infortunio el que me vino a tocar. ¿Por qué no se me manifestó un espectro?

Me hubiera largado en ese instante del hospital, pero una enfermera me sorprendió por la espalda. Era la voz de la mujer que me había llamado por teléfono.

—¿Ya pensó en un nombre? —fue lo que dijo.

Oigan a ésta, la fresca. Lo saben a uno buena gente y enseguida el atropello. Estaba por decirle una grosería, cuando me entregó el certificado de alumbramiento. En éste se señalaba que no habían comparecido los padres, sino una persona distinta. Se referían a este pobre huérfano.

—Ya se la puede llevar a casa —me informó.

Por el formalismo empleado intuí que hablaba en serio y que no me iban a dejar ir sin la criatura. Me vi en la necesidad de llamarle a mi jefe y comunicarle que algo imprevisto se había presentado, algo que no podía dejar atrás si quería enfocarme en el presente, porque aquello que había surgido eran el presente y el futuro unidos, aunque provenían de un pasado concluido. Por supuesto que no se lo dije de esta manera. Las palabras que empleé fueron otras, digamos, como las de cualquier cristiano.

—¿De qué se trata? —preguntó.

—Acaba de nacer mi madre. El jefe se asombró.

—¿Su madre? ¡Hombre, felicidades!

No supe si se estaba burlando de mí o siendo sincero.

—No te preocupes, a uno no le nace su madre todos los días. Sus palabras me confortaron.

—Tómate tres días.

Me fui a casa y me puse a pensar en lo que tenía que hacer y cómo habría de hacerlo, pero no llegué a ninguna conclusión. Yo no sabía nada de bebés, además hacía un calor encabronado y la niña no paraba de llorar.

Juana debió escuchar el escándalo, porque asomó la cabeza por la rendija de la ventana y, después de enterarse de mi infortunio, se puso a hablar de cosas de bebés y de que, en pocas palabras, mi vida estaba acabada.

—Dale de comer cada dos horas, no lo olvides.

Fue su última indicación antes de irse. Me quedé con la luz espectral de su departamento y los mosquitos hipnotizados que ondulaban en ella. ¡Cada dos horas! La que lo parió. Dormí lo mismo que un tlacuache.

Fotografía: Juan de Jesús López

A la mañana siguiente tenía los ojos bojinchos y ojerosos. No era el único. Mi madre también parecía transformada. Había duplicado peso y su mirada ya no se perdía en el embobamiento; por el contrario, tenía un brillo de precocidad.

—Es algo completamente normal —me hizo saber el pediatra—. Estos bebés de ahora son especiales, no se sorprenda si un día se pone a hablar hasta por los codos.

¿A qué se refería con estos bebés? ¿Pertenecía mi madre a una clase de bebés extraordinarios? El pediatra era gruñón y resuelto, no dejaba un ápice de duda sobre su eficiencia. Una vez revelado el diagnóstico, me extendió la mano sin mayores explicaciones y me echó del consultorio.

Una tarde, tal y como lo pronosticó el doctor, mi madre me dijo:

—Oye, Zoche, no me gusta la guardería.

Esta primera oración fue el principio de nuestras desavenencias. La retiré de mi hombro y le observé el rostro. Sus cejas se arqueaban imperiosas. Su mirada de adulto me causó escalofríos. ¿Por qué me había llamado por mi apodo y no por mi nombre? Tal vez había escuchado a mi jefe cuando dijo: «Zoche, ¿qué haces aquí con esa chiquita? Llévala a una guardería… Zoche, ¿no te dije que no quería volver a verte con esa niña? Llévala a una guardería… Zoche, con que paseando a la nena, muy bien, muy bien, disfruta tu día». Aquello era probable. Los mangoneos podían haberle influenciado. Ella no podía haber recordado de la nada mi sobrenombre.

A la mañana siguiente tenía los ojos bojinchos y ojerosos. No era el único. Mi madre también parecía transformada. Había duplicado peso y su mirada ya no se perdía en el embobamiento; por el contrario, tenía un brillo de precocidad.

—Ya sé, Zoche, ¿por qué no me metes a clases de piano?

—Todavía tienes los dedos muy cortos —le hice notar.

—¿Qué te parece… clases de pintura?

—No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué lo dices?

—Es complicado.

Tuve que explicarle que todavía era muy pequeña y que no podría sostenerse por sí misma y un montón de tonterías más para que desistiera.

—Bueno, me quedaré en casa y esperaré la muerte de cuna.

—¿Muerte de cuna?

—Claro, así te deshaces de mí. ¿No es eso lo que quieres? No lo niegues, Zoche, he visto cómo me miras.

¡Ay, dios! ¿En qué momento había aprendido a hablar así? Tenía lengua de ventrílocuo. Sin duda, era mi madre. De alguna manera tenía que distraerle la mente. Dilatar sus recuerdos. Enseguida la inscribí en la escuela de idiomas.

