Luis Acopa

El escenario en el que nos encontramos -desde 2020- ha propiciado que todo un sector de entusiastas promotores de lectura, organizadores de ferias, libreros, editores, autores, funcionarios públicos y el amplio etcétera hayan caído en la tentación de generar ferias de libro virtuales, tratando así de no perder la continuidad de sus actividades tradicionales en pro del fomento a la lectura y la cultura del libro.

Estos espacios se han convertido en minutos y horas donde el libro es pretexto y centro de charlas que más que propiciar el acercamiento de éste con el lector, fortalecen los lazos de quienes forman esta noble familia.

Archivo: FULTABASCO 2008-2018

Loables son las intensiones que buscan formar comunidad, aunque estos esfuerzos no vayan aparejados con cifras que acrecienten el número de nuevos lectores y se vean reflejadas en los activos de las ventas de libros para las editoriales (ni en formato digital ni físico). Compleja es la situación que nos ha tocado vivir, en un mundo ligth, donde se vende el café sin café, el queso sin queso y ahora encontramos las ferias de libros sin libros. Por más proactivos que seamos difícil será la conversión virtual a lo que es una feria del libro real.

Compleja es la situación que nos ha tocado vivir, en un mundo ligth, donde se vende el café sin café, el queso sin queso y ahora encontramos las ferias de libros sin libros. Por más proactivos que seamos difícil será la conversión virtual a lo que es una feria del libro real.

Desde mi experiencia como organizador de ferias de libro en Tabasco (12 años en el ámbito universitario y 2 en el gubernamental), una feria del libro es un lugar de encuentro, incluso para quien las visita por vez primera, pues se da ese mágico momento en que un lector encuentra un libro, ya sea el que había estado pensando o sin saberlo ve y mira después convencido que la vida no será la misma sino se lleva ese título que ha encontrado (o quizás nos ha encontrado él a nosotros). Una feria son mucho más cosas que cientos de estantes, anaqueles o mesas, es más que las presentaciones de las novedades editoriales o los programas culturales que se ofrecen aparejados con ellas.  

El ambiente de una feria no se puede vivenciar por los minutos de sesudos comentarios e hilarantes ocurrencias, pues le falta la mirada interrogante o complaciente que hace esforzarse al comentarista por tratar de encontrar la solidaridad de sus palabras en el oyente; los megas nunca podrán sustituir la camaradería que se huele al recorre los pasillos donde los visitantes recurrentes de cada año, se vuelven a encontrar y sólo alzan la ceja para confirmar que pertenecen al mismo clan de letra heridos.

Archivo: FULTABASCO 2008-2018

Así lo es también para el librero que como gitano recorre los pueblos maravillando a los que nunca han visto el hielo, que en esta ocasión es el celofán retractilado que protege la cubierta plastificada de ese nuevo mundo que se encuentra adentro, que palpita y vive ahí, al cual podemos oler al abrir un libro y sentir cómo nos invita a conocerlo. Rictus que por una milésima de segundo nos permite comprender la evolución del hombre y el triunfo de la especie humana contra el tiempo.

Una feria del libro es la oportunidad más inmediata de conocer la utopía. De propagar la cultura y nuestra condición más humana con los seres que amamos. En las ferias vemos deambular, abstraídos del tiempo y la cotidianidad a parejas, padres e hijos que van sorprendiéndose al compartir el interés por una publicación. Ahí está el niño fascinado que ve en un libro la necesidad de acceder a otro mundo, por eso lo pide y el padre sin más lo adquiere para regalárselo. También podemos encontrar, ante el anuncio de la proximidad de una feria, a pequeños que han ahorrado para comprar por sí solos los títulos que desean. Esto lo hace de igual manera el joven lector, quien en un acto de democracia pura lleva en su bolsa los títulos recién adquiridos de: La presidencia imperial y Días de combate, los cuales le permitirán acceder a la pluralidad y diversidad del conocimiento. En esos pasillos podemos ver al paseante solitario, o al no lector cual sólo sirve de compañía de alguien, o al que va por la obligación ya sea por cursar un grado escolar o porque el espacio le sirvió de refugio de alguna inclemencia del tiempo, éste ingenuo, al deambular podrá imitar el acto que ve, y un día sin saber cómo ni por qué comenzará adentrarse en la lectura del libro, porque al ver a los demás comprando -muy seguramente- él también comprará, claro, será el libro más barato que encuentre y que puede ser un clásico de la literatura universal. Una feria del libro nos hace ser testigos del triunfo de la civilización y la esperanza del hombre por la cultura.

