Taller literario

Efraín Gutiérrez

A través de una narración con elementos fantásticos podemos entrar en el mundo intimo de la creación literaria, a través de una simple reunión de taller literario.

Aquella mujer se metió como distraída a la sesión del taller literario y, sin ver a Karime ocupada en desvestir a besos a uno de sus galanes, acentuó su voz de extranjera al preguntar por Luis. El viejo coordinador del grupo permaneció con la boca abierta, devorándola con la mirada, y ella le obsequió un gesto de coquetería al volverse hacia la puerta de salida.

—Si lo mirás a ese boludo, le decís que lo ando buscando.

—¿Cómo te llamas?

—Decile que vino Margaret.

—¿La Dama de Hierro? —bromeó Lucio.

—La dama de los besos —replicó ella, con voz grave y sensual.

El viejo coordinador había señalado hasta el cansancio el deber de los escritores en cuanto a meterse debajo de la piel de sus personajes y vivir en sus mundos, pero tal recomendación nunca tuvo el propósito de llegar al extremo de hacerlos caer en confusiones.

Al salir dejó una fragancia exquisita, excitante, la cual se enrareció con el peculiar olorcillo a tabaco del viejo marinero campechano-genovés que Lucio metió al taller y quien, en ese momento, dejó su asiento con tal de arrimarse a su invitante y al coordinador del grupo; con ambos brazos los rodeó por los hombros y después de aspirar con fruición los restos del perfume, comentó sin dirigirse a nadie:

—¡Esa mujer es un mangazo!

—¿Cómo los mangos que Alejandro nos trajo el otro día? —preguntó Karime, con inocente malicia.

—Casi… -dijo Luco-; pero a este mango debe quitársele la vestidura con mucha delicadeza, y saborear su carne durante toda una noche.

—Tú siempre con tus prejuicios del pasado –refutó la joven escritora-; ¿a fuerzas debe ser en la noche? Además, sinceramente, me pareció una mujer hecha con demasiadas fantasías.

—Quienes están hechos de puras fantasías son ustedes —acusó el muchacho del torso desnudo, al situarse muy despacio detrás de Karime y tomarla con suavidad por los hombros para depositarle un beso en el cuello.

El grupo miró casi con agravio a quien con tanta desfachatez indicaba la irrealidad de todos. Y el joven, sonriente, trató de suavizar su sentencia con la cita de Shakespeare de que nada es verdad ni mentira… Pero la espina ya estaba en el ánimo de la sesión. Y por un instante todos se cuestionaron en lo interno acerca de la posibilidad de haberse trasladado de una dimensión a otra, sin darse cuenta. El viejo coordinador había señalado hasta el cansancio el deber de los escritores en cuanto a meterse debajo de la piel de sus personajes y vivir en sus mundos, pero tal recomendación nunca tuvo el propósito de llegar al extremo de hacerlos caer en confusiones. Sin embargo…

Lucio fue el primero en percatarse de que, junto con él, todo mundo comenzaba a naufragar en la duda respecto a la realidad. Y al cruzar una mirada de preocupación con el viejo marinero, este le apuró:

—¡Haz algo, muchacho!

El aludido tomó la orden medio en broma, medo en serio: se acercó a Karime y, sin advertirle nada, trató de darle un pellizco en el antebrazo. Sólo hizo el intento, pues las yemas de sus dedos parecieron borrarse tras dos mil años recorriendo en un poema la piel de esa otra bella, la Eva de sus textos. La epidermis de Karime ya no era sino como una hermosa corriente de humo cobrizo ondulando en su propio perfume y en los matices de su propia voz y risita alegre.

—No se preocupen muchachos…, encontraremos la clave para dar un viaje a la realidad.

—¡Ah, caray! —exclamó la joven, al ver cómo los dedos de Lucio traspasaron la piel de su antebrazo sin aprisionarla.

Alarmado, Lucio se pellizcó a sí mismo sin pellizcarse. También se había convertido en esa como especie de humo o neblina que compone la materia de los fantasmas. Luego descargó un golpe sobre el escritorio del coordinador, pero el puño atravesó la cubierta al no encontrar resistencia. Karime pidió a su amante hacer lo mismo, y el puñetazo de este resonó secamente sobre la cubierta del mueble, y tiró un poco del café de los vasitos ahí sentados.

El muchacho sonrió orgulloso de la fuerza de su golpe. El viejo marinero observó a los demás, ya prisioneros de la angustia. Sacó entonces los cigarrillos y los ofreció en el intento de infundir ánimos; luego dijo con absoluta seguridad:

—No se preocupen muchachos…, encontraremos la clave para dar un viaje a la realidad.

—Esto sucede —intervino el muchacho galán de Karime, al tiempo de ponerse la camisa— sólo si los escritores imprimen toda su fuerza mental a los personajes de su creación.

—¡Puta! —exclamó Karime—. Ahora sólo falta la aparición de la Muerte, porque Efraín siempre escribe acerca de ella.

La joven acababa de pronunciar la palabra “muerte”, y en ese instante, como por arte de magia, reapareció la argentina en el umbral de la puerta. Se desencajó las gafas y entró con sus aires de seducción, preguntando de nuevo por su amigo Luis. Todos la miraron de manera especial, pero ya no como a una mujer bonito sino con la sospecha de hallarse frente a la Muerte. Cada quien se congratuló en silencio por inasistencia de Luis a la sesión literaria de ese sábado.

