Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

El cuentista del siglo XX

La toma de Frontera


Bruno Estañol

Estañol es el gran cuentista de toda la tradición literaria tabasqueña. Sus trabajos le han merecido reconocimientos y análisis críticos nacionales e internacionales. Cultiva también los géneros de novela y ensayo, es sin duda el mayor escritor de narrativa de Tabasco. Con éste cuento, autorizado generosamente para su difusión en esta página por el maestro, podemos leer una espléndida historia del terruño imaginativo, contada desde dos puntos de vista.

 

Para Alvaro Ruiz Abreu

 

Don Pedro

Aquí vivo solo y mi alma en la miseria.

Digo, casi en la miseria porque por lo menos tengo para comer; después de tantas guerras y guerritas en las que participé. Tengo un loro palencano que ciertamente habla mucho pero la mayor parte del tiempo se la pasa gritando y me pone de malas. También tengo un caballo alazán tostado de gran alzada pero no lo puedo tener en esta casa. Mi casa es de teja y está a la orilla del cementerio a las afueras del pueblo. El caballo está en un rancho cerca de aquí. A cambio de tenerlo allá lo usan para arriar al ganado. Así que en realidad la única compañía que tengo es el loro. Los loros aquí siempre dicen lo mismo y todos se llaman Lorenzo. Tardó muchos años para decir buenos días y ahora siempre me lo dice aunque esté anocheciendo. Así que me levanto en la mañana y el loro me dice: buenos días don Pedro. Buenos días lorito, le digo. Después le doy de comer y salgo al patio a ver el amanecer. A esa hora recuerdo muchas cosas. Después me meto a la casa y desayuno un chocolate con agua caliente y un plátano con queso. La verdad es que ya no quiero regresar al ejército.

 

Algo inesperado ocurrió. Un militar retirado nos vino a visitar. Estaba yo con mi madre en la sala de la casa hacia el atardecer. El calor ya estaba bajando.

 

En una de esas guerritas ahí quedo y se acabó don Pedro Padilla. Como no tengo mucho qué hacer me la paso pensando. Pienso sobre todo en como agenciarme una mujer y cómo conseguir un poco de plata. Tal vez consiga un trabajo cuidando un rancho o tal vez trabaje como comisario de policía. Capaz y que pongo un alambique. Ninguna de esas perspectivas me entusiasma. Lo que sí creo es que la soledad me está sacando de mis casillas. El otro día soñé, o no sé si lo soñé, que Lorenzo me hablaba. No me decía las mismas palabras de siempre, las que yo le he enseñado, sino que hablaba y me daba consejos sobre cómo salir de pobre. Malos consejos. En la mañana lo fui a ver y noté que había estado perdiendo las plumas. Yo las recojo y las pongo en un florero. Pobre. La soledad también lo está matando. Veía al loro y me parecía que de un momento a otro iba a empezar a hablar como en el sueño. Mire usted don Pedro Padilla, capitán del glorioso ejército mexicano, héroe no de mil batallas pero por lo menos de dos, que ya es mucho, usted está pobre porque quiere. Hay que ser ingenioso y creativo. Usted lo único que hace es caminar por el cementerio, bañarse de vez en cuando en el patio con un balde de agua fría y caminar algunas tardes y noches a San Juan Bautista. Hay muchas cosas que hacer en la vida. Usted es galán e inteligente. Le pregunté al lorito: ¿Por qué me dices todo esto? Yo me aburro como usted y tengo afán de novedades.

El clarin

Aquí estoy puliendo mi clarín. Así me la paso todo el día desde que regreso de la secundaria a las dos de la tarde. Me gusta que el clarín brille a la clara luz del amanecer. Visto al clarín y lo desvisto. Lo pulo con jugo de limón y de naranja agria. Le paso la franela desde la boquilla hasta la abertura. Antes tocaba diana en la madrugada pero mucha gente se asustaba y los gallos del vecindario quiquiriqueaban y se armaba una gran bulla. Al clarín hay que tocarlo con maña y con cariño. A veces con fuerza y otras con suavidad. Hay que apretar los labios sobre la boquilla y soplar procurando que el aire no escape por los lados. Habemos seis que tocamos el clarín en la secundaria pero sólo yo le he tomado gusto. A mí me gusta todo del clarín: desde verlo brillar en el sol hasta sacarle toda clase de sonidos. Eso es lo que he descubierto del clarín y lo que más me gusta: que puedo sacarle toda clase de notas y toco en el clarín, suavecito, para que nadie me escuche. Toco la Cucaracha, la Adelita y las Mañanitas. Fui a tomar unas clases de música y me pusieron a solfear. La maestra me dijo que si me gustaba la música que mejor estudiara el clarinete. Tal vez después pero ahora lo único que me interesa es el clarín. No puedo tocar muchas piezas con él, lo reconozco, pero por ahora es lo único que tengo. El clarín no es mío. Me lo dieron en la secundaria para que toque en la banda de guerra de la escuela. Ahora lo que quiero es ser el primer clarín. Me gusta el sonido que hace el tambor cuando lo golpean los palillos de baqueta. También me gusta el retumbo del compás que hace para el paso redoblado pero siempre estoy pendiente del momento en que entra el clarín.

