Érase una vez un cuento en línea

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Narración de atmósfera

Juana

Bertha Ferrer

Narración lineal de atmósfera, con tendencia costumbrista.

Llueve, amaina un rato; de repente un nuevo impulso, el agua parece desbordarse. En la ventana se van dibujando caminos de cristal, prismas, rombos, pequeñas esferas donde poder guardar secretos. El agua parece obedecer a un gran director de orquesta y cambia de sonido ante una misteriosa señal. Cuando viene de las montañas parece una parvada de ángeles en vuelo, se anuncia grave. Desde lejos le viene cantando a la ceiba, al macuilís, al zapote de agua y a las pequeñas hojas de yerbas que tiemblan en un mismo compás. El viento marca el ritmo a este incomparable ballet de agujas.

Llueve, llueve. Las sensaciones, los recuerdos, flotan con el agua, sudan las manos, cepillo el pelo, juego con mis gatos; sólo se trata de hacer un cuento, los ruidos en la puerta, voces que van y vienen me toman a su antojo y no logro callarlas, otra vez Juana no encuentra las postales de la escultura donde me enseñó cómo eran esas cosas.

Agua, despertador de aroma. Agua, compañera inseparable del mundo de Juana. Una mañana cuando se anunciaba la lluvia llegó hasta la cerca donde mi abuelo y yo esperábamos el paso del ganado. Vete a la casa, no quiero que conozcas a esa mujer, es una loca. ¿Por qué el asombro que aún no se quita, con el pasar de los años? La inquietud hace cosquillas en la piel, intento voltear con el caballo trotando pero la orden es terminante. ¡Vete, es una loca! ¡Loca, Loca, looocaaa! dicen las hojas de los árboles cuando paso.

¿Culebras en el pelo, las manos han de ser como garras, piel de armadillo o tepescuintle? ¿Y por qué el enojo de la abuela por esas vecindades? ¿Cuál es la diferencia? Sonidos tambores en noches de luna llena, pláticas; silencio cuando llegan los niños. ¡Pobre mujer!, como al descuido. El desayuno espera, los gatos reclaman su comida, se han acostumbrado a ser muy importantes y este cuaderno con la cubierta azul que se abre y absorbe mis instantes.

Juana rondando, esperando que terminen los rituales cotidianos de la casa; la visita de una amiga, el jardinero que viene a resembrar unos macizos de crotos y ponerle un alambre al jazmín.

Ya había por entonces campos trillados en los alrededores, cuarteles sembrados con pastura gigante dedicados al ganado de engorda, en la orilla del río los platanares dejaban que el viento meciera sus hojas como banderas ondulantes.

Agua, despertador de aroma. Agua, compañera inseparable del mundo de Juana.

Se inventa un personaje que de pronto se adueña de todos los momentos. ¿Por qué ese vino que sólo ha de tomarse en copas de murano? Y las tazas que tanto trabajo me costó encontrar, nada tienen que ver con el gusto por el barro. Me quito los zapatos, hago ejercicios, recibo otra visita. Sigue la crisis económica, el medio ambiente se contamina. Tengo que comprar un vestido para la comida del sábado. Pensamientos, caen como las gotas de lluvia y se pierden igual. La humedad se cuela entre los huesos, mis brazos se alargan, están listas para que la sola presencia de un pájaro las quiebre.

Algunas noches, cuando ya pasó la hora de los ruidos nocturnos, cuando el silencio envuelve y todo se convierte en sombras, el tam tam de un tambor llega, la pequeña llama del quinqué tiembla cuando mi abuela camina alumbrándose con él para salir al corredor, escucha atentamente y suspira.

Por esa época Juana imaginó la música africana, tal y como leyó en un libro de historia que a veces saca para comparar con las imágenes que le traían las tarjetas, aquellas que recibió al principio y que luego utiliza para enseñarme.

Juana buscó unos troncos, los escarbó y les puso una piel de venado: empezó a golpear y a golpear. El ritual vino después cuando los sonidos se hicieron más extraños, cuando tuvieron ritmo. Tocar, tocar, tocar hasta que el lugar se impregnara de ecos y estos acompañaban la danza que brotaba de lo más profundo de su ser, árboles que giran, cúpula de filigrana, templo mayor donde se encierra a Dios.

Juana traspapela las cosas, busca en un cajón la última postal que recibió de Florencia.

Pasa un pájaro y hace un hueco en el silencio. La tarjeta aparece, es otro continente el que se instala, otras costumbres atrapan los actos cotidianos, abro la ventana. Descubro castillos, un callejón donde una silueta se pierde al dar vuelta en una esquina, todo fue imaginarlo, nada concreto, no pudo ser, el cuerpo ausente se quedó lejos de los besos de mis manos. Otras presencias incitaron mi piel con su reclamo, los poros se abrieron y aprendieron otro lenguaje. Se sembró otro macizo de jazmines, otros rosales, ¡qué sé yo!, de algún modo se tiene que inventar el olvido.

Tocar, tocar, tocar hasta que el lugar se impregnara de ecos y estos acompañaban la danza que brotaba de lo más profundo de su ser, árboles que giran, cúpula de filigrana, templo mayor donde se encierra a Dios.

