Luis Acopa

Este jueves amaneció más domingo que otros. A medida que avanza el confinamiento vamos perdiendo la noción del cambio de día y hora. Lo mismo puede uno despertar con la sensación de muchos pendientes por realizar y poco a poco, a medida que nos vamos inmiscuyendo en la dinámica familiar se subyuga la urgencia, lo urgente resulta hoy más que nunca aplazable, y lo que verdaderamente importa es lo necesario, la nueva convivencia que se convierte en el día a día.

Foto: Annick Gérardin.

Las llamadas del trabajo se han pausado y se sustituyen por timbres de mensajes que invitan a evadir la realidad o contemplarla como una catástrofe que llega lenta sin el vértigo imaginado, no hay luces en el cielo, la tierra no se parte en pedazos ni hordas caminan con los brazos extendidos seguidos de plagas. Y el que hoy teme es porque quizás aún no ha comprendido que el lugar común se ha vuelto cierto: el mundo ya es otro.

De tan nuevo el mundo, ha vuelto al origen, porque quizás como sentencia los versos de un poeta: para ser yo,/ tengo que salir de mí mismo, /ser otro. Ahora cobra más sentido esto que estamos viviendo. El inventarse en una nueva dinámica. El rehacer los hábitos. El reformular la rutina. Reinventar la cotidianidad y sorprendernos con todo lo nuevo que nos ofrece el ser nosotros.

Nos hemos mimetizado en nuestras mascotas, nos estiramos al levantarnos para ir a otro espacio sin salir de casa, miramos hacia la ventana con signos ortográficos y cualquier ruido por insignificante que sea, merece nuestra atención.

Uno siempre había pretextado “el tiempo”, como el elemento fundamental para dejar de hacer, para arrojar en la “maleta de lo que tal vez nunca pasará”, los pendientes o deseos prorrogados y los quehaceres que merecen la atención pero no -a nuestro juicio- la urgencia. Hoy la maleta llena nos mira. Nos observa, a veces sentados frente al televisor, a veces en esa extraña danza con música de fondo en la cocina, o por las tardes acompañados por la reflexividad canina que mira hacía afuera como mirando la transparencia del infinito que nunca sabremos qué miramos, nos hemos mimetizado en nuestras mascotas, nos estiramos al levantarnos para ir a otro espacio sin salir de casa, miramos hacia la ventana con signos ortográficos y cualquier ruido por insignificante que sea, merece nuestra atención.

La maleta sigue ahí. Juzgándonos. Pero sabemos que hoy, es un día más que se ha disfrazado de domingo y que posee la cualidad de procrastinar, quién sabe, tal vez mañana si abramos la maleta. Por mientras volvamos a lo mismo.