El reloj

Teutila Correa Zapata

La primera cuentistas tabasqueña nos atrapa con una narración de corte realista, donde el continuo fluir del tiempo es el tema central de esta narración.  

Vivimos tanto tiempo uno frente al otro, que cualquiera diría que somos buenos amigos.

¿Podrá ser cierto? Yo…, ni lo niego, ni lo afirmo porque a veces he creído que te quiero con todo mi corazón y a veces he pensado que te aborrezco con toda mi alma.

Puede ser que te tenga algún cariño; se ama hasta las piedras que vemos continuamente; además, nosotros los humanos imitamos algunas veces la nobleza del perro, que olvidando las ofensas, sólo tiene en cuenta los mendrugos recibidos.

Puede ser que te odie como se odia a los tiranos, porque tú, con esas manecillas implacables que vas pasando continuamente sobre tu faz impasible, no eres más que un tirano. ¡El tirano de los tiempos!

Y esto lo digo porque en alguna ocasión, he querido besarte, sí, darte un beso cariñoso en esa tu circular frialdad, de la que ni siquiera hacer alarde o que mis miradas tuvieran el poder del rayo para fulminarte, para hacerte trizas.

Este deseo de acabar contigo ha sido consecuencia natural del caso que has hecho de mis ruegos y mis súplicas, pues cuando he querido que vayas más aprisa, que tus manos se contagien con mi anhelo, que tu péndulo se mueva siguiendo los presurosos latidos de mi corazón, parece que te ríes con desprecio, que te burlas de mis ansias; te paras, te quedas quieto, con las manos cruzadas como si estuvieras muerto. ¡Témpano de hielo!

Cuando te he rogado que suspendas ese terrible tic tac, que ya no avances ni un minuto más porque voy a morirme de dolor si das la hora, oigo tu campana fatídica, como si quisieras con cada campanazo dar un golpe mortal a mi felicidad… ¡No tienes entrañas! Confieso que no siempre me has inspirado estos sentimientos tan contrarios, que no siempre he querido besarte o hacerte trizas. Porque hubo un tiempo en que me fuiste completamente indiferente. Correr, jugar, pelear con mis hermanos, vestir mi muñeca… ¿Qué podría   importarme   que   tú   corrieras como un desesperado o te quedaras parado como un idiota?

Mas después…, puede ser que te acuerdes: en la noche iba a haber un baile…, en la noche y tú no pasabas de las tres de la tarde, ¡qué impaciencia!

El traje listo, las flores, aunque de trapo, bien perfumadas, los zapatos, ¡qué preciosos! La vanidad los veía pequeñitos, como para el lindo pie de cenicienta; un pañuelo, un abanico de encaje de esos que no soplan nada absolutamente, pero que sirven muy bien para reírse tras ellos.

Y…, lo mejor; eso sí que era lo mejor: el carnet con el orden del baile, y casi todas las piezas apuntadas para él. Y, a que tú ya no te acuerdas quién era él. Pues, él era el de siempre, el único, el que siempre fue él.

Pero qué cachaza la tuya, no dabas ni las cinco de la tarde. A fuerza de esperar, llegó la noche, más no sonabas la hora de partir, y fue necesario estarse dando paseos y paseos, porque ¿quién se sienta con un traje de baile tan vaporoso para que se aje? Bien mirado también pasearse podría ser muy peligroso: las lindas zapatillas de cenicienta se estropearían con tanto ir y venir…

Había pues que estarse parada frente al espejo; pero lo malo era que el polvo se estaba acabando ya, claro, a fuerza de estárselo poniendo, en espera de que tú te dignaras a dar las ocho de la noche. ¡Cuántos perjuicios puede causar con su cachaza un reloj de provincia!

Y luego que con tanta lentitud habías llegado a las benditas ocho de la noche, apenas comenzaba el baile, te echabas a correr como un insensato, y en un momento dabas las nueve, las diez, y hasta creo que saltabas algunas horas, para llegar más pronto a la del final del baile.

Naturalmente que al oír tus campanazos me indignaba pensando en tu poca consideración para los corazones enamorados. Esta falta de consideración, fue por mucho tiempo causa de que te odiara. Dime si no tenía yo razón. Claro está: sabías muy bien la hora en que llegaría cierta visita, y de propósito, así ha de haber sido, de propósito ibas despacito, despacito, no caminabas casi nada, pues cada vez que me asomaba a verte, lo más que habías adelantado era un minuto…, a lo más dos. ¡Tenía razón sobrada para aborrecerte!

