Érase una vez un cuento en línea

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Un cuento de amor

Mi amado amadísimo

Soledad Arellano

Escritora, correctora, maestra universitaria y una de las voces narrativas más audaz en la tradición cuentística de Tabasco.

Hoy es el día de mi boda y él no está. Sé que es inútil esperarlo; no va a llegar. Sólo puedo recibir las felicitaciones y simular que estoy contenta. Por fin la solterona de la familia se casa.

Nadie podía entender que yo fuera feliz sin pareja, pero era cierto: el trabajo, los amigos y, sobre todo, la compañía de él llenaban mi vida. Siempre nos llevamos muy bien, y si hubiera un culpable de lo sucedido tendría que ser yo, porque él siempre confió en mí. Al principio, quizás porque era la única que no lo trataba como a un niño, ni me reía de sus conflictos adolescentes o porque él sentía mi enorme cariño. No sé, pero se acostumbró a estar conmigo, a contarme sus cosas y pedirme opiniones.

A mí me halagaba cuando prefería mi compañía a la de las jovencitas de su edad o cuando comentaba que ninguno de mis –cada vez más escasos– pretendientes me merecía.

Veíamos las mismas películas, leía los autores que yo le recomendaba; hasta me pedía que lo acompañara a comprar su ropa.

A mí me halagaba cuando prefería mi compañía a la de las jovencitas de su edad o cuando comentaba que ninguno de mis –cada vez más escasos– pretendientes me merecía.

Yo salía frecuentemente por compromisos de trabajo, con amigos o eventualmente con Alfredo, mi eterno y fiel enamorado. Pero ninguna compañía era mejor que la suya: él descubría el mundo todos los días y yo estaba ahí para celebrar sus descubrimientos y hacerle creer que eran originales.

En mi último cumpleaños me sentía deprimida –creo que a todos nos afecta de alguna manera brincar la barrera de los treinta– no tenía ánimos de fiesta o celebraciones, pero él llegó en la noche, cuando salió de la universidad, para llevarme a cenar y ver un espectáculo que le habían recomendado. Todos insistieron en que debía ir y yo acepté más que nada por no defraudarlo.

Inventamos el beso: éramos el único hombre y la única mujer sobre la tierra, borramos todo lo demás.

La pasamos muy bien, nos reímos mucho, recuerdo haberle comentado que siempre sale mejor lo que no se planea. Al terminar la variedad nos quedamos bailando, primero música moderna y luego baladas románticas “de mis tiempos”. Yo le había enseñado a bailar y nos acoplábamos muy bien. Me sentía un poco mareada, pero relajada y contenta. Todo sucedía en forma natural, era muy agradable: su mano presionando suavemente mi espalda para acercarme a él, la altura de su hombro ideal para recargar mi cabeza, el olor de su sudor mezclado con la loción que tanto me gustaba, el roce de su muslo en mi pubis, su erección. Después, inventamos el beso: éramos el único hombre y la única mujer sobre la tierra, borramos todo lo demás.

Salimos casi corriendo hasta el coche, sin dejar de besarnos, conscientes de que el otro sabía y que todo era inevitable. Mezclamos nuestro sudor y nuestras lágrimas, nos vencimos y nos entregamos sin decir una sola palabra.

No sé qué debería haber hecho en los días siguientes, pero sólo se me ocurrió evitarlo. Evadí igual sus súplicas que sus enojos, ignoré su desesperación, me negué a tener cualquier explicación con él.

Tampoco después… Cuando supe, no le dije nada, sólo me cercioré de que genéticamente no habría ningún problema y tomé la decisión: busqué a Alfredo. No fue nada difícil seducirlo, darle el “sí” pospuesto tantos años y convencerlo de que no tenía caso retrasar una boda que todos esperaban. Cuando él se enteró, se fue sin despedirse de mí. Como te digo, no sé si hice bien, pero desde luego era la única posibilidad: por nada del mundo hubiera abortado al hijo de mi amado amadísimo hermano.

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Un cuento fantástico

2 Comentarios

  1. Ernesto Hernández Felipe

    Excelente cuento mi estimado Luis Acopa, tuve la oportunidad de leer “Mujeres divinas” de Soledad Arellano, un libro cuya lectura me dejó muy satisfecho. En el texto donde la presentas creo debe decir audaces en ve de udaces. Saludos

  2. Luis Acopa

    Gracias Ernesto. No había visto la errata.

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