Una feria del libro es la oportunidad más inmediata de conocer la utopía. De propagar la cultura y nuestra condición más humana con los seres que amamos.

Para el autor de libros, una feria es una fiesta donde se encuentran compensadas las cientos de horas de soledad y trabajo arduo. Ahí se cierra el circulo mágico donde por fin el anónimo lector puede conocer y darle corporeidad a las palabras que ha vivido impresas, darle rostro a la voz que narra. Desde el anonimato de la butaca el lector puede ver por fin al autor con el que se ha desvelado y deslumbrado por resolver el misterio de la página siguiente o la imagen que sale del papel y en el aire se esculpe para un segundo después desvanecerse. En las ferias los autores conocen a sus lectores, llegando a asombrarse por la forma en qué atesoran un personaje, o discuten una idea proponiendo un nuevo análisis. En esos pasillos, el autor ve satisfecha su necesidad de expresión al concluir que hay un lector que lo comprende, lo sigue y espera sus futuros escritos, ahí adquiere rostro ese lector por el cual el autor ha borrado más de lo que escribe y ha vuelto ha comenzar buscando mejorar la idea, esclarecer sus palabras y lograr el acto comunicativo por medio de la palabra escrita. Pero no solamente el autor conoce a su lector en las ferias, ya que también son un lugar de encuentro con colegas. Donde por fin se conoce al editor de contenidos, al corrector y tal vez a la mente que lo leyó y pudo desentrañar la metáfora de la propuesta impresa que se convirtió en la portada del libro que se ofrece en los estantes. El amplio sector de participantes de lo que conforma la cadena productiva de un libro en las ferias dialoga, confirma sus intereses, le ponen rostro a los emails y las llamadas telefónicas. La conversación de éstos, cara a cara, puede llevar al nacimiento de una aventura editorial, que al año siguiente los volverá a colocar enfrente de un público expectante de nuevos contenidos que propicien saberes y diversas formas de interpretar el mundo.

También es el verse de nueva cuenta con otros escritores con quienes la conversación quedó pausada por el tiempo de las agendas, encontrarse con compañeros que se ha leído y degustado, con los cuales nunca se ha compartido la magia del diálogo; la sobremesa que deviene de una presentación del libro expande las platicas a nuevas lecturas y hallazgos de esos escritos entrañables que siempre dicen algo nuevo con las mismas palabras. Es también vivir las otras ferias del libro que pasan fuera de las ferias, a las que quizás muy pocos tienen contacto, pero garantizan que año con año los autores, editores, vuelvan a la cita con entusiasmo.

Archivo FULTABASCO 2008-2018

Para quien tiene el noble oficio de vender libros una feria es un acto de fe y amor por la actividad que realiza y que garantiza llevar el pan a la mesa de sus familias que los esperan en otro lugar después de todo el circuito de ferias recorrido por el país. Una feria para ellos que llegan antes y se irán a lo último es una forma de vida, donde el desvelo y preocupación por las cajas que han embalado en otro lugar llegan con la mercancía solicitada, se transforma en vehículos y puentes de comunicación con sus compradores. Hay quienes ya han formado toda una red de lectores que esperan asiduos que lleguen a su estado con el libro que encargaron hace un año atrás, con la edición que prometieron buscar para ese lector acucioso y fiel que llegará a comprar ese título. Todo librero -como se dicen entre ellos- se conocen y forman cofradías que lo mismo sirven para tratar de aligerar los gastos de traslado que para compartir sus experiencias de vida de otras ferias. Poseen el pulso de la situación real del libro y la lectura, ya que ven la venta directa, el gusto lector según la condición social, origen y lugar; ellos son los que ayudan a fortalecer los programas culturales que a la par de la exposición de libros debe de haber, ya que saben cuáles son los verdaderos escritores de arrastre con los públicos masivos, cuáles despertarán interés y cuáles serán sólo para lectores especializados.

Una feria del libro nos hace ser testigos del triunfo de la civilización y la esperanza del hombre por la cultura.