Fotografía: Juan de Jesús López

—¿A cuántos cursos dice que desea inscribir a la niña? —quiso cerciorarse el director.

Le respondí que a todos, como antes se lo había hecho saber a la recepcionista y ésta, a su vez, se lo había comunicado al director en privado, porque, al igual que él, necesitó escucharlo dos veces para dar crédito a mis palabras, que eran en realidad las de mi madre cuando discutimos dónde se quedaría mientras yo iba al trabajo.

El superior se lo pensó un poco, pero no demasiado, porque entonces los números hicieron matemáticas y más pronto de lo que canta un gallo o de lo que aprendió a hablar mi madre, dijo:

—De acuerdo, ya está. Solamente firma, por favor.

Y firmé. Claro que firmé. Con ello me saqué una buena conduerma de encima.

Una tarde recibí la visita de un colega, lo hice pasar a la cocina, abrí el refrigerador y le convidé una cerveza. Nos pusimos a conversar sobre los pormenores del trabajo. Mi madre se hacía de oídos sordos en el corral, como si no le importara, pero yo sabía que estaba al tanto, la muy mañosa. Cuando mi compañero se marchó, volví a la mesa y pensé en sus palabras. El foco del techo me calentaba la cabeza. La compañía estaba haciendo recorte de personal. Abrumado, mi compañero creía que su nombre figuraba en la lista. Pero la manera en que lo había dicho, me consternó. ¿Figuraba también el mío en aquella lista?

—No hagas caso, lo que pasa es que a ese infeliz ya lo pusieron en salmuera — soltó mi madre desde el corral.

Me sorprendí. Aquel era uno de los tantos refranes que mi madre sentenciaba en su vida pasada. Cada vez que quería dejar en claro algo, soltaba uno de sus diretes. Habían sido parte de su personalidad. Pero ahora era una bebé. No podía haber aprendido a expresarse de aquella manera en la escuela, ni en ningún otro lugar. Parecía como si sus recuerdos estuvieran aproximándose a la edad que tenía cuando fue asesinada. Se me pusieron los nervios de punta. No tienen más que imaginársela sentada en cuclillas, vestida de niña buena y hablando con la agudeza de un adulto para darse cuenta de lo espeluznante que resultaba.

Mi infortunio empeoró el día en que dejó de ser una niña. Al menos biológicamente. Aún no tenía la edad promedio, sino tan solo seis años. Seis años y su órgano sexual ya estaba facultado para engendrar. Yo esperaba que mudara los dientes, o la asaltara la fiebre del sarampión. Ya saben, lo de la edad. En su lugar le llegó la regla. Háganme el bendito favor.

—Es algo completamente normal —me sermoneó el pediatra—. Ya le dije que estos niños de ahora son muy diferentes, no se sorprenda que en un día no muy lejano tenga un noviecito y se case.

El pediatra era tan odioso como certero. Tenía boca de profeta. El día que mi madre lo anunció rondaba los nueve años y dominaba diecisiete idiomas. Se me hizo una pérdida de tiempo preguntarle quién era el novio, ya que debía tratarse de mi padre. Por mucho que mi madre gozara del don de lenguas, su terquedad no entendía razones y no había idioma capaz de hacerle cambiar de opinión. Sus estudios habían valido para una chingada.

—¡Haz lo que quieras! —le dije a manera de reproche, dejando a su juicio la última decisión, aunque en el fondo tenía la corazonada de que nada cambiaría. Todo sería igual a como fue. Se casarían, al cabo de un tiempo mi madre quedaría en cinta y mi padre la abandonaría. El resto ya lo conocen. Se dedicó a la putería.

Me volví a equivocar, porque finalmente no se matrimonió con quien se supone que debía ser mi padre, sino con otro que también podría serlo, ya fuera él quien la desposara para después abandonarla o un tercero que hubiese ocupado su lugar.

Mi infortunio empeoró el día en que dejó de ser una niña. Al menos biológicamente. Aún no tenía la edad promedio, sino tan solo seis años. Seis años y su órgano sexual ya estaba facultado para engendrar. Yo esperaba que mudara los dientes, o la asaltara la fiebre del sarampión. Ya saben, lo de la edad. En su lugar le llegó la regla. Háganme el bendito favor.

Al bodorrio acudieron feligreses comunes de rezos y unos cuantos sujetos difíciles en su formulación existencial, pues si me ponía a descifrarlos probablemente terminaría resucitando a media parentela. Mientras tanto, ahí estaban, bailando en fila india y disfrutando del convite bajo un encantamiento alucinador. Fue una velada escabrosa. Por un lado me parecía ver a la tía Fulana refunfuñando al tío Mengano y por el otro a la prima Zutana alisándose el vestido. Me emborraché de puro delirio y la resaca me duró los días que tardó en decirme que estaba encinta.

