Gajes del oficio

Mario De Lille

Cuento con tintes eróticos, con una narrativa experimental de mano de uno de los autores más asiduos a este tipo de modelo literario.

Panoshcä adorada:

Mi viaje alrededor del mundo ya empieza a cansarme. He perseguido miles y miles de cosas, he rodado mucho y como todo animal de monte, añoro mi refugio, mi hogar. Hay en estas tierras una canción un tanto gastada, pero que a mí me suena maravillosamente y me atrae tu pelo hirsuto a olerlo en esta distancia que la vida nos ha designado trágicamente. La canción dice: “y tú tan lejos, tan lejos, y yo pensando en tu amor”. Como ves, las cosas son iguales en todos los países de la tierra. Si cuando yo abonaba tu campo, tenía un temor enorme de lastimarte, mas tus valientes palabras me animaban a seguir adelante: no temas Verguei, no temas, que la riqueza de la campiña va en razón directa de la dureza del arado. ¿Acaso crees que el árbol no se duele cuando le brota el fruto? Y sin embargo no hay alegría más grande al florecer el árbol como presagio de los tiempos de bonanza.

Y sí, amada mía, ver tu surco desflorándose con alegría inmensa en mis sueños, como todas las vece que me acerqué a tu señorío. Me son tan nítidos los recuerdos al ver toda tu atención puesta en mi arma, y todos tus afanes y esfuerzos por darle lustre, pulirla, prepararla y envolverla siempre con un quejido final de hambre saciada.

Y sí, amada mía, ver tu surco desflorándose con alegría inmensa en mis sueños, como todas las vece que me acerqué a tu señorío. Me son tan nítidos los recuerdos al ver toda tu atención puesta en mi arma, y todos tus afanes y esfuerzos por darle lustre, pulirla, prepararla y envolverla siempre con un quejido final de hambre saciada. Veo tu cara transformándose de mujer amante a bestia ofendida por el sexoamor. Tu respiración ya reposada. Tu pensamiento en blanco, libre ahora de la preocupación de halagarme…, si todas mis ansias se mueren diariamente al momento de poseerte.

Temo Panoshcäyushca mía que mis letras desaten toda furia, la de mi pensamiento, porque el soñarte y soñarte no nos acerca como es mi deseo. Así, que aquí termino de garabatear mis sentimientos y te prometo buscarte pronto para que tus caricias colmen mi leyenda —que es la tuya— y nos entreguemos en un colapso mayúsculo. Te necesito. Te quiero. Te extraño.

Tuyo siempre hasta el seno de tus profundidades, antes de que la verdadera muerte nos separe:
Verguei, El Grande.

—¡Maldito Verguei, te adoro! Amo mío que sueño por ti lo que ninguna mujer ha soñado por su amante desde los remotísimos tiempos cuando el hombre de las cavernas salía por semanas enteras para traer un gran animal muerto a la orilla de la que sabía era su casa. Su apetecida casa. Casa de la que nunca deberías de salir. Maldito mío adoradísimo ¿No te has dado cuenta de mi temperamento de leona que no quiere que su rey salga a cazar y traer el sustento para la familia? No, rey mío, déjame salir a mí y tú enseñoréate en los aposentos, los jardines, los patios; tus propiedades. Tuya soy de ti, antes que todas las cosas. Mi casa siempre tiene prendida la lámpara del hogar para que luches y después descanses, para que aparentemente me maltrates y en realidad el juego que inventamos se llame adorémonos, volemos, inventémonos juntos.

Tus rugidos dentro de mi caverna amorosa que sin piedad clama por tu aliento descompasado y arrítmico.

