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Musicalidad narrativa

Hola soledad

Fernando Nieto Cadena

Este cuento apareció publicado en el año 2008, en el primer tomo de «Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco». Por razones editoriales y de mejor lectura en la web, he alterado los puntos y seguidos del texto original, que en su versión impresa es de un solo párrafo.

Sales a la calle con la robusta mulatez de tu persona, con ese pres-pres al caminar que no te desampara, mirando palante, rumbosa, con el meloso meneíto de caderas que ya quisieran las blanquiñosas flacuchas del barrio tener, abriendo plaza en la banqueta con tu ir y venir como si estuvieras marcando el biyi biyón de tu sangre sandunguera. Tus chancletas marcan el compás de una vieja y revieja pasión por el baile.

Apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño.

Todavía recuerdas cuando alguien te dijo en medio de un lanzón –Si cocina como camina me como hasta el raspadito, y apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño. Quiso besarte pero le marcas la tranca de tu brazo izquierdo, lo llevas casi colgando hacia fuera de la pista y en el borde, donde el territorio de mesas y sillas es una tierra semi neutral le sueltas un cachetadón que aún resuena por los solares de tu juventud como señal de que eres demasiada mujer para cualquier hombre. Entonces ya levantabas tu metro ochenta sobre el planeta y tus parejas de baile siempre fueron más pequeños y apenas podían llegar a tu espalda con su mano derecha, se contentaban con ponerla sobre tu cintura en espera de cualquier oportunidad para pegarse a ti como quien se recuesta sobre la holgada levedad de tus senos al reclamo cadencioso de un bolero. Todo eso lo recuerdas mientras barres lo que te corresponde de la banqueta frente a tu casa. Ahora tu memoria vive preñada de unas palabras que conservas en hibernación, son las palabras del vecino que las escuchaste de pura chiripa durante una entrevista radial. Los viejos poetas salen a los parques y se inspiran con el ir y venir de las chiquillas persiguiéndose unas a otras mientras imberbes galanes las acosan con tímidas propuestas de amor.

No imaginaste que el profe fuera conocido como poeta. Aquí todos lo tiran a loco, a pendejo pues, por su manía de andar entre libros que ya no le caben en ningún sitio. Eso lo sabes porque desde una tarde que lo fuiste a visitar para que te ayudara con una carta que ibas a mandar al sindicato antes de jubilarte, a ver si es chicle y pega le dijiste. Que no te confiaras, te dijo, te van a sacar lana y la casa nunca la verás. Lo que no te dijo es que tampoco confiaras en su carita de mosca muerta en año sabático, eso lo oíste a gente que sabe mucho, de allá de la universidad.

A la tercera visita y sin saber cómo ya estaban sudorosos y agitados en la cama, desnudos a rabiar, empecinados en los hartazgos del sexo. Gritabas tú aullante de placer, la cama rechina y rechina aguantando heroica el frenético vaivén de los cuerpos que inauguraban posturas, racionalizaban caricias, procuraban no desmentir los deseos retenidos, las hambres sexuales reprimidas, los deseos fornicarios entumidos. Fue el primer combate cuerpo a cuerpo después de la infamia de tu viudez, tal vez por eso lo sobrevaloras, hasta llegaste a pensar que el profe era el hombre de tu vida. Siempre creíste que nadie sabía de su costumbre de hacer versos. Cada vez que ibas te regaló unos papeles donde testimonia, así te decía, los hallazgos de tu cuerpo al que siempre se acercará de rodillas con la fe y la veneración de quien arriba a un nalgatorio.

Gritabas tú aullante de placer, la cama rechina y rechina aguantando heroica el frenético vaivén de los cuerpos que inauguraban posturas, racionalizaban caricias, procuraban no desmentir los deseos retenidos, las hambres sexuales reprimidas, los deseos fornicarios entumidos.

