El mundo oficialoide temblaba

Isidoro Pedrero Totosaus

Esta es la segunda parte del texto que originalmente apareció como una crónica en el semanario “Malecón” en 1981; hoy lo ponemos a consideración de los lectores como un producto también de la ficción, quizás nuestro autor estaba más en la frontera de la narrativa social y del periodismo comprometido. 

El mundo oficialoide temblaba, los consuegros de Mora Martínez que se habían enriquecido insultantemente, preparaban las maletas apresuradamente: eran las ratas las primeras en abandonar el barco que se estaba hundiendo. Y allá, en Jalpa de Méndez, una humilde familia de lloraba en el interior de su jacal desesperadamente su hijo, Mario Madrigal Tosca, fue asesinado por los porros que subsidiaba Piñera Morales y que habían sembrado el terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga, había desatado la furia de los chacalitos que alimentaba primero desde la jefatura de policía y después desde la presidencia municipal de Cárdenas el militaroide Piñera Morales, amo y señor de la política en la entidad, compartida únicamente con el Chelo Rojas. El vacío de poder que provocó el versificador clasicista de Mora Martínez estaba haciendo estragos en la entidad.

El terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga.

Cuando los estudiantes pasearon por las principales calles de Villahermosa con el ataúd de Mario Madrigal Tosca, el imponente silencio de los capitalinos fue más que un estruendoso alarido que hizo explotar el descontento reprimido. Ahí, frente a Plaza de Armas, tomaron la palabra Mario Barrueta García, presidente de la FEUT y Víctor Manuel López Cruz, presidente de la sociedad de alumnos de la Escuela de Derecho. Los verbos candentes hicieron añicos la de por sí figura enclenque del hombre que traicionando a Carlos A. Madrazo, había conservado la gubernatura, y que en lugar de caminar erguido ante su pueblo reptaba asquerosamente, exhibiendo toda la dimensión de su miseria humana. A cada palabra de los oradores el coraje crecía, en cada estigma lanzando al oscuro gobernante el dolor se volvía cólera y luego de finalizar sus peroratas, ya todo estaba escrito: en la noche la asamblea de la FEUT desconociendo los poderes y luego, el mitin permanente en Plaza de Armas: los días transcurrían engrosando las filas amotinadas y las manifestaciones iban in crescendo, llegando a contabilizarse más de 30 mil manifestantes coreando una consigna: “Fuera Mora”.

Así llega el 10 de mayo de este insurgente año de 1968, y a través de los mediadores como De la Cerda y Mayans Victoria, se concertó una tregua. Mora se traslada a México a gestionar lo que su delfín David Gustavo Gutiérrez Ruiz no había logrado, y oficialmente se dice que está enfermo del corazón. Pero el 26 de julio ese corazón enfermo se convierte en bolsa de hielo y a balazos dispersa una manifestación monstruo a la altura del Malecón. A su paso los estudiantes habían saqueado el PRI, con Víctor Manuel López Cruz a la cabeza. Las balas de la policía causaron las víctimas suficientes y de inmediato la represión galopa fúnebremente. A las 10 de la mañana del día siguiente, Rubén Darío Vidal Ramos y Piñera Morales ametrallan una manifestación de jovencitas normalistas con varias heridas de gravedad, incluso una que quedo paralítica gracias a un certero balazo en la columna vertebral: el valor de Vidal Ramos y Piñera Morales se manifestó en toda su cobardía. Los separos policiacos atestados de estudiantes y la jauría desbocada a caza de todos lo que por ser jóvenes estaban condenados de antemano, provocaron un Estado de Sitio y una atmósfera fascista, donde las botas de los paracaidistas que comandaba el general Hernández Toledo, próximo héroe de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco, resonaban en la vacía ciudad, dejando un rastro necrófilo. Manuel Mora Martínez, con todo el apoyo del buitre de Chalchicomula, había conservado el poder masacrando estudiantes. Y si antes no lo hizo cuando trató de enfrentar a los estudiantes con campesinos armados en 1967, fue porque las maestras de la colonia magisterial, en un acto heroico, detuvieron al gobernante filicida precisamente en el cruce de lo que hoy es el paso a desnivel de la Fuente de los Pescadores. Y si durante el mitin permanente en Plaza de Armas tampoco enfrentó a los cinco mil campesinos que les movilizó el Chelo Rojas y Piñera Morales, fue porque los estudiantes tenían el respaldo de más de diez mil gentes del pueblo, que cerraron filas en Plaza de Armas. Los campesinos fueron desviados por el Malecón, y el neroncito que jamás se atrevió a abrir las puertas del balcón palaciego para contemplar el enfrentamiento entre campesinos y estudiantes, se quedo frustrado. Habría que esperar la orden de ese sí criminal, más aún, genocida, Gustavo Díaz Ordaz. Pero David Gustavo Gutiérrez Ruiz no traía la consigna, y sus gatilleros estaban desesperados, hasta que por fin, llegó el aciago 26 de julio y…

04:00: El ruido de las rejas quebró la barrera del tiempo, y los recuerdos se esfumaron en la penumbra carcelaria: el espejo, prolongación de los ojos, retrato a Barrueta García y a Lara Lagunas que, sostenidos entre los brazos de dos civiles y escoltados por militares, arrastraban sus pies. Todos los oídos se volvieron antenas y el sordo rumor incrementaba el miedo: un silbatazo del celador reclamaba silencio y, todo se resumía en esperar la alborada.

