Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Un ajuste de cuentas

El ahogado

José Carlos Becerra

Con una narración líneal, Becerra busca mostrarnos las entrañas de la conciencia sobre los actos previos, dejando constancia de la intima relación que guardan los tabasqueños con el agua.

 Quienes lo hayan conocido antes, no podrían reconocerlo ahora. Sin embargo, los testigos se agrupaban a su lado con caras de asco, repugnancia, sorpresa, curiosidad, fastidio…

—¿Lo reconoce usted? Bajó la cabeza sintiendo que el pecho se le apretaba de angustia, mientras que en el estómago se le formaba un vacío que descendía, que la hacía vacilar. Buscó un lugar donde apoyar su tembloroso cuerpo sin encontrarlo. Sólo había rostros contemplándola y frías paredes desnudas. Le miró los dedos hinchados, carcomidos; allí estaba el anillo con sus iniciales: Q. S…. La voz volvió a llegar a sus oídos, como sonando desde lejos, pero inquisitiva y firme, sin lugar a dudas.

Le miró los dedos hinchados, carcomidos; allí estaba el anillo con sus iniciales: Q. S….

—¿Lo reconoce usted?

Asintió bajando la cabeza, mientras los presentes la miraban con compasión o curiosidad.

—Sí, lo conozco, es… es mi marido —y estalló en un llanto convulsivo, que hacía estremecer todo su cuerpo. Algunos curiosos se amontonaban asomando los rostros por la puerta, y el agente del Ministerio Público mandó a un gendarme que los alejara. Luego se volvió a la mujer que no dejaba de sollozar.

—¿Quiere empezar a declarar? —Uno de los presentes se acercó a ella y le pasó el brazo por la espalda, luego volviéndose al agente del Ministerio exclamó:

—Deje que se calme un poco, la escena la ha impresionado. —El otro asintió moviendo los hombros, y encendió un cigarro. Salieron todos de la habitación, sentándose en las bancas de madera que había en el corredor del hospital.

—Cálmese Luchita —le dijo el que la había abrazado, y le palmeó los hombros suavemente. Poco a poco su pecho se fue apaciguando de los desgarrones del llanto. Ya sólo uno que otro sollozo se desprendía de sus labios, pero por dentro estaba fría y los ojos le empezaron a doler. Sin querer, los volvió hacía la puerta de donde acababan de salir. La puerta estaba cerrada, pero ella lo veía; cómo tenía la nariz carcomida, los dientes pelados, el vientre espantosamente hinchado, amoratados los pies.

¡Dios mío, quién lo fuera a creer! Era como un sueño feo del que uno quiere despertar y no puede, porque se está fijo, sin poder moverse, sin poder huír.

Cómo tenía los ojos blancos. Blancos y blandos como pulpa gelatinosa. Blancos. Los muertos se ponen blancos al igual que las tumbas.

El agente del Ministerio Público tiró al suelo la colilla de su cigarro, apagándola con el zapato mientras decía:

—Creo que será mejor que nos vayamos a la delegación para las declaraciones. —Los otros asintieron y todos salieron para abordar la camioneta, que los aguardaba afuera.

Por la ventanilla entraba un aire fresco golpeándole la cara, y alborotándole los largos cabellos azabache. Cómo tenía los ojos blancos. Blancos y blandos como pulpa gelatinosa. Blancos. Los muertos se ponen blancos al igual que las tumbas. ¡Dios mío!, ¿por qué le ha ocurrido esto? Blancos y blandos. Ya nunca se le borrarían, los llevaba fijos, clavados frente a sus ojos. Y parecían mirar, mirar y saberlo todo. Como ella, como él. Quién lo hubiera creído, cuántas ilusiones, para luego nada. Ni él, ni ella, ni nadie, eran los culpables, acaso Dios que los hizo así.

Se miró el anillo en el pulgar. Otro anillo igual al de él, con sus iniciales: L. M. N. Dos anillos uniéndolos sin unirlos. —Es tu regalo —y él mismo se lo puso, besándola después.

—No se preocupe, le entregaremos el cadáver, apenas liquidemos las investigaciones obligatorias —le dijo el agente del Ministerio Público, que iba a su lado. Estaba tan abstraída que no entendió las palabras del otro, pero en sus labios apareció una rápida sonrisa forzada. El agente del Ministerio Público se acomodó en el asiento, inclinándose un poco hacia ella, mientras le decía al chofer.

—Pégate a la derecha, que atrás viene un camión de carga. —El chofer lo miró por el espejo, y se abrió para darle paso.

Es una hembra completa, pensó mientras que discretamente se arrimaba más a ella.

