Fernando Abreu

A Karina A.

Antes del famoso “Quédate en casa”, Eduardo corría 4 o 5 veces por semana, entre 178 y 190 kilómetros al mes. Acababa de cumplir los 34 años, tenía en su haber una decena de maratones. Era viudo, su mujer había muerto de cáncer 3 años atrás. Sin hijos, decidió vender su casa y rentar un departamento cerca del Centro, en un edificio horrible. Aunque inexpresivo, de mirada ausente, acostumbraba a enfrentar las situaciones de manera directa, sin contemplaciones, como aquellos kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial. Poseía un tatuaje en el antebrazo derecho, una frase latina que le recordaba cómo iniciar un día y cómo terminarlo: Militia Est Vita Hominis Super Terram. Si bien se consideraba una persona combativa, sin poder estar triste o enfadado, nada. Solía relajarse con el ejercicio y la lectura, hallaba en estos 2 hábitos una pausa inclemente, un buen trago de calma. 

Al inicio de la pandemia, la empresa industrial donde laboraba, implementó el famoso home office a más de la mitad de los empleados. Eduardo se sintió muy afortunado, sobre todo porque tendría mayor tiempo para la lectura, no así para el ejercicio, ya que los medios de información y el propio gobierno, hacían recomendaciones sobre no salir para nada, salvo lo absolutamente necesario, como realizar la compra de alimentos o medicinas. No obstante, a mucha gente le importó poco dichas recomendaciones. 

En el edificio donde rentaba sucedieron un par de incidentes peculiares, por no decir agudos, que lo hicieron cavilar aún más sobre el encierro y que finalmente lo orillaron a salir. El primero tuvo como protagonista a su vecina de a lado, la del departamento 218, una septuagenaria que se dejó caer desde su balcón. El motivo no era preciso, algunos señalaban que estaba enferma de Covid 19, y antes de sufrir el calvario de la hospitalización, decidió terminar rápido ¡PUM!

Sobre la pandemia, Eduardo juzgaba que la reclusión voluntaria era en exceso, un mal chiste. Obligar a una sociedad como la nuestra a excluirse resultaba una medida frágil, eso, aunado a la ley seca y otras restricciones, hizo brotar rápidamente una rabiosa ansiedad en la psique de las personas. Esto confirmó su lectura del problema: las personas ya estaban distanciadas de su propio sentido común desde hace mucho, y lejos de combatir el problema, lo empeoran. Él, que daba la impresión de permanecer ajeno, dedicaba algunas horas para observar a su alrededor este peculiar escenario. Desde las ventanas podía apreciar el pulso de una ciudad secuestrada, llena de miedo y sobreinformación. Todo esto le recordó a su cuñado, un tipo frenético y tozudo, fanático de temas oscuros y teorías conspiratorias. Eduardo, con recelo, mantenía en su mente una llamada telefónica de él, justo cuando inició este asunto del virus. 

–No estás por saberlo, pero comienza el proceso de purga, la salida de capitales y el nuevo orden mundial -expuso el cuñado al otro lado de la línea. Eduardo, amablemente lo escuchó, no insistió en el tema, y volvió a la lectura de un libro de John Fante. Adoraba a Fante, su escritor favorito. Aunque la gran mayoría consideran Pregúntale al polvo su mejor obra, Eduardo creía fervientemente que ese lugar correspondía a Un año pésimo

En el edificio donde rentaba sucedieron un par de incidentes peculiares, por no decir agudos, que lo hicieron cavilar aún más sobre el encierro y que finalmente lo orillaron a salir. El primero tuvo como protagonista a su vecina de a lado, la del departamento 218, una septuagenaria que se dejó caer desde su balcón. El motivo no era preciso, algunos señalaban que estaba enferma de Covid 19, y antes de sufrir el calvario de la hospitalización, decidió terminar rápido ¡PUM!, otros, especulaban que fue por la enorme depresión y tristeza que sintió la noche anterior por la desaparición de su mascota, un perro chihuahua de nombre Plauto. A Eduardo le parecía gracioso que el perro apelara al nombre de un comediógrafo latino, lo que no le hizo gracia, fue que la septuagenaria cayera directamente sobre el techo de su carro, un Honda Civic. El segundo acontecimiento ocurrió 3 días antes, cuando su joven vecina del departamento 217 tocó a su puerta. Iba vestida con una falda cortísima, mostrando un par de muslos generosos y tonificados, lucía una playera ajustada con el estampado de la torre Eiffel. Sin duda, a Eduardo le pareció claro y poco sutil el mensaje. La oferta de piel a cambio de algo. Ella le dijo que necesitaba pedirle un favor, cuando lo dijo, apoyó su cadera sobre la puerta y mordisqueó levemente su labio. Él, apenas pudo sostenerle la mirada, observó con desgano el piso y le preguntó cuál favor. Ella preguntó si le compartía el WiFi, prestarle su contraseña por unos días mientras se ponía al corriente con el pago del suyo. Los pensamientos de Eduardo brotaban de un gris difuso, hacer favores no le molestaba, sino que se los pidieran en momentos donde no quería saber de nadie. Está bien, contestó, pero tú debes hacerme uno a mí. A la joven vecina se le dilataron las pupilas, sudaba, comenzó a agitarse sobremanera, sintiendo un leve espasmo en el esfínter, estuvo a punto de desabrocharse la falda. Eduardo actuó rápidamente, fue a un estante donde tenía varios libros, regresó con uno y se lo dio. Toma, lo vas a leer y me lo devuelves. Ella contestó que sí, le había costado mucho pronunciar aquel monosílabo, los nervios todavía traicionaban su cuerpo, sujetó con apremio el libro y se marchó meneando las nalgas. El libro en cuestión era Madame Bovary.