Sin embargo la extranjera tomó como un simple retraso la eventual ausencia de su joven guía de museos, y se sentó a fumar muy sonriente. Habló primero acerca del torrencial aguacero durante su primera visita a Villahermosa, y después miró desde su asiento el cuello de los presentes, al cabo de lo cual manifestó gran sorpresa y se puso de pie al comentarle al coordinador:

—¿Te fijás en la cosa tan rara, che?: a estos muchachos —dijo al tiempo de señalar a Karime y a Lucio— se les ve clarito el humo del cigarrillo que les circula por el conducto rumbo a los pulmones, y a vos no se te nota nada. Eso indica tu naturaleza de carne y hueso, muy diferente a la de ellos.

—Desde esta banda sí se le alcanza a ver el humo en la garganta —corrigió el campechano-genovés—. A usted también se le ve, pero apenitas —añadió, indicando el cuello de la visitante.

—Oye, che, aquí sucede algo raro.

—A ver, tú, Efraín, no has dicho nada. ¡Sácanos de esta pinche incertidumbre! —reclamó Karime.

Ahora sólo falta la aparición de la Muerte, porque Efraín siempre escribe acerca de ella.

El increpado sonrió algo nervoso. Respondió con una broma:

—¿Recuerdan la profecía del fin del mundo, anunciada para cumplirse este once de julio? Pues quizá ya nos morimos y no lo sabemos.

—¡Vete al carajo tú y Nostradamus!

—El compañero puede estar en lo cierto –aseveró el viejo navegante-; la Muerte quizá nos llegó por la popa y ni cuenta nos dimos.

—También puede estar sucediendo otra cosa —intervino Lucio—: que así como nosotros fantaseamos con nuestros personajes y los llevamos al plano literario de la realidad, alguien tal vez haya escrito acerca de nosotros y de esa manera nos trasladó de la realidad a la fantasía, ¿no creen?

—Sí, puede ser, si ese alguien escribió con muchísima intensidad —comentó Karime, sin ocultar su expresión de enojo al descubrir a la argentina desabotonando la camisa de su galán. También alcanzó a escuchar las palabras de ella: ¿Sos de acá?”

Y las de él, al decirle los versos que la propia Karime le murmuró al oído en ocasión de hallarse entra cuatro paredes, sobre un mar de poemas rotos:

Cúpula de cristal

dos labios viviendo

en tus muslos redondos

rozando casi el cielo,

subiendo hasta tus hombros…, en silencio.

Karime sintió un oleaje interior de sangre en ebullición, una espada de veinte filos cortándole las entrañas. Y sin capacidad para contener la ira, ante el descaro de la intrusa y la dejadez de su novio, descargó un puñetazo sobre la cubierta del escritorio. Los vasitos de café bailotearon con el sonido estentóreo del golpe, y el viejo marinero gritó “¡Eureka!”, al tiempo de manifestar un explosivo entusiasmo y estrellar con el suelo el cabo del cigarrillo.

Todos los ojos se clavaron en los suyos de manera inquisitiva. En las miradas iba una esperanza de alivio a la angustia de suponerse prisioneros de un texto, con vida únicamente dentro de él.

—Acabamos de ver cómo el enojo de los celos regresó a Karime a su condición humana.

—Yo no estoy celosa —dijo la aludida.

Y el viejo, sin tomarla en cuenta, prosiguió con sus deducciones:

—¿Cuánto tiempo hemos permanecido aquí? ¿Qué día es hoy? —Nadie le respondió—. Aquí hemos estado el mismo tiempo que tiene de haberse escrito el texto o los textos donde somos personajes. Hoy no es sábado, o en todo caso se trata de un sábado infinito. Y aquí seguiremos hasta conseguir la destrucción de esa escritura, o experimenta la máxima intensidad de las emociones humanas, como lo acaba de hacer la amiga Karime.

—¿Recuerdan la profecía del fin del mundo, anunciada para cumplirse este once de julio? Pues quizá ya nos morimos y no lo sabemos.

—Entonces debemos apresurarnos a localizar ese texto y destruirlo. ¿Quién lo escribió? —pregunto Lucio.

-¡Váyase al carajo! –exclamó Karime-. Lo urgente es destruir el texto donde somos personajes.

Todo el mundo empezó a revisar, a revolver papeles con cualquier cosa escrita. Sin darse cuenta, la euforia y la desesperación iban imprimiéndoles un tinte de realidad humana. Sólo se distrajeron al escuchar la voz de Margaret, quien se hallaba sujeta del muchacho y con la mano extendida llamando al viejo marinero hacia sus frondosos pechos desnudos:

—Vámonos, che, que aquí corremos peligro y todavía podemos hacer el amor en alguna parte, junto al río…

En ese instante Karime despedazó el poema “Transición”. El muchacho del torso desnudo acaparado por la argentina se desvaneció en el aire. Y ésta, al verse en peligro, ganó la puerta en compañía del viejo, quien gritó muy ufano:

—¡A toda máquina!

Después, afuera, la brisa cálida corrió con rumor de besos y de un mar de muslos. Adentro, los muchachos seguían revolviendo papeles en el salón de su taller literario, en el centro cultural a orillas del río.

Tomado de Gutiérrez, Efraín. Relación de muertos. Instituto Estatal de Cultura del Gobierno del Estado de Tabasco. 2007