—Hay que manejar con cuidado para evitar accidentes, últimamente me han llevado muchos casos —dijo el agente del Ministerio, dirigiéndose a ella, que parecía ir absorta. El agente la miró con admiración: es una hembra completa, pensó mientras que discretamente se arrimaba más a ella.

Los árboles y las casas pasan velozmente frente a ella. Ahora más casas que árboles, y gente caminando, y niños que juegan canicas a orillas del arroyo. El chofer le tocó el claxon a uno que se cruzó, y el agente dijo unas palabras que ella no entendió porque pensaba en los ojos.

—¡Qué ojos tan negros y tan grandes, tiene Quintín! —comentó su madre un día.

Qué ojos tan negros cuando la miraban, qué ojos tan negros que sólo se adivinan, cuando en la oscuridad de su cuarto, lo sentía a su lado. Y ahora convertidos en ojos blancos. Blancos que la miran, que lo saben porque los muertos no ignoran nada…

Quintín está lejos, y la tarde lluviosa ha dejado una noche húmeda y fresca. Un grillo canta en el patio y adentro la voz de él: —Olvídalo…, te quiero… —Los ojos se le cerraron al primer beso de Quintín, pero ahora tan distinto. En los labios de Pedro hay más furia que dulzura, más fuego que ternura.

Comerciante ambulante, Quintín viajaba a menudo a otras rancherías, y a Villahermosa; a esta última marchaba cada quincena en busca de mercancías. Apretó los labios, y cerró los ojos; Pedro había surgido inmutable entre las sombras del patio, brusco y terco.

—Pedro, váyase por favor, que soy mujer decente… Pedro había surgido inmutable de las sombras del patio, para confesarle su amor, y para no marcharse ya, y vivir a hurtadillas a su lado. Una tarde le confesó con los dientes apretados y la mirada turbia:

—Odio a tu marido como a mi peor enemigo, no sé cómo me he podido aguantar, cuando pienso que estás a su lado.

Una vena oscura se le hincha en el vigoroso cuello cuando habla, y a ella le parece que se le va a reventar.

—¡Pedro por Dios!…

Quintín volvió silencioso de Parrilla, y por la noche regresó borracho, y ni una caricia como antes, se quedó dormido. Dios mío, donde Quintín lo sepa…, ¿lo sabe ya?, y sus grandes ojos negros la miraban… Esta vez será la última, se decía después de la última visita de Pedro, en las ausencias de Quintín. Pero la fuerza y el calor de Pedro volvían a vencerla otra vez.

El agente del Ministerio Público, abrió la portezuela invitándola a descender de la camioneta y al subir las dos gradas de la puerta, la tomó cortésmente del brazo. Adentro en la delegación, flotaba un aire denso y caliente. Sintió que se desespera. Algunas gentes aguardaban sentadas en las bancas de madera, afuera de la habitación que servía de Agencia del Ministerio Público. Al fondo se alzaba una vieja y despintada reja de madera vigilada por una guardia de gendarmes y tras la cual en un patio amplio y miserable, se asoleaban los presos, que en su mayor parte consistían en ebrios escandalosos traídos por la noche anterior, rijosos, vagabundos trastornados, y raterillos vulgares.

Una vieja y destartalada Underwod, comenzó a mover sus teclas, guiados por los dedos del joven y mecanografo secretario.

—Nada más se levanta el acta, y puede retirarse —le dijo el oficial del Ministerio. Pensó en volver a la casa y encontrarla sola, abandonada, desleal como ella lo había sido.

¿Lo sabría ya Pedro? ¿Iría a esperarla a la funeraria para volver juntos? No lo permitiré; le daré luto a Quintín, quien más volvería a reclamarle borracho, ni a llevarle ni a comprarle aretes, a hacerle caricias bruscas. Quintín, murmuro que sabía su movida, pero en sus ojos no se asomó ni lágrima.

Los muertos no ignoran nada.

El agente empezó a escribir: “En la ciudad de Villahermosa, Tab., siendo doce horas del día…” Los ojos blancos de Quintín, pobre Quintín.

“Presente la declarante, quien confirma llamarse Luz María Morales, hoy viuda de Sáchez, manifestó: por datos generales ser pariente, queda asentado, del ahogado encontrado en las afueras de la ranchería Las Gaviotas, quien tenía veinte y cinco años de edad, y estaba casado con él, quien en vida respondía al nombre de Quintín Sánchez…” Al mencionar su nombre, pensó en el cádaver y los ojos blancos de Quintín, quien murió sin saberlo. Le reomrdia la conciencia de sólo pensarlo, ojalá y que el Santo Niño de Atocha, se lleve su alma y que no venga a castigarnos.

“…Declara que el señor Quintín salió el pasado miércoles, de la casa de ambos, situada en la ranchería antes mencionada al margen de Las Gaviotas, con el fin de tomar unas cervezas con sus amigo.”