No sé por qué me gusta tanto el clarín. A los otros muchachos de la banda también les gusta pero no tanto como a mí. Será porque el clarín me hace compañía. Será por su sonido. Yo le hago compañía a mi mamá. Ella y yo vivimos juntos, los dos solitos, desde que murió mi padre cuando yo tenía seis años. Después de regresar de la secundaria y comer me siento en un butaquito al lado de mi madre, en la sala, mientras ella está bordando punto de cruz o hace ganchillo. Me cuenta de mi padre y de mis abuelos. A veces vamos a visitar a mi abuela que también es viuda. Mi madre me contaba –y me sigue contando- muchas historias. No sé si todas son ciertas pero a mí siempre ha gustado escucharla. Ella vive en el pasado. Yo nada más vivo en el presente. Pasado no tengo y futuro no sé si existe.

 

Don Pedro

A veces en la madrugada escuchaba yo un clarín que tocaba diana. Primero me sorprendió. Me acordé de mis tiempos del colegio militar y mis tiempos en campaña. Despertaba entonces tanteando hacia los lados para encontrar el quepís y la cuarenta y cinco reglamentaria. Después dejó de tocar a rebato en la madrugada y de asustar a la gente y a los gallos. Lo bueno es que se sabe que por aquí no hay puestos militares. Me han dicho que quien toca el clarín es un muchacho que va a la secundaria y es hijo de una viuda. Lo estuve pensando y decidí visitar al Clarín y a su madre.

Llegué a eso de las cinco de la tarde. Me asomé por la ventana y vi a la madre haciendo ganchillo y al chico puliendo al clarín. Había una pequeña aldaba en la puerta y la pulsé tres veces. La mujer la abrió sin preguntar. Tenía puesto un vestido de popelina floreado y desleído que le llegaba debajo de las rodillas casi hasta el calcañal. Hizo un gesto instintivo para arreglarse el pelo. El chico levantó la cabeza para ver quién era pero siguió abrillantando al clarín. La mujer me hizo pasar y me sentó en una silla de mimbre enfrente del butaquito del chico. La vi sorprendida por la visita.

Creo que al principio pensó que yo me interesaba en ella.

—Lo he visto pasar algunas tardes –dijo.

—Voy al peluquero –contesté algo incómodo.

Me sirvió un café negro en una taza de peltre. Le dije que era yo militar retirado y que estaba planeando un viaje. Un viaje importante. Tal vez regresara, quizás no. La noté un poco desilusionada pero a la vez intrigada.

—Entonces, ¿por qué nos viene a visitar?

No esperaba una pregunta tan directa. La miré a los ojos.

—Quiero que el chico me acompañe. El viaje es al puerto de Veracruz. Tomaremos el vapor hasta Frontera y de allí tomaremos un pailebot a Veracruz. Me gustaría que me hiciera compañía. Sólo viajo con un loro y a veces nos aburrimos los dos. Además al chico le hará bien conocer otros lugares. Después se podrá regresar muy tranquilo con algo de dinero. Lo he escogido a él porque toca el clarín. Siempre recuerdo el clarín del colegio militar. Si usted acepta, señora, partiríamos en dos o tres semanas. El Clarín levantó la cabeza y me miró.

—¿Le gusta a usted el clarín?

Contesté que no había mejor instrumento en el mundo. Asintió y dijo:

—No puedo llevar el clarín.

Me sentí desolado. Era lo último que esperaba. El resolvió el problema.

—Hay que comprar uno nuevo. Este es de la escuela secundaria. También hay que comprarle vestidura.

—Iremos juntos a comprar el nuevo clarín.

El chico miró a la madre. Ella apenas movió los labios.

—¿Quieres ir?

—Sí –dijo el chico-. Así viajaría en el vapor por el río y después vería el mar.

El muchacho giró la cabeza hacia mí.

—Después me recomendará usted para el colegio militar.

—Sí, claro –dije.

