Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Un cuento con paisaje

Lágrimas de cocodrilo

Guadalupe Azuara Forcelledo

Escritora, bibliotecaria, maestra universitaria, formadora de escritores y promotora cultural.

Los grandes ojos color café del lagarto se asomaron una vez más a la superficie de la laguna. Cualquiera diría que se le alargaban por el agua, pero no: le salían fácil las lágrimas.

La laguna estaba en calma, el viento había cesado, y todo parecía indicar que ya no llovería más. Pichi, el lagarto, se sentía sólo, cuando era pequeño su curiosidad lo había llevado a perderse en el pantano donde vivía separándose de su familia, luego fue arrastrado por una corriente que lo internó aún más en las zonas profundas del popal. En ese lugar vivían pequeños peces y roedores de los que se alimentaba. Así pasó el tiempo y Pichi poco a poco creció. Pero se sentía solo. Era una sensación indefinible que le pesaba en el cuerpo, cuando el sol se acostaba por las tardes o cuando en el tiempo de nortes la lluvia lo bañaba por días y días. Y entonces se ponía a llorar.

Esa vez, la temporada de lluvias fue como nunca, llovió y llovió.  Los ríos bajaban palotada y tierra, las lagunitas y los popales crecieron tanto que se unieron y la tierra dejó de verse, la región se convirtió en una laguna inmensa. Sólo sobresalían los árboles más altos y los manchones enormes de jacintos que hacían isletas donde los zanates, las garzas, las chachalacas y otras aves anidaban, a más de pequeños roedores acuáticos, innumerables culebras y unos cuantos lagartos que salían de sus escondites llevados por la crecida.  Pichi era uno de estos.

Esa vez, la temporada de lluvias fue como nunca, llovió y llovió. 

Salió el día que más llovió. Cansado de nadar, llegó hasta la orilla encontrando una vereda de tierra, lentamente trepó por la pendiente hasta quedar en un camino deterraceríael cual recorrió sin darse cuenta que dos pares de ojos seguían con temor su lento avance. Eran dos niños que estaban subidos en un gran mangle. Apenas Pichi se alejó un poco salieron a todo correr hasta su vivienda, una humilde casita de seto y techo de palma. En ella refirieron a grandes voces a su padre lo que habían observado. Este vio al pequeño lagarto y decidió cazarlo. Buscó su machete y una vara enorme de caoba, de un árbol que habían tumbado por esos días, llamando a grandes voces a su compadre:

—Compa, compa, venga, mire salió un lagartito, vamos a darle mate y nos hacemos unas chanclas con él,

—O de perdis, unas bolsas pa’ las mujeres.

—Dicen que su carne sabe buena.

—Pues yo no sé, pero a cómo anda la situación, con esta creciente cualquier cosa es buena.

—Órale pues, traiga a sus muchachos.

Ya se había juntado una bola de gente en el lugar donde Pichi descansaba ajeno al alboroto que se había formado.

Una vez en el lugar, Jaime, el campesino, y sus amigos procedieron a cazarlo, tirándole lazos en el cuello y en la cola. Después de una breve lucha Pichi se dejó llevar, quizá estaba cansado de nadar sin rumbo.

Lo dejaron en un corral vacío, para decidir su suerte. Ya en la tarde pasó por allí un comerciante de telas y baratijas, compadre de Jaime.

Lentamente trepó por la pendiente hasta quedar en un camino deterraceríael cual recorrió sin darse cuenta que dos pares de ojos seguían con temor su lento avance.

—¿Qué pasó compa?, me dijo el chamaco que agarraron un animal hoy en la tarde -preguntó el comerciante.

—Pues no va a creer usté, un lagartito -dijo Jaime.

—Vaya, así que un lagartito ¿y de qué tamaño? ¿chiquito?

—No, compa, es grandecito, de más de metro y medio.

—Ah caray, ¿y cómo lo agarraron?, de milagro no los colió, porque esos animales pegan con la cola cuando los siguen.