A veces la voz chillona del agente se revestía de una cómica severidad. Las tejas de una casa lejana, hervían bajo los resplandores del sol. Se levantó el largo pelo azabache, para refrescarse la nuca con un abanico de cartón. ¿A qué horas acabará todo esto? Lo mejor era terminar con Pedro, irse a Tierra Colorada a la casa a la casa de sus padres, vender las cosas de Quintín, y serie fiel a su memoria, después de todo ¡era tan bueno!

—Firme usted —y le ofreció una pluma. Bajo los árboles de la Plaza de Armas, los campesinos se toman fotos entusiasmados. Su compadre Ignacio que la ha acompañado todo el tiempo, le propuso irse a retratar, pero ella se negó severamente y sólo le aceptó un refresco.

Al regreso, su casa le pareció desconocida, inundada de un olor al que no estaba acostumbrada. Luego que se fue la anciana que le ayuda en los diarios quehaceres, un silencio surgió de todos los rincones de la casa.

Con indolencia se acostó en la hamaca, mientras que afuera comenzaba a crecer la nocturna oscuridad. Por su mente pasaron los acontecimientos de la mañana. Quintín le sería entregado al día siguiente para ser enterrado, por eso su compadre se quedó a dormir en Villahermosa, para poder arreglar todo, y lo de la funeraria, temprano al día siguiente. Ella le dio las indicaciones.

—Escoja una cuyo precio no sea mayor de seiscientos pesos. —¿De qué color la habrá escogido?, negra, gris, blanca… Blancas son las cajas en que entierran a los niños y a los jóvenes. Blancos, los ojos blancos, ¡Dios mío!, parecía imposible que estuviera así, carcomido por los peces, despellejado, hinchado… Quintín. Y su figura surgió poderosa en el recuerdo, sonriente, lleno de vida. Levantó el brazo, para tratar de mirar en la semioscuridad el anillo en su pulgar. Regalo de Quintín. Era bueno. Los domingos en la tarde, le gustaba sentarse en el patio a tocar su guitarra. Creyó que iba a llorar, sintió húmedos los ojos. El ruido de las sogas al rechinar en los hamaqueros, sonaba monótonamente, mientras que la hamaca se mecía impulsada suavemente por su pie. Era el único ruido, hasta que los goznes de la puerta crujieron al abrirse ésta lentamente. Volvió sus ojos hacia allá y una palabra se escapó de sus labios.

—¡Pedro!

De súbito, Pedro se había plantado frente a ella y la miraba tosco y silencioso.

—Pedro por Dios, ¿a qué has venido?, respeta siquiera el luto de la casa.

En los ojos del hombre brilló una luz extraña.

—Vengo a darte el pésame. —La respuesta la sorprendió, porque no la esperaba.

—¿A darme el pésame? —pregunto extrañada, y el otro asintió moviendo la cabeza. Lo miró sin atreverse aún a levantarse de la hamaca; pero después de unos segundos se decidió.

—Te lo agradezco mucho —le dijo y le tendió la mano. Pedro miró en silencio aquella mano extendida y luego la rodeo bruscamente por el talle estrechándola contra su pecho.

—¡Pedro! —prorrumpió enojada, suéltame estate quieto. Y de un violento movimiento se zafó de sus brazos. Él la miró asombrado.

—¿Pero qué te pasa? —preguntó.

—¡Esto es el colmo ¿qué te has creído?, siquiera porque Quintín está muerto, deberías respetarme.

—¿Respetarte? —y Pedro la miró más asombrado aún, mientras ella se alisaba con las manos, los olorosos cabellos azabache.

—¿Respetarte?, no te entiendo, yo pensaba que ahora que murió Quintín desaparecería el único estorbo, que aún se interponía entre nosotros.

—¿Qué has dicho? —le grito exaltada—. Has llamado a Quintín un estorbo, y estás en su casa, frente a su mujer, ¿y todavía te atreves?, sal inmediatamente de aquí.

Él se quedó perplejo.

—¿Acaso no era un estorbo? —le preguntó ruda y sencillamente. Pero eso la enfureció más y lo amenazó con gritar si no se marchaba. Pedro sintió desesperarse.

—¿Acaso ya no me quieres?

De la garganta de Lucha se desprendió una histérica carcajada.

—¿Qué si ya no te quiero?, tonto, pero si nunca te he querido.

El rostro de Pedro se oscureció al escuchar estas palabras, y avanzó amenazadoramente hacia ella.

Odio a tu marido como a mi peor enemigo.

—¿Qué vas a hacer?, lárgate, de gritó. —Pero sus palabras murieron en el fornido y moreno pecho del hombre. Pedro la tomó en sus brazos y después de una breve y sudorosa lucha, vino la brutal posesión. Como animales.