 

El Clarín

Algo inesperado ocurrió. Un militar retirado nos vino a visitar. Estaba yo con mi madre en la sala de la casa hacia el atardecer. El calor ya estaba bajando. Tenía ganas de salir atrás al patio a tomar el fresco y a tocar un poco el clarín ya que a mi mamá no le gusta que lo toque dentro de la casa, cuando tocaron la puerta. Mi mamá la abrió. A trasluz vi a un hombre de mediana estatura vestido de caqui. Mi madre lo hizo pasar. Se sentó en una silla delante de mí. Preferí ignorarlo. Seguí lustrando el clarín con el trapo de franela. De reojo vi que estaba sentado muy rectecito y tenía los bigotes negros y entorchados. ¿Qué es lo que quiere este hombre? Me pregunté.

Nada bueno ha de querer. Sentía a mi madre nerviosa. Me daba cuenta que ella tampoco sabía el motivo de la visita. Mi madre le dijo que ya lo había visto pasar. Todos sabíamos que se llamaba don Pedro Padilla y que era capitán retirado del ejército. Mi madre, para cortar un poco la tensión nerviosa, dijo que iba a traer café. Me quedé solo con el capitán Padilla. Yo seguía dándole brillo al clarín aunque ya no lo necesitara. El volteó la cabeza y examinó la habitación. Se puso de pie y miró el daguerrotipo de mi abuelo que colgaba de la pared. Ahí estaba mi abuelo de pie, con las piernas cruzadas, vestido con traje y chaleco de lino y apoyado en un bastón. Me fijé, no sé por qué, que mi abuelo también tenía los bigotes entorchados y respingados. El capitán lo vio y movió la cabeza hacia los lados.

—No ha de haber sido militar, un niño de su casa –dijo entre dientes.

El capitán calzaba botines lustrosos protegidos con polainas. Me dieron ganas de preguntarle si había estado en alguna batalla y si tenía alguna herida.

Regresó mi madre con el café. Vi que le puso bastante azúcar. Mi madre tomó el ganchillo y empezó a tejer. Yo no lo volteaba a ver. Se dirigió a mi madre y le dijo:

—Tal vez pronto salga de viaje a Veracruz. Quizás para establecerme allá.

Mi madre bajó los ojos. La oí preguntar:

—Me gustaría saber el motivo de su visita.

Don Pedro se remolineó el asiento.

—Quiero que su hijo, el Clarín, me acompañe. Lo quiero de compañía. Me gusta como toca el clarín. Me recuerda cuando era yo joven en el colegio militar. Le va a servir para conocer el mundo. Después de poco tiempo se podrá regresar.

—¿Cuánto tiempo? –preguntó mi madre asustada-. No quiero que pierda el año de escuela.

—No sé. Tal vez un mes. Quizá un poco más.

Por primera vez levanté la cabeza.

—¿Tengo que llevar el clarín? –pregunté.

—Es indispensable –contestó con rapidez.

Aquí hay gato encerrado pensé. El clarín no era mío. Si él quería que yo fuera con un clarín tendría que comprármelo. Era mi mejor oportunidad para hacerme de un instrumento propio. Pero yo quería saber por qué tenía yo que llevar el clarín si lo que él quería era nada más compañía. Tal vez le gustase tanto el sonido del clarín como a mí. Quizás a él también le gustase tocarlo. O podía ser otra cosa que yo no supiera. Tal vez era demasiado chico para saberlo o tal vez era otra cosa. Así que le pregunté si a él le gustaba el clarín. Me contestó que sí pero a mí no me convenció; entonces pensé que no sólo me quería llevar a mí como compañía sino porque yo tocaba el mentado clarín. Así que le miré y le dije tranquilamente que no podía llevar el clarín. Eso lo alteró mucho. Me di cuenta que sí era verdad que me quería llevar no sólo por la compañía sino porque yo era un Clarín. Pensé entonces que él me podía comprar un clarín nuevecito. Le dije:

—Este clarín que tengo es de la escuela secundaria federal. No lo puedo llevar. Hay que comprar uno nuevo y también su vestidura de lana.

Asintió con alivio. Así me di cuenta que quería llevarme para que en algún momento tocara yo el clarín. Cuándo y cómo no sabía. Lo que sí sabía es que iba a tener un clarín nuevo que además iba a ser mío. Si alguien le podía vender su alma al diablo por un clarín ese era yo. Así que cuando mi madre me interrogó con la mirada dije sí, sí voy. Después, aprovechando el viaje, y ya que él había hablado del colegio militar, le dije que ya que cumpliera los dieciséis años me recomendara para el colegio. Dijo que sí por compromiso. Mi madre se puso de pie y lo acompañó a la puerta. Me acerqué a ella y ella me tocó la cabeza y dijo que iba a pensarlo.

Aguatinta de Carlos Pellicer López.