—¿Qué?, ¿estás segura?

La incredulidad de mi sorpresa le ofendió.

—Tengo un par de semanas.

—¡Dios mío! Vamos a salir en el Diario de lo insólito.

—No exageres —me dijo Juana al enterarse—. Mírame a mí, que ya llevo un buen rato con el espectro. Hasta cariño le agarré al méndigo. Pobrecito, no falta mucho para que se desintegre.

Era verdad, el espectro de Juana no tenía la fosforescencia de sus primeros años, lucía más bien como un cuerpo nebuloso, iluminado por una débil luminiscencia que provenía de su interior. Daba la impresión de que un día se apagaría y desvanecería por completo. Sentí pena por Juana.

—Ya no chilles —continuó—, sea cual sea el origen de los infortunios, tarde o temprano se irán y volveremos a quedar nosotros, igual que antes, pero más jodidos que nunca.

Por lo visto Juana era una romántica y creía con fervor de gitana que la estancia de los infortunios en nuestras vidas dejaría reminiscencias de una época singular y sin precedentes. Pura mariguanada. Juana podía tener la boca llena de razón, pero no contaba con el detalle de que mi madre estaba por parir en unos meses.

—Ya no la hagas de tos, mira que vas a tener un hermanito —quiso consolarme.

¿Un hermanito? Juana cabrona, ¿tú también tratas de burlarte de mi infortunio? Que el cielo caiga sobre ti y te destripe; yo que te creía mi amiga, mi confidente, y aquí estás sacando gozo de mi infortunio.

—¡Eso no puede ser mi hermano! —le espeté.

Se me quedó mirando con cara de qué te pasa, por qué me hablas así, mejor me voy antes de que te sorraje un guamazo. Y se fue. Me dejó solo en las escaleras de la cuartería. Me quedó ardiendo la cara de vergüenza. Había sido injusto con Juana. No tenía más que subir a su departamento y disculparme, después de todo nadie la había obligado a escuchar mis lamentaciones.

—Con quien debes disculparte es con ella —me contrarió en cuanto quise proferir mis penosas justificaciones.

Estaba en lo cierto, había sido un ingrato. La criatura que venía ensanchando el vientre de mi madre, más que mi hermano, era yo mismo. ¿Por qué no me había dado cuenta? Ya deben imaginarse lo miserable que me sentí. La culpabilidad en mi interior era más grande de lo que podía soportar mi corazón. ¿Cómo podía llamar infortunio a la dicha de tener de vuelta a mi madre? Ahora podía remendar las manchas del pasado y comenzar de nuevo. Me fui enseguida a tamborilearle la puerta.

—Sé que he sido majadero contigo —le dije una vez que me aclaré la voz con un trago de saliva.

Fotografía: Juan de Jesús López

Mi madre bajó la mirada. Los cabellos le cayeron sobre el rostro, escondiéndoselo. Para entonces, el tipo ya la había abandonado. Así que supuse que saberse amparada por un familiar le regresaría el ánimo.

—Perdóname —le dije—, todo esto del embarazo, tú sabes, no supe cómo tomarlo.

Al escucharme sentí una profunda reprobación hacia mi persona. Mi madre guardó brevemente silencio, pero luego dijo que no pasaba nada. No le creí.

—¿Qué tienes? —insistí.

—No es nada —respondió.

—Tú tienes algo, ya dímelo.

Hubo una larga pausa, luego noté que se preparaba para darme una noticia.

—No tendré al bebé —dijo de golpe.

—¿Qué?

—No tendré al bebé —repitió, haciéndose oír claramente.

—Pero ¿por qué?

—No quiero parirte.

Saber que mi propia madre quería privarme de la vida hizo que la sangre se me helara y un terror por encima de lo imaginado me hizo cascabelear las rodillas.

—¿Qué estás diciendo?

—No quiero volver a traerte a este mundo.

—¿Por qué dices algo tan despiadado? Soy tu hijo.

—Eres un monstruo —me contrarió—, eso es lo que eres, Zoche. Y no quiero volver a parirte.

—¿Qué? —le dije, sacudiéndola—. ¿Por qué dices algo tan horrible, cuando no he hecho otra cosa que procurarte? Yo…, yo era un pobre huérfano…, y tú…, tú eras una…, ¿sabes lo que eras?

—¡Claro que lo sé! —me interrumpió.

—¿Qué quieres decir?

—Ahora que recuerdo todo, lo sé.

—¿Qué cosa? ¿Qué es lo que recuerdas?

Levantó la cabeza. Sus ojos me apuntaron. Había un destello de dolor en sus pupilas que parecía revelar el punto de quiebre de la confesión de un condenado.

—Dime, ¿qué es lo que recuerdas? —me exalté y me arrojé directamente sobre su cuello, al momento que decía:

—Tú…, tú me asesinaste.