La Virgen Mimí

Efraín Gutiérrez

Una narración de ambiente decadente, lineal con elementos irónicos que confirman la habilidad de nuestro autor en el género cuentistico.

Mimí, la virgen atrevida, llegó a mi vida como una llovizna perfumada y tierna para luego convertirse en una tormenta de torrenciales ansiedades. Pero antes de que pudiere gozar al máximo de sus perfumes y de su cándida frescura, se me escapó de entre las manos como el agua que no admite ser aprisionada y debe seguir su rumbo, dejándome tan sólo el recuerdo de su cuerpo que serpenteaba entre la firmeza de mis brazos y la blandura de mi corazón.

La recuerdo virgencita de la sonrisa pícara y dulce, parada ante la puerta de mi casa y alzando orgullosa bajo la ropa el recién nacido busto para obsequiarme el espectáculo de sus formas lanzarme de una vez el desafío del amor.

La recuerdo virgencita de la sonrisa pícara y dulce, parada ante la puerta de mi casa y alzando orgullosa bajo la ropa el recién nacido busto para obsequiarme el espectáculo de sus formas lanzarme de una vez el desafío del amor. Y luego, la confirmación del reto mediante la audacia de un beso fugaz entregado de sorpresa y que, cual golondrina rápida, antes de darme cuenta, agitó las alas y emprendió, no el vuelo de la fuga, son el juego risueño y sugestivo que corre pidiendo alcance. El obsequio de un beso leve; más bien, el de un delicado roce que por lo repentino y furtivo tomara giros de poema al untarse con el viento y engalanar sin mucho ruido la soledad de mis jardines.

—Al verla partir, salí de mi casa. Yo también me transformé en viento, en huracán, y pronto logré darle alcance. Ella asumió entonces la actitud de un animalito indefenso y acorralado: pegó la espalda a la pared de un muro huérfano de luces y, por encima del temblorcillo de sus labios, me miró con aquellos ojazos que desbordaban la negrura de la noche, con esa fruición que sólo se pinta en los amores de callada espera. En medio de un suspiro jadeante, su voz dulce y diáfana me dijo:

—Yo no te pedí que me siguieras.

Todo confusión, sólo pronuncié su nombre:

—¡Mimí adorada!

Nos besamos. Aquella vez no fue el beso leve ni el roce ligero y delicado; pero tampoco fue el asalto voraz ni la pérdida de control. Fue sólo un beso, y hoy me basta.

Yo soy un jardín abandonado en donde de vez en cuando asoman flores de locura y mariposas entintadas de licor. Mimí no era de esas flores o mariposas: ella dibujaba y coloreaba un nuevo panorama: el suave elíxir de sus besos me infundía una embriaguez muy otra de la que estoy acostumbrado a vivir; la flor de su boquita perfumada me hundía en el vértigo de algo como una suave esclavitud, y todo mi torrente sanguíneo se enardecía en una tempestad, en un oleaje de flores encendidas y multiplicadas a cuyo ritmo ella se mecía o se dejaba llevar como su naufragara indefensa, cuando en realidad era ella quien con su aliento marcaba el vaivén de aquel florecido amor. Más deseo que amor, ella lo supo desde el principio. En el beso junto al muro nos dejamos ir sin importarnos el rumbo del deleite, hasta que de pronto ella desenlazó sus manos de mi cuello y me retiró tiernamente por los hombros, mientras musitó en leve jadeo, sin mirarme:

Yo también me transformé en viento, en huracán, y pronto logré darle alcance.

—Mejor nos vamos. Puede vernos mi mamá, y es muy regañona…

Mi mente afiebrada recordó al instante la encubridora soledad del mirador sin luz, a orillas del río.

—Vamos al mirador –la invité.

—Ve tú, si quieres; a mí me mandaron a comprar el pan para la cena, y ya me estoy tardando contigo.

—Espera; podemos ir a algún lado…, hay tiempo.