Don Pedro

Hoy en la tarde salgo en el vapor Mariscal para el puerto de Frontera. Me llevo al loro y al Clarín. Si todo va bien arribaré a Frontera a las seis de la madrugada. Ya tengo todo preparado. En la cubierta de abajo irá el alazán tostado. Arriba, en un camarote, vamos a ir el Clarín, el loro y yo. En una maletita llevo mis cosas personales. Ahí llevo las botas federicas, el uniforme caqui de dril, el casco de corcho, el cinturón con cartucheras, la pistola reglamentaria con cacha de concha nácar. La pistola ya la probé disparando contra unas latas de avena Quaker. Con el alazán tostado llevo una silla de montar con manzana forrada de cuero y todo listo para cinchar el caballo.

No llevo más cosas porque no las voy a necesitar. Hablé con el capitán del vapor Mariscal y le prometí que le iba a pagar bien porque yo pensaba que todo iba a salir como yo pensaba. Le dije que atracara el vapor al muelle pero que no apagara la máquina y que no arriara los cabos hasta que yo regresara. Me trajeron el alazán del rancho y lo bañé, le cepillé la crin y le di de comer pastura fresca, avena y maíz. El animal estaba contento de verme. A eso de las cuatro de la tarde lo cinché y lo ensillé. Le puse frenos y la almártaga. Me fui al paso a recoger al Clarín. A la madre se le salían las lágrimas y besaba al chico. Él no decía nada. En la mano derecha traía el clarín ya vestido y en la otra un velicito viejo de cuero café. Lo subí en ancas. Nos fuimos despacio por las calles de atrás. Al loro lo llevaba en una jaulita de alambre a un lado. Llegamos al muelle poco antes de la cinco. Metimos al alazán abajo. Por suerte no llevaban ganado. Desensillé al alazán y le hablé con cariño. Después subí al camarote de dos literas con el loro y con el chico. El muchacho apretaba el clarín al pecho. El vapor pitó y soltó las amarras. Nos dirigimos a la proa. Vimos los edificios y casas que daban al playón y que se deslizaban con rapidez hacia atrás. El chico no había dicho palabra todo este tiempo. Le pedí que tocara diana. Me contestó que no era de madrugada pero se llevó la boquilla a los labios y escuché el tañido del metal. Vaya pues que tocaba bien el endiablado instrumento. Tocó después la marcha del paso redoblado. La noche cayó con rapidez. Nos fuimos al camarote. Le dije al chico que se subiera a la litera de arriba. Yo me acosté en la de abajo. Me sentía un poco nervioso porque por primera vez me di cabal cuenta que no sabía cómo iban a terminar las cosas. No me desvestí; sólo me quité los botines. Cerraba los ojos y repasaba en la mente cómo iba yo a hacer las cosas. En eso estaba cuando oí que el Clarín estaba sollozando. Era un gemido apenas audible. Acaso apagaba el llanto con la almohada. No quise que supiera que me había dado cuenta que lloraba. Salí del camarote. Me acosté en una silla de lona plegadiza. Como a las nueve de la noche me avisaron que fuéramos a cenar. En la popa del barco había una larga mesa en la que habían dos familias con sus hijos. Nos sirvieron café negro en unos potes de peltre, carne salada con frijol y unas galletas blancas de soda. El Clarín y yo comimos de mala gana. Le dije que cuando llegáramos a Frontera él iba a desembarcar primero. Iba a ir a la plaza y en la esquina que da al sur iba a tocar diana dos veces. Después iba a caminar dos cuadras al norte y dar la diana otras dos veces. Al final iba a caminar dos cuadras al sur y echar la clarinada otras dos veces. Se me quedó viendo y preguntó por qué. No contesté. Después le dije que tocara con la mayor potencia de que era capaz. El se regresó al camarote y yo me dirigí a la proa. Me acodé sobre el pretil y pensé: por este río navegó Hernán Cortés, Francisco Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva, la Malinche, los temidos piratas ingleses y don Pedro Padilla.

 

El Clarín

Después que me comprometí del viaje con don Pedro Padilla mi madre estaba muy callada. Cuando regresaba de la secundaria la encontraba con los ojos llorosos. Yo no decía nada porque casi nunca digo nada. Ya no podía decir que no porque ya tenía mi clarín nuevo con todo y vestidura. Era un poco más pequeño que el de la secundaria pero era más suave y tenía mejor sonido. Rápido le pude sacar los sonidos que yo quería. El capitán Padilla también me compró un quepís y un uniforme de dril caqui y unos botines café. Cuando me llevó el uniforme hizo que me lo midiera y caminara delante de él. Después ya vestido con el uniforme me pidió que tocara diana.

—Usted es un Clarín de órdenes. Sí señor. Va a tener la oportunidad de tocar a rebato. Pronto, espero.

—Capaz que sí –contesté.