—Pues sí, pero la mera verdad, es que el compadre Juan es ducho en esas cosas y lo pudimos lazar. Dice que hace muchos años, cuando andaba pescando, un lagarto más grande le voltió el cayuco y casi le arranca un brazo, pero traía un buen machete y logró metérselo en un ojo y se pudo escapar. Venga se lo voy a enseñar.

Los hombres se dirigieron al corral donde, fatigado, Pichi se encontraba descansando cerca de un gran charco de lodo.

—¿Y qué lo van a hacer? si se ve rete triste, nomás mírele esas lágrimas.

—Sí hombre, y la mera verdá pues no sabemos, a lo mejor salpicón, dicen que no sabe tan mal.

—Oiga compa ¿y por qué no mejor me lo vende?

—No, pues si me da alguito. Me viene bien, es que con la creciente ya estamos aburridos de comer pescado, ya ve que ora hasta las jicoteas y los pochitoques se están acabando.

—Pues uste dice, si quiere le traigo una despensita de Villa.

—Está bueno pues, a su comadre le va a dar harto gusto.

Y así Pichi, todo amarrado fue a dar al fondo de una camioneta, que traqueteando y resoplando lo llevó al mercado. Sus ojos cada día estaban más tristes. Dicen que los animales no lloran pero de los de Pichi escurrían gruesos lagrimones. Se imaginó muerto y sus lágrimas parecían ya los hilillos nacientes de algún arroyo. En el amanecer de un día gris y nublado se encontró en un puesto del mercado, sus vecinos: cacaraqueantes gallinas y gallos, chillones pavos y cerdos, alborotadores pericos, calandrias y loros, parecían decirle que ya no estaba en su mundo. El lagarto trataba de deshacerse de sus ataduras, pero cada vez estaba más débil. Parecía que su destino era convertirse en un reluciente bolso de piel o en varios cinturones. Se le escurrieron dos largos lagrimones.

Pero el destino quiso que por allí pasara un biólogo, conocedor de los animales y amigo de ellos. Cuando lo vio, pensó en denunciar al vendedor, ya que la caza de éstos y otros animales está prohibida en muchos lugares, pero pensó que para cuando lo hiciera el lagarto ya   estaría convertido en cinturón o maleta, así que decidió sacrificar otras cosas y lo compró. De manera que Pichi fue llevado al Cocosaurio.

Una vez allí, y después de las explicaciones acerca de cómo fue adquirido, lo soltaron en un estanque junto a otros lagartos similares a él en tamaño. Pichi no podía creerlo, ante él había otros seres iguales, poco a poco la pesadez que le amarraba el cuerpo fue abandonándolo y se dejó llevar por la lluvia que empezaba a caer. Se encaramó en una terraza a recibirla con su gran boca abierta, mientras le volvían a brotar los lagrimones que ahora sí, eran de felicidad.

Anterior

Un cuento de amor

14 Comentarios

  1. miguel angel gonzalez urbieta

    …un buen principio…una historia con mezcla de aventura ecologica..y realidad del campo a la ciudad…con un final de coco..drilo…bien.

  2. Ernesto Chacón Robles

    Bonito cuento, me gusto el final

  3. Doralicia Hernández Sánchez

    Muy lindo. Lo leeré con mis niños del círculo de lectura, gracias por compartirlo.

    • Luis Acopa

      Gracias por leerlo, y si gusta sería muy bueno que nos compartiera en nuestro espacio de Facebook las fotos de su actividad para compartirlas. La dirección es con el mismo nombre que nuestra página.

  4. Manuel Felipe

    no había reparado mucho en el cuento, y ahora de una sola leída, en ese primer párrafo ¡qué imagen!

  5. Manuel Felipe

    la imagen del primer párrafo es magnífica, además del cómo está dicha.

  6. José Madero

    Muy buen inicio que captura al lector. Muy bonita trama con excelente redacción. Con un adecuado relato y un inesperado final

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén