Juan de Jesús López

Al otro lado del mundo, justo en el polo opuesto de Muham, está Villahell, comarca partida por el meridiano trópical con 700 mil habitantes metidos en un caserío difuso que por un capricho retroactivo anocheció este penúltimo miércoles de abril del año de los delirios, en estado de crisis. Está sitiada por el calor y la humedad que en la región se convierte en un bochorno que derrite hasta las carnes más firmes, por la represión económica ejecutada por sus portadores del orden que visten máscara de pájaro carroñeros, y sitiada por la incertidumbre de la oleada definitiva del virus que como niebla invisible recorre el mundo y pasará por encima de ella. Agitación. Villahell está que arde. Expectación. El sumo jerarca enfermó pero en vez del espíritu previsor le salió el espíritu represor, cerró calles y casas de mala monta, mandó a los curas al destierro de sus oratorios, y descaguamó la ciudad. Esta es una vieja costumbre que los “villahellianos” padecen desde el pasado siglo 20 como medida anticlerical -por aquello de la sangre y las aguas convertidas en vino- y luego durante la inundación de la ciudad a  el siglo 21. Tapiada con retenes prueban su propia extranjeria. Los dronados ojos vigilan. Desde los altos miradores construidos para romper la planicie ramplona y el lomerío se le ve: sitiada, por sus tres ríos de aguas negras y por el tufo del miedo que sus habitantes retan para salir a tomar bocanadas de aire bajo el pretexto de las tortillas y las croquetas de perro a granel. A los hombres les crecen los pelos y a las mujeres las ganas revueltas con el hastío impotente y las noticias de todos los días que vuelan por sobre la ciudad con sus números de infectados y muertos. También las hay felices y expectantes. Los viejos mueren. Los niños juegan a enloquecer a sus mayores poniendo en práctica alguna fenomenología cruel del juego. De eso se alimenta la vida. Los más ricos de Villahell -así la llamó aquella mujer de ojos cocodrileros- hacen sus rutas de turismo catastrófico igual que los hombres que recogen la basura. Lo inaudito tiene cabida: un jaguar con escamas doradas en el pecho se pasea por las azoteas, las sirenas revolotean cada vez con mayor descaro, acontece el beso de lo imposible o el murmullo obsceno de la fantasía en los tiempos del coronavirus. Por descuido o desgano los ciudadanos sueltan sus fantasmas como cualquier cuchicheo. Y en lo alto, un ángel amarillo que orina sobre la cresta lunar, recita al poeta: “la realidad del instante, es toda la eternidad a la que puede aspirar el hombre”. Cómo puedo escucharlo si tiene un tapaboca!? Veo su sombra calcada por un niño idiota en el patio de mi casa. Bah. La dimensión del lenguaje es su propia ficción. Despierto, es jueves. Pasa el convoy de la policía pidiendo que nadie salga de casa.

Foto: Juan de Jesús López

A los hombres les crecen los pelos y a las mujeres las ganas revueltas con el hastío impotente y las noticias de todos los días que vuelan por sobre la ciudad con sus números de infectados y muertos. También las hay felices y expectantes.