Maldición eterna a quien vote por López Obrador

Teodosio García Ruiz

Este cuento fue escrito algunos meses antes del 2006 y publicado en una antología de circulación estatal. Hoy podemos leer como ficción muchos de los sucesos que sin duda parecen inverosímiles.

Ahora que los almendros se mueven con ritmo sostenido y acompasado por los vientos que a finales de agosto presagian el advenimiento de la temporada de lluvias, reconstruyo el tránsito de Irene; el recorrido que hace hasta la biblioteca donde presta el servicio social, toma el minibús en Ciudad Industrial y mira sin mirar a los pasajeros soñolientos y apestosos que han doblado turno en las fábricas y maquiladoras del área. A las jovencitas de aroma Fraiché cargadas de libros o depresiones rumbo a una escuela de corte y confección o la oficina pública.

Un día Irene logro leer lo que Potoki escribía diariamente en la libretita negra: “Maldición eterna a quien vote por López Obrador”.

Ya es tradicional en ella ponerse de pie cuando pasa por la biblioteca del estado, solicitar la próxima parada, palpar como al descuido el bolso de mano asumir con seguridad la banqueta para después cruzar la avenida por donde lo indican las rallas amarillas. Constata la situación actual de su cabello, su andar firme y bizarro sobre unas zapatillas negras y desgastadas que gracias a la piel de quién sabe qué res, todavía trascienden.

Es común verla descender del minibús, cruzar la calle, atravesar por entre los almendros de un estacionamiento accesorio al Teatro Esperanza Iris, mirar como siempre sin mirar la estatua de Esperanza Iris, sortear el peligro de una cagada de perro y adentrarse por entre los pasillos que dan a la Biblioteca Depositaria de la UNESCO.

Después de firmar la libreta de entrada, saluda a Juan el “matapuerco”, a doña Ofelia y a los muchachos de la computadora, se enfrasca en la delicia de codificar libros, consultar el Tsauro y rellenar la tarjetita que sintetiza en seis renglones el Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje de Román Jácobson y Tzvetan Todorov. Transcurridos los minutos se asoma por los ventanales y detiene mirada y pensamiento en las indígenas de San Juan Chamula que venden dulces y golosinas por toda la ciudad. La placidez y la monotonía de un sol timorato se interrumpe ya que dos niños de la calle le reflejan el sol en la cara con unas latas de aluminio.

Vuelve a la mesa de trabajo y repara en un usuario ciego que escribe durante horas en el código braile. La sala de consulta de la biblioteca está casi desierta y de no ser por el viento, el chirriar de los neumáticos en la avenida, un deambulante distraído que pregunta la hora o quién sabe qué accidente más, la vida no manifestaría su presencia.

Mirar como siempre sin mirar la estatua de Esperanza Iris, sortear el peligro de una cagada de perro.

A la cinco de la tarde entra a la biblioteca un hombre alto cuyas gafas densas protegen a unos ojos gigantescos y casi impersonales. Juan el “matapuerco” dice: es él, pónganse abusadas muchachas. Irene y doña Ofelia se miran y observan que el hombre se dirige directamente a los ficheros. Consulta algo con perspicacia pero cierra el fichero y la libreta con displicencia. Pregunta a doña Ofelia por un libro de psicología, se le indica la colocación y el hombre se dispone a la consulta; las ropas que viste son claras, cómodas y costosas. Podría decirse que el hombre es económicamente suficiente, de mucho mundo pero hermético y misterioso. No se sabe si responde al nombre de Juan José Canetti, Roger Mendicuchía o Juan Pérez.

Irene le observa con una curiosidad tal que parece idolatría; otro hombre llega a las cinco quince, es chaparro, calvo y podría decirse que dichoso. Sonríe a la menor provocación y asiente como lo hacen los toloques o las iguanas. Este hombre viste de mezclilla y siempre solicita un libro de psicología y uno de Aurelio Ángel Baldor. Se le indica la colocación y también se dispone a la consulta.

Lunes, miércoles y viernes son los días en que Irene se quita el marcaje personal del novio, padece los congestionamientos viales, el robo de una pulsera o de una cadenita de oro, el viento que mueve los almendros o sus cabellos negros rara vez caídos en la espalda. Lunes, miércoles y viernes ahí están los niños de la calle, los vendedores indígenas, el ciego que escribe en braile y rumia palabras de fastidio, el hombre que llega a las cinco de la tarde pide un libro de psicología, coloca una mano sobre él y después anota algo en la libreta negra. Irene mira con éxtasis a los dos hombres que consultan libros de psicología, olvida por largo rato el Tsauro, el informe del servicio social o los medicamentos para contrarrestar la anemia.

