Zilmazul

Bertha Ferrer

Narración costumbrista lineal, que refleja la relación de los habitantes del trópico con sus creaciones imaginarias, enmarcada en la corriente de lo real maravilloso.

Al llegar a Ixtacomitán, siempre hay una especie de rocío flotando en el ambiente, en muchas ocasiones los nubarrones se están formando entre los cerros, como si fuera a llover, las calles resquebradas serpentean por el pueblo donde nada parece recto, es sinuoso y los musgos, las begonias y los helecho brotan de entre las piedras grandes y dispares, algunas lisas y otras roñosas, donde se van acomodando los escalones para entrar en las casas.

Puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende…

El viejo Gustavo llega a la tienda de abarrotes, escoge un rincón, se sienta, desbarata los dobleces del pantalón, los sacude, arranca un hilacho de sus remiendos y con toda parsimonia cruza la pierna, se quita el sombrero y empieza a abanicarse, de vez en cuando mueve la cabeza y lanza un resoplido, como diciendo, no puede ser, yo mismo acompañé a las señoras para que vieran cómo había quedado el lugar y puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende y que sin embargo, no servía para nada, ya que en muchas ocasiones la fuimos a traer después de varios días a los acahuales que hay por la ladera de la montaña.

Daba tristeza, claro, rompía el corazón, había que lazarla y después cobijarla para que no la vieran con sus desnudeces, ya luego la mamá, doña Sofía la muda, la bañaba, le quitaba las espinas, le ponía petróleo en las heridas y después esa manteca que hacía con la grasa del riñón de res y ni qué decir cuando se sentaba en el butacón con ella abrazada entre las piernas para poderle desenredar el pelo, esa melena larga color de fuego que cepillaba horas y horas sin cansarse hasta que lo dejaba liso y brillante.

La vi, cómo no verla, si a cada paso la pienso y se me gastó la vida cuidando su casa, sufrí mucho cuando me dijo que se le iban a llevar a México, fue un revuelo de chismes, todos la querían, con nadie fue grosera, daba gusto y tristeza verla sentadita encerrada, jugando sus muñecas o escribiendo esos versos que después cantaba y hasta nos hacían llorar.

—¿Qué tanto estás murmurando Gustavo, no quieres un trago?

—Bueno don Pepe, me caería bien, no sea que de tanto pensar haga que se me vaya la cabeza, pero qué digo, si cuando me acuclillaba cerca de ella y me contaba del duende, entonces sí se me iba la cabeza, porque cuando era chamaco el abuelo me hablaba de ellos, pero yo creía que era nada más para espantarme.

Daba tristeza, claro, rompía el corazón, había que lazarla y después cobijarla para que no la vieran con sus desnudeces, ya luego la mamá, doña Sofía la muda, la bañaba, le quitaba las espinas, le ponía petróleo en las heridas y después esa manteca que hacía con la grasa del riñón de res…

Ella me explicaba cómo era el hombrecillo que venía y se la llevaba por los caminos a enseñarles cosas extrañas, a jugar con ella por las noches; y cómo, mientras ella se sentaba a mojarse los pies en el arroyo, él se entretenía trenzándole el pelo en diminutas trenzas, tantas que se perdía la cuenta, después la montaba y hacía que corriera como los caballos, yo apretaba los puños y la rabia me entraba, quería que ahí mesmo apareciera el maldito, el machete lo mantenía filoso por lo que se ofreciera, pero ya después cuando en las noches me tocaba cerrar las bodegas y revisar las talegas de maíz o componer los aparejos, el sudor se me hacía frío buscando sus huellas bien que las conozco, los duendes hacen que van y vienen, lo que pasa es que traen los pies al revés para destantearnos. Los músculos del cuerpo se me atenazaban como si fueran a reventar y cualquier ruido o crujido de la madera, me hacía brincar.

