El cuchillo

Ciprián Cabrera Jasso

Aquí tenemos un cuento con trama policíaca, que a través de la metaficción involucra a personajes reales de la tradición literaria tabasqueña. 

Para Malú Huacuja

 Hace algunos días visité a Efraín Gutiérrez y me dijo que tenía en su poder unas cartas que me quería mostrar. Es la correspondencia de dos grandes amigos que desaparecieron misteriosamente un día de un año que ya quejó muy atrás. Tan atrás, que el recuerdo se desdibuja en una neblina espesa y pesada. Cuando trato de recordarlos sólo me llega el bulto de cada uno de ellos y me es imposible fijar los detalles. Sus voces son un eco perdido: como los barcos que se van alejando en la inmensidad del mar hasta desintegrarse en el silencio. Realmente la memoria es injusta: sólo nos trae instantes de dolor y esconde entre cientos de pliegues los momentos de alegría. “Pero así es este asunto –me dijo ese gran amigo Andrés González Pagés, el que escribió el libro Los pájaros del viento-: uno vive y la vida se desvive”.

Uno vive y la vida se desvive.

Después de mucho platicar, me contó Efraín, entre aguardiente y aguardiente, que había encontrado la correspondencia entre los papeles que tenía guardados nuestro compañero Teodosio García Ruiz en su escritorio. “Llévatela y léela con calma; yo aún no me recupero de la impresión”, me dijo con un dejo de nostalgia y miedo. Tomé el paquete, lo palpé, y no voy a negar que sentí curiosidad por abrirlo y comenzar a leer, ya que el recuerdo sí me permitía llegar a ciertos misterios que ocurrieron en esa época: primero, la muerte de la esposa de Teodosio, y segundo, la desaparición de él y de Lácides, quien estaba investigando el caso. Antes de retirarme le dije a Efraín que me había gustado su libro Retratística de muertos. “Y qué curioso –añadí-: llevo entre mis manos otro retrato más, otro dibujo de la muerte”. Le dio risa y me dijo que dejara esas frases domingueras para después. Me recomendó, con una expresión irónica, que cuidara la correspondencia. Le dije adiós y él impregnó el aire con el olor maravilloso de la caña.

No me detuve en ningún sitio. Me fui directamente a mi casa y comencé a leer las cartas. Tengo, después de haber terminado la lectura, tres noches sin poder dormir tratando de entender ese homicidio tan misterioso y poco común. Aún no estoy conforme con los resultados a los que llegó Lácides: me parecen una verdadera locura, como si se los hubiera dictado un ser de otro mundo. Pero en fin: él sí sabía, o posiblemente sabe, de esos asuntos.

Es por esta duda que me ha entrado, que me atrevo a publicar las cartas de estos dos grandes desaparecidos, que de seguro aún siguen vagando por la tierra.

Yo soy amante voraz de la literatura y me cuesta trabajo pensar que… No, mejor no me adelanto a nada, prefiero que sean ustedes, estimados lectores y desde el momento investigadores privados, los que decidan si puede ser posible que… Bueno, veo que insisto en querer adelantarme, pero es que traigo un verdadero volcán en la cabeza y quiero quedar en paz lo antes posible. Así que vamos al grano, he aquí las cartas. Ninguna trae fecha.

 Lácides:

Es inútil que sigas buscando al culpable, estoy decidido a decirte que yo maté a mi esposa. Te lo digo así, de entrada. Después me entraría la cobardía y el temor y no podría decírtelo. Es preferible arrancar la venda de la herida de un solo jalón para que duela menos.

No soportaba la vida que llevábamos. Desde que amanecía eran gritos y gritos. De hace un tiempo para acá se la pasaba diciéndome que ya no quería que mi madre y mi hermano continuaran viviendo en la casa. Tú sabes que era imposible, no hay necesidad de explicarte.

Esa mañana escribí un poema y me sentía muy bien. Por fin, después de mucho tiempo de silencio, la poesía volvía a visitarme. Terminé de escribir con una sensación de ligereza maravillosa. No creo que valga la pena transcribirte el poema, pero sí te puedo decir que hablaba de basura, de amor imposible y de cuchillos. ¡Maldita sea, yo nunca hablo de ellos y ese día lo hice! Sé que te extrañas, que aún no te digo nada coherente, que le estoy dando vueltas al asunto, pero es que me siento aturdido porque nunca pensé que lo que había escrito me trajera problemas. Pero seré claro de nuevo: yo maté a mi esposa.

Fui yo el que la mató en el éxtasis de la poesía.

Ya no me importa dónde tenga que transcurrir mi futuro, ven por mí y decide mi vida, estoy en tus manos. Deja de buscar, no encontrarás al culpable fuera de mi casa. Fui yo el que la mató en el éxtasis de la poesía. La mataron mis palabras, uno de los cuchillos del poema se le clavó en el corazón. Créeme, te lo suplico, estoy desesperado.

No deseo que sea otra persona la que me quita la libertad. Ven pronto, te espero en casa.

