La figura institucionalizada de Carlos Pellicer lo refiere como un tótem de la cultura, al cual sólo se le puede entender, desde sesudas charlas, análisis académicos e interpretaciones que giran en tentativas de juegos y artilugios retóricos en pro del hallazgo poético, cayendo a veces en sobre interpretaciones, que inhiben a los primeros lectores.

Hay quienes sostienen, que en Pellicer nada es casualidad, todo es una meticulosa planeación; puesto que creen que los creadores a gran escala, son hombres y mujeres que todo el tiempo están pensando en su trabajo y cómo éste se leerá en un futuro.

Cierto es, que el significado del quehacer creador es una interpretación, muchas veces establecida desde una convencionalidad ajena de ellos mismos. Así, quienes conocieron a Carlos Pellicer, el hombre estatua, lo refieren como un típico tabasqueño, de franca palabra y de voz gruesa, del cuál afirman “hablaba como si se hubiese tragado un hombre” (Teodosio García Ruiz, dixit). “Generoso y atento escucha” (Dionicio Morales, dixit).

La biografía de Pellicer, nuestro abuelo poético, marca una clara inclinación por el flâneur(paseante, en una traducción literal), del que hablaba Charles Baudelaire y analizó Walter Benjamin, en el siglo XIX principios del XX; una actitud del caminante de la ciudad, del viajero constante, del pata de perro, que busca aquí, piensa allá y concreta desde acuyá; que en el caso del abuelo, una de sus concreciones fue el parque museo-poema La Venta, “el mejor de sus poemas” (Luis Cardoza y Aragón, dixit); pero también fue un hombre de instituciones y academia. Quienes estamos inmersos en estas institucionalidades, sabemos que la condición de flâneur es incomprendida, puesto que hoy se ha establecido en los parámetros legales que el conocimiento universal sólo deba buscarse en las particularidades infinitas de la consabida paridad y congruencia curricular, lo que ha propiciado la incultura docta del conocimiento unilateral disciplinar. En palabras llanas, actitudes como las de Pellicer son casi incomprensibles y sufribles para los

administradores, entonces, ¿cómo pudo el maestro, soslayar la burocracia? Ante la interrogante, muy pocos han dado respuesta, divagan en los confines laberintos de la anécdota, hasta decir que todo se le permitía por el peso “cultural” de su figura. Así, también yo lo creía, hasta que topé con el escrito de Ignacio Osorio Romero, un especialista de la literatura novohispana, quien fue invitado a disertar una charla en las Primeras Jornadas Internacionales Carlos Pellicer, realizadas en Villahermosa, Tabasco, del 13 al 16 de febrero de 1989, las cuales fueron recopiladas por Samuel Gordon y publicadas por el Gobierno del Estado, un año después, cuando era el director editorial Andrés González Pagés.

En dicho documento, se esclarece que Pellicer era de carne y hueso, tan lo era, que sus registros escolares lo delatan como un estudiante promedio, ya que “El curriculum académico fue lo que menos le importó y sólo lo tomó como elemento formal para apaciguar a las buenas conciencias. Su verdadero aprendizaje lo encontró en los amigos, los viajes y los libros.” (Osorio, 1989.) Aunque fue maestro de la Escuela Nacional Preparatoria, de manera formal no fue sino hasta después de 5 años de impartir, intermitentemente, cátedra, que intentó, en 1932, se le diera “la concesión de adquirir el grado de bachiller”, sin conseguirlo, puesto que en un cuestionario para un trámite en 1948, contestado por él mismo, declaró: “No terminé la Preparatoria”.

Su displicencia académica no fue producto de la pereza o desgano, sino a causa de enfermedades, cambios de residencia familiares y posteriormente por su vocación en las actividades de activismo social y literario. Mismas que a través, de las relaciones de los intelectuales tabasqueños de la época, le brindaron la oportunidad de viajar y estrechar relaciones, se presume que su primer viaje fue a través de una carta de recomendación del editor de La Bohemia Tabasqueña, Carlos Ramos a José Manuel Ramos, secretario de la Escuela Nacional Preparatoria, para que pudiera ser representante de la Federación de Estudiantes Mexicanos (fechada el 21 de septiembre de 1918, lo que genera suspicacia en esa fuente referida, no documentada como las demás, es que Carlos Ramos Álvarez, el director de la primera etapa de La Bohemia Tabasqueña,tiene como fecha de defunción 1913; cinco años antes de la misiva citada).