—Después hablaremos. Hasta luego.

Mimí la virgencita del pecho erguido, se alejó sin alejarse y su andar me pareció la encarnación de un cántico para enamorados; o, más bien, una canción de amor que pedía ser cantada para entregar la sublime plenitud de su armónica belleza. El ritmo de sus pisadas era la perfecta cadencia de un poema convertido en mujer. Y mientras yo deletreaba ese poema con la mirada, ella dio vuelta en la esquina y antes de desaparecer de mi vista me dedicó un beso enviado con la punta de los dedos.

No sé por qué no la acompañé a comprar el pan. ¿Por el temor a que alguno de sus familiares nos viera juntos, o porque la sobrepasaba con muchos años de edad de novios? No lo sé. De todos modos, nunca fuimos novios; éramos tan sólo un hombre y una mujer…, demasiado joven.

Mimí desapareció de mis recuerdos, y en su lugar aparece otra mujer: es la Negra Chacón, desperezándose bajo las sábanas. Se acurruca un poco más, se aprieta a mi lado, y luego de unos minutos me tira encima una pierna, un brazo, una de sus frondosas tetas. Me supone aún dormido y comienza a mordisquearme el lóbulo de la oreja, dejándome sentir su aliento alcohólico. No me repugna para nada, pues yo también tomé anoche: nos emborrachamos juntos. No sólo no me repugna, sino que me agrada el calor de ese cuerpo que me sé de memoria y que no pierde la oportunidad de estamparse al mío, poner en juego la voluntuosidad de sus formas ondulantes y la experiencia acumulada durante quién sabe cuántos años y cuántos amores.

Seguido de los “buenos días mi amor”, la Negra salta de la cama y toda desnuda caminando rápido a lavarse la boca. Después se dirige al refrigerador; saca un par de cervezas. Camina con elasticidad y gracia, con paso felino, como una tigra que todavía quiere ser poseída una y mil veces más porque su tiempo de celo no tiene final; al contrario: parece encresparse y ser más y más exigente a cada momento de la vida. El ritmo de sus caderas emana chisporroteos que incitan a esa categoría del placer ilimitado, violento, de mordiscón rabioso y sin zonas prohibidas.

Regresa junto a mí con una sonrisa que deja entrever el brillo del bordecito de platino de uno de sus dientes, y al ofrecerme la cerveza dice, vivaracha:

—Te la mereces, mi amor. Nos la merecemos.

La cerveza está como debe de estar: fría y deliciosa, especial para los crudos. Aligeramos los primeros tragos y, mientras enciende un cigarrillo, la Negra dice con algo de indiferencia:

Yo soy un jardín abandonado en donde de vez en cuando asoman flores de locura y mariposas entintadas de licor.

—Al rato preparo el desayuno… ¿Tienes hambre?

—Me gustaría un bistecito con bastante salsa de tomate y chile… Pero al rato.

—Debemos alimentarte bien, mi vida. Si no, va a parecer que te estoy acabando.

Nos reímos. Su risa tiene los matices de un manantial qiue se presipita desde poca altura y cae, cantariono, sobre el arroyuelo que ahí comienza. Tomamos otra cerveza y el arroyo de su risa desemboca en un río de caricias. En un río cuyo caudal se vuelve agitado, y que al jugar en su caprichoso avance me sustrae de la fecha y la hora del día; me sustrae de mí mismo. La Negra, la Tigra Chacón, modula su voz para hacerla grave y sensual:

—Hazme el amor.

Ahora, en mi jardín sí brotan las flores de locura y las mariposas entintadas de licor. Esta es una de ellas. La Tigra y yo cabalgamos en la vorágine irracional del placer que se alimenta de sí mismo y se conduce sin conducción alguna por un océano donde se amalgaman la sensualidad de todos los sentidos y la locura innombrable de devorarse en forma salvaje. Nuestra animalidad no tiene fronteras: conoce caminos, ahora ensanchados por la experiencia y la imaginación.

