Luis Acopa

El ánimo creativo es inherente a quien tiene la capacidad de ver el mundo como una apuesta para propiciar alternativas diversas, sean estas motivadas desde el propio ser o encuentren ecos institucionales. Así fue como, a finales de la década de los 90 me encontré con un Teodosio García Ruiz ya ciego, pero capaz de ver más que sus contemporáneos.

En los primeros años del milenio y recién estrenado el Centro Cultural Villahermosa su apropiación fue inmediata, como también lo fue después la deserción motivada por los reglamentos no escritos que prohibían hasta el acceso a los baños al público en general: “si no había evento, no había derecho a usarlos”. Antes de eso, en ese espacio, charle con Teo quien estaba muy emocionado por la pronta publicación de la plaqueta o libro que celebraría por vez primera en Tabasco el Día Mundial de la Poesía. 

El proyecto había nacido desde su quehacer laboral en la CONALMEX-UNESCO, donde la declaratoria de 1999 sobre la conmemoración del día, fue recibida con entusiasmo por el poeta que en la sede de esa institución, ubicada en la zona cultural CICOM, daba talleres, propiciaba encuentros y motivaba a quien tuviera ganas de hacerse motivar para emprender trabajos creativos, con o sin ayuda institucionales -eso se busca luego- siempre decía y “si no lo quieren hacer. Pues que no lo hagan. Nosotros lo hacemos”. No escatimaba en esfuerzos ni en el aporte solidario que se necesita para proyectos culturales desde la bolsa propia. 

Un sábado de febrero me tocó ver como Teo le entregaba al maestro Rogelio Urristi las caricaturas del proyecto en un folder crema. Para entonces ya se habían digitalizado de igual manera las obras del otro gran caricaturista José Ramírez Reyes, conocido como “El jaguar”, encomienda que realizó Ricardo Torres, “Kopete”, compañero de trabajo y cómplice editorial del vate. Teo, el Kopete y otros muchos amigos, imaginaban, diseñaban, editaban y se repartían tareas al tiempo que compartían el entusiasmo, la cerveza y el cigarro en la legendaria casa de Rosales, pero esa es otra historia que hoy no contaré. 

El impulso de realizar trabajos creativos al margen de las instituciones surgió como una respuesta natural a los paralelismos de un enfoque centralizado del quehacer cultural, respuesta que históricamente en Tabasco se ha realizado desde diversas épocas (el grupo de Los bohemios no obedecía a un ejercicio institucional, sólo por mencionar). En aquel entonces quienes impulsaban estos trabajos se hacían llamar la “perrada”. Aunque no siempre coincidían entre ellos, incluso teniendo “nivelitos” entre sí. Ya para el nuevo milenio, esa confluencia se disipo y vinieron los esfuerzos individuales sectorizados, en lo que respecta a lo literario independiente, Teo llevaba la batuta.

Así fue como Cartonistas de Indias; y poetas irrumpió como una sencilla plaqueta o libro que homenajeaba el trabajo poético, estimulando la creación de la iconografía de autores a través del dibujo y reunía las dos búsquedas del poeta que fue Teodosio García Ruiz: la poesía y la ciudad. Las gestiones alcanzaron para que se auspiciara la impresión.

En este breve trabajo se incluyen versos de poetas del siglo XX y se excluye a propósito algunas voces poéticas, ya sea porque tenían mayores recursos de difusión de su quehacer o por el simple hecho de que la decisión era totalmente arbitraria, como toda buena antología, con el gusto del antologador. Quien siempre quiso romper la triada oficial, estableciendo a sus hermanos mayores poéticamente, que aún hoy siguen en la periferia. 

La plaqueta abre con los versos de un Gerardo Rivera que describe el pasar de un constante río de mano líquida que nos atestiguan. Siguiendo por las descripciones del emblemático Parque Juárez y su “hospedería de pájaros” de Manuel R. Mora. El deshoje experimental del verso que nos piensa de Mario De Lille. La nostalgia romancera de José María Gurría Urgell. Para después seguir con la irrupción de una poesía en prosa que trata de evocar la fundacionalidad de una ciudad y sus habitantes de Teodosio García Ruiz. 

La pulcritud del verso de Alicia Delaval. El canto nostálgico que nos habla de un pasado mejor inexistente de Andrés Calcaneo Díaz. Para continuar con la descripción nocturna de Carmen de Mora y las aliteraciones de Ciprián Cabrera Jasso. Mientras la vida en la ciudad sigue y puede ser la nuestra o otra ciudad cualquiera que se observa desde la ventana como canta Dionicio Morales o en la que “el sol mira a otra parte” de Francisco Javier Payró. 

Las ciudades son también las rutinas que versifica Francisco Magaña. El sincretismo de Francisco Murillo. El comienzo y el fin, las dos caras de la misma moneda, de Freddy Domínguez Nárez. O el fluir sin percatarse del cómo pasa el tiempo de Héctor de Paz que contrasta la constancia de haber pasado por un lugar dejando rastros de nuestra presencia de Jeremías Marquines y los azarosos vaivenes de la vida que en versos se leen de José Carlos Becerra y José Gorostiza. 

La plaqueta abre con los versos de un Gerardo Rivera que describe el pasar de un constante río de mano líquida que nos atestiguan. Siguiendo por las descripciones del emblemático Parque Juárez y su “hospedería de pájaros” de Manuel R. Mora. El deshoje experimental del verso que nos piensa de Mario De Lille. La nostalgia romancera de José María Gurría Urgell. Para después seguir con la irrupción de una poesía en prosa que trata de evocar la fundacionalidad de una ciudad y sus habitantes de Teodosio García Ruiz. 

La ciudad también son sus habitantes como lo sugiere Manuel Martínez Caraveo. “Las primaveras soñando con otoños” de Marco Antonio Acosta. El apocalipsis del terruño de Miguel Ángel Ruiz Magdónel. La frustración de lo que se pierde de Ramón Galguera Noverola. Los versos métricos de José María Bastar Sasso. EL sonido de la muerte de Tomás Díaz Barttlet y la pubertad presencia urbana que nos “adolescenta” de Juan de Jesús López.

El trabajo es breve pero digno de ser evocado a 20 años de su realización y 19 de su impresión. No recuerdo con exactitud, pero creo que se expusieron las caricaturas y se presento la plaqueta o libro en el recinto cultural que era el único que abría los fines de semana, no sé si hubo fotos, porque como diría mi abuela (cuando no tenía herramientas verbales para explicarnos la carencia) “no se acostumbraba en esa época”, pero seguro estoy de que hubo tamales de chipilín que cocinó la mamá de Teo. 

Sirva pues estos apuntes de memoria para recordar esos esfuerzos que nos han dado poesía y que seguirán siendo parte de lo que también es nuestra ciudad.

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