Entre los crotos tupidos había hecho un túnel para esconderse de visitantes no deseados, así desde la ventana de su recámara podía ver la entrada del camino, vigilan sus perros y una parvada de pijijes que a la menor presencia ajena inician un escándalo. Juana se apresuraba, le daba tiempo de correr la mesa que tenía unas garras de león talladas en las patas y meterse en el túnel que había escarbado desde la casa y que salía en medio de un macizo de crotos y así poder vigilar desde donde nadie la pudiera ver.

Después de muchas luchas interiores, por fin encaminé el caballo por el camino real para encontrar la casa de Juana; fue la primera vez que llegué con mi perro, se armó la pelea con los suyos; ella de lejos siteaba, yo daba vueltas sin encontrar sus rostro, de pronto apareció.

El asombro agrandó los ojos, las manos no son garras, son largas, bellas, transparentes, no tiene culebras en el pelo; sus grandes trenzas están enrolladas como una corona en la cabeza, es tan delgada que parece que fuera a romperse. Sonríe, me toma de la mano y entramos a la casa.

Llueve, llueve. Las sensaciones, los recuerdos, flotan con el agua, sudan las manos, cepillo el pelo, juego con mis gatos; sólo se trata de hacer un cuento, los ruidos en la puerta, voces que van y vienen me toman a su antojo y no logro callarlas, otra vez Juana no encuentra las postales de la escultura donde me enseñó cómo eran esas cosas.

¿Cómo es posible dejarse atrapar de esa manera? Contemplo la hilera de personajes y el revuelo de gente de a caballo, las mañanas de vaquería cuando hay que despuntar cuernos, inyectar novillos y caparlos. Y los otros seres, los de ciudad que vienen a poblar otras historias. Tengo la impresión de haber dejado a Juana sentada en el sillón, aguardando turno nuevamente, contando todas esas historias de muselinas, de viajes por mar, de ropas traídas de Europa, muebles de Viena y las tejas francesas que aún están en el tejado y que hacen que la lluvia cante y huela diferente.

Las tejas francesas que aún están en el tejado y que hacen que la lluvia cante y huela diferente.

¿Dónde ir? ¿Dónde voltear? escapar de todo, de ser cuerpo, interminables paseos por el jardín. Juana aparece y dice: ¿para qué escribió?, debió irse y ya; las palabras se pegaron a la piel tan parecida a la mía, y luego las figuras de postales que entraron por la puerta de mis ojos.

Cuántas tardes imaginé estar sentada en un café, cerca de la Place Vendôme, descansando de una larga caminata por callejuelas perdidas, o bien, paseando hasta encontrar los canales, olor que me llega con el río.

—Toma niña, otra tarjeta.

Juana se mete en su mundo, y yo empiezo a querer ver otros rumbos, se crece de un día para otro. La casa de muñecas se hace demasiado pequeña, los antiguos juguetes empiezan a quedar olvidados, el álbum de fotografías crece. La historia, las matemáticas, ya ocupan un lugar en la mente. A lo mejor ya es tiempo de conocer realmente los canales de góndolas, otras ciudades, sueños sumergidos en el mar, poesía, amores, cortinas con cuentas como las que tienen algunas prostitutas en Marruecos.

El corazón no está quieto, algo recorre la piel y me transporta de nuevo, las espinas arañan, me atasco en el lodazal, el cielo se oscurece, se vuelve verde. Farol ladra, olfatea incansable a unos monos que saltan y se mecen en las ramas. De pronto las tumbas, casitas diminutas; nadie me había dicho que existían. Lástima no haber traído las muñecas. Miedo, ¿miedo?, la palabra se instala, quiero desaparecer, regresar, ¿Por qué no obedezco?, ¡abuelaaa, nanaaa! Un cristal se rompe en mi interior. Alguien llama a la puerta, el paisaje es otro, se sigue dando vueltas.

Llueve otra vez y no quiero diluirme en el agua, perder mi hogar, este sillón, mis libros, la ventana y el deseo de soñar. Algo difuso navega en el instante, el cuaderno azul se abre de vez en cuando, la tinta se conecta con mis venas. Habrá que poner un nuevo orden en la historia.

Tomado de Ferrer, Bertha. ¿Dónde estás Elena? UJAT. 2013

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5 Comentarios

  1. Irma Fdez Calles

    Excelente historia . Narrativa fluida con imágenes de este trópico húmedo
    Con el canto de la lluvia.
    Gran escritora y pintora Doña Bertha Ferrer de Priego.

    • Luis Acopa

      Gracias, que bueno que le haya gustado. El mejor homenaje para los autores es leerlos.

  2. PORFIRIO DÍAZ PÉREZ

    Porfirio Díaz Pérez

    Ya lo había leído y, me parece que este cuento tiene algo de poema, de esas imágenes del hermoso trópico revelde y de otros tiempos,
    Me gusta para difundir por los senderos que aún andamos.

    • Luis Acopa

      Que bueno que ya lo conocía. Gracias por opinar y espero que nos ayude a difundir la página. Saludos.

  3. Manuel Tamez

    ¡Excelente! De lo mejor que he leído en este espacio. Saludos.

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