Juan de Jesús López

Ese amoroso animal con miles de tentáculos que llamamos “Memoria”, se conecta, se aferra a los objetos. Somos lo que somos porque habitamos de memoria los espacios, hacemos objetos para habitar los espacios. Este portarretrato –por ejemplo– fue un trabajo manual que hice en la primaria, creo que en el quinto grado, hace más o menos unos cuarenta años. Doña Charo –por más señas– lo guardó con el celo de los abuelas, lo recibió y guardo mi madre y yo lo encontré y lo colgué en la pared. Se los presento. De izquierda a derecha: el primero y maldoso que se pellizca las bolas es foto de mi hermanito Xicotencatl, le decíamos Chico. Murió muy joven, a los 25, de un tumor cerebral que le carcomió la parte del cerebro donde se hace el lenguaje. La foto que sigue es de mi prima Eréndira, de sangre michocana y tabasqueña, también falleció en un accidente automovilístico cuando iba hacia la Ciudad de México por su vestido de novia, era periodista de las zurdas.

–Rafita, le digo mientras le pido que ne pose para hacer una foto, esos canijos ya estarían viejitos…

–Son dos niños eternos en mi corazón, me contesta. No veo tristeza en sus ojos, por otro lado, con estos calorones ni a quién se le ocurra ponerse triste. Además: “Lo que no es olvido, es amargura”, sentencia el viejo loco llamado Emil Cioran, en sus pedazos de Tentaciones. Me preguntó qué diría ese viejo de nuestro distanciamiento social coronavirulario.

Foto: Juan de Jesús López