Pero no, a ti te gusta la aventura, el gusto por cobrar las piezas, el descubrir tierras lejanas. Yo no. Yo me conformo con tus chupeteos de bestia desesperada, tus estertores de sapo, tus rugidos dentro de mi caverna amorosa que sin piedad clama por tu aliento descompasado y arrítmico. No salgas a acechar hoy el horizonte, amigo mío; ríndete ante mis cantos de sirena exasperada por lo que siento son huídas y no necesidades. ¿Qué otra necesidad más grande tienes que no ser muerto por mis labios de víbora orgásmica? ¿No te duele dejarme lamiendo las heridas internas que dejas como marcas de fuego en mis murallas? Vergueishco: ¡vete pues de mi lado, desaparece, ocúltate en tu eclipse momentáneo! ¡Nada más que no vayas a distraerme en tus juegos mortales: te maldigo con toda la fuerza de mi alma, para que regreses derrotado y no salgas jamás desta tu casa, la de las puertas fuertes, la de los muros de color de rosa! ¡Verguei!: ¿Por qué huyes como un soldado raso, sin capitán y sin bandera? ¿Por qué, maldito amado, si sabes que tus heridas más graves del campo nuestro de batalla son efímeras cicatrices lamidas por mi lengua? ¿Por qué dices amarme? Quédate para siempre en mis campos. Muérete en mí. Así, vida mía. Mi bendito.

Señor policía: en verdad yo nada tengo que confesar porque nada malo le he hecho a nadie. Más bien lo que yo quiero es que usted vuelva a oír mi historia, si es que no lo he cansado.

Recordó con precisión de cirujano todas las victorias que realizó en su vida. Sn embargo mis palabras olían a viento penetrante cuando me le rendí: “Panoshcäya adoradísima, si prometes guardarme para toda la vida, entro a tus catacumbas con voto de monje casto. Si me albergas, protectora y magnánima, yo te juro batallar y ganar todos los combates entre tú y yo, de manera que a ninguno de los dos nos importe perder y ganar alternativamente”. Ella no le entendió mucho a tanto contrasentido, mas le creyó la primera vez. Pero como la segunda fue a la distancia cortísima de una noche, cerró los labios y obligose a sí misma a encontrar la forma de hacer cumplir la palabra tan cicatero amante.

De modo que usted, Verguei, se asustó al verse en el espejo esa mañana. Demacrado, flácido, sin ánimos de nada. Circunspecto. Su calvicie precoz daba la impresión de no soportar los años con tanto garbo como hasta la noche anterior que se había ido de farra. Su pensamiento voló hasta la vieja patria donde el frío acerco a los hombres a buscar la taberna o a no salir de casa en todo el invierno. Su amante guarda la cama siempre calientita y esos labios jóvenes insurrectos siempre están dispuestos a decirle las más bellas palabras: te necesito Verguei, nunca te vayas de mi lado.

No amigo mío, yo no creo en esas frases —llenas de pan de azúcar y mielecita por dentro y por fuera—. Algo se tramaba la zorra, se lo puedo apostar como el gris de este día que seguirá así para mañana y pasado.

¡Qué tiempos, Panoshcäya mía! Tiempos donde lo único que contaba era la entrega simple con palabras exactas y perfectas. Panoshcä, la de los labios rosados y el agua a punto de las caricias que ahogan los gemidos de la bestia herida. Siempre dispuesta a abrir las puertas al amado al toquido más leve, y sin embargo cerradas al intruso por más osado que fuese o más desvalido y temeroso que hipócritamente se acercara a ella.

¿Por qué, maldito amado, si sabes que tus heridas más graves del campo nuestro de batalla son efímeras cicatrices lamidas por mi lengua? ¿Por qué dices amarme? Quédate para siempre en mis campos. Muérete en mí. Así, vida mía. Mi bendito.

¿Así que todas las veces que están juntos, ella lo arropa con sus propias mantas, con su piel interna, con sus paredes suaves y extenuantes? No lo creo amigo, por lo menos no siempre. Todas las mujeres son unas putas —menos mi madre que era una santa—. Usted ha de perdonar.