Y ahora resulta que ese maestro con el que has ido compartiendo la cama cada cierto tiempo porque hubo un tiempo cuando lo mandaste al carajo al descubrir que unas chamacas insípidas iban a buscarlo y se encerraban como el hacía contigo, corre las cortinas, pone la grabadora y ya tú sabes lo que está haciendo con esa casi niña, pero si él decía que le gustan las mayores de treinta años casadas, viudas o divorciadas pero jamás solteras porque esas sólo quieren casa y por la iglesia. Ahora resulta que este viejo cabrón es un poeta conocido en la ciudad, virgencita santa. Los viejos poetas reciben saludos de la gente/ taciturnos sonríen al pasado/ recuerdan sus momentos felices cuando eran el centro de los saraos/ los políticos agradecían su presencia en los banquetes/ y los burgueses disputaban su amistad a la hora del brindis en la inauguración de una nueva empresa.

Calculas que pronto saldrá a su rutina de todas las mañanas: ir por el periódico, por los tacos y tortas para su desayuno, de regreso hará un café que incluso invadirá tu casa con el aroma fuerte como lo prepara, pondrá música de negros porque la felicidad se encuentra en la negra alma de la negritud, te decía al desnudarse ambos mientras tambores y trompetas eran un escándalo de estridencias percusivas. Ya no lo frecuentas como antes, sobre todo después del último reclamo que le hiciste porque metió a su casa una señora de esas que miran sobre los hombros a los que no son de su condición, esto lo repites de algún programa de la tele. Él se ofendió mucho, dijo que a estas alturas del partido él se da por bien servido que una mujer quiera con él, que lo prefieran a él y lo busquen sin importar que ya pasa de los sesenta años. Además yo no te reclamo con quien te encamas, te dijo y eso te dolió, porque tú, ¡cristobendito! desde aquella tarde sólo con él. Bueno, ni tanto, una que otra vez pero nunca en mi casa porque yo sí sé respetar. Él siguió como si nada y debiste darle la razón y buscarlo una y otra vez. A los sesenta y pico de años sigue dando guerra el maestro, te dices y una calentazón de piernas te sube y baja, te desasosiega, te acalambra de sólo pensarlo. Los viejos poetas se reúnen en viejos cafés/ discuten con viejos periodistas/ y se pierden en medio de tormentosas nostalgias juveniles.

La felicidad se encuentra en la negra alma de la negritud.

Maestro, lo oímos en la radio. ¿Ah sí? se deben haber aburrido mucho. Cómo cree, estuvo muy bonito lo que dijo, sobre todo ese poema que leyó de los viejos poetas. Ah caray ¿le gustó? ¿Quién más oyó? Bueno, yo estaba sola pero puse a todo volumen el radio para que todos lo oyeran. Ah, entonces te gustó a ti. Mucho, por eso quiero pedirle un favor ¿Cuál? Que me regale una copia del poema para tenerlo con los otros que me ha regalado. Bueno pero será cuando regrese. Lo espero entonces. Te quedas doblemente alterada, sabes que eso significa, un acueste como en los viejos tiempos. Decides darte un regaderazo, porsiacaso, lavarte bien, perfumarte lo que más le gusta para que sus labios te hagan gritar hasta el enloquecimiento. Tiemblas. Los viejos poetas a pesar de calor no sueltan el traje la corbata/ Se entusiasman con sus raídos recuerdos donjuanescos/ alardean de conquistas memorables/ se duermen sin pudor en media charla.

Oyes que el profe ha puesto uno de los discos que tanto te gusta, «Lo Mejor de la Vida/Compay Segundo», decía la portada del disco cuando te lo mostró. Ves en el espejo tu metro ochenta y más de cien kilos gozona y armoniosamente repartidos para que las excesivas carnes tengan adecuado acomodo y nadie te grite que tus nalgas se aplauden a sí mismas. Pensar que hubo un tiempo, pensar en el ayer es una estupidez fenomenal te dices. Lo bueno es ahora, lo que va a suceder cuando llegues a la casa vecina, lo llames, te abra la puerta, corra la cortina mientras sube el volumen del equipo y se acerque otra vez, de nuevo a desnudarte como si fuera la primera y siempre última vez. Los viejos poetas un día cualquiera despiertan con la muerte/ masticando silencios al final desusombra. *

Tomado de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco. Tomo I. PACMYC, CONACULTA y Gobierno del Estado de Tabasco. 2008. El texto que aparece en este compendio, pertenece a Mar de fondo, texto con y sin personajes (inédito). * Las cursivas corresponden a un poema del libro: Poemas dela Isla.

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1 comentario

  1. Manuel Tamez

    Lo vuelvo a leer y me reconcilio con Fernando.

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