Manuel Felipe

La mañana comenzó con la estridencia de una ambulancia dejando su rastro de terror en las calles. Lo primero en lo que uno piensa es en alguna dificultad respiratoria, en alguna persona que libra –casi seguro– la peor batalla de su vida por mantener oxígeno en sus pulmones. No queda más que empezar a acostumbrarse a esas sirenas de mal augurio.

Al principio, la tendencia era llevar un ranking de muertes y contagios por país. Cuando llegó la pandemia a México, el ranking se volvió nacional, y de ahí paso a ser estatal. Cuando esto último sucedió, fue cuando llegó uno de los decretos más difíciles de aceptar por la chocada, pues implicaba la posibilidad de no poder quitarse la sed, esa sed de la mala que en cualquier época del año te puede dar. En esos días, me aplaudía por ser tan precavido en ello.

Las ganas de desayunar se esfumaron como cuando te despiertas y el sueño que estaba fresco en la memoria, desaparece sin dejar, siquiera, una pálida copia. Me conforme con un café, mientras, desde mi ventana, observaba el movimiento de la calle, y es que, si bien ha bajado la intensidad, no puedo decir que se haya paralizado por completo, frente a mi casa, además de los árboles que hay en el camellón, hay algunos locales en donde ­­–ahora– la gente ha adquirido el hábito de hacer una fila para entrar, obligados, claro está, por las medidas de prevención.

Una segunda ambulancia aturde con su llanto aterrador, como si se tratase de la llorona, y todos los que hacen fila siguen con la mirada su destino, yo también alcanzo a ver que su destino no fue tan lejos, y justo cuando viene de regreso, mientras el llanto se va acercando más, me pregunto ¿y si el llanto de la sirena de la ambulancia fuera un canto de ensueño, una canción con la que uno deseara despertarse?

Minutos después, mi vecino me comunica que en una de las ambulancias trasladaron a un vecino de la cuadra, pero no lograron regresarlo ya de vuelta. Fue el primer muerto por Sars Cov 2 que conocí. Al medio día una ambulancia más, pasó por mi casa. Fue entonces que decidí encerrarme en mi habitación, olvidarme de la calle, de las sirenas, de los muertos y contagiados y el nuevo ranking ­–ahora por calles– hasta que, un vecino, quizá harto de todo lo acontecido, sacó sus bafles a la azotea. Por la ventana entraba Fields of Gold, pensé que ese sería un buen canto de las sirenas. Fui al refrigerador y, con cierta pena, destapé la última cerveza.