Al día siguiente, Eduardo decidió calzarse sus tenis, unos ASICS DS Trainer, y dar un par de vueltas alrededor del edificio. Para su espíritu no fue suficiente, la libertad del movimiento es el combustible de un corredor, así que se aventuró a recorrer la avenida Principal. Durante el movimiento de sus piernas, cada zancada le devolvía de a poco cierta entereza y regocijo, aunque a su alrededor se dibujara una escena bastante inquieta, la calle sin personas, sin bullicio, con los negocios cerrados y la basura acumulándose; el pulso ausente de una ciudad. Durante el primer kilómetro le pareció estar viviendo una escena de la película Exterminio, aquella cuando despierta Cillian Murphy y transita por un Londres desolado. Eduardo regresó al edificio después de 5 kilómetros a un tiempo de 4.19 m/km. Se sintió estupendo, preparó un batido energético mientras escuchaba a Coltrane. Por la tarde salió al pasillo principal, descubrió que los demás inquilinos continuaban recluidos a su modo, con la cuarentena a cuestas, saturados de tedio, hastío, sin brújula. Solo la joven vecina del 217 parecía ir en contra, en su departamento se escuchaba tremendo escándalo, de no haberse muerto la septuagenaria, seguramente estaría imponiendo el orden a base de amenazas y una que otra grosería. 

Por la mañana, casi sin pensarlo y con mucha resolución, decidió ir a la unidad deportiva X. Sintió calma al descubrirse solo. Pensó en la palabra calma y le pareció una palabra limpia, que invita a descansar y ver, un sedante para evitar dolorosos recuerdos. No es que a Eduardo le gustara olvidar los malos recuerdos, sólo quería olvidarse de uno. En cambio, el estrés físico causado por el cansancio de las articulaciones, los músculos, y la mente, lo colocaba en un tiempo suspendido, opuesto, y de pronto, el sonido de cada respiración o el movimiento de su pierna para dar el próximo paso, le producía un enorme sentimiento abstracto pero feliz. Correr es no pensar. Al siguiente día en la deportiva tuvo una sensación de extrañeza, podría decirse que desilusión, por encontrarse con un tipo alto, robusto, de unos 28 años. No lo conocía, pero lo había visto en algunas carreras locales. Pertenecía a cierto grupo popular de corredores dentro de la ciudad. Sucedió que después de sus estiramientos, Eduardo inició el recorrido. El tipo robusto trató de seguirle el paso, pero no lo alcanzó. Mantenían una distancia entre sí, de 200 metros, la cual se fue incrementando. Fue una ruta de 9 kilómetros, al final estiró un poco, y mientras se daba un masaje en los muslos, descubrió que el tipo robusto concluía la misma distancia. Se dieron adiós sin palabras. Al tercer día se encontró de nuevo con el mismo tipo, se saludaron a distancia con un gesto calculador pero cordial. Hicieron juntos los estiramientos, sin hablarse. Estaban por terminar cuando apareció una mujer de escasos 25 años, los saludó con la mano y comenzó a estirarse; Eduardo le encontró un parecido con la actriz Millie Brady. Por un instante pensó que entre más corredores fueran apareciendo, tendría que modificar su horario o cambiar de lugar. Aún con esa idea agitándolo, inició la ruta y los otros lo siguieron. Los tres marcaron una distancia de 12 kilómetros, sus promedios por kilómetro eran 4.37 para Eduardo, 5.01 para la mujer y 5.58 para el tipo robusto. 

Por la tarde salió al pasillo principal, descubrió que los demás inquilinos continuaban recluidos a su modo, con la cuarentena a cuestas, saturados de tedio, hastío, sin brújula.

