Yo soy Bandini

Fernando Abreu

Lector, a veces narrador, enemigo de poetas, polemista y alborotador. Sus opuestos le apodaron Dandi. 

“Yo quiero proponerle a usted un abrazo,

uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela.

Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, 

y no que me duela el alma por extrañarle”.

Julio Cortázar

Dariola era un torbellino para su edad, directa y complicada. Me dedicó varias canciones, desde La chispa adecuada de Héroes del Silencio; pasando por No me puedes dejar así, de Luis Miguel; hasta Uno, de Benny Ibarra. Hablaba sin parar, gesticulando a cada instante, su energía no tenía comparación. Una chica con ganas de todo, siempre en movimiento, de cariño la nombraba: mi pequeño huracán. Ella iba a cumplir los 18, cuando la conocí. Dariola poseía una belleza bastante atractiva, de piel suave e iluminada como alabastro, bajita, singular, ojos achispados e inquietos. Nos conocimos de manera accidentada, todas las historias salvajes tienen un comienzo así. El caso es que un día nos citamos, y decidí llevarla a una galería. Mientras le mostraba pinturas de autores locales, noté en ella una disposición a absorberlo todo, hacía muchas preguntas, se mostraba azarosa. Ya que, en este desdichado país, el arte es cosa de pocos, en la galería sólo éramos tres personas: la encargada, Dariola y yo. Dentro de una de las salas, que tenía un amplio ventanal hacia las calles, fue donde decidimos quedarnos. Nos sentamos en el piso y ella decidió contarme de su vida. Tenía una hermana pequeña que le caía mal, su padre en verdad no estaba casado con su madre, le aburría demasiado la prepa, y tenía un novio con el que siempre peleaba. En ocasiones, su carnaval de palabras era sofocante, pero traté de escucharla sin inconvenientes. Me refirió de sus gustos y yo, de los míos. En un momento dado, ella se quedó en silencio, sin pensarlo mucho, me soltó: me gusta el color de tus ojos. Le di las gracias. ¿Sabes de que tengo ganas?, preguntó. Lo ignoro, fue mi respuesta. De esto, dijo, y me besó. Nos besamos larga, apasionadamente, su boca parecía un abismo, sus labios eran de una ligereza que ablandaba los pensamientos. Hizo una breve pausa, como acordándose de algo. Apretó mi mano e indicó que tenía que ir a la prepa, estudiaba de tarde. ¿Qué hacemos?, cuestionó, mirándome fijamente. No vayas, vente conmigo, atiné a decir. Intercambiamos números de celular, nos quedamos de ver en una calle cerca de donde vivía. Caminamos hasta un parque y buscamos un sitio para poder conversar. Iba vestida con el uniforme del colegio, falda azul marino, blusa blanca, llevaba en la cabeza una diadema con pedrería, traía consigo una bolsa de dónde sacó unas fotos. Fue así, que me presentó a su familia: padre, madre y hermana, a la mascota también, incluso llevaba un par de imágenes del novio. ¡Por dios!, qué locura, murmuré, mientras esbozaba una sonrisa. Terminamos en mi departamento. Al entrar, se dio cuenta del enorme librero y preguntó si había leído todos esos libros. Le respondí lo que dijo el personaje de Sean Connery en una película: No, los tengo ahí para apantallar a las visitas. Mi broma le cayó mal, pero ella hizo como si no le hubiera importado. Le dije que leía bastante y en ocasiones escribía. ¿Y eres bueno?, preguntó. Me considero una buena persona, Dariola, le respondí, con ironía. No seas mamón, te preguntaba si eres bueno escribiendo, dijo, regresándome la ironía. No, no lo soy, pero me gusta, reconocí. Yo te gusto, ¿cierto?, inquirió, intentando acorralarme. El deseo como una aguja hilarante y adictiva. La tomé de la cintura y la besé. Fajábamos en medio de la sala, cuando me ordenó: llévame a tu cuarto, quiero que me cojas, ya. Le pregunté qué edad tenía, ella dijo que eso no importaba, que en un mes cumplía los 18. A pesar de estar bastante excitado le dije que no. Como si le hubiese caído un balde de agua fría, se acomodó la blusa, se puso sus calcetas y se largó. Antes de cerrar la puerta, me gritó que yo era un pendejo. Una tarde me encontraba en el taller literario del CEDA, leíamos Postrera invocación, de Whitman, cuando recibí un mensaje en el celular. Dariola me ofrecía disculpas y preguntaba si podíamos vernos de nuevo. Fue curioso que, al paso de los días, concebimos una buena amistad o lo que fuera, le di consejos sobre cómo tratar a su familia, a no ser tan impulsiva e intentar escuchar primero, incluso le di la pauta para llevarse mejor con su novio, dándole a entender con mensajes sutiles la manera en que deseaba ser tratada. Además, aproveché para leer juntos fragmentos de la obra de Faulkner, los cuentos de Cortázar, o de mi novela favorita: Pregúntale al Polvo, de Fante. Por cierto, Dariola odiaba al personaje principal, Arturo Bandini, si bien yo lo consideraba un pícaro monumental, para ella solo era un ególatra berrinchudo y mamón. Muchas veces Dariola se escapó de la escuela para vernos en mi departamento. Le daba por contarme lo acontecido en su día, las molestias que la afligían, para después confesarlo todo y salir indemne. Sólo aquí contigo, me siento segura, reveló. También nos besábamos, o nos hacíamos bromas pesadas. Por ese tiempo, yo escribía bastante. A veces, ella se molestaba porque exigía que pusiera su música favorita en la laptop, y yo no le hacía caso. Una tarde, apareció bien perfumada y radiante, lucía unos aretes de medialuna color jade. Cumplía 18 años. La felicité, compramos un pastel de chocolate y lo comimos en el depa. Le dediqué un cuento. Estábamos contándonos chistes cuando comenzó a desabrocharse la blusa. Me tienes loca, indicó, y se abalanzó sobre mí. Fue en pleno faje cuando me paré y le pregunté si para ella era tan importante el sexo. Ella contestó si yo era así con todas, cuando cogía. También les haces preguntas filosóficas o les dices si les gustan los cuentos de Faulner, dijo, al borde del enojo. Es Faulkner, la corregí. Se levantó encabronada y comenzó a vestirse. Me gustas Dariola, le expliqué, pero no hay que forzar nada, sé que no eres virgen, eso no importa, no tengo prejuicios sobre ello. Simplemente las cosas se van a dar. Antes de cerrar la puerta, me gritó que yo era un pendejo. Dos días después, regresó. Cierta ocasión, en mi cuarto, escribía en la vieja laptop. Ella escuchaba música con sus auriculares. Yo estaba inspirado, mi relato fluía. En algún momento dejé de escribir, y puse mi mano sobre su muslo. Comenzamos a besarnos, a acariciarnos. Yacíamos desnudos cuando me pidió que la penetrara, le dije que no, le sujeté ambas piernas y las abrí, bajé hasta su sexo y comencé a besarlo, mi lengua hábilmente recorría sus pliegues, su clítoris, dijo que nunca se lo habían hecho así. ¡Cállate! Le ordené, y seguí en lo mío. Se vino dos veces. Me incorporé, y comencé a penetrarla. Nuestra historia fue corta, estuvimos menos de un año juntos, por ese tiempo, ella terminó con su novio. Todo se fue al carajo cuando decidí acompañarla a una fiesta. Ella quería presentarme con sus amigos. Toda la velada fue una obra donde ella nos mostró como la pareja romántica del momento. Al salir, le señalé: Dariola, no soy tu novio. Durante el trayecto hacia mi departamento, íbamos en silencio, ansiosos y desesperados, como caminando de un lado a otro en un cuarto sin puertas. Estacioné el auto, ella descendió rápidamente, la alcancé y comenzamos a discutir. ¡Te amo!, gritó, aferrándose a la posibilidad. Podemos funcionar como pareja, pero tú no quieres, seguía, al borde del llanto. Dariola, le dije, mientras la abrazaba. Todo menos eso, no te amo, es la verdad. Ella se soltó y me dio una cachetada. La sujeté con fuerza hasta que pudo calmarse, sus lágrimas humedecían mi pecho. La soledad duele un chingo, pero el amor destroza. 