Los separos policiacos atestados de estudiantes y la jauría desbocada a caza de todos lo que por ser jóvenes estaban condenados de antemano, provocaron un Estado de Sitio y una atmósfera fascista, donde las botas de los paracaidistas que comandaba el general Hernández Toledo, próximo héroe de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco, resonaban en la vacía ciudad, dejando un rastro necrófilo.

06:00: todos acudimos a las celdas de los lideres que fueron visitados en las tinieblas de la madrugada: agentes de Gobernación, de la Procuraduría General de la República, de la Inteligencia Militar, los llevaron a dar un “paseíto” en las afueras de la ciudad; la posibilidad de aplicarles la Ley Fuga se repetía insistentemente y en un paisaje solitario se inició el interrogatorio. ¿Cuánto fue la suma que les dio Madrazo para que se enfrentaran a Mora? ¿Cuáles eran los nexos con emisarios de Fidel Castro? ¿Qué armas habían recibido los estudiantes? ¿Quiénes eran las cabezas del movimiento subversivo, de la conjura a nivel nacional contra México? Las respuestas, lógicamente, eran negativas. Y los mastines se exacerbaron y recurrieron a golpes bajos con toallas humedecidas y a sumergirlos en el río Carrizal hasta que la asfixia los hacía perder el conocimiento. Pero Manuel Mora Martínez insistía en que eran agentes del comunismo internacional, y las visitas nocturnas se frecuentaron hasta tres y cuatro veces más. Mora insistía en que los esbirros federales y al recibir los informes negativos, movía la cabeza incrédulamente; luego, tomaba un taco de billar y para calmar los eructos consecuencia de una gastritis nerviosa de su único hijo, iniciaba un partido de carambolas para constatar el aprendizaje que el juego de las bolas de marfil, había logrado su delfín de manos del maestro cubano que desde Miami había traído exprofesamente para distraer la agorafobia de su engendro. El profesor de billar, desde luego, se lo recomendó el nefasto abogadillo cubano que bajo su sombra se había hecho millonario: Wilfredo González Pinelo, paladín del capitalismo y ferviente admirador de la Cocacola.

Así, entre moliendas de nixtamal, encalabozamientos, amenazas de celadores (dime, celador: ¿Quién es más humano: los prisioneros que se atrevieron a luchar como hombres o tú, que alquilando tu libertad vegetas en la prisión?) e incertidumbres en cada alborada, transcurrieron cuatro ignominiosos meses.

Manuel Mora anunció en su IV informe de gobierno: “el odio no ha nacido en mí” refiriéndose a los sucesos estudiantiles, y una carcajada amarga resonó en todos los rincones de Tabasco. No, imposible que un gobernante de su calaña pudiera generar odio, porque el hecho de dirigir a cinco mil campesinos contra estudiantes huelguistas posesionado de la Ciudad Universitaria en 1967, y detenidos únicamente por el clamor de las mujeres de la colonia magisterial, fue simplemente una medida para imponer el orden. Increíble que un gobernante pueda tener odio cuando promueve porros entrenados para matar dentro de la Universidad. Es inconcebible que haya sentido odio al ordenar a la policía acallar el descontento popular con bayonetas y balas. No puede existir odio en un frustrado versificador cuando ordena matar en caliente a jovencitas normalistas. Y mucho menos que hubiera odio al llenar las cárceles de universitarios. No, imposible que Manuel Mora Martínez sintiera odio atentando contra lo más valioso de cualquier sociedad en todos los tiempos, en todos los lugares del mundo: su juventud. Que haya sido anticultura, antipueblo, antigobierno, antihombre, eso sí, pero jamás que el odio haya nacido en él ¿Acaso las víboras matan por odio? ¡No…, por necesidad, sí! Pero 1968 ya pasó. Sí, claro, el tiempo sí. Pero aquella generación de jóvenes que se templaron en la lucha popular, aquellos jóvenes que envejecieron ante la impotencia de las balas y la cárcel, esos, están vivos, son testimonio actual del gobierno más nefasto que haya vivido en toda su historia el pueblo de Tabasco.

Así, entre moliendas de nixtamal, encalabozamientos, amenazas de celadores (dime, celador: ¿Quién es más humano: los prisioneros que se atrevieron a luchar como hombres o tú, que alquilando tu libertad vegetas en la prisión?) e incertidumbres en cada alborada, transcurrieron cuatro ignominiosos meses.

¡Y pensar que aquella siniestra mente, aquel androide que atacó a la Universidad y a los Universitarios de Tabasco, es ahora director del Centro de Investigaciones de las Culturas Olmeca y Maya el máximo organismo cultural de la entidad!

Tomado de Pedrero Totosaus, Isidoro. “Movimiento del 68 en Tabasco”, en Malecón. Núm. 2. Dir. Bartolo Jiménez Méndez. Octubre de 1981, Villahermosa, Tabasco.