El día del viaje pasó a buscarme montado en el alazán. Mi madre había estado rezando todo el día. Ella es devota de San Miguel Arcángel. Me hizo hincarme junto a ella y rezarle a San Miguel. San Miguel Arcángel defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra las asechanzas y perversidades del demonio, que Dios manifieste su poder a tu súplica y tú príncipe de las milicias celestiales arroja al infierno a Satanás y a todos los espíritus malignos que vagan por el mundo por la perdición de las almas.

Yo no me imaginaba cuántos espíritus malignos vagaban por el mundo. Eran vagamundos. Lo que sí pensé es que San Miguel era el único que había acogotado al diablo. Lo vi en la cuartilla de San Miguel cuando él lo tiene en el suelo con el pie puesto en el pecho y la espada en la cabeza.

El alazán era inmenso. Me monté en ancas. Fuimos al trote hasta el muelle. En la cubierta de abajo arrendó al caballo a unas argollas. Por la manera cómo le hablaba me di cuenta que lo quería mucho. Subimos al camarote. Al loro lo tapó con un trapo negro. De todas maneras el loro estaba tan asustado que no hablaba ni gritaba. Iba tan asustado como yo. El camarote tenía dos literas. En la de arriba me encaramé yo. En la de abajo se acostó él. Sentía húmeda la almohada y las sábanas. Me sentí muy solo y muy triste. Me engurruñé alrededor del clarín. Era lo único que tenía. Quién sabe si algún día iba yo a ver de nuevo a mi madre. Me dijo que fuéramos a la proa. Afuera todo era oscuridad. Sentía como la proa cortaba la brisa de la noche. Sentía la cabeza vacía. No tenía ya ningún pensamiento ni tampoco sentía nada. Don Pedro me dijo que tocara diana. Contesté que sólo se tocaba diana en las mañanas. La toqué lo mejor que pude. Después, sin que él me lo pidiera toqué la marcha del paso redoblado. Íbamos al redoble hacia quién sabe dónde.

Al rato fuimos a la popa a cenar. La carne estaba salada pero el café y las galletas estaban buenas. Me dijo que apenas llegáramos a Frontera saliera del barco y que llevara el quepís y el clarín envueltos en papel periódico; que fuera a la plaza me pusiera el quepís y que tocara dos veces el clarín; después que me fuera dos cuadras al norte y repitiera la clarinada y lo mismo dos cuadras al sur. Después que regresara al vapor lo más rápido que pudiera y que lo más seguro es que él ya iba a estar ahí y si no que lo esperara que a buen recaudo llegaría luego. Eso dijo. Yo me regresé al camarote y el se fue caminando a la proa del barco. Me acosté abrazado al clarín. Ni ganas tenía de rezarle a San Miguel Arcángel aunque me acordaba de mi madre. Seguía con las mejillas húmedas pero algo me decía que el capitán retirado don Pedro Padilla era un hombre raro o le faltaba una chaveta. Lo peor es que yo viajaba con él y para colmo formaba parte de sus planes. Mejor estaban en San Juan Bautista oyendo las historias de mi madre y sacando raíz cuadrada y aprendiendo el versito aquél de la moza tan fermosa non vi en la frontera como una vaquera de la Finojosa.

 

El día del viaje pasó a buscarme montado en el alazán. Mi madre había estado rezando todo el día. Ella es devota de San Miguel Arcángel. Me hizo hincarme junto a ella y rezarle a San Miguel.

 

Don Pedro

A las cuatro y media de la madrugada cuando todavía estaba oscuro y después de una mala noche me puse el uniforme caqui, el cinturón con cartucheras, me calcé las botas federicas y me puse el casco de corcho. Me hubiera gustado verme en un espejo pero no había tiempo de eso. Bajé a la cubierta inferior, cinché al alazán y lo ensillé. Después desperté al chico que se había dormido con el uniforme puesto. Le dije que saliera con mucha discreción apenas el barco atracara al muelle de madera y que hiciera lo que habíamos convenido. Poco antes de atracar vi el edificio aduanal que se había construido en tiempos de don Benito Juárez y tuve ganas de persignarme aunque no lo hice. Comprobé la hora en el reloj de bolsillo. Faltaban diez minutos para las seis de la mañana. En el muelle estaban unos cuantos cargadores y estibadores y pocas personas esperando al vapor. Apenas atracó el barco desembarcó el Clarín. Como era un chico nadie se fijo en él.

Cuando oí las primeras notas de la diana me monté en el alazán y lo saqué con brusquedad del barco. Los cascos herrados retumbaron en el muelle de madera. La gente se hizo a un lado, asustada. Saqué la cuarenta y cinco reglamentaria y disparé dos veces al aire. Los disparos resonaron en el aire claro de la mañana. El Clarín emitió la segunda diana. Grité:

—Ya están preparadas mis tropas para tomar el puerto de Frontera. Viva don Pedro Padilla. Nadie oponga resistencia. Ya se oyen los clarines de mis tropas.