Después del desayuno, la Negra se despide para ir a su trabajo. Yo también hago los preparativos con el propósito de acudir al mío. Entre tanto, sigo pensando en ella: es maravillosa para los viajes eróticos, pero el juego de sus encantos artificiosamente incendiados o convertidos en hielo siempre se iguala a esa clase de fiesta que culmina en borrachera de la madrugada, con cada quien bailando solo por su lado. La Negra, la deboradora Tigra Chacón, es como el estallido y como su propio centro inmovible, porque perturba y destruye indiferencias con los aromas de sexo que emana por los poros de su piel, y al mismo tiempo es el vacío donde la nada no deja cabida ni al eco de su nombre cuando la clamo, ni al brillo de sus lumbres cuando la incendio.

Pienso en la Negra, pero de nuevo me asalta el recurdo de Mimí:

—Tú te pareces a una tortuga —dice la del recién nacido busto—: nada más asomas la cabeza por la puerta de tu casa, pero nunca sales a la calle.

—Y tú te pareces a una pajarita pizpireta, que siempre anda de coqueta.

Mimí festejaba mi pobre rima, tomándola como un elogio acertado. Su risita musical de ninfa náyade, la de las fuente y los ríos, me contagiaba su burbujeante alegría y su espontáneo gusto por disfrutar las cosas de la vida. Reímos. Alguien pasa por la calle y nos mira envidiando quizá tanta alegría, sin sospechar que no sólo somos nosotros sino también nuestras almas las que están felices, las que no obstante haberse encontrado en un tiempo disparejo, se toman de las manos y danzan al mimo ritmo, entorno a la misma llama que arde para los dos.

La recuerdo, virgencita de la sonrisa pícara y tierna, insinuando una solución al problema de vivir nuestro amor sin atreverse a soltar por completo las riendas del deseo, sin poder siquiera salir conmigo por temor a su madre, la hasta entonces desconocida regañona. Aquel domingo, me dijo como si nada:

—Sí, me gustaría estar contigo y salir a pasear a donde tú quisieras, pero si estuvieramos en otra ciudad…

—Te llevaré a la Ciudad de México, Mimí adorada.

A la virgencita de mis amores le brillan los ojos, aunque el miedo la obliga a dar marcha atrás:

—Yo no hablé de irme contigo. Además, no me agrada verte bebiendo cerveza: vas a terminar como el tío Faustino, que ya no puede vivir sin la botella.

Mimí la virgencita del pecho erguido, se alejó sin alejarse y su andar me pareció la encarnación de un cántico para enamorados; o, más bien, una canción de amor que pedía ser cantada para entregar la sublime plenitud de su armónica belleza.

Fue la última vez que la escuché y que nos acariciamos. En esos tiempos, casi todas las noches llegaba algún amigo a tomar conmigo; más bien, desde la tarde abríamos la primer botella y se iniciaba la charla, casi siempre sólo con ganas de matar el tedio.

A la tarde siguiente de que Mimí rechazó la invitación de irse conmigo, un amigo arribo a mi casa en compañía de dos mujeres jóvenes. Me presentó a una de ellas como la Negra Chacón, y luego salió con la otra en busca de unos cigarrillos. Fue cuando la Negra me dijo:

—Invitamé un trago…

—Sí, cómo no. Te traeré un vaso.

La Negra Chacón me miró con sus ojazos negros y centellantes, mientras sonreía dejando entrever los destellos platinos de uno de sus dientes.

—Tomaré de tu vaso; no importa que sepamos nuestros secretos… —Al decir eso, adoptó su actitud de tigra en celo y añadió:

—Mi hija Mimí dice que eres un hombre muy conversador…

Tomado de Gutiérrez, Efraín. Relación de muertos. Instituto Estatal de Cultura del Gobierno del Estado de Tabasco. 2007