Va de cuento

 

Escritor, maestro, periodista, abogado y político

Manuel Sánchez Mármol

El escritor de origen cunduacanense, fue el primero, según los registros, en cultivar el género cuentistico en Tabasco en 1861.

La geografía no sabe ya dónde quedaba aquel reino, sólo hace memoria de que su capital era muy bella, acostada a una montaña boscosa, a cuya falda se tendía un delicioso valle.

Sus anales los ha olvidado la historia, y únicamente recuerda lo que voy a referir.

El rey no era señor, sino padre de sus vasallos. Simple en la forma, pero en la ejecución complicado del programa de su gobierno, hace el bien de todos, fincaba sus afanes en promover la prosperidad del reino, como resultado del bienestar de los súbditos. Y el reino prosperaba asombrosamente.

La concordia moraba en él sin perturbaciones, y no era conocida la palabra justicia, porque nadie sufría daño de que quejarse.

Los reinos vecinos miraban con asombro a aquel país afortunado: a poco, el asombro degeneró en envidia, y la envidia se transformó en odio. Y juraron la ruina del reino que los insultaba con su prosperidad.

A falta de injuria, inventaron una mentida invasión de sus pacíficos rayanos, y coaligados, penetraron en son de guerra en el venturoso reino, estragando sus campos.

El rey prudente quiso detener con la razón tamaño desafuero, mas el odio no gusta de ser refrenado. Había irremisiblemente que guerrear.

Los vasallos, poseídos de indignación, acudieron solícitos a su buen rey, pidiéndole ir al encuentro de los inicuos agresores; y él, sin vacilar un punto, se puso a la cabeza de los suyos, y aunando al buen consejo el ánimo brioso, deshizo al primer choque a los enemigos. Eran éstos, por desgracia, asaz numerosos y la guerra se prolongó; hasta que, definitivamente vencidos y bien escarmentados, viéronse constreñidos a recobrarse tras de sus fronteras. El buen pueblo vencedor no las traspasó, que sólo recurría a la fuerza por la defensa de su derecho.

La guerra había dejado los campos sin cultivo, Ceres invenerada negaba sus mieses, y tras la escasez vino el hambre, y en pos del hambre, la epidemia.

Bajo el cúmulo de males que a sus vasallos afligía, el buen rey, el más afligido de todos, sin perder aliento ni paciencia, consagrado por entero a aliviar tanto infortunio, no se perdonó fatiga, divorciándose sus miembros del reposo, y del sueño sus párpados.

Una tarde no pudo más. Entrose en su alcoba y se dejó caer en un sillón. Trató allí de lucubrar nuevos medios con que subvenir a las desgracias de su reino, mas la naturaleza recobró su imperio, y se quedó dormido. En el sueño, oyó una voz de lo alto que le decía: –Reúne en el valle de la ciudad a todos los que sufren, y yo seré en tu ayuda.

Despertó el rey en sobresalto, y aun ya despierto, la voz siguió resonando en su interior. Tomó aquello por una alucinación, propia de su estado hiperestésico, y trató de seguir ocupándose en la salud de su pueblo; pero la voz le seguía a todas partes.

Como quien obedece a una sugestión, llamó a sus mensajeros y los despachó en todas las direcciones del reino, para que convocaran a día y hora fijos en el valle de la ciudad, a cuantos de padecimiento físico o moral estuvieren aquejados. Y, cosa peregrina, desde que tal hizo, la voz del sueño no le inquietó más.

El día de la cita el buen rey se instaló desde muy temprano en el sitio más elevado desde donde dominaba el lugar escogido para la asamblea.

El amplio círculo en que iban colocándose los concurrentes era la viva representación de todas las tristezas, de todos los males y de todos los sufrimientos. Allí habían acudido los válidos por sí mismos y los imposibilitados conducidos en miserables parihuelas, obedeciendo al llamado de su buen rey, mas ignorando el objeto.

De súbito viose penetrar por el dilatado círculo a una dama gentilísima, si majestuoso el continente, modesta y recatada. Todos, del rey abajo, quedaron atónitos ante aquella aparición, y la gentil dama deteniéndose un breve punto, dijo con acento dulcísimo, que, no obstante, se difundió por el ancho espacio que ocupaba la asamblea. “–Cada quien pida según sus necesidades, y será socorrido”. Y sin esperar a que se le acercaran, recorrió rápidamente el extenso círculo formado por aquellas miserias, repartiendo los prodigiosos dones de que era portadora: la salud a los enfermos, la saciedad a los hambrientos, vestido a los desnudos y el consuelo a los afligidos.

Los rostros macilentos cobraron lozanía, los baldados soltaron por inútiles sus muletas, los paralíticos se irguieron sobre sus pies, las sombrías tristezas tornáronse radioso regocijo.

Tan repentino cambio dejó a todos un instante embargados; pero vueltos en sí, estallaron en ruidoso coro de gracias y bendiciones, y corrieron hacia el genio bienhechor, ansiosos de besar siquiera la blanca túnica de su sencilla vestidura. Mas la gentil dama, sorda al clamor inconsciente de lo que acababa de ejecutar, sin guardar una sola fisonomía de tanto favorecido, que era la dama ciega, fuese desvaneciendo lentamente y perdiéndose en el aire, como la voluta de humo desprendida del pebetero.

Cayó el rey de rodillas; sus vasallos lo imitaron por idéntico impulso, y dieron gracias a la Providencia por el singular beneficio con que los había agraciado.

Aun cuando la gentil dama mora en el cielo, complácese en descender a la tierra día por día. Todos la conocemos. Lleva un nombre que ella ignora: se llama Caridad.


Tomado de: Álbum del asilo Colón, México, 1899; Obras sueltas I, Villahermosa, Tabasco. Compañía Editora Tabasqueña, 1950, pp. 185-190. Ver en: Sánchez Mármol, Manuel. Obras completas. Vol. II. Compilación de Manuel Sol T. Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 2011