A uno que andaba con una carretilla de mano le ordené que me siguiera. Al trote crucé la plaza seguido de varias personas que me vitoreaban. Cuando llegué al edificio del ayuntamiento escuché de nuevo el clarín. Un policía medio adormilado se me cuadró a la entrada. Quítese cabrón inútil le dije. Le quité un máuser viejo de las manos que de todas maneras no servía para nada y me apersoné donde estaban las armas.

Tomé cerca de treinta rifles, diez pistolas, varias cananas, cartuchos calibre 38 y 45 y balas 30/30. Tomé varias sillas de montar, encontré un centenar de pesos de plata. Ordené al de la carretilla que cargara con todo y lo llevara presto al vapor Mariscal y yo me embuchaqué los pesos de plata. Regresé al trote vigilando más que nada al de la carretilla. La gente me miraba entre admirada y confundida. A mitad de la plaza retiemblé de nuevo la tierra con dos disparos de la cuarenta y cinco.

—Viva el capitán don Pedro Padilla –grité.

Algunos, de los que van al mercado temprano porque los mandan las mujeres, corearon: ¡Viva!

Iba yo llegando ya al muelle cuando escuché de nuevo la diana.

—Ya están llegando más de mis tropas –grité.

Un viejito dijo:

—Cuánta tropa tiene este capitán.

Llegué al vapor y metí rápido todas las armas. Metí al alazán al barco y lo arrendé a la argolla. Estaba a punto de decirle al capitán que soltara los cabos cuando me di cuenta que el Clarín no había llegado. Pensé por un momento en dejarlo en tierra pero luego me vino el remordimiento que sin él no hubiera logrado nada. Saqué mi cuarenta y cinco y disparé al aire otros tiros que sonaron como cañonazos. A los pocos minutos llegó el Clarín con la corneta pegada al pecho. Traía el quepís ladeado. De un brinco subió a la cubierta. El capitán soltó amarres y el vapor se deslizó a la bocana del río. El Clarín se quedó mirando el caballo ensillado y al montón de armas sobre el piso. Preguntó:

—¿Cómo llegaron estas cosas aquí?

Contesté: fueron las tropas de don Pedro Padilla.

Miré el reloj de bolsillo: eran las 6:30 de la mañana. Me eché a reír. El Clarín dijo: ahora si voy a conocer el mar.

 

El Clarín

Querida mamá: Te escribo desde el puerto de Veracruz. De Frontera a aquí hicimos veinticuatro horas. No atracamos en el muelle principal de Veracruz sino en otro cerca de Boca del Río. Vinieron unos hombres y se llevaron las armas. Después nos fuimos al hotel Diligencias. Desde aquí te escribo.

No estoy muy seguro de lo que pasó en el puerto de Frontera pero de todas maneras te lo escribo. No quiero que lo comentes con nadie. Pasé mala noche en el vapor Mariscal. En el camarote me di cuenta que Don Pedro Padilla estaba loco. Tenía miedo y además estaba muy triste. Don Pedro me dijo que me bajara del vapor apenas llegáramos a Frontera y que sacara el clarín envuelto en papel periódico. Después tocara diana dos veces en la plaza del puerto y que luego caminara dos cuadras al norte y repitiera el clarinazo y dos cuadras al sur y de nuevo lo mismo. Cuando llegué a la plaza estaba clareando. Me puse el quepís y la diana me salió fuerte y sonora. No había casi nadie en la plaza pero los gallos se alborotaron.

Después oí los repiques de la campana de la iglesia. Me di cuenta que eran las seis de la mañana. Las campanadas me asustaron. Era como si yo hubiera tocado diana y las campanas me hubieran contestado. Después caminé al norte del pueblo por unas calles arenosas y volví a pitar diana. Después caminé rapidito al sur y las notas de la diana salieron cantarinas. Después regresé al muelle. Iba todo sudado y acezante. Encontré a don Pedro Padilla sudado y nervioso. Antes de llegar oí dos pistoletazos. El muelle estaba casi vacío excepto por unos cuantos estibadores que nomás estaban ahí parados. Después el vapor se soltó del atracadero y agarró rumbo a la bocana. Le pregunté a don Pedro Padilla que de dónde había salido todo el armamento que estaba regado sobre el piso. Me contestó que las habían tomado las tropas de don Pedro Padilla. Cuando llegamos a la bocana del río Grijalva dije que al fin iba a conocer la mar océano y más que vas a conocer me contestó don Pedro.