El hombre de gafas densas recibió la orden de apilar todos los libros de Andrés Manuel López Obrador en el sitio donde una vez estuvo la escuela de odontología, cerca de la laguna atrás de la universidad, prender con fuego y atestiguar con cautela que consumiera el último segmento del índice que lograra salvarse de la pira. El secretario general de rectoría le indicó que el rector quería congraciarse con el candidato a Gobernador, y como hombre del sistema en el poder (arrastrado y lameculo) colocaba a la universidad al servicio del progreso y la modernidad, destruyendo dos títulos del autor perredista que cruzaba sabanas, ríos, sierras, pantanos, villas, poblados y ejidos buscando un encuentre entre ciudadanos honestos y causas justas para un gobierno.

Agostino Potoki, digamos que así se llama este hombre, reunió 450 títulos y los desapareció. Se hizo acompañar del chaparro Andrey Kutchenko, quien tenía experiencias nicaragüenses y salvadoreñas, consistentes en aparecer y desaparecer textos y expedientes que hundían o salvaban honras, prestigios o falsos testimonios que abatían a personalidades, instituciones o consejos empresariales de corporaciones extranjeras. Agostino Potoki, había nacido en la frontera de Brasil con Uruguay y era especialista en celulosa, maderas finas y resinas tropicales. Andrey Kutchenko era un yucateco servicial avecinado en Tabasco y familiarizado en el espionaje internacional, doméstico y diplomado en pleitos de abogadillos que abandonaban a los clientes de causas perdidas cuando los honorarios no podían cubrirse.

El hombre de gafas densas recibió la orden de apilar todos los libros de Andrés Manuel López Obrador en el sitio donde una vez estuvo la escuela de odontología, cerca de la laguna atrás de la universidad.

Podemos decir que eran porros o estudiantes distraídos, choferes o cuidadores de ranchos que las autoridades universitarias incorporan a la nómina para incrementar el ego de sus feudos.

Como los mil ejemplares de ambas ediciones se habían distribuido en librerías, papelerías, tiendas de abarrotes y amigos personales, el proyecto de abatir el currículum de López Obrador no se consolidaba con la quema parcial de los libros. Agostino Potoki presentó un plan para expropiar los volúmenes diseminados en las bibliotecas escolares de la ciudad, y las de algunos coleccionistas. La denuncia que hizo el periodista Freddy Eutimio Domínguez Nárez en el semanario La Causa, exhibiendo al señor rector de la máxima casa de estudios, no mermó al estado anímico ni los recursos financieros que motivaron a los protagonistas y dirigentes del plan.

Al contrario, los hizo temerarios y audaces. Agostino Potoki haría la llamada para concertar una cita con el coleccionista de libros o profesor universitario. El lugar podría ser Café Selecto donde se puede platicar con Roberto Madrigal, el Ingeniero Villator o cualquier despistado que los conociera; en Brunos, donde toda la perrada se frecuenta y de ese modo se distrae al enemigo. Andrey Kutchenko, hurtaría los libros con la ayuda de su especialidad magnífica y los trituraría en cualquier estanquillo habilitado para tal fin.

En las bibliotecas públicas era más sencillo. Potoki llegaría a las cinco de la tarde, cuando la pereza y la despreocupación de los bibliotecarios los somete a la modorra, los hace mirar sin mirar a través de los cristales, y a menudo sacarse los mocos, limpiarse las muelas con las puntas de la lengua y hacer ese ruidito desagradable con quien trata de sacarse un grano de arroz de entre los dientes picados. Potoki llegaría directo a los ficheros, consultaría una libretita negra y después revisaría algún manual de psicolingüística, psicología general o de perdida a Jacques Lacan. Era sencillo entonces consultar después la libretita negra donde tenía ubicado el nombre de López Obrador, Andrés Manuel. Lacan, Jacques era un buen pretexto para llegar hasta el autor perredista y ubicarlo físicamente; el trabajo posterior y el consecuente de esta primera actividad quedaban en manos del magnífico Andrey Kutchenko, quien entraría a la biblioteca 15 minutos después, solicitando los mismos libros consultados por Potoki y otro adicional digamos por ejemplo Álgebra del cubano Aurelio Ángel Baldor.

El plan siempre ha sido exitoso y es posible que existan algunas copias de libros circulando como en Farenhit 451 de Ray Bradburi. Sin embargo, en algunas ocasiones Potoki y Kutchenko se enfrascaban en lecturas deliciosas de Alberto Moravia, Marco Denevi, Graham Grene, Arturo Pérez Reverte, Severo Sarduy o William Faulkner.