Una feria del libro es también una fuente de trabajo para otros sectores secundarios, ya que todas las estructuras feriales deben de contar con personal temporal que ayude a la logística y planeación de la misma; personal de apoyo; proveedores de infraestructura y servicios conexos: paqueterías, cafeterías, restaurantes, hoteles, operadores de transporte, renta de vehículos, movilidad área, papelería, impresores, equipos de sonido, personal de mantenimiento, seguridad y demás personas que de una forma u otra tienen relación para que una feria del libro cumpla con las expectativas deseadas.   

Una feria para los organizadores es la conclusión de un sueño gestado en una sala de juntas, trazado en papel o nacido en servilletas en algún café cuando se soñó que debía haber una feria en el lugar que vivimos. Para ese primer borrador vinieron demasiados más, que tuvieron la ayuda de otros ojos e ideas que contribuyeron a conformar la primer visión consolidándola, viéndola crecer para que en la metamorfosis del sueño se transformara en discurso encontrando lugar en la política pública cultural, donde pasó de objetivo a estrategia en pro de la sociedad que demanda espacios y oportunidades para acrecentar las diversas dinámicas sociales que contribuyan al fomento de la lectura y la apropiación del libro.

Archivo: FILELI 2019

Para quienes organizan las ferias se viven desde que se explora el mapa del recinto ferial y se piensa en los libros y autores que podrán estar. Toda feria del libro es una apuesta, que en el mejor de los casos, lleva a pensar antes de que ésta concluya en la que viene el año entrante, en qué debe mejorarse y ponerse más atención. Quien organiza solo prueba a cuenta gotas lo que ve y se da en una feria, ya que el mundo sigue pasando detrás de lo que el simple lector puede ver en él, en el cuerpo vivo de una feria hay cancelaciones de última hora, postergaciones de vuelo, solicitudes variadas que terminan por agotar hasta al más sanguíneo de los organizadores. Sabido es que son meses enteros de planeación, de cruces logísticos, agendas, reuniones, y de estirar los recursos -siempre con la incertidumbre de que la liga se rompa en el momento menos pensado. De sacrificar relaciones familiares que estoicamente soportan el que un miembro de ésta se entregue en cuerpo y mente durante meses, focalizando todas sus preocupaciones en un sólo objetivo que durará unos cuantos días. Para quien organiza el disfrute esta en la estructura cuando se levanta, en las noches de cierre cuando ya todos se han ido y se puede deambular por los pasillos y se roza la certeza de pensar que en algo se contribuye para los otros.

Para quien tiene el noble oficio de vender libros una feria es un acto de fe y amor por la actividad que realiza y que garantiza llevar el pan a la mesa de sus familias que los esperan en otro lugar después de todo el circuito de ferias recorrido por el país.

Una feria del libro para la sociedad es una apuesta a transformarse, a romper la inercia del sólo dejar pasar la vida sin que ella pase por uno. Es un lugar de encuentro, la metáfora de la plaza donde discurren todos los sectores sociales y puede hablarse libremente sin importar credos, posturas ideológicas, filias y fobias. Espacio donde la civilidad es el lenguaje común y el otro se transforma en un yo igual que merece respeto y trato justo. Una feria del libro es la partícula de agua que confirma nuestra existencia y nos da esperanza.

Archivo: FILELI 2019

Las ferias son para las sociedades regalos que se dan a sí misma aún sin saberlo a ciencia cierta, lo intuyen porque se apropian de él. Lo hace suyo, lo demanda y lo exige. Cuando las ferias son un referente de la memoria para asignar un recuerdo: triunfan.

Una feria del libro son muchas ferias del libro que no se pueden encapsular en megabytes; puesto que no se puede emigrar a la virtualidad todo lo que es una feria; esa otra realidad nos permite sólo seguir hablando del fascinante acto que es la lectura, equiparable al momento prehistórico de la aparición del fuego; que se asemeja al del hombre que después de leer comparte sus conocimientos en la plaza; al tlahcuilo que plasma los sucesos que ve y sueña; al ilustrado que busca acopiarlo todo; al poeta que baja del pedestal y con palmadas invita a la muchedumbre para escucharlo recitar -en voz engolada- versos que iluminan toda la vecindad; el acto de la lectura puede ser imitado y propiciado por estas nuevas realidades, pero nunca podrá suplir a todo lo que es y rodea una feria del libro, la cual más temprano que tarde, volverá ha su propia naturaleza, a su propia esencia vital, que es sin lugar a dudas un acto de encuentro presencial.

Archivo: FILELI 2019