La mujer quedó tirada en el suelo, sollozando y con las ropas en desorden, y sin dejar de insultarlo.

—¿Te odio, lárgate maldito, puerco, eres una bestia, puerco…! —repetía sin cesar.

En el ancho y vigoroso cuello de Pedro se hinchó una vena. Una vena. Una vena gruesa y tensa como un cordón de cobre.

Se sentía vencido, y trataba de contener el brusco resoplar de su pecho. Aquella forzada posesión de Lucha ya no sería jamás de él, por más que apretara la carne de aquellos labios contra los suyos, por más que abrazara aquel cuerpo, siempre anhelado; sería inútil. Lucha estaba ya tan lejana de él, como una estrella grande y plateada, y que brilla en el cielo, y que uno sólo puede contemplar desde lejos. Jamás volverían a estar juntos como antes. Una sensación de angustia le entumió el cuerpo.

—¡Luchita perdóname! —sólo pudo balbucir. Y la mujer seguía tirada en el suelo, sin cesar de insultarlo en medio de su histérico llanto. Pedro se arrodilló a su lado, tratando de levantarla. Fue inútil.

—Déjame maldito, puerco…, puerco…, que la maldición de Quintín caiga sobre de ti. —La vena que sobresalía en el cuello de Pedro, se puso más hinchada y tensa que nunca.

—Que caiga sobre ti, que eres la culpable de su muerte.

Al oír estas palabras, Lucha dejó de sollozar, y un espantoso miedo a algo oscuro y desconocido, se apoderó de su pecho. —¿Qué has dicho? —balbuceó.

—Sí, que tú eres la culpable; me tenías enloquecido, cada día lo odiaba más de pensar que era tu marido, me trastornaba pensando que él también te besaba como yo, que también te miraba…, y además era un estorbo para verte, por eso lo maté.

Se quedó helada. Aquellas palabras retumbaron espantosamente en sus oídos.

—¡Tú! —tartamudeó débilmente.

—Sí, yo. Venía bien bolo, toda la tarde estuvo tomando en la tienda de don Augusto, con Vicente y los Martínez. Me lo encontré y le propuse ir al río a darnos un remojón. Como estaba borracho aceptó; nadie nos vio ir porque ya era de noche. Fue fácil, lo agarré por el cuello y le metí la cabeza debajo del agua. Lo hubieras visto, te hubieras muerto de risa, viéndolo manotear como un condenado, ¡ah, y las burbujas que echaba por la nariz!… Pedro parecía un loco, y en el clímax de la exaltación le gritó delirante: ¡Lo ahogué por ti…, por ti ingrata desgraciada, por ti!… Ahora ve y cuéntaselo a todos. —Y luego desapareció por la puerta.

Se quedó sola, muda, espantada. ¿De modo que fue Pedro? Parecía un sueño espantoso. Pedro. Por Pedro, Quintín tenía ahora los ojos blancos; yacía allá, solo en las oscuridades de un cuarto de hospital. Solo con su cuerpo carcomido y su olor fétido. Su olor de muerto. Desesperada se llevó las manos al pecho. Pedro, Quintín, lo maté yo, los ojos blancos, la risa de Pedro forzándola con odio y Quintín muerto maldiciéndolos.

Ahogada se quedó dormida sobre el suelo; y después vino Quintín. Surgió entre las sombras, con su cara espantosa y sus ojos blancos que la miraban.

-¡Quintín perdóname!

Una carcajada convulsa del muerto trepidó en sus oídos. Reía en una espantosa mueca.

—Sólo te salvará la venganza —después los labios descarnados la besaron.

Días después del entierro, comenzó a correr el rumor entre la gente de que a Lucha la visitaba el espíritu de Quintín. Una cura misionero fue a verla pero ella le cerró la puerta.

Una noche Pedro volvía borracho a su casa, no pudo llegar, en su camino se encontró una cuata y una bala calibre doce se le incrustó en mitad del pecho. Cuando acudieron los vecinos, la cuata estaba en las manos de Lucha, pero ésta gritaba que había sido Quintín. El agente del Ministerio Público, abrió la boca asombrado cuando el comisario de Las Gaviotas, la llevó presa a Villahermosa.

Tomado de Priego Martínez, Jorge. Dir. "Novedades de Tabasco en la Cultura. Suplemento Cultural", del diario Novedades de Tabasco. 1982-1988. Publicado el domingo 25 de mayo de 1986 en Villahermosa, Tabasco.

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1 Comentario

  1. Manuel Tamez

    Muy buen cuento, contiene la esencia del conflicto y con gran intensidad lo expresa en unas cuantas páginas. Lástima que haya problemas de redacción en varias partes del texto.

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