Fernando Abreu

Me encuentro en un hospital esperando el certificado de defunción de la abuela. Ahora que la menciono, ella fue una cabrona que nos hizo pasarla mal cuando estuvimos en su casa, aun así, debo cerciorarme de que no vayan a asentar en el certificado que fue debido al Covid 19. Ni madres, su muerte fue por diversos traumatismos al caer de un balcón, y no por culpa de un virus. Tampoco fue un accidente, la vieja vivía en un edificio del Centro, y anoche, sin previo aviso, se tiró del balcón. Así nomás, cayendo sobre el techo de un automóvil. Por suerte, el dueño del auto no reclamó o pidió pagar los daños. Ese tipo me parecía una persona resignada, tenía uno de esos rostros que pueden parecerse a cualquier otro, al rostro del vecino, del compañero de trabajo, o el repartidor de pizza. Lo curioso de un hospital en tiempos de pandemia, es que resulta mucho más estricto en cuestiones de procedimientos y sanitización, tanto, que uno termina por sentirse muy limpio, aunque no te hayas bañado. Hay dos cosas que detesto en un hospital, la primera es su permanente iluminación que te hace perder la noción del tiempo; la segunda, los familiares que esperan. Cuando ingresas, únicamente distingues a dos tipos de personas, los tristes de ojos extraviados y ojeras perennes que tratan de averiguar cómo sigue su enfermo, y los que visten de blanco, siempre urgidos, y más en esta situación, ataviados con su obligado equipo de protección personal compuesto por la bata y gorra, gafas de seguridad, el famoso respirador N95, y los guantes. Entre los que estamos en el pasillo, llama mi atención un hombre de edad avanzada en silla de ruedas, a su lado, una enfermera intenta consolarle, o eso parece, tal vez al viejo lo han olvidado y nadie pasó por él. También hay una joven larguirucha y de cabello ondulado que se la ha pasado de ida y vuelta interrumpiendo el paso a las enfermeras. Ahora que la observo, la he reconocido. Antes de entrar al hospital ella descendió de un auto con otras dos personas, llevaban pancartas con la frase: “Les están quitando la vida.” Vida. Tratamos de pensarla más como una línea recta que como rayas sin motivo u ocasión. A mi parecer desde que nacemos la tenemos rentada y nos la van cobrando arbitrariamente. Entre tanto, todos los presentes seguimos a la espera.

Por fin, un representante llega y me extiende el certificado. Muerte por SARS-CoV-2. Le digo que no puede ser, esto es un error. Encabronado, le devuelvo el documento. Él, un tipo de lentes y cabello relamido, ni se inmuta, solo pone cara de imbécil asumiendo su función de funcionario miserable. Responde: Muerte por SARS-CoV-2.

Por fin, un representante llega y me extiende el certificado. Muerte por SARS-CoV-2. Le digo que no puede ser, esto es un error. Encabronado, le devuelvo el documento. Él, un tipo de lentes y cabello relamido, ni se inmuta, solo pone cara de imbécil asumiendo su función de funcionario miserable. Responde: Muerte por SARS-CoV-2. Sus palabras resuenan en el hospital como un eco tedioso y afilado. De pronto, una señora aparece de una sala gritando que los están matando a todos, que los médicos apoyan al gobierno. Grita más y más fuerte, se necesitan a cuatro guardias para controlarla. Un enfermero aparece con una inyección, se acerca pausadamente. Alza su brazo. Los presentes observamos la escena entre atónitos y compungidos. El señor en silla de ruedas comienza a maldecir, le escupe en la cara a la enfermera que lo acompaña. En un santiamén la señora que grita se libera de sus captores y salta sobre un guardia, le muerde una oreja hasta arrancársela, la viscosa sangre le recorre los dientes, la boca, el cuello. A la mayoría nos invade una sensación de horror, la chica larguirucha se ha desmayado. Incontrolable, la señora avanza hacia el enfermero, logra hacerse de la inyección y se la clava en el ojo. El pasillo del hospital es un caos, alaridos por doquier, el piso y las paredes manchados de rojo.

Puta madre. Arrebato el certificado de las manos del representante y lo hago trizas, mientras los guardias desfilan desbocados hacia la señora, como ovejas suicidas al borde de un acantilado.