De regreso a lo académico, su paso por las aulas fue paradógico. Los alumnos lo requerían y celebraban por la pasión con que compartía sus conocimientos, llegando ha incidir en sus futuras vocaciones y preferencias intelectuales. Mas su rechazo a la rigidez burocrática lo hizo enfrentarse contra las autoridades del momento. Ya que como lo afirma Osorio, a través de diversos documentos:

La vida docente de Pellicer es significativamente contradictoria; por una parte manifiesta su incapacidad de cumplir con la rutina; por otra, encontramos su obsesiva devoción a la cátedra. Pellicer reiteradamente dejaba de asistir, incluso por varias sesiones. Llovían sobre él las multas, los extrañamientos y las sanciones. No importaba, Pellicer obsesivamente, retornaba; muchas veces transitando caminos insospechados.

Como una muestra, podemos relatar el episodio que vivió con el filósofo Samuel Ramos, quien en  1951 era director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y quien tuvo que dirigir la siguiente carta al vate olvidadizo:

Sr. Profesor Carlos Pellicer Cámara, c/o Secretaría Particular del C. Gobernador, Villahermosa, Tab.- Nuevamente me permito dirigirme a usted para rogarle que sirva remitir a esta Facultad de Filosofía y Letras la documentación correspondiente del 2° semestre de los alumnos que tuvo usted a su cargo en el curso de Poesía Moderna, durante el año pasado. Esta documentación la está pidiendo con urgencia la Universidad, dado que algunos alumnos de usted sólo tienen pendiente dicha calificación para presentar su examen de grado.

Reitero a usted las seguridades de mi atenta y distinguida consideración, “Por mi raza hablará el espíritu”. México, D. F., septiembre 3 de 1951. Rubricada por el director.

Claro que Pellicer entregó los papeles, pero no fue sino dos meses después, ya que el 15 de noviembre deja constancia a través de una carta, cabe aclarar que en el mes de agosto de ese año el poeta había solicitado licencia sin goce de sueldo, pues dijo estar “dedicado a otros trabajos que reclaman su permanencia en el Estado de Tabasco”:

Villahermosa, a 15 de noviembre de 1951. Sr. Dr. Don Samuel Ramos, Director de la Facultad de Filosofía y Letras. México, D. F. Mi querido Samuel, estuve en México once días, entregué los trabajos que tenía yo traspapelados en un cajón por causa de cambio de domicilio, etc. Te ruego me perdones tanto accidente en esto de la entrega de dichos trabajos de examen. Traté de verte y no pude, es decir en ese momento no estabas en la Facultad. Si puedes y quieres incluirme entre tus servidores para el año próximo te lo agradeceré, pues tengo el mayor deseo de reanudar mi trabajo en esa institución. Una cosa u otra, ten la bondad de comunicármelo a ésta; Hotel Palacio, Villahermosa, Tabasco. Mi nuevo domicilio en México es Sierra Nevada 779, Lomas.

Tal vez te vea antes del 20 de diciembre, allá. Te abraza y te ruega una vez más lo perdones, tu humilde amigo, Carlos Pellicer.

Mi trabajo en el Museo arqueológico está muy adelantado. Lo entregaré a fines de febrero próximo. C.P.

Sus cátedras, pausas y ceses tuvieron fin en esa década, ya que abandonará la docencia para dedicarse a la organización de museos, en 1952 será nombrado director de Museos en Tabasco, por Francisco J. Santamaría.

El paso de Pellicer por las aulas universitarias, puede valorarse desde dos aristas. La primera, la del maestro capaz de transmitir la pasión que brota al hablar de la vocación asumida, el trabajar con el lenguaje en busca de la expresión más exacta que sea creación y trascienda, para dejar de ser objeto verbal y convertirse en poesía. Y la segunda, un espíritu de la época que no se doblegó ante las nuevas instituciones, aprovechando el vacío burocrático que ante el prestigio intelectual exceptuaba la normatividad, sabiendo que el lustre lo da la voz de un ilustre, no la acumulación curricular que es evidencia de una hoja impoluta de servicio.

Pellicer vivirá entre Tabasco y el mundo. Será una presencia que gestará charlas y fomentará nuevos públicos, que aún hoy siguen teniendo repercusión nacional y estatal. Su rebeldía lo hará pues ser un hombre que “creaba el mundo todos los días; no aceptó el trópico como algo ya hecho; él era parte del trópico y repetía la creación diariamente” (Osorio, 1989).

© Luis Acopa

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