Siempre he querido pensar, cómo empezó todo; recuerdo que cuando era ansina de pequeñita que no traspasaba el tamaño de la mesa, algunas tardes cuando el silencio llega y el sol empieza a esconderse detrás de la montaña, ella empezaba a correr y a dar vueltas por todos los corredores como buscando algo, o más bien, llenando ese vacío que se siente en la finca a la caída del sol; correteaba gallinas para que se espantaran, correteaba a los perros para que ladraran, la muda dejaba el tejido y corría en su busca para abrazarla y así poder calmarla, pero las palabras se le quedaban atoradas, sólo podía acariciarla y peinarles el cabello.

Se fueron los días y los años, cuando empezaron las chiches a brotarle tuvieron que encerrarla, ya luego una mañana la jaula apareció vacía. Buscamos en todos los cuartos, en las bodegas, en el horno de hacer pan, en cuanto recoveco había, se ensillaron los caballos y se trajo a las gentes de los campos, unos subimos por el arroyo, entre los árboles de la orilla, otros en las milpas y ni qué decir, los del aserradero se fueron a la montaña.

Dos días con sus noches y nada, hasta que por fin en el cerro que baja hasta el arroyo, entre unos peñascos enormes, encerrada en un acahual ahí estaba hecha un nudo con su pelo trenzado, el cuerpo desnudo y lleno de arañazos, qué dolor nos dio verla, las cocineras lloraban, la nana no tenía sosiego buscando yerbas para hacerle sus pócimas; la muda en su angustia, emitía sonidos que parecían gritos y ella, tan linda con sus ojos color hierba, tan fijos que la creíamos muerta, a partir de ese momento no la dejaban en paz los condenados duendes.

Ella me explicaba cómo era el hombrecillo que venía y se la llevaba por los caminos a enseñarles cosas extrañas, a jugar con ella por las noches; y cómo, mientras ella se sentaba a mojarse los pies en el arroyo, él se entretenía trenzándole el pelo en diminutas trenzas…

Claro que la familia no descansaba, todas las pláticas y las visitas le daban vueltas al asunto, pero ni los doctores que fueron trayendo de tiempo en tiempo le dejaban un alivio, hasta mandaron a buscar a un curandero y todo fue inútil.

Un tío, Chicho, pariente de la muda, que no sé de dónde salió, llegó a verla, dijo que tal vez en México la curarían y él se ofreció a llevarla, primero a lomo de mula, después en barco de Pichucalco a Villahermosa, ahí tomarían otro rumbo a Frontera para llegar al mar que llega a Veracruz. En el rancho, mientras tanto, todo se iba en pláticas a la hora de cenar ¿Cómo le estarían dando de comer, y sus necesidades y para vestirla? En fin que se desgastaron las palabras y llegó el olvido corto ¿Dónde se ha visto que curen el amor del duende? Al que tenían que agarrar era a él, pero esos catrines de ciudad nada entienden, así que le hicieron las ropas con unas mangas largas, largas para amarrarla y cargaron con ella.

Ya ni sus calandrias iba a escuchar, ni su voz estaría en estos cuartos que de tan grandes, los habita el silencio, que más parece lugar de muertos y de vientos malignos. Napaná se murió por esa época, los rebeldes a veces descansaban ahí pero algo les hacía que se fueran, yo me eché a andar de contrata en contrata; estando en otros ranchos, unos parientes de ella platicaron de todo lo que tuvo que hacer el tío para llevarla en el barco y de cómo la muda se murió de tristeza. Por años me fui cuando me atacó el mal del pinto, me vine arrinconar a la hacienda, como nadie viene ahora, hago mi siembra y vivo en ella, así nadie me mira de lado.

—Bueno Gustavo, ¿quieres platicar algo o vas a seguir rascándote la cabeza?

—No don, el caso es que llegaron unas viejas a Napaná, quesque la heredaron de una tía que de niña estuvo loca y después fue muy importante con las palabras, con los versos, vaya usted a saber. Los riquillos son tan raros, yo ni caso les hago, ahí que se encarguen los duendes de sus melenas.

Tomado de Ferrer, Bertha. ¿Dónde estás Elena? UJAT. 2013