Luis Acopa

El trabajo en casa adquiere una dinámica distinta al que se hace en una oficina. En primer término cancela la posibilidad de la divagación matutina, que con café en mano sustituye al desayuno o lo complementa –según la hora de entrada–, el cual se basa en el enterarnos de la vida privada de fulano de tal o en la resolución grupal de un conflicto ajeno que sólo requiere de nuestro sesudo análisis para quedar resuelto en la hipotética solución de conflictos complejos –la cual no escatima en las reacciones de los otros ni en la concatenación de las decisiones tomadas–, ya que a través de la clarividencia de una taza de café queda resuelta o encuentra la amable aceptación del entuerto que sólo con humor podrá desenredarse o quedarse a como está para saltar a otro tema, a ese rictus de oficina se le conoce como “ponerse al día”. Acción imposible de ejecutar desde casa, pues el desayuno no se puede posponer por lo inmediato, la sobre mesa es elástica, y el “ponerse al día” es un continuo próximo que puede tener consecuencias de lo dicho o no dicho en el almuerzo o cena.

Los tiempos de casa y de trabajo han variado, pareciera que hay una sola consigna y es ocupar el tiempo. Eliminar el esparcimiento como rara avis de nuestra vida, desterrar el término “casa”, para que sea sólo espacio o lugar de confinamiento, ignorando que hay dinámicas que se desarrollan sólo a través del contacto visual, directo y en espacios propicios.

La revisión de la agenda se hace más compleja. Gracias a la urgencia sanitaria se han perdido las prioridades: “lo de hoy” parece haberse sustituido por “lo inmediato” y “lo urgente” se ha pospuesto en la gaveta del “quizás”, el aforismo de “lo único seguro es no estar seguro” es constante. La sincronía es un anhelo que se desvanece a los pocos minutos de comenzar el día, el que no pretexta olvido involuntario, ha desaparecido dentro de las cuatro paredes de su casa y acude a la inestabilidad de la red, al impedimento de hardware y software, a la falta de datos o al síndrome del encierro traducido en insomnio (alentado por las series, películas o la divagación perpetua de lo qué no se tiene pero se anhela como una metáfora de la serpiente mitológica que se muerde la cola: uróboros). La relatividad del tiempo habita en cada uno de nosotros con diferentes matices.

La complejidad del trabajo desde casa, estriba en la falta de preparación para ello. Ni nosotros ni nuestras familias estaban preparadas. El tiempo de oficina es acompasado, el cual ahora se quiere suplantar, igual se pide un informe a las 9 de la mañana que a las 11 de la noche. La escuela tiene otro ritmo, al que la saturación de tareas y actividades en los estudiantes quieren uniformar exigiendo el mismo vértigo de actividades para niños de preescolar que jóvenes universitarios. Los tiempos de casa y de trabajo han variado, pareciera que hay una sola consigna y es ocupar el tiempo. Eliminar el esparcimiento como rara avis de nuestra vida, desterrar el término “casa”, para que sea sólo espacio o lugar de confinamiento, ignorando que hay dinámicas que se desarrollan sólo a través del contacto visual, directo y en espacios propicios. La histeria se aprovecha de todos, extiende sus tentáculos hasta llegar a nuestros hogares, se sienta en la mesa, en el sofá de la sala, debajo de la cama, en la hamaca. Enfrente, detrás, a un lado. Sólo necesitamos titubear y ella hará lo demás. La calma, por el contrario, es un estado mental efímero que se roza través de la plena aceptación de los límites, cancelando búsquedas innecesarias, desechado probabilidades paralelas.