Fernando Abreu

La pandemia estuvo por arrastrarme a la ruina. Casi. Al principio fue el trabajo, los despidos masivos con el pretexto de mandarnos a casa menguaron a la economía. En resumen, la cuarentena buscaba retrasar los contagios, mitigar a los enfermos, reducir la saturación en hospitales y centros de salud, posponer una escalada de muertes menor a lo pronosticado. Seguramente un buen plan, por supuesto. Así que mi empleo en una papelería se fue directito a la chingada. Mis papás no deseaban tener con ellos a su hijo recientemente damnificado, de mi parte tampoco lo quería, por lo cual tuve que permanecer en el pequeño departamento que rentaba cerca del centro, en un edificio tan feo como el carajo. Traté de vencer el encierro mirando la televisión hasta que cortaron el cable, consumiendo a cada rato mi cereal favorito y masturbarme tres o cuatro veces al día. Sin duda, una rutina preciosa. Además, de vez en cuando sostenía interesantes batallas con mi vecina. No estoy hablando de sexo. Es más, el sexo lo tenía ella. A la muy cabrona le valía madre eso de la sana distancia y, cada que podía, se encamaba con sus dos noviecitos. Claro, en distintos turnos. Lo que se dice discreta no era, pero si muy inteligente, ya que a los dos idiotas los mantenía sin sospechar nada uno del otro. Cuando era tiempo de coger, procuraba provocarme dejando entreabierta la ventana de su habitación que da poco más o menos frente de la mía. Su gritos y gemidos simulando a una estrella porno eran ensordecedores, peor aún, subían de intensidad cuando asomaba mis narices y me descubría fisgoneando. Otras veces, cuando no cogía, dejaba al descubierto en altísimo volumen sus gustos musicales: Bad Bunny, Maluma y otras mierdas. En ocasiones intenté contrarrestarla poniendo a Lost Acapulco o Los Esquizitos, aunque su equipo de sonido era más fuerte y sofisticado. Mi vecina acostumbraba a colocar su basura cerca del portón principal, entonces surgía mi oportunidad y, con navaja en mano, procuraba pequeños cortes en las bolsas. Ocurría que, al llegar los del camión de la basura e intentar levantarlas, se producía un reguero del demonio, eso, aunado a las mentadas de madre y la siempre inoportuna intromisión de la anciana del 218, producían una escena apocalíptica digna de la pandemia que nos obligaba a este pinche encierro.

Su gritos y gemidos simulando a una estrella porno eran ensordecedores, peor aún, subían de intensidad cuando asomaba mis narices y me descubría fisgoneando. Otras veces, cuando no cogía, dejaba al descubierto en altísimo volumen sus gustos musicales: Bad Bunny, Maluma y otras mierdas.

–¡Hagan bien su trabajo, güevones! -les gritaba la ruca-, y pónganse los putos cubrebocas que van a contagiarnos.

Feliz postal de una sociedad hastiada del Covid 19. Silbando, me asomé al pasillo a disfrutar de mi obra. Estaba realmente alegre pero no satisfecho, como aquellas ganas irrefrenables por atender un deseo juvenil que nunca se acaba, lo tuve que hacer dos veces más. Pero mi vecina no tardó en descubrirme. Lo que se dice tonta no era, pero si perspicaz, y después de tres bolsas rasgadas fue hasta mi departamento. Abrí la puerta y me enfrentó.

–Ya sé que eres tú, y déjame decirte que lo haces por envidia. Claro, como no cojo contigo. Es más, a leguas se nota que ni se te para.

Dio la media vuelta y se largó. Hija de tu pinche madre, pensé. Esto estaba lejos de concluir, a un enemigo hábil hay que atacarlo donde más seguro cree estar. La próxima vez que se reunió con uno de sus amantes, gritó como nunca, fue una sesión cargada de revancha, éxtasis, rabia y orgasmo. Y ella quería que lo supiera. Aun así, esa noche, aunque parezca absurdo, dormí tranquilo. Aunque la verdad tuve un sueño corto y extrañísimo que, cuando desperté, lo supuse chistoso y esclarecedor, de esas cosas que no entiendes y a su vez no las discutes. En el sueño los hombres del camión de la basura sometían a la anciana y se la llevaban con ellos al reino de la mugre y los desechos, también se llevaban con ellos bolsas atiborradas de cubrebocas y billetes. Inicié la mañana desayunando dos tazones de mi cereal favorito, luego, salí a espiar por el pasillo y vi salir al señor del 215 en pants y tenis. Ese cabrón no se cansa de correr, me dije.  De vuelta al departamento estaba listo para la próxima jugada. Por la noche mi vecina citó al otro amigo íntimo y dio por iniciar con la cogedera. A medio palo que enciendo mis altavoces y suelto la grabación que hice la noche anterior. Gritos, frases cachondas, el nombre del otro, más gritos, una larga retahíla de evidencia que por resultado originó rechazo, lamentaciones y ofensas varias. Al día siguiente encontré una bolsa para basura con una nota al frente: “Hazme un favor y metete en ella”. No hay mayor placer que una victoria aplastante. A los pocos días, y como es costumbre en este país desdichado, aparecieron muy malas noticias. La cuarentena se extendía dos meses más, en el ámbito económico se escucharon las palabras recesión y depresión, palabras que hacían sentir un sismo en las cabezas de cada habitante. Las deudas se acumulaban y sólo nos condonaron media renta. Putos capitalistas. Mi cereal favorito comenzó a escasear, los amigos y conocidos se negaban a contestar llamadas o mensajes. Claro, yo necesitaba dinero. El colmo del asunto fue una mañana que mi vecina apareció frente a mi puerta. Lo que se dice sensible no era, más bien poseía un carácter fuerte, indómito. Al abrirle, su rostro era cubierto por lágrimas y rímel expresando una sola intención: Desahogo. Sí, me reclamó que por mi culpa no alcanzaba a pagar la renta, que su dieta se hacía más precaria, el internet era historia y no podía siquiera comprarse un rímel barato. No es que mi vecina fuese fea y necesitara del maquillaje, pero la femineidad es un delicado hábito que toda mujer tiene en sus genes. Ella en verdad sufría. Mi broma de joderle la relación con sus dos novios la privó de la renta, comida y maquillaje, su economía se desquebrajaba al igual que las estrategias del presidente por mantener a este país con palillos. Ante su postura, no supe qué decir. Ella preguntó si cuando menos podía obsequiarle un poco de cereal. Le respondí que ya no tenía.

