Juan de Jesús López

Rondas en el interior de la casa: encerrona domiciliaria en su propio hervor de 42° a la sombra y sensación infernal a ras de banqueta. Cuántos pasos de la ventana a la cocina, de la cocina a la cama, de la cama al cuarto de estudio-biblioteca-salaonline. Repites con los ojos cerrados. Al mediodía encuentras pistas, libros leídos a medias: atesorados o recibidos por cortesía, citas perdidas, notas sin importancia, algún pequeño destello de tesoro olvidado, retazos de largas charlas que por alguna razón fueron editadas, seleccionadas, acumuladas y convertidos en escombros que se dan la mano con las odiosas rutinas como lavar y colgar la ropa en la azotea convertida en territorio libre de fisgones con catalejos.

Es necesario tirar: el espacio determina qué se mantiene dentro, qué ocupará un lugar, qué expulsas. El interior doméstico por más reducido que sea es un laboratorio de emociones, de sabores, de pensamiento, de olores que todos los días se sanitiza, de relaciones de poder y de heterotopías que crecen como mala hierba. Siempre lo fue pero ahora se intensificaron las formulaciones porque pasas en ese interior las veinticuatro horas.

Piensas en primera persona: Recuerdo que crecimos en la casa ocho primos pero mi sabia abuela Mojodrila sabía de quién era una camisa por el olor, cuál era la “presa” favorita.

Tenemos que aprender rápido. Si nos odiamos -un odio más escénico pero mal montado- tomamos una distancia de dos metros que nos coloca en el cuarto de estancia digital donde daremos una ronda de puntapiés y nos sentamos frente a la máquina que nos conecta con un más allá -que en realidad está en el más acá- donde ronda un bicho diabólico de doscientos nanómetros que se le escapó a alguna superpotencia que ni los metafísicos del medioevo más oscuro imaginaron.

Cómo dice la canción “afuera tu no existes solo adentro”. A qué maldita profecía se adelantaron esos rolleros bisnietos de Nostradamus. No lo teníamos claro: La experiencia de vida es un espacio de conflicto reducido. Solo cabe en el cuerpo. Más allá de las paredes o de los cajones confortables está un reino a la mano del que apenas sabemos algo y cuando salimos de nuestro aislamiento social -domicilio sitiado- constatamos su limitada consecuencia necesaria.

La experiencia de vida es un espacio de conflicto reducido. Solo cabe en el cuerpo.

La vieja con sus recuerdos obsesivos. La experiencia es una práctica de recuerdos. Los necesitamos para vivir. Ahora que morir es mal negocio para el duelo a la antigua, platica de los grandes rezos, con su fila de llorantes y cuerpo presente, los nueve días de ajetreos y comilonas, y el ritual del levantamiento de la sombra.

­–Ahora te entregan un montón de cenizas del que no sabrán si soy yo.

­­–Yo sé cómo podemos saber que eres tu abuela!? -dice mijojijo- le damos tres golpes a la caja y si escuchamos una mentada entonces eres tú.

–Ni eso es garantía -dice con resignación reumatizada-, ahora cualquiera mienta madres y tira vergas a las pendejo.

–¿¡Y cómo quiere que le recordemos!?

–Quemen todo, solo dejen mi calavera, la ponen en una vitrinita, y ya.

–Y le ponemos un cubreboca como el que usa mi papá…

Nos dividimos. Unos lo persiguen para madrearlo por insolente y otros van por el bastón de la premorten que no atinó en su destino.

Desde la azotea vemos pasar los animales en libertad: zanates salvajes que con sus picos de negro acerado perforan el cráneo de los perros callejeros, desde nuestra vitrinas de cemento los vemos pasar y los tranquilizamos con despojos de otros cuerpos. Y más allá el reino de lo virtual y su divina advocación que se pasea en cadena redeficada: Santa virgen del Covid19, no nos desampares.

Texto y foto de Juan de Jesús López, Cárdenas, 1967. Se dedica al trabajo intelectual-creativo y la mediación cultural sin poseer una formación oficial específica. Ejerció el periodismo de lo cultural, tiene publicado tres libros y varios ensayos tanto escritos como fotográficos.