Érase una vez un cuento en línea

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José Carlos Becerra, el cuentista

¿A dónde vas Juan Manuel?

José Carlos Becerra

Una narración costumbrista, que a través del deseo por explorar, nos muestra el habitad del tabasqueño de mediados de siglo XX.

-¿A dónde vas Juan Manuel? ¿Pa’onde vas?

El camino era una cinta larga y lodosa salpicada de huellas de cascos de caballos. Juan Manuel tenía la frente empapada, de cabellos ásperos y negrísimos, todo sudoroso, llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente: “Ir a la ciudad” era la meta que llevaba prendida en sus sentidos.

Mientras los huaraches se le hundían en el lodo semi-seco, a medida que iba caminando, cada vez que se cruzaba con algún jinete conocido escuchaba la misma frase: «¿A dónde vas Juan Manuel? ¿A dónde vas?» Apresuradamente, maquinalmente repetía él: «Pa’allá, voy pa’llá» y con el índice señalaba a cualquier punto del camino, temeroso de ser descubierto.

Llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente…

—Villahermosa está lejos, había oído decir a los que ya habían ido. Alguna vez pensó en ella, se la imaginaba como la litografía del viejo y polvoriento cromo que empapelaba desde que él era pequeño, una parte de la frágil pared de su casa de guano. Toda llena de iglesias de altas torres, y un enorme y antiguo palacio donde vivían los que mandaban en la ciudad.

Apenas hacía unos días que su tío había vuelto de la capital, ahora caminaba con pasos más firmes y más ruidosos que nunca, para obligar a todos que se fijaran en las botas lustrosas y nuevas que allá había comprado. Trajo también una pequeña y elegante polvera que decía le había costado un dineral; cuando levantaba la adornada tapita, las argentinas notas de una bella música se escapaban de ella.

—¡Cómo quien toca sobre una marimba de puro cristal! —había dicho su padre asombrado, y sus hermanos y él, agrupados alrededor de la mesa reían desconcertados por tan bonita y curiosa cajita.

—Allá hay rete hartas cosas buenas —contaba esa noche su tío— y dejen nomás que pase la cosecha y hasta México me voy con mi compadre Pancho.

Desde el petate donde estaba acostado había escuchado hablar al tío por largo rato de tantas maravillas.

Todo el día siguiente se lo pasó imaginándose que se iba a la ciudad, entonces le entraron unas ansías terribles de ir, y entonces también menudearon los regaños en su casa: —Parece que estás sonzo —le decían—, todo el día te lo pasas con la boca abierta, no contestas cuando te habla uno, quién sabe en qué diantres piensas. —Y Juan no los oía, cómo iba a oírlos si no podía pensar más que en ir a la capital. Aquella idea lo obsesionaba cada vez más, no pensaba más que en eso, unas ansias terribles de aventura, de ir hacia allá le perforaban el cerebro.

Desde el petate donde estaba acostado había escuchado hablar al tío por largo rato de tantas maravillas.

Aquella mañana estaba en la milpa, «el camino para ir a la ciudad empieza por la casa de José el curandero» —se dijo a sí mismo; miró la milpa, crecidita ya, semi inclinada bajo los rayos del sol.

—Si me juera hoy mismo… Echó a andar hacia su casa, entró en silencio, de puntillas fue hasta la cocina, acostado en un petate jugando con unas semillas de marañón, estaba su hermanito, seguramente su madre había ido hasta el arroyo a buscar agua. Rápidamente, sin pensarlo, descolgó su morral de la pared, metió en él una pelota de pozol, su jícara y una tortilla seca que encontró en el fogón. Antes de salir le hizo una caricia a su hermanito, que durante todo este tiempo lo había estado mirando atentamente, al acariciarlo se sintió orgulloso de sí mismo, todo un hombre que acaricia a su pequeño hermano antes de salir de viaje, pensó mientras salía de su casa.

Pasó la casa del viejo curandero. Ante él apareció el tosco camino en cuyo final, vería la materialización de su sueño. Había de irse lo más pronto posible, antes de que en su casa se dieran cuenta, y empezó a caminar rápidamente, hasta que los músculos de las piernas le empezaron a doler.

Se detuvo, el sol ardiente, en pleno cenit, radiante de energía, enviaba sus rayos perpendiculares a la azulosa serranía; con la camisa empapada de sudor se detuvo a descansar bajo un enorme mango.

De nuevo se echó a caminar, hasta que el sol empezó a esconderse detrás de los cerros, y las sombras primeras se fueron filtrando a través de los follajes verdes. Juan Manuel estaba cansado, muy cansado, y su ojos inquietos esperaban ver a cada recodo del camino los primeros relieves de la ansiada ciudad, y nada, la ciudad no aparecía, la polvorienta cinta del camión seguía teniendo el mismo horizonte lodoso y verde. Empezó a comprender que la capital estaba lejos, muchísimo más de lo que creía, deseó intensamente que pasara un conocido para que lo llevara a su casa, le vinieron unas ansias enormes de volver, pero ya nadie pasaba por el solitario camino, y la noche seguía invadiéndolo todo, le pareció que de común acuerdo los árboles se vestían de negro para espantarlo.

