Juan de Jesús López

I

Ella es igualita que su madre, cariñosa y juguetona. Le pusimos de nombre: “La Covivaca”. Su característica principal es esa mancha que le cubre el ojo izquierdo. Junto con su camada nació la víspera de la gran luna rosa de abril, dos semanas después de entrar a la fase 2 de la cuarentena coronavirularia; pensé que morirían a los pocos días porque la mamá los destetó muy pronto. Esta es la primera vez que nace una camada de perritos en mi casa donde tenemos más de 45 años viviendo. Cuando llegamos aquí tuvimos puerquitos, patos, pavos y gallinas. No todo junto, claro, pero siempre hubo animalitos. La abuela Mojodrila tenía un perrito de pelambre amarilla al que llamó Yaqui y creo que ambos se querían mucho. Cuando ella fue a visitar a unos parientes como a 45 minutos de la ciudad el perro la siguió y la alcanzó cuatro días después. Flaco pero muy contento. Lo malo del Yaqui era esa costumbre de seguir por las tardes las motos en Periférico. Lo mató un auto. La abuela decretó que no habría más perros en la casa. Yo adopté un gallo que me seguía como perro faldero pero fue mala elección. Murió del mal del cacerolazo. Muchos años después…, frase de abolengo macondiano…, llegó el gran Garulla, y ahora la Garullina que por un descuido instintivo quedó preñada.

Foto: Juan de Jesús López

II

La primer televisión que llegó a mi casa fue una de marca Elektra: caja de aluminio con cinescopio pesado, bulbos –que pocos años después serían sustituídos por transistores–, pantalla de cristal de medio centímetro de grueso que en el interior de la parte trasera se holongaba como una gota; tres perillas al frente para canal, sintonía y volumen  respectivamente y antena como orejas. La emisión en blanco y negro. Ese fue el regalo a la comuna infantil porque varios de nosotros terminamos la primaria con calificación satisfactoria. Ese año vestí uniforme blanco que contrastaba con mi cabello negro y mis zapatos bostonianos de charol. Como tantos otros del rumbo usé zapatos hasta quinto año de primaria, un ciclo después todavía no me adaptaba. Mucho después, ya adulto y con las malas intenciones literarias me enteré de que el poeta tabasqueño Teodosio García Ruiz cuando viajó por primera vez a la Ciudad de México para recibir un premio, se quitó los zapatos –creo que bostonianos– nuevos porque le hicieron ampollas.

Vuelvo. Ese día que llegó a nuestra casa la tele ocupó un lugar en la sala-comedor que competía con el altar de los santos y difuntos. Se paralizaron muchas actividades y todos los niños dormimos hasta muy tarde. Todos menos yo que me quedé hasta el cierre de trasmisiones. Siete primos, dos primas. Cinco tíos. Una abuela. Dos mamás. Dormidos. Ese día la película Los olvidados quedó a la mitad; la interrumpieron con la interpretación del himno nacional a lo que siguió el poema Sol de Monterrey puesto en voz por un locutor anónimo. Luego un pitido. Por último un ruidero de bichos como discos rayados. Pero el poema se quedó estampado en la memoria de la fiera infancia:

No cabe duda: de niño,

me perseguía el sol.

Andaba detrás de mí

como perrito faldero;

despeinado y dulce,

claro y amarillo:

ese sol con sueño

que sigue a los niños.

(El fuego de mayo

me armó caballero:

yo era el Niño Andante,

y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil,

toda la casa, de oro.

¡Cuánto sol se me metía

por los ojos!

Mar adentro de la frente,

a donde quiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡oh cuanto pesa el sol!

¡Oh cuanto me duele, adentro,

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Yo no me conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Cada ventana era sol,

cada cuarto eran ventanas.

Los corredores tendían

arcos de luz por la casa.

En los árboles ardían

las ascuas de las naranjas,

y la huerta en lumbre viva

se doraba.

Los pavos reales eran

parientes del sol. La garza

empezaba a llamear

a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía

para pegarse conmigo,

despeinado y dulce,

claro y amarillo

ese sol con sueño

que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—¡Ya llevas sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

“Sol de Monterrey” de Alfonso Reyes

A sus memorias el escritor Ricardo Garibay las llamó La fiera infancia, las publicó la editorial Océano con una portada morada y la foto de un tirador. Lo conocí por sus discusiones con Germán Dehesa en esas trasmisiones por televisión. Garibay era un peleador callejero que sabía reconocer un buen jab y Dehesa un bailarín elegante. Lectura es destino, será…!?

Este texto pertenece a la serie: Memorial del Cuarentenado 67mxxvii