Una mañana…, sí, ¿por qué no te lo he de contar? Una mañana tuve impulsos vivísimos de besarte, de tirarte un beso volado, cuando menos. Figúrate, juntas sonaron tu campana y la campana de la iglesia que llamaba a la misa nupcial. ¿Habrá podido sonar en alguna otra ocasión, tan alegre y tan sonora tu espléndida campana? Creo que no.

Al regresar del templo no habían pájaros ni flores por el camino, pero puedo jurar que oí sus cantos, y sentí su aroma… Alcé la vista para verte, y te encontré como yo   me sentía: ¡resplandeciente de felicidad! Y, aún creí que bondadosamente me decías:

-Haré tus horas muy felices, muy felices- Y desde entonces te di otra clase de importancia en el curso de mi vida, como que en una casa bien ordenada, todo tiene que marchar de acuerdo con el reloj.

¡Las doce! Hay que tenerlo todo listo: el mantel muy blanco, la servilleta muy limpia; las flores así: más cerca de su plato que del mío, ¡le gustan tanto! A las doce llega él; el del carnet, claro está, el que se apuntaba todas las piezas…, ¡qué risa!… ¿Sobrará un ratito para verse en el espejo? Por supuesto, hay tiempo para todo; bueno, un poquito de polvo, otro de perfume, el peinado está bien; ¡cómo brilla el anillo de boda al pasarse la mano así sobre la frente! ¿Faltará algo en la mesa? Es preciso verlo; no es una mesa muy espléndida por cierto; hay que confesarlo; ¿pero qué importa si el primer platillo será un beso apasionado?

Ah, sí, cielo santo, han dado las siete de la noche; el niño necesita tomar su leche, ¡Un niño! ¡Pero qué hermoso es! Han dicho que es muy feo; imposible, es mi hijo, tiene los ojos lindísimos; la verdad, casi no los he visto, porque siempre los tiene cerraditos; pero los tiene así, lindísimos; además, a mí me parece que para tener sólo ocho días, es muy inteligente: ¡llora que da gusto oírlo!

¿Cuánto tiempo ha pasado? Qué bueno que no lo he advertido. Así pasan los tiempos felices, sin sentir.

¡Las ocho de la mañana! ¡Niños, niños, a la escuela! Aquí están los libros; en la canasta van las sedas y los dibujos; un besito, otro besito; adiós, adiós…

¡Las tres de la tarde! ¡Tan pronto! Ha llegado el profesor de piano. ¿Cómo va la lección? Perfectamente.

-Niña –dice el maestro–, da gusto enseñarle a usted, es muy aplicada; llegará un día en que me sienta orgulloso de haber sido su profesor. Con permiso de su mamá voy a besar esa manita tan hábil para el piano…

¿El piano? ¿Y cuándo fue la última vez que tocó el piano?

¿Qué hora tenía el reloj? ¿Por qué se acabaron para siempre aquellas lecciones cuyas notas parecían bajar del mismo cielo? ¿Por qué ya nunca volví a oírlas llegar hasta mi corazón haciéndome feliz? ¡Ah, reloj, reloj, con la misma indiferencia que marcas las horas de dicha, marcas también las horas de dolor!

Todo acabó; el mundo se cubrió de luto!

Y, luego…, el barco, el anchuroso mar; tempestades visibles en el cielo, y tormentas ocultas en el alma, playas extranjeras; las horas que pasaban diciendo su nombre en   un idioma extraño…, en el silencio de un alma entristecida.

Reloj, reloj de mi provincia, cuántas veces pensé en ti… Son horas no vividas, las horas señaladas por un reloj extraño…

Y, ahora, vuelvo a verte, mas con cierto rencor, te miro igual.

¿Por qué no te envejeces? ¿No te da tristeza pensar en tantos que ya no contarán tus horas, para esperar la dicha, ni aún para sumar un dolor a otro dolor? Estás igual: tan impasible como siempre, ni una arruga, ni una cana… ¡Y, es porque no sabes llorar, porque no tienes corazón!

Como tirano del tiempo no dejas que éste imprima sobre tu faz su huella destructora y con igual serenidad cruzas tus manos en todas las épocas de la vida humana.

La infancia con su nimbo de inocencia, la juventud con su aureola de esperanza, la ancianidad envuelta en sombras, no significan nada para tu eterna indiferencia.

¡Ah, reloj, reloj, serás eternamente el mismo porque no sabes llorar! ¡Tú, no tienes corazón!

Tomado de Correa de Carter, Teutila. Los tiempos felices. UJAT. 2013