Luis Acopa

Poco a poco hemos abolido la rutina que nos impone el confinamiento. Superamos la distracción informativa y decretamos –sin palabras de por medio– horas sensatas para ver las redes sociales y convencernos que las novedades nada tienen de nuevas. La creatividad es poco frecuentada, sustituida por la respuesta a lo inmediato, lo cual hoy es pensar en el futuro –sin misticismos– como el paraíso de lo que vendrá, con nostalgia al pasado reciente perfectamente olvidable. Mejor seguir en pausa en este período de reformateo, vivir a plenitud este recogimiento colectivo existencial.

Cada día amanece más temprano y la noche se gasta a ojos ciegos. La fascinación de descubrir el mundo ha regresado al atestiguar los torpes movimientos de pies que sostienen temblorosas piernas, las manos se sujetan a lo que se tiene enfrente y el rostro se llena de luz al comprobar el logro de ponerse en pie.

La victoria se concreta con una sonrisa que deja ver dos dientes solitarios que son suficientes para demoler galletas, extirpar uvas, cortar trocitos de melón, llevados por pequeñas manos a la boca, a veces se extravían y tienen que hacer un periplo más largo. Pasar por cabeza, mejillas, mesa, barriga y comprobar que aún conserva el sabor. Siempre hay un placer en el descubrimiento que nos permite sólo observar la consistencia, separar lo nuevo de nosotros para mirarlo realmente.

También hay quien mira al techo con grandes pestañas y formula una pregunta que le da una vuelta de tuerca al día. A veces se puede contestar razonadamente, más la mayor parte del tiempo, uno tiene que ser creativo e inventar respuestas, a la par de preparar las posibles contra preguntas que originaran nuevas pesquisas. No es fácil hablar con alguien que por principio duda de todo lo que le dices, que no le basta una repuesta monosilábica, aunque a él le fascine concluir sus conversaciones de esa manera. Después de ese inicio vendrá la pregunta sobre el itinerario del día, que aunque sea muy parecido al de ayer, debe  tener algún cambio, pues él sabe lo del agua del río –aún sin haber leído a Heráclito. Al igual que todos, la rutina le agrada, pero tiene que ser disfrazada. Somos animales rutinarios con pretensiones fuera de nuestro alcance. La vida ha realizado otra metáfora para mostrarnos, nuestra igualdad que frente a un virus nos hace reaccionar con la misma fragilidad. El lugar común lo hacemos propio, único y se verbaliza en él “cuando salgamos de esto”. El viejo de toga sumergido en el agua se ríe de nosotros.

El día se ha vuelto viejo cuando los ruidos entran en una etapa plana como la curva pandémica, pero aquí el control no existe, es solo una pausa natural para una nueva acomedida, es la ola que se reagrupa para venir con mayor intensidad. La tarde será la otra gran maravilla que descubriremos con esas pequeñas pinceladas que disfrazan lo cotidiano en algo diferente, parte de estos domingos que caen entre semana.

Mis hijos crecen, mi mujer y yo somos testigos, disfrutamos todos los días de ello alejados de las lamentaciones cotidianas del confinamiento.