Érase una vez un cuento en línea

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El cuento del fakir

La muerte del fakir

Rafael Domínguez Gamas

Esta narración es una muestra de lo real maravilloso de la antigua San Juan Bautista, hoy Villahermosa. El texto ha sido retomado por otros autores de ficción para construir nuevas narraciones, donde el faquir tiene otros desenlaces.

Lo que voy a referir me parece que aconteció en el año de 1913 del siglo veinte, precisamente cuando ya había cumplido la tercera década de mi vida. Fue algo horrible que nunca olvidaré.

Alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Se anunció que un domingo por la mañana, en presencia de cuantas personas quisieran asistir al espectáculo sería sepultado un fakir en el coloso taurino. Decíase que el dicho fakir se produciría por si solo el estado de catalepsia, y que en ese estado, con una lentísima pulsación que le permitiera permanecer dentro de una caja de madera preparada ad hoc, de lo cual darían fe algunos de los médicos de la localidad especialmente invitados para ese efecto, sería sepultado dentro de la referida caja y que así permanecería hasta después de la corrida de toros que se efectuaría en la tarde.

Muchas personas acudimos a presenciar el lúgubre espectáculo. Después de los preparativos de rigor, del sueño simulado o artificioso del fakir, y de un disparo de pistola y del examen médico, y a los acordes de una marcha fúnebre, descendió lentamente a la fosa hecha ex profeso el catafalco del fakir. Luego salimos de la plaza de toros haciendo los obligados comentarios. Habría quien aseguraba que el infeliz faquir se moriría asfixiado; otros decían que la pulsación de este pobre hombre era normal cuando se inhumó, y algunos condenaban a los médicos por haber permitido aquel suicidio; mas alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Llegó la hora de la corrida. Yo no asistí al espectáculo taurino. Al caer la tarde me hallaba con un grupo de amigos sentado frente a la cantina del Teatro Merino, tomando refrescos, cuando empezó a pasar la gente que volvía de la fiesta brava, y todos iban diciendo: “Se murió el fakir”. Oído lo cual nos levantamos precipitadamente y nos encaminamos a la Plaza de Toros, donde nos encontramos ya exhumado, sobre una tablas mal colocadas a guisa de mesa, el cuerpo todavía caliente del fakir.

Se recibió un telegrama en el que sugerían no enterrar el cuerpo del fakir, porque acaso estuviera vivo aún bajo los efectos de la catalepsia por él provocada.

Según los médicos estaba cocido. Lo había cocido el calor de la tierra, calentada, a su vez, por los rayos calcinadores de aquel sol tropical.

Se expandió la noticia con la velocidad del relámpago. Pasó las fronteras del Estado. Continuaron los comentarios cada vez más duros. Se hicieron cargos contra los médicos. De la ciudad de Mérida se recibió un telegrama en el que sugerían no enterrar el cuerpo del fakir, porque acaso estuviera vivo aún bajo los efectos de la catalepsia por él provocada. Se esperaron más de veinticuatro horas, después de las cuales no hubo más remedio que inhumar el cadáver, porque la putrefacción, que no tardó en hacerse sentir horriblemente, fue la mejor demostración de que la vida había huido para siempre de aquellas pobres carnes calcinadas.

Tomado de Acopa, Luis (compilador) Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, vol. I. PACMYC/ CONACULTA y Gobierno del Estado de Tabasco. 2008

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3 Comentarios

  1. Susana Paz

    Excelente!

  2. Manuel Tamez

    Hola, leí hace tiempo el libro de Bruno Estañol -creo que El féretro de cristal- donde se narra esta parte de la vida de este personaje. Es un texto muy atractivo. Felicidades por llegar a 37 textos en esta narrativa de tabasqueños.

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