­–Carajo, siempre creí que estabas jodido. Pero esto lo supera.

Dio la media vuelta y se largó. Ese día tuve un fuerte sentimiento de culpa, la culpa te hace un esclavo del tiempo y más cuando sientes que el tiempo transcurre tan, tan lento. Y peor, confinados a tratar de pasarlo de alguna manera. Por la tarde escuché toser a la anciana del 218. Por dentro algo me dijo que pronto sería un número más en las estadísticas que el Dr. López Gatell anuncia puntualmente por las noches. Recostado en mi cama imaginé que la pobreza también mata, y sin un maldito centavo, cada segundo me sabía a óxido. Lentamente una idea me iluminó la cabeza, a veces las desgracias te raspan y de a poco sale un rayo de ilusión. Recordé cierta charla con un compañero de la papelería, donde me recomendó con harto entusiasmo un sitio de internet: Chaturbate. Dijo que es un sitio donde los usuarios puede utilizar sus webcams y ganar dinero. Sólo hay que participar en algún tipo de variación del sexo: individual, parejas, orgía, fetiches y un gran etcétera. Ignoro de donde saque el valor para ir hasta la puerta de la vecina y contarle mi idea. Me mandó a la verga. Pasaron dos días, me encontraba en mi cama sosteniendo mi tazón del cereal vacío, estaba a punto de expirar la renta y seguramente tendría que irme a vivir a la calle. En esos pensamientos estaba hasta que la vecina vino a buscarme y me expuso su idea. Lo que se dice insegura no era, pero esta vez un nervio picante la recorría por dentro con tal de escuchar si mi respuesta era que estuviese de acuerdo.

La pobreza también mata, y sin un maldito centavo, cada segundo me sabía a óxido. Lentamente una idea me iluminó la cabeza, a veces las desgracias te raspan y de a poco sale un rayo de ilusión.

–Conseguí el internet, el solitario del 220 me compartió su clave. Y no cogí con él, te aclaro. Te veo en mi depa a las 8, lleva cosas guarras.

Dio la media vuelta y se largó. Fui puntual, cinco minutos antes de la hora pactada estaba tocando a su puerta. Me dio entrada y vi lo ordenado del sitio, descubrí una foto de ella con un señor canoso, de lentes; la actitud de ambos era amigable, sonreían y estaban abrazados, irradiaban esa complicidad inocente del vínculo familiar por lo que supuse que era su padre. En su cuarto tenía instalada su laptop sobre una mesita frente a la cama, había puesto una especie de cortina roja que caía del techo, un par de cojines negros descansaban en el colchón. Me llamó la atención una muñeca Barbie junto a un disco de la cantante Belinda. Todos tenemos fijaciones raras, supuse. Me dijo acércate, preguntó qué cosas guarras traía. Un par de máscaras de luchador, dije.

–Tu sí que estás jodido, mejor usamos lo que tengo.

Foto: Juan de Jesús López

La cosa iba más o menos así: nos desnudábamos, jugábamos con sus fetiches, o hacíamos maroma y teatro con los objetos que me pasara y después cogeríamos. Espero que tu pene funcione, dijo, amenazante. Me explicó que los visitantes pagan por los shows por medio de sus tarjetas de crédito, ese pago se convierte en Tokens, que es la razón o cambio para que recibamos el dinero. Una parte de las ganancias nos las quedamos y la otra parte los administradores de la página. Entre más cachondos y raros mejor, pues más Tokens pagan, me contó, alegre. Intentamos de todo, usamos cada fetiche suyo, luego hasta cogimos un rato. La mera verdad tuve una excelente erección. Pero no pasábamos de los 5 visitantes y apenas un pinche token. Mi vecina estaba encabronada, inquieta, llena de un dejo de turbulencia por no obtener buenos resultados. Comenzó a reclamarme, le respondí que no tenía la culpa, me dio un empujón. Estás pendeja, le dije, mientras le propinaba un puntapié, entonces agarró un cojín y me lo aventó, la abracé de la cintura y le gruñí que se calmara, ella hizo hacia atrás su cabeza, sentí una punzada en el labio, el golpe por poco me tumba. Me sangraba el labio, la encía. Se me calentó la sangre. La sometí y la puse en cuatro. Ahora si te voy a partir la madre, cabrona, la amenacé. En ese instante mi vecina mira la pantalla de la laptop y eufórica me señala que viera el número de visitantes, los tokens comenzaron a caer, sin pensarlo mucho le pasé una máscara de luchador y le ordené que se la pusiera, yo hice lo propio con la mía. Los tokens se acumulaban, una avalancha de usuarios invadía nuestro chat, nosotros seguimos actuando como bestias desnudas, riñendo, dándonos duro, por un instante me quedé quieto y no supe que más hacer. Le pregunté a ella, me respondió:

–Toma la Barbie y métemela por el culo.