Juan de Jesús López

La juntitud siempre fue una práctica de riesgo evolutivo y corporal. La manzana representa ese riesgo y por eso fueron divididos y puestos en discordia obligados a buscar su mitad. La juntitud del confinamiento agudizó el espectáculo insípido de una humanidad redetecnificada, “con individuos que viven aislados (…) sin contacto físico con sus pares, sólo unos pocos intercambios por computadora, y que van disminuyendo”, dice Michel Houellebecq a propósito de una de sus novela metafóricas.

Hay dos tipos de juntitud: las malas juntas y la juntadera carnal. No te juntes con fulanito porque tiene malas mañas, no te juntes con perenganito porque sus padres son mal ejemplo. Y así. Llegué a la juventud que no fue divina ni mucho menos tenía tesoro y los viejos sancionaron la mirada, los gestos, la forma de sentarse y hasta la forma de acercarse a la estufa de las muchachas que presumí en casa. Su correlato no solo era la disciplina, era el miedo a lo otredad en otro del que no se sabe más que lo suficiente para el prejuicio. Lo que se hacía no era comunidad sino manada y era normal dado las malas elecciones y la experiencia devastadora del clan familiar. Pero juntarse versus ayuntarse era bueno y necesario; y ese impulso no hay forma de frenarlo. Son otros tiempos.

Pandemia tras pandemia todo parece indicar que juntos pero separados será la nueva clave de eso que los normalizados llaman bombonsamente: amor carnal. En el medioevo con la pandemia de la peste el catolicismo modificó la manera de ejercer las carnosa carnalidad y el jugo de los meneos. En los años ochenta del siglo pasado la epidemia del SIDA transformó la manera de ver el mundo y la corporalidad. Y esta tercera década del siglo 21 el coronabicho nos pone en entredicho. El beso es un riesgo de muerte y coger también según las últimas noticias: “Científicos chinos hallan virus del covid-19 en semen de hombres infectados”.

Cuáles serán los nuevos comportamientos amorosos y el Sade de su poética!? Chuchumo aparte. Tomemos en cuenta que el único animal que puede tener sexo dos metros distantes son los ballenos dotados con miembro mediante cuya cabeza teledirigida está dotada de sensor rastreador, capacidad de reconocimiento y fiesta incluida. La musa de las dudas me lame la oreja. Se desplomará la tasa de natalidad hasta llegar a las visiones de aquella película llamada Los hijos del hombre!?, no lo creo porque los suicidas y los desventurados tienden a la reproducción pero los que aprovecharon a replicarse ya la hicieron.

Se jodio la juntapeladera!? Tampoco lo creo. Esto fue un parteaguas de un antes y lo que sigue. Lo demás es cosa de encontrar acomodos y viejas mañas. Se volverá –de segurito– a las antiguas prácticas de sábana con orificio profiláctico: Verás a tu mujer ahí, cubierta de fina tela quirúrgica, como fantasma horizontal, como cadáver rechinando las ganas o gateando bajo las sábanas, darás la nalgada de rigor, untarás tu nariz en el ambiente almizclado, y…, como diría el viejito poeta: con la rabia del rabo tirababa tirarás de la sábana y chingue a su madre el mundo, hasta los cocos.

“El coronavirus debería arrojar como resultado principal la aceleración de ciertas mutaciones en curso. Desde hace algunos años, todas las evoluciones tecnológicas, ya sean menores (vídeo on demand, pago sin contacto) o mayores (teletrabajo, compras por Internet, redes sociales) han tenido como principal consecuencia (¿objetivo principal?) la reducción de los contactos materiales, y sobre todo humanos. La epidemia de coronavirus ofrece una magnífica razón para esta fuerte tendencia: una cierta obsolescencia que parece golpear las relaciones humanas”, escribe Houellebecq en una carta titulada “Un poco peor” donde aborda la expectación aburrida de la pandemia que tiene en sitió al mundo.

Vendrá un nuevo humano. En qué nos convertiremos…