Adorado mío: si bien yo acepté esta condición de amante tuya, no tienes la menor idea del sentimiento interno que me consume y atormenta de pensar nada más que tu cuerpo ser compartido por otra mujer que no sea yo, aunque para ello tú me jures una vez tras otra que la única es Panoshcäya “la renovadora”, “la fuente de la eterna juventud”, “la vida perpetua y perenne”. Tus bellas mentiras que me envuelven e hipnotizan para terminar siendo tu esclava como siempre he sido. Sin embargo, acepto esto con un requisito único e inviolable, que me lacera la carne y la lividez de mi cara se torna mortecina al imaginar que necesitas andar otros caminos que no sean míos; los que tú descubres o inventas como sendas nunca antes andadas por otro cazador furtivo. Déjame advertirte que no por algo soy descendiente directa de Iván El Terrible, y tú no alcanzas a imaginar las cosas que puedo llegar a hacerte (por mucho que lleves en la sangre la de la gran Catalina) o a la hembra que pretenda ser penetrada por tus arrebatados animales.

¿Dice usted que la Panoschä y el Verguei, no han aprendido a “sexamarse” y que todo lo que saben hacer es necesitarse? Disculpe el atrevimiento pero eso me huele a telenovela rosa que ni mi hija —la quinceañera— se lo traga. Cuénteme cosas reales, no lo que pasa por su cabeza.

Sus ojos van a quedarse ciegos de dos maneras: una, porque van a llorar tu partida para siempre —aunque no te imagines los medios que habré de valerme para ello—, y la otra, porque van a quedarse en mis dedos que no saben de miedos ni remordimientos. Mis dedos, Verguei, son dos dagas cuando odian en contra de la suavidad y sensualidad que has descubierto al regalarte mis caricias. No respondo de mí y más te vale que sepas que junto a la mujer dulce y entregada que conoces en el lecho, se encuentra la leona desaforada e irrazonable que más vale no conozcas nunca. Ya viví un infierno hace muchos años por causa de un amante incrédulo que creyó infantiles mis advertencias. La mujer y él ladran de miedo todavía, porque el ojo izquierdo de cada uno se convirtió en cuenca vacía. ¡Y eso que no lo amaba como te amo a ti, pasión de mi locura! Confío por tu entrega y por tus ofrecimientos eternos, pero conozco la naturaleza mentirosa que encierra tu género. Perdóname idolatrado de mi alma que te diga estas cosas tan horrendas —que seguramente no esperabas de mí—. Pero mi estirpe habla claro antes del amanecer para que el sol no se vaya a detener nunca en nuestro horizonte. Si llegara el infausto día donde dejaras de desearme amarme, aunque sea por un instante, prefiero perderte para siempre a que te vayas de estas tierras y busques otros eriales. Es posible que hayan otros labrios que abran paso por su abertura provocando tu lujuria y lascivia fascinantes. Pero que no esté yo para saberlo. Tendrás que estar a mil montañas de distancia, donde mis dedos no se conviertan en las garras que te he contado. Tierno mío. Mi amo y señor.

Todas las mujeres son unas putas —menos mi madre que era una santa—.

Estos recuerdos a Verguei le sonaban patéticos porque entre sorbo y sorbo, su sonrisa se volvía una pequeña mueca de dolor. No todo es miel sobre hojuelas en el camino de los hombres y mucho menos en el que se consumen los apasionados. Su propia pasión los lleva a salidas insospechadas, una de las cuales, los celos, es el pequeño gran incendio al que nunca se les debía ocurrir encender el primer cerillo.

Dispénseme usted la confianza, pero esas cosas así son: o siempre o nunca. En pocas palabras, quedamos que ella, contra toda su voluntad consume sus días en una vieja cárcel húmeda que le recuerdas las paredes interiores que tanta felicidad le dieron en su juventud. Y él —es decir, usted— le cobró un afecto especial a este perro callejero que lo guía por las calles de la ciudad. ¡Hay que vivir para ver que las propias desgracias son una caricatura comparadas con las ajenas!

Señog policía: ese ciego guso estúpido me acaba de tigar los paquetes de megcado, señog policía; dígale usted que a la siguiente lo vamos a echag del baguio y a guegresarlo a su país, imagínese usted, señog policía.

Tomado de De Lille, Fuentes. Eroticom plus. Narradores tabasqueños de fin de siglo. Erotismo y pornografia. PACMYC, Gobierno del Estado de Tabasco. Villahermosa, Tabasco. 2000