Petrita

Josefina Vicens

Josefina Vicens en los años 40ta, tomado del archivo de José F. Coello Ugalde

Este es un cuento largo de una de nuestras extraordinarias narradoras, quien con maestría nos sumerge en una historia de aire gótico. Lo he dividido en dos partes, buscando facilitar la lectura de esta joya de nuestra tradición literaria.

Para Maka, pintora grande

Una tarde, de esto hace ya muchos años, mi amigo Juan la llevó a la casa.

—A ver si te gusta -dijo. Y me la dejó.

Era un cuadro, su último cuadro. Se llamaba «La niña muerta». Contemplé la pintura y algo ocurrió dentro de mí, algo distinto, grave.

Siento el arte con sus muy particulares y diferentes noticias de inteligencia y de belleza, pero esas noticias llegan a mí corriendo un largo camino: medito, comparo, y al fin escojo y guardo. Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar. Ella no recorre caminos, conoce la vereda directa, mi dirección exacta, mi hora de recibo.

Por eso tal vez mi amistad con los pintores tiene algo secreto y especial. Ellos no lo perciben, porque lo oculto, como muchas de mis supersticiones, menos aquellas que requieren signos urgentes y delimitados para conjurar la desgracia.

Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar.

La cercanía física del pintor me resulta angustiosa. También la del ilusionista. En ninguno de los dos puedo tener confianza nunca. No me es posible apartar los ojos de las manos de un pintor, son para mí cuevas mágicas y siento que al menor descuido saldrán de ellas formas, colores, luces, atmósferas nuevas, animales inventados y personajes extraños que nunca existieron ni existirán . Tampoco puedo apartar la mirada de las manos de un ilusionista, por el temor de que también al menor descuido se me llene la cabeza de palomas. Ni unos ni otro se dan cuenta de mi zozobra, pero seguramente no estarían un momento a mi lado, si supieran que colgando de sus dedos, habitando sus manos, veo pájaros, frutas, niños, barcos, lánguidas señoritas, cintas brillantes, caballos, bailarinas, copas, ventas, o simplemente un trazo, una línea que lo dice todo.

Es una obsesión curiosa, pero la sufro y hoy tengo deseo de confesarla. Cuántas veces, cuando el pintor en un gesto automático extiende la mano para tomar un cigarro, yo siento que de ella se cayeron y se perdieron para siempre la manzana o la rosa perfectas. Y cuántas veces a solas he violentado, he torturado mi mano para que produzca una línea armoniosa, un pequeño, ágil trazo. Pero hay manos que no vuelan que no pueden desprenderse de la tierra, aunque sientan, como un ave, la llamada del aire.

Así, desde el fondo de mí, salvando todas las distancias, acudí inmediatamente para contemplar «La niña muerta». Juan regresó varios días después.

—¿Te gusta?

—Sí, me gusta, me gusta muchísimo.

Es una obsesión curiosa, pero la sufro y hoy tengo deseo de confesarla.

Pero, en realidad, no era eso lo que quería decirle. Quería advertirle que «La niña muerta» ya no tenía nada que ver con él; que le era ajena, que estaba ya tan lejana de su sentimiento como cercana al mío. Porque en el momento preciso en que él terminó de pintarla, empezó a alejarse, a juzgarla, y entonces la abandonó. Mientras que la niña y yo, en el instante en que nos vimos, empezamos a pertenecemos.

—¿Quién era? -Le pregunté.

—No lo sé; era alguien que vivía en Alvarado. Murió cuando yo pasaba vacaciones allá con unos amigos. Por mera casualidad fui al velorio; estaba como la ves ahora, tendida en una mesa. Me impresionó tanto que al regresar tuve que pintarla.

—Te la compro, Juan.

Lo dije muy quedamente, no quería que la niña me oyera, sabía que podía lastimarla. Suavicé el trato cuanto pude.

—¿Sabes? Ahora ya eres mía y nunca te separarás de mí. Te cambié por unas flores y una cajita que siempre había guardado porque estaba llena de recuerdos.

Mientras que la niña y yo, en el instante en que nos vimos, empezamos a pertenecemos.

Era una niña muerta. La cara las manos, los pies, tenían un color verde de carne descompuesta, vestía un traje sencillo plegado a la cintura y que bajaba hasta sus tobillos. Si yo la hubiera pintado, el vestido hubiera sido de color rosa o azul, porque de esos colores, seguramente tuvo que ser su traje dominguero y con él, sin duda, deben haberla enterrado, pero Juan la vio y asegura que era blanco. Pienso que la tela debió de haber sido delgada, vaporosa, porque en Alvarado no hace frío. Pero Juan la pintó gruesa, dura. No importa, le queda bien.

Estaba tendida en una mesa, sobre una sábana absurdamente colocada. Su pelo negro, negrísimo, caía en desorden. A su alrededor había flores amarillas y blancas y tenía puestas algunas entre su pelo, detenidas quién sabe por qué milagro de equilibrio. Estas flores estaban prodigiosamente pintadas; se veía que por cada una había pasado, cariñosamente, cuidadosamente, el pincel. En el plano superior aparecía un friso de manos obscuras emergiendo de la sombra: en una, los dedos pulgar e índice formaban la cruz; otra sostenía un rosario, otras estaban en piadosa actitud de orar, otras no hacían nada, estaban allí solamente. Pero todas acompañaban a la niña muerta.

Tomado de Priego Martínez, Jorge. Dir. "Novedades de Tabasco en la Cultura. Suplemento Cultural", del diario Novedades de Tabasco. 1982-1988. Publicado el domingo 24 de noviembre de 1985 en Villahermosa, Tabasco.