Recostado en su cama, Eduardo reflexionó sobre la atípica semana que concluía. La música de Duke Ellington lo acompañaba. Sin quererlo, se había conformado una especie de grupo o cofradía entre los 3 corredores. Llegaban temprano, cada uno con su bebida hidratante, respetuosamente marcaban sana distancia entre sí, todo en absoluto mutismo, sin palabras, como si hubiese una sola regla: excluir el diálogo. Iniciaban con los estiramientos, realizados de manera precisa y dedicada. Luego, comenzaban con un trote ligero para después ir con la ruta, ya fuera corta o larga distancia, fartleks o series. Eduardo decidía el tipo de ruta y los kilómetros a recorrer. El domingo por la tarde recibió otra llamada de su cuñado. Éste le indicaba que iba a desaparecer, huir, que la pandemia era creada y había descubierto la verdad; a través de la línea podía escuchársele agitado, impreciso, temeroso por algo, pero con la convicción de trasmitir el mensaje. Eduardo terminó por atender la llamada. No contestó, apenas y soltó un impasible: cuídate mucho. Eduardo era de mente abierta, pero creía en los hechos frente a sí, lo que pudieran constatar sus ojos, solía apropiarse de aquella frase de George Clooney dicha en Abierto hasta el amanecer. Esa noche, Eduardo tuvo una pesadilla, se veía así mismo en una pista corriendo, cada metro que avanzaba le iba mostrando tenis y más tenis, gastados, dispersos, rotos, como olvidados sobre el tartán. En la pesadilla, miró con horror sus propios pies y los descubrió desnudos. 

El lunes temprano se encontraron los 3 en la deportiva, cada uno en su respectivo ejercicio. Entonces apareció un señor de unos 45 años, usaba unos shorts diminutos de color amarillo chillante, una playera del equipo Cruz Azul, además de unos googles extrañísimos. Comenzó a saludarlos con una charla alborozada pero irritante, de aquellas charlas que pretenden agradar, pero carecen de tacto y simpatía. Ninguno de los tres contestó. Ese día recorrieron 19 kilómetros a ritmo de competencia, al tipo robusto le costó un poco, aunque logró completarlos. El señor de 45 años apenas y pudo con 3 kilómetros, se fue sin decir nada. Las siguientes sesiones tuvieron el mismo tono, el grupo ignorando al señor, evitándolo, corriendo a un ritmo donde no pudiera seguirles el paso. Finalmente lo entendió y se apartó de ellos, entrenando solo. La semana transcurrió sin sobresaltos.  Si bien las rutas en la deportiva X marchaban bien. La vida en el edificio empeoraba. El servicio de recolección de basura dejó de trabajar, tuvieron escasez de agua potable por las noches, y la mitad de los inquilinos se marchó. El inicio de la tercera semana tuvo un hecho que cambiaría la perspectiva de Eduardo sobre la pandemia y su relación con el trío. Al entrenamiento sólo acudió la mujer de parecido a Millie Brady, el tipo robusto nunca llegó. Esa mañana corrieron 8 kilómetros. No podían negar que tal ausencia los hizo sentir distintos e incompletos, incluso sus tiempos resultaron apáticos. El viernes supo por medio de un grupo de corredores en WhatsApp que el tipo robusto había enfermado de Covid 19 y se encontraba grave en un hospital. Eduardo tenía en cuenta que correr ayudaba a mantener la presión arterial bajo control, además de disminuir el colesterol malo, también a controlar y prevenir la diabetes, incluso había leído estudios donde indican que el ejercicio aeróbico promueve la estimulación de los macrófagos, que son células que combaten las infecciones a través del sistema inmunológico. Ejercicio más edad, aun así, las probabilidades para el tipo robusto fueron en su contra. Ese día, recibió una sorpresa en la entrada de su departamento. Halló el libro de Flaubert y un sobre cerrado encima, lo abrió, adentro aparecieron unos billetes con una nota: ¡Gracias por el Internet! La siguiente semana en la deportiva la mujer de parecido a Millie Brady no sólo llegó tarde, sino que su rendimiento fue por debajo de lo habitual, incluso presentaba los ojos enrojecidos y una leve tos. Al tercer día dejó de llegar. De nuevo las instalaciones le pertenecían sólo a él. Sin embargo, sentía una punzada en el estómago al sospechar que ella pudo haber contraído el virus. Las probabilidades otra vez en contra. El fin de semana decidió recluirse, pensó mucho en el único recuerdo que le dolía. El domingo por la tarde, se asomó a su balcón, lentamente, y sin saber por qué, en su cabeza iba construyéndose la escena de la muerte de la septuagenaria. Imaginando como pudo haber sido. Cada segundo y cada movimiento de ella, hasta el momento exacto en que decidió saltar. Fue al baño y se miró al espejo. El mundo le parecía atado, reducido. La salud una broma, y el nuevo virus como caricatura impiadosa del género humano. Se calzó unos Dynaflyte 3 para salir a correr. Bajó las escaleras, siguió por el pasillo. Justo antes de abrir el portón principal le comenzó un fuerte dolor de cabeza.