Después de separamos, supe que ingresó a la UJAT a estudiar derecho. Incluso ganó un par de concursos de oratoria. Una vez, un amigo me pidió que hablará sobre un libro, a manera de reseña u opinión personal. Incluí un guiño, un homenaje de esos pocos, que a veces suelo permitirme. El fragmento quedó así:

Por aquel tiempo, Pregúntale al polvo fue mi novela predilecta, atesoraba con fervor una edición de Anagrama que siempre llevaba en mi mochila, edición cuyo prólogo, escrito por Charles Bukowski, contenía una anécdota que imaginaba usar algún día. Y ocurrió. Tuve una pareja precoz e irreverente, yo estudiaba mi tercer año de universidad, ella, el último de preparatoria. A menudo, la chica escapaba de la escuela para refugiarse en mi departamento. Allí, despotricaba en contra de su padre, su hermana y los maestros; el mundo entero era el enemigo. En ocasiones bailábamos, cogíamos o simplemente se dedicaba a verme escribir en una vieja laptop. Le encabronaba que lo hiciera, y no le prestara suficiente atención. A veces lloraba y se dormía, otras, intentaba cerrar de golpe la laptop, dando como resultado: discusión y gritos. Una vez se acercó temblorosa, triste.

—¿No me quieres? —preguntó ella.

—Sólo déjame escribir.

—Tú y tus cosas.

—Mis cosas, son problema mío.

—Egoísta… eres un tonto.

—Y tú: estúpida.

— ¡No me insultes, pendejo!—¡No me llames pendejo! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!