De políticos y bibliotecas-fantasmas


Andrés Iduarte

Testimonio que refleja la atmosfera pos revolucionaria, a través de la memoria infantil. Hemos tomado esta sección, dividida originalmente como un capítulo, por una narración aproximadas al cuento.

La educación democrática que yo recibí es maravillosa… A las diez de la mañana apareció mi primo Alfredo, el sombrerero, con una pistola en la cintura, una gruesa estaca en la mano y un brillo extraño en los ojos. Era azul. Poco después vi pasar a mi tío Pedro Padilla, en no menos ortodoxo atuendo, rumbo a las casillas electorales. Era rojo. La elección comenzaba con una farsa: de las riberas de los ríos, los dos partidos habían traído legiones de campesinos, a los que emborrachaban en las calles. Empezaba la discusión sobre los empadronados y los no empadronados. A las once de la mañana venía “la de deveras”. Las casillas se disputaban a macanazo limpio. A medio día comenzaron los disparos. Algunos proyectiles perdidos fueron a pegar sobre las altas paredes de mi casa. La consecuencia fue una amenaza de zozobra. Yo no sé si fue entonces, o más tarde, cuando mataron al padre del gobernador interino, Carlos Vidal, cuyo entierro vi pasar desde la esquina de mi casa. Sólo sé que el pánico se mascaba.

Un día le llegó un oficio del gobierno en que se le ordenaba que entregase su biblioteca al Instituto Juárez para que pudiesen estudiar en ella los alumnos pobres. La biblioteca de mi padre consistía en dos o trescientos volúmenes, restos de la que se perdió en 1914.

Uno de esos días tocaron a mi puerta. Mi mamá se asomó por uno de los balcones. Cerró cuidadosamente y me dijo “son los rojos”. Espié y vi una patrulla, todos con la insignia revolucionaria en la camisa. Mi papá sufría un tremendo ataque de ictericia: el color de su rostro no resultaba en armonía con las circunstancias, pero tampoco comprometedor, pues era amarillo. Se levantó y ordenó que abriésemos en seguida. Por suerte era Nicolás Padilla, hijo de mi tío Pedro, a quien mi padre salvó la vida en tiempo de Huerta. Nicolás decía que los azules, descontentos y dirigidos por Leonides Domínguez, el hijo del candidato vencido, pensaban atacar la ciudad, cañoneándola desde el río. Venía a buscarnos para llevarnos a su casa, que era más segura, entre otras cosas porque era de piedra. Mi padre prefirió que nos quedáramos donde estábamos, repitiendo, como siempre, que nada tenía que temer.

De aquella lucha electoral se contaron muchas fantasías. Decían que mi tío Carlos Padilla, el azul, había dado un garrotazo, en plena lucha electoral, a su hermano Pedro, el rojo. Cuando lo vio en el suelo, bajó conmovido de su caballo –sostuvieron montados el encuentro–, o recogió lo dobló sobre el cuello de la bestia y lo condujo amorosamente a su casa –los dos y las dos familias vivían en la mismas– donde esposas, cuñadas, hijas y sobrinas le curaron el chichón a base de agua oxigenada, árnica y yodo.

Mentira, sin duda; pero nosotros nos nutríamos con aquellos cuentos gloriosos y edificantes.

Oficialmente se declaró poco después que había triunfado don Carlos Greene, y un día recibió la gubernatura de quien la había ocupado interinamente. ¿Triunfaba la Revolución…? Hubo medidas que así querían indicarlo. Una de ella alcanzó a mi padre.

La elección comenzaba con una farsa: de las riberas de los ríos, los dos partidos habían traído legiones de campesinos, a los que emborrachaban en las calles.

Un día le llegó un oficio del gobierno en que se le ordenaba que entregase su biblioteca al Instituto Juárez para que pudiesen estudiar en ella los alumnos pobres. La biblioteca de mi padre consistía en dos o trescientos volúmenes, restos de la que se perdió en 1914. La mayor y mejor parte de aquélla había quedado en manos de los pescadores de río revuelto, de los que se aprovecharon de la furia popular para recoger los libros que quedaron en la calle y se apoderaron de ellos “manu militari”, o los compraron ventajosamente por el precio que los campesinos les pusieron: a cinco centavos cada libro “con figuritas” y a centavo los que no las tenían. Pocas obras logró recuperar mi padre, completa casi ninguna, y todas sin utilidad escolar. Mi padre acudió al gobierno y lo explicó así. El gobierno le exigió la biblioteca, la biblioteca-fantasma, y para poder entregarla no había más camino que comprarla en librerías de México: no lo hizo porque no tenía dinero y porque, poco después, salimos de Tabasco.

Otras contradicciones e injusticias presentaba la Revolución ante mis ojos de niño. ¿Estaba triunfante o no lo estaba…? Empezaba yo a palpar la riqueza de algunos que se decían revolucionarios, empezaba yo a ver la burla de las promesas que se habían hecho en los mítines. El mismo pueblo perdía la confianza en los jefes y manifestaba su amargura.

–No son revolucionarios, sino robolucionarios –oí decir a un vendedor de frutas, un día que fui al mercado a comer nances.

A robar le llamaban “carrancear”. El apellido de don Venustiano, hombre honesto, resultaba víctima de la corrupción de algunos de sus servidores. Mi antigua nana Paula, levantisca y deslenguada, insultó en mi presencia a unos oficiales que pasaban por mi casa:

A robar le llamaban “carrancear”. El apellido de don Venustiano, hombre honesto, resultaba víctima de la corrupción de algunos de sus servidores.

–Siquiera antes comíamos… Ustedes sólo se ocupan de sus “avances”… Ay juelagranpuc…

“Avanzar” no tenía significación militar, era otro de los cinco mil verbos que significaban robar. Mal signo cuando esa palabra goza de tan rica sinonimia. Yo vi conducir, además, a un carretero a la cárcel, por la calle de Juárez, a latigazos, palos y bofetadas, por haber dicho que había líderes ladrones.

–Como en la odiosa Dictadura –oí comentar a un grupo de rojos.

Medidas como la referente a la biblioteca-fantasma de mi padre, que querían poner un antifaz a la realidad, y hechos que demostraban el desmayo de la Revolución, su prematuro desvanecimiento.

Tomado de Iduarte, Andrés. Un niño en la revolución mexicana, seguido de El mundo sonriente. Gobierno del Estado de Tabasco. Volumen II. 1993