Juan de Jesús López

Es un gesto. No es ni alcanza para convertirse en una propuesta de ayuda aparatosa y menos levantaría la morbosidad codiciosa de los medios informativos.

El anciano colgó el racimo de guineo a la sombra del ficus en alguna hora de la mañana. No puso letrero. Si alguien se detiene ante el colgajo que más bien parece una trampa para la curiosidad, desde interior de la casa que está a orillas de la banqueta, se escucha la voz: “toma lo que necesites y deja para otro”. El viejo vive con dignidad resignada el doble encierro que son la casa enrejada y el distanciamiento social; mucho antes de la pandemización mundial ya estaba encerrado por miedo a la violencia de la que no escapó. Apenas en febrero pasado entraron a su casa, lo “maniaron como iguana”, y se llevaron todo. Sus hijas lo encontraron por la tardenoche cuando regresaron del trabajo y con masajes y trapos calientes lo ayudaron a recuperar su forma humana. La rejilla de la puerta metálica recorta su figura como una foto infantil en la que apenas cabe su su cara y algo del pecho. Su cara es una mezcla de rala pelambre parduzca con ojos de gato llorón y boca de jolota. Tiene el arraste de las palabras de los viciosos convencidos del placer del cigarro.  Cuando suelta la bocanada azulgris entiendo que morirá a su modo pero me gusta su gesto mínimo con los demás, que lo pone en sintonía con la vida que resiste.

Foto: Juan de Jesús López