Luna negra

Juan de Jesús López

Para Brenda Noemí Parra Ruiz y Sheila Dorantes

Ella es Luna negra. Así, sin más. Es igual a la madre en su animosidad doméstica. Quizá influyó en su carácter el apego extenso con uno de sus seis hermanos del que la separé muy pronto. A veces el accidente es la patadita que no esperamos para entrar en la espesura de eso que llamamos destino. También somos animales. Como sea. A diferencia de las hermanas de espíritu autosuficiente y desmadroso Luna tiene un carácter distinto: no le interesa explorar, su mirada se dirige hacia el fondo de las personas, le gustan las personas. No sé si le gustan los niños porque en casa solo vivimos tres adultos mayores. Algo ve. Tiene esa mirada oblicua, argucias de Perseo, que recomendó el viejo poeta Ítalo Calvino en sus seis propuestas para mirar ese monstruo de mil cabezas que dice es el nuevo milenio, que inicia con nuestro pandémico siglo 21. Ella, flaca y elástica, nació la víspera de la gran luna rosada de abril deste 2020. Fue la última de la manada y tras su aparición sanguinolenta su madre la limpió con ternura y enseguida se comió la placenta. Fui excluido de los trabajos de parto; la vida en la naturaleza simplemente ocurre con la precisión de las emociones que nos rebazan. Luna negra es la última en partir. Tiene la cabeza dividida por dos parches, uno a cada lado de la cara, los ojos escurridizos, las orejas de papel de china que se doblan con la suavidad de las hojas de momo bajo la lluvia. Un gran lunar negro en la cadera que la dota de singularidad. Tiene las costillas de zanfona, la barriga llena de lunares que son quizá la constelación cifrada de algún mapa imaginario, y cola de rehilete que celebra emocionada la caricia y la comida. Aprendió a esperarme justo en la puerta de mi cuarto por las mañanas y a entrar con sigilo por las noches cuando pasan las ambulancias con sus sirenas aulladoras. Doña Rafita le puso de apodo “la rascuachita” una palabra que no escuchaba desde hace mucho. Mijojijo en cambio la llamaba “nikosita”; pero si de alguna altanería peca esa está en su sombra, más brava y más antigua que ella misma. Dicen que un poeta francés escribió algo así: un día la infancia se va pero nunca nos deja. La manada que llegó, me ayudó a atravesar la encerrona con las preocupaciones y sus alegrías, se fue y ya no me deja.

Foto: Juan de Jesús López