Aquí en Veracruz vivimos como príncipes. A veces don Pedro Padilla tira morralla al suelo para que la recojan los pordioseros. A mí me compró un clarinete y dice que se va a casar pronto y si quiero me puedo quedar a vivir con él pero yo le contesto que me dé unos pesos de plata y que agarro rumbo a San Juan Bautista pero no voy a desembarcar en el puerto de Frontera.

 

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Un cuento fantástico

  1. Jose Luis Mendizábal Montes

    Como siempre la narración de Bruno Estañol es sencilla y a la vez compleja ; narrativa que engancha al lector desde los primeros renglones. El relato que se repite, pero desde los diferentes personajes es un recurso muy atractivo y nos dice de alguna forma las diferentes maneras de ver la realidad donde muchas veces se altera esta por sus personajes o en momentos congenia, sin ser por esto crédito de la realidad.

    El ambiente de la región que conoce desde su infancia, retrata ese México que que tiene su propio “mare nostrum” del golfo y el mar caribe de los países latinoamericanos que se vinculó con el primer mare nostrum mediterráneo de los tres continentes que lo rodean con sus diferentes nacionalidades, razas, lenguas, cultura grecolatina y filosofía judeocristiana y los nativos de las diferentes regiones de América que abarca desde la Florida hasta las Guyanas.

    Los personajes del cuento son sencillos, simples, antihéroes y todos viviendo una vida monótona y aburrida que es el autor de este cuento a lo que más le tiene miedo y le aterra. La madre del Clarín así lo comprende y apoya a su hijo en la aventura y así se anima también saliendo de su letargo el exmilitar Don Pedro protagonista de la obra.
    Salir de este aburrimiento solo con la creatividad de lo improbable, lo difícil de concebir que hacen el final un bálsamo y antídoto a una mediocre existencia.
    Excelente cuento digno de perdurar en cualquier cultura por su universalidad desde una simple localidad que pude ser cualquier región de América.

    José Luis Mendizábal Montes.

    • Luis Acopa

      Apreciable José Luis Mendizábal Montes, coincido con usted y le agradezco éste análisis tan elocuente del más grande narrador tabasqueño del siglo XX. Nuestra página está abierta también para difundir estos trabajos, cuando guste cuente con el espacio. Saludos.

      • Jose Luis Mendizábal Montes

        Maestro Luis Acopa :
        Ya lo tomé en cuenta y envíe un cuento de mi autoría así como la posibilidad de que usted elija sobre sugerencias de otros cuentos de autores nacionales o extranjeros que pueden ser, si así usted lo cree según su concepción de revista, ser elegidos y ocupar estos espacios que se nos ofrecen.
        Agradezco de antemano esta oportunidad.
        Felicidades.

        José Luis Mendizábal Montes

  2. Carlos Pellicer lópez

    Ahora que termino de leer , me doy cuenta de la gran falta que me hacía un cuento de Bruno. Tengo la impresión de haberlo escuchado en su voz, en una tarde tibia en un corredor de alguna casona en Tabasco. No solo escuché la historia, sino que me parece haberla visto delante de mi.
    Es la prosa magistral de Bruno.
    Gracias siempre.
    Y un gran abrazo .

    • Luis Acopa

      Admirado Maestro Carlos Pellicer López, le agradezco la gentileza de sus palabras y me disculpo por el atrevimiento de incluir su trabajo para ilustrar el cuento, pero a medida que leía la historia, su aguatinta, me pareció que podía ilustrar ese nostalgia del personaje central en “su toma”; espero poder contar algún día con alguno de sus trabajos para poder difundirlo en esta página. Le mando un abrazo desde el aguaje pelliceriano.

  3. Guillermo Punzo

    Extraordinaria narrativa, precisa, imaginativa y capaz de transportarte al momento y lugar donde se produce este cuento. Queda la breve sensación de querer continuar la historia.
    Honor al maestro tabasqueño, Dr. Bruño Estañol Vidal.

    • Luis Acopa

      Gracias don Guillermo Punzo por darse el tiempo de leer éste gran cuento. Saludos!!!

  4. Ildefonso Rodriguez Leyva

    Leer al Dr. Bruno Estañol Vidal es como sentarse en una sala cinematográfica a ver una película en tercera dimensión, en donde cada personaje cuenta una perpectiva diferente de la misma historia y el lector se queda con la que imaginó de acuerdo a la narrativa de cada actor. La belleza de la historia aquí presentada es la que presenta el autor y obliga al lector a imaginarla, verla, olerla, palparla, degustarla, al oir el clarinete, al sentir el viento en la proa.
    Que maravilla que un personaje logra conquistar sin lastimar, alcanza sus sueños con solo planear y vence en una guerra en donde solo se escuchan las balas al aire y el clarinete que anuncia las tropas que no llegarán y un triunfo final.
    Gracias a los escritores que como Bruno, nos ponen en la perpectiva que logra que el cerebro recree la escena que ellos nos invitan a soñar.
    Ildefonso Rodriguez Leyva

    • Luis Acopa

      Gracias don Idelfonso Rodriguez por tomarse el tiempo de leer estén Cuento.