Cuando llegaron a esta biblioteca el caso se complicó porque la zalamería de los bibliotecarios llegaba al rango del término alcahuete o del servicio molesto. La primera ocasión en que entró Potoki fue neutralizado por Jacques Lacan y dos desconocidos autores de psicolingüística y psicología general. Potoki fue de plano a todo, a la mesa y 17 minutos más tarde, Kutchenko se encontraba en las mismas situaciones ante un mamotreto en álgebra.

Todo el personal que se distraía por las tardes platicando acerca del futbol, la huelga universitaria y de trabajadores de la Coca Cola, la próxima telenovela de Adela Noriega, y el cinismo del presidente Carlos Salinas de Gortari, dejaron estos asuntos para otra tarde porque los lentes del flaco Potoki y la excesiva familiaridad del chaparro Kutchenko, era como una aparición santísima para desaparecer el hastío de las tardes neutras.

Cuando Irene entró a la biblioteca para solicitar informes acerca de la condición ética y jurídica de la clonación, escuchó de soslayo (o sea parando oreja) que hacía falta un prestador de servicio social y que tuviera cuidado con los libros de psicología, ya que se tenía conocimiento de la desaparición alarmante de estos en otras librerías y bibliotecas. Se comentaba también de dos sujetos cuyos comportamientos y vestimentas no son ordinarias y eran usuarios comunes de las cinco de la tarde.

Por esos días también apareció un ciego mal humorado que pasaba horas y horas escribiendo en braile y masticando palabras en latín, tenía un comportamiento extraño como el de esos agentes del FBI o CIA. Despedía un olor a fruta madura y de vez en cuando miraba al techo haciendo coincidir la mirada cuando una cucaracha blanca irrumpía a un lado de las lámparas. Juan o doña Ofelia platicaban con él y se enteraron de medio centenar de historias de fantasmas y milicos que hacían de las suyas en el cono sur.

Cuando Irene ingresó a la biblioteca, Juan se había enterado ya de la existencia de Potoki y Kutchenko, habían coincidido en las afueras de la Biblioteca Pino Suárez ante un vendedor de agua de naranja y empanadas de queso. Juan sospechó que eran loquitos porque se comportaban excesivamente tímidos, observaban por recelo y trataban de no hablar en lo más mínimo. Por esa razón, cuando Irene los miró por primera vez, ya estaba enterada por Juan de todos los por menores que habían sido detallados por el ciego.

Andrey Kutchenko, hurtaría los libros con la ayuda de su especialidad magnífica y los trituraría en cualquier estanquillo habilitado para tal fin.

Potoki salía a diario de una arboleda espesa que rodeaba al parque La Pólvora, pasaba por las oficinas de Aeroméxico, entraba a la biblioteca de la UNESCO y media hora más tarde caminaba rumbo al río, y desaparecía entre la maleza. Andrey Kutchenko llegaba en un taxi, cerraba la puerta con modales finos y firmes, pasaba por las oficinas de Aeroméxico, ingresaba a la oficina de la UNESCO, y después salía en dirección al río. Nunca se le vio pasar frente a los cristales de regreso, aún cuando los bibliotecarios apostaban pastelitos y refrescos embotellados para quien lograra descubrir el enigma de la maleza, el río o el regreso frente a los cristales.

Un día Irene logro leer lo que Potoki escribía diariamente en la libretita negra: “Maldición eterna a quien vote por López Obrador”. La frase no la sorprendió pero si reflexionó extrañada al notar que solamente eso tenía escrito. Potoki se sintió como en falta, recogió mal humorado un maletincito de piel y salió velozmente de la biblioteca. Kutchenko iba llegando y observó la huida de Potoki. Temeroso de quién sabe qué fenómeno, corrió detrás de él, y desapareció también en la maleza. La belleza de Irene se cristalizó a tal grado que la fragilidad de sus piernas se manifestaron en un desvanecimiento súbito del que todos sospechan era un embarazo.

Una semana después, Irene regresó a la oficina con su extraordinaria belleza y los ojos encendidos de una dulzura que hasta el día de hoy es indescriptible. Se le vio salir de la arboleda espesa, cruzar la avenida, atravesar por las oficinas de Aeroméxico, entrar a las cinco de la tarde a la Biblioteca de la UNESCO, consultar algo de una libretita negra y después solicitar algún libro de psicología.

Dos meses después, cuando me presenté a prestar mi servicio social en este lugar, ya sabía todo lo ocurrido con pelos y señales por boca del ciego. Un viernes estuve atento a que el reloj marcara las cinco de la tarde y solamente esperé la confirmación inoportuna de Juan el “matapuerco” que me susurraba al oído: La muchacha que va a entrar, esa es.

Tomado de Acopa, Luis. Lengua de trapo, doce relatos políticos jamás leídos en Tabasco. Conaculta/PACMYC/ Gobierno del Estado de Tabasco. 2006