Descolgó su morral de la pared, metió en él una pelota de pozol, su jícara y una tortilla seca que encontró en el fogón…

Miró al cielo, obscuro ya, espesos nubarrones enormes y negros habían cubierto repentinamente el firmamento, luego miró los acahuales que estrechaban el camino, a lo mejor detrás del montazal lo estaba mirando… , repentinamente una idea espantosa alumbró su cerebro, “a lo mejor lo estaba tanteando el chiquito del enorme chontal. El duende”. En un momento recordó aquellas veladas que había por las noches en la casa de su primo Eladio, cuando reunida toda la chiquitería de la ranchería contaban cuentos de muertos y aparecidos; y la tía Margarita en la butaca, con el tabaco en la mano, echando humo por la boca y las narices contaba cómo se había enloquecido la hija de don Benito el tendero del pueblo, cuando la espantó el duende en el monte, y ya ni San Miguelito la salvó cuando la llevaron a Soyaló.

El duende estaba seguramente allí, tanteando detrás del acahual, con su enorme chontal, quizá se lo iba a llevar, o sólo lo iba a dejar tonto para toda la vida, entonces viviría viendo espíritus y espantos.

Un estremecimiento le corrió por toda la columna vertebral, y se le diseminó por el cuerpo a través de las vértebras: —¡Mamacita! —pensaba con angustiosa desesperación, medio muerto de miedo—, quiero ir a mi casa, quiero ir, Virgencita, mamá, te juro que voy a portarme bien, pero que no me lleve él. .. Y no se atrevía a concluir la frase.

—Juan Manuel —pensó que le iban a decir los árboles— ¿Por qué te viniste? ¿Quién te mandó, Juan Manuel? ¿Acaso no sabes de los espantos que rondan por aquí? Y tras de los árboles, la mirada penetrante y aguda, perversa, que le acuchillaba los sentidos. El duende lo espiaba, cuando fuera un poquito más de noche saldría, entonces… Y Juan Manuel tenía unas ganar enormes de llorar, de gritar, pero no se atrevía, a lo mejor entonces me lleva más rápido, pensaba.

Juan Manuel estaba cansado, muy cansado, y su ojos inquietos esperaban ver a cada recodo del camino los primeros relieves de la ansiada ciudad, y nada, la ciudad no aparecía, la polvorienta cinta del camión seguía teniendo el mismo horizonte lodoso y verde.

De repente la luz de un relámpago le azotó en el rostro, iluminando momentáneamente las tétricas siluetas de los árboles, y allá a pocos metros el chiquillo creyó ver un par de ojos, brillantes como carburos, unos ojos que parecían sonreír siniestra y perversamente. El infeliz se sintió desfallecer, creyó ahogarse en un suspenso que le paralizó momentáneamente el corazón. Y entonces, un trueno que despedazó su terrible estallido sobre los acahuales, acabó de asustarlo más.

Como si aquel trueno hubiera sido la señal para empezar a llover, poco después, un violento aguacero empezó a caer sobre la tierra. En un momento empezó a caer agua, y el aire producía un sonido ululante y trágico al resbalar a través de los troncos de la negra arboleda, y se perdía allá a lo lejos en una queja vacilante y trémula.

El chiquillo tenía las carnes embebidas de miedo, en los ojos llenos de espanto danzaba una figura temblorosa, agonizante. Todo asustado creía sentir algo que se acercaba hacia él, poco a poco, escondido tras la arboleda y tras la lluvia.

De improviso, un ruido de pesados pasos, chapoteando el lodazal, y un cuerpo rozándose con las ramas en la obscuridad, le hizo agudizar el oído, cada vez lo sentía más cerca.

Creyó escuchar una voz extraña en los oídos: «El diablo, el duende, te viene a buscar.

¡Dios mío, sálvame!», gimió, y entonces un cuerpo pesado resopló cerca de él, sintió que las piernas se le doblaban, quiso correr y no pudo. «Dios Santo», sólo consiguió decir con voz desfallecida. Y entonces un relámpago brilló en la espesura, y a la mortecina luz, el atormentado chiquillo alcanzó a ver un caballo y al jinete, bajo el sombrero de éste pudo ver sus facciones, eran las de su padre que lo había salido a buscar.

Tomado de Priego Martínez, Jorge. Dir. "Novedades de Tabasco en la Cultura. Suplemento Cultural", del diario Novedades de Tabasco. 1982-1988. Publicado el domingo 21 de mayo de 1983 en Villahermosa, Tabasco.

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2 Comentarios

  1. Ernesto Hernández Felipe

    Excelente cuento de corte costumbrista del Tabasco de mediados del siglo pasado, en esos años ubico esta narración de José Carlos Becerra.

  2. Manuel Tamez

    Siempre es agradable leer esos cuentos sobre duendes aunque no me gustó el final.

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