  5. Jorge Torres P

    Que buen cuento Dr. Recuerdo una pareja en Paraíso, acostumbraban tomar juntos. Don Waldo y doña Chila (Isidra). Tenían un loro en su patio de nombre Lorenzo, como el de su cuento, pero a éste le decían Lencho. Doña Chila siempre se emborrachaba y llega a vomitar al patio y el loro la veía, de tal modo que cuando llegaba aunque no estuviera borracha, el loro la imitaba, queriéndose burlar de ella, se arqueaba como queriendo vomitar, y doña Chila se encabronaba y le decia “loro shoto” no vengo peda.
    Los loros son muy chistosos Dr.,ya ve el del Dr. Juvenal Urbino que hablaba latin y cuando lo quiso presumir con el presidente que lo visito, nunca quiso hablar.
    Siga escribiendo cuentos Dr.

  6. David Esqueda Vázquez

    Gracias a todos quienes intervienen en este episodio de nuestras vidas, comenzando por el Dr. José Luis Mendizabal quien nos comparte periódicamente información valiosa y ahora este cuento con lo cual descubro que es el género que disfruto como cuando era niño medio siglo atrás y escuchaba radionovelas, y podía recrear con mis propias imágenes a los personajes y los escenarios como sucedió con este cuento en línea.
    Mi gratitud también para los señores que hicieron comentarios a este respecto y con quienes me encantaría seguir coincidiendo cuando nos compartan otros cuentos en línea.
    Un abrazo!

    • Luis Acopa

      Gracias don David Esqueda por tomarse el tiempo para visitar esta página y leer el cuento del Maestro Bruno Estañol.

  7. Jacqueline Beuchot

    Durante la lectura de este cuento reconocí las dos voces de dos de sus cuentos anteriores de “El fin del mundo ya pasó”, donde mezcla la voz y la mirada de un adolescente y las de un adulto narrando un mismo hecho; quizás como un espejo o como una sombra.
    Encuentro también varios elementos que pueden parecer contrarios, pero que finalmente son complementarios y hasta necesarios, pues en la vida no hay solamente blancos o negros, sino dualidades y muchos tonos de grises.
    Los protagonistas, Don Pedro, un adulto militar con mucho pasado y un presente aburrido y Clarín, un jovencito estudiante con ningún pasado y un futuro que no sabe si existe, viven ambos su presente con una gran rutina, tedio, soledad y aburrimiento acompañados de un loro y de un clarín. Este loro, que bien puede ser un mensajero en sueños de los dioses y este clarín, que anuncia o llama a la acción o a la batalla son los disparadores y elementos esenciales para el viaje hacia la “toma de Frontera” .
    Esta toma de frontera, real y simbólica en su nombre y en su significado resultó en ganarle la batalla al tedio, al aburrimiento y a la falta de sentido en las vidas de estos dos personajes. Fue salir del limbo, atreverse por tierra y por mar a cambiar su destino cruzando esa fina línea o frontera que divide el vivir en el pasado y el vivir anhelando un futuro incierto, que sólo se puede lograr viviendo plenamente el presente, pero como bien dijo Lorenzo, siempre “con afán de novedades” .
    Gracias Dr. Bruno Estañol por regalarnos este cuento. Lo disfruté mucho.

    • Luis Acopa

      Gracias Jacqueline Beuchot, por tomarse el tiempo de visitar este espacio y regalarse el placer de leer al Maestro Bruno Estañol.

  8. José Manuel Tamez

    Como siempre, Bruno Estañol nos presenta un cuadro imaginativo y lleno de sugerencias, que además nos remite a la memoria de nuestro pueblo. Su historia y su forma de narrarla demuestran la maestría que ha llegado a alcanzar en la narrativa.
    Y felicidades a ti, Luis, por seguirnos brindando esta oportunidad. Nos leeremos en la próxima entrega. Saludos.

  9. Bertha Garibay

    Con su amena narrativa el Dr Estañol , con el talento que Dios le dió, nos hace sentir parte de ese entorno que nos describe , como si lo estuviéramos viendo . La palabra escrita de dotados como él , hace que la mayoría de las versiones cinematográficas no le lleguen ni a los talones de las versiones literarias .

    • Luis Acopa

      Gracias Bertha Garibay por visitar este espacio, concuerdo con su opinión. Saludos.

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