Luis Acopa

La obra narrativa de Ramón Mendoza Herrera es fuente primaria para la memoria colectiva de la cotidianidad del tabasqueño del siglo XX. En sus páginas se encuentran modos y formas de actuar de los oriundos de estas tierras. 

Merecedor del 1er Premio en el Concurso de Novela Regional Tabasqueña de 1959, con La tragedia de la Agustina, la cual apareció publicada bajo el sello editorial del Gobierno de Tabasco en 1963, es un relato picaresco que aborda una historia lineal que, al tiempo de contarnos el germen, consolidación y declive de una casa de amores diurnos, que aún hoy es referente en las rutas del transporte urbano de la ciudad de Villahermosa: Las Turcas; nos habla también de las prácticas cotidianas de las diversas clases sociales, así como la recreación de las vicisitudes que conllevan las diversas enfermedades y pandemias que asolaron el lejano San Juan de finales del siglo XIX. 

La tragedia de la Agustina es una novela de 13 capítulos, escrita en un lenguaje accesible, con amplias descripciones y giros lingüísticos que permiten entender arcaísmos y modismo, esas formas de hablar del tabasqueño y su modo de enfrentar la tragedia constante, tal como en el relato del cómo pudo haber sido la epidemia del Cólera Morbus: 

“El cólera no respetaba condiciones sociales. Los pocos médicos que habían en San Juan eran insuficientes para atender a los enfermos pues la epidemia avanzaba a pasos gigantescos. Muchas familias se trataban con remedios caseros, pócimas, lavados intestinales, en fin, lo que los consejos amistosos recomendaban.

El Gobierno ordenó la apertura de multitud de fosas en el cementerio, pues se veía que el mal diezmaba sin piedad a la población. Nada ni nadie podía detener la epidemia. Los empleados del panteón casi se dormían cavando sepulturas.

Cada día que pasaba la ciudad se mostraba más alarmada. Las puertas del templo no eran cerradas ya, pues en todos los altares ardían cirios donde los feligreses pedían al Santo de su devoción por sus familiares enfermos del horrible mal.

La epidemia llegó a producir tan grave situación que los cadáveres que eran sacados del Hospital Civil, los amontonaban en carretas y sin féretros, sin envolverlos en petates siquiera, eran sepultados.

La situación se hizo peor casi parecían locos los Sanjuanenses. A donde quiera que se dirigía la mirada se advertía el dolor, la terrible desesperación creada por el paso de la muerte.”

En este relato abundan los padecimientos de las distintas epidemias que han asolado a los habitantes de la otrora ciudad de Villahermosa, no tan sólo se recrea éstas, sino también la peste de plagas:

“La monotonía del estiaje fue interrumpida por un suceso no presentido antes. Cierta mañana, cuando el sol iba rumbo al cenit, se dejó escuchar un zumbido extraño, la luz solar comenzó a disminuir y una mancha enorme se dibujaba en el espacio azul, sombra formada por millones de langostas que volaban sobre la ciudad.

Largas horas estuvo la sombra movible cubriendo el poblado. Muchos insectos descendían y hacían presa de su voracidad a las plantas que crecían en los huertos y alrededores de la castigada ciudad. El pueblo, impotente para combatir al pequeño, pero multiplicado enemigo, se concretaba a producir ruidos con lo que tenía a su vera. Sudaban y sudaban los habitantes de la población mientras se escuchaba el ruido ensordecedor. El chapulín no se detenía mientras se oía el escándalo producido en recipientes vacíos de hoja de lata, botellas y ollas, etc., y las campanas de los templos, para asustar a los acrídidos.

Más de una semana estuvo la ciudad así. Aunque por las noches decrecía la sonora defensa, había que sostener el ruido pues las manchas de los acrídidos muchas veces se detenían al atardecer y cuando principiaba el día levantaba el vuelo después de dejar los árboles sin hojas.

Si esto ocurría en plena ciudad y sus alrededores, ¿qué sucedía en el campo, donde nadie podía molestar a la hambrienta muchedumbre alada?

Las cosechas se perdieron en su totalidad. El hambre se avecinaba. El calor seguía en su misma situación, afanoso de quemarlo todo.

El comercio comenzó a resentir la merma de la producción agrícola. Las importaciones eran insuficientes para cubrir las necesidades de la población.”

Como si todas las tragedias sucedieran entorno a esta ciudad, en la novela de Ramón Mendoza, al poco tiempo de pasar la peste de la langosta llegaría la Viruela:

“Cuando menos se esperaba, de una canoa campechana sacaron un féretro. Nadie supo el motivo del fallecimiento y días después, del mismo vehículo fue sacado otro.

Se guardaba absoluto misterio al respecto. Las autoridades no tomaron medidas pertinentes; pero el caso fue que veinticuatro horas después del sepelio del segundo cadáver sacado del buque, se difundió la noticia de que los marinos habían muerto a consecuencia de la viruela.

El pánico se extendió por todo San Juan. Luego empezaron a conocerse casos de enfermos en diversos puntos de la ciudad.

No se detenía la funesta peste, la epidemia se extendió con gran rapidez.

Familias completas padecían el mal. Las horribles pústulas se observaban en cientos de personas. Ricos y pobres eran víctimas del grave mal.”

Todos los males ocurren en ese San Juan decimonónico, así como las constantes inundaciones que dejan en crisis a los habitantes, incluso los personajes hablan en un diálogo de de la posible solución de las mismas, a través del dragado de los afluentes y drenes de los ríos. Los periodos de abundancia son efímeros, por ello se disfrutan con intensidad. La metáfora que nos plantea Ramón Mendoza Herrera en esta novela, es la de una población que constantemente vive los males de la naturaleza y así con ella, también las malas decisiones de diversas autoridades, pero incluso pese a los tiempos aciagos, parece sugerirnos Herrera, que lo único que no podemos darnos el lujo de perder es la esperanza; por ello, concluye su relato con esta sentencia: El optimismo debe ser a manera de una enfermedad endémica para el tabasqueño. ¡Tal vez sería la única enfermedad útil!

Quizás en estos tiempos donde se busca volver a una nueva realidad, valga en mucho, leer esta novela que deja constancia de una de las plumas que debemos de revalorar en nuestras letras. 

Ramón Mendoza Herrera, maestro, escritor, periodista, gestor y divulgador de la historia y cultura tabasqueña. Nació el 24 de agosto de 1916 y falleció el 14 de septiembre de 1976 en Villahermosa, Tabasco. Realizó sus primeros estudios en Tabasco, con una estancia en Veracruz donde terminó de cursar la prepa, regresó al terruño para titularse como profesor de enseñanza primaria y superior en el Instituto Juárez en 1938. Estudió tres años de arte drámatico en la Ciudad de México. Ejerció la docencia frente a grupo en nievles básicos, tanto en escuelas públicas como privadas, ocupó diversos cargos administrativos como director y supervisor de zona escolar. Publicó y dirigió periódicos de la entidad. Entre sus obras se encuentran: Elementos de Geografía del Estado de TabascoBreve Historia del Estado de TabascoJosé Eduardo de Cárdenas. Apostol de la Libertad en TabascoPórtico de soledadLa tragedia de la AgustinaTeresa, la calandria azulLa nave doradaEnsayo del cuento y la novela tabasqueña y Primer Grupode Biografías Tabasqueñas para Escolares, por mencionar. La gran parte de su trabajo solo ha tenido una impresión.