Tu amigo Teo

oOo

Teodosio:

Recibí tu carta esta tarde. Veo que cada día estás peor, y me preocupa. Te voy a ser sincero: no creo lo de tu crimen. Voy a probarte que eres inocente, ya lo verás. Has cambiado por completo mi plan. Tiene días que busco al culpable de la muerte de tu mujer y ahora tengo que encontrar pruebas de tu inocencia. Te suplico salgas de tu casa lo menos posible. Voy a procurar ir a visitarte cuando sea necesario para no despertar sospechas en tu casa. Estoy seguro que allí está el asesino. Nadie pudo haber entrado esa mañana porque tú estabas despierto desde muy temprano, según me dijiste cuando platiqué contigo. Además conozco tu casa. Los tres perros que tienes (y que se ganan en carácter a tu difunta mujer) no hubieran permitido que entrara alguien por el patio, que es la posibilidad más factible de acceso. Así que entre las criadas, tu hermano y tu madre está el asesino de Estela. Disculpa que te excluya, pero mi labor es la de demostrarte, desde este momento, que eres inocente.

Lácides

oOo

 Lácides:

Sólo te escribo para decirte una y otra vez que yo soy el culpable. Déjate de juegos detectivescos y ven de una vez por todas por mí. Quiero que entiendas que me está llevando Judas. No quiero cometer una locura, ni quiero entregarme a otra persona. Te juro que Estela murió a causa de mi poema. La vi caer el mismo instante que se lo leía.

Ni una palabra más. Te espero.

Tu amigo Teo

oOo

Teodosio:

Está bien, no te preocupes, pronto iré por ti. Ahora quiero decirte que me dijo tu madre que el día de crimen te levantaste como a las cinco de la mañana (esto ya me lo habías dicho tú) y se tomaron un café juntos. Me contó que ella padece de insomnio. Estela estaba sola en su cuarto y tu hermano acababa de llegar y parece que dormía. Las criadas aún permanecían en su habitación y los perros no emitieron el menor ruido o ladrido. De pronto, es cierto, me dijo tu madre que te incorporaste de la silla muy excitado y fuiste por papel a tu estudio. Te veías fuera de ti y estabas nervioso. Todos tus amigos sabemos que esto te sucede cuando vas a escribir, y no es haya pasado por tu cabeza otra idea, la del crimen.

Recuerda que me dijiste que cuando terminaste de escribir llegó Estela y comenzó a hablar mal de tu madre y de tu hermano. Me contaste también que cada vez que tenía un mal sueño sucedía lo mismo: su humor llegaba a extremos casi bestiales y nada ni nadie la podía calmar. Me dijiste, textualmente, que le escupiste el poema en la cara y que en ese momento cayó muerta con un puñal clavado en el corazón. Tú no tenías ningún arma en la mano y la otra persona que estaba contigo era tu madre. Hay posibilidades de que la misma Estela se lo clavara para que toda la culpa recayera sobre ti. Pero no se pudo comprobar nada por no existir ninguna huella en el cuchillo. Parecía no haber sido tocado por nadie nunca. Esto nos dejó a todos perplejos. Claro que tú o tu madre lo pudieron limpiar antes de que nosotros llegáramos; pero te vuelvo a repetir que eres inocente. Y a pesar de todo es demasiado obvio. Pude haberte detenido en ese mismo instante; si no lo hice fue porque te conozco y sé que eres incapaz de hacer una cosa de tal envergadura. Supliqué a mis superiores que no intervinieran en el caso y que me dejaran a mí. Desde ese momento me hice responsable de ti y de todo lo que pueda ocurrir. Y ahora me dices que te detenga, que eres culpable… Boberías. No puedo aceptar tal declaración de alguien que no mata ni una mosca. Estoy decidido a demostrar tu inocencia, y lo voy a hacer aunque me cueste el trabajo.

Es mejor que continuemos comunicándonos por carta. Cuando sea necesario te buscaré. Por lo tanto, déjame investigar y te suplico me ayudes en esta labor. No vuelvas a decirme que eres culpable porque va en contra de toda lógica el encontrar al asesino al comienzo de una historia. Me metes en un lío al quitarme las posibilidades de demostrar mi astucia. Así que mejor no opines sobre el caso. Yo me encargo de todo. Ya verás que pronto tendré al culpable.

Lácides

oOo

Lácides:

Veo que eres muy terco. No vas a encontrar a ningún homicida si no me haces caso. Te juro que yo soy el asesino. Es cierto que no tenía un puñal en la mano, pero sí en el poema, y estoy seguro que fue uno de ellos el que se le clavó en el corazón a Estela. Te suplico me creas. La poesía puede ser capaz de todo: hasta de matar.

Deja de perder tu tiempo y ven por mí de una vez. No quiero entregarme ni que sea otra persona la que me quite la libertad. Esta maldita libertad que no me sirve de nada desde que soy culpable de un crimen. Mi madre dice que estoy loco, que yo no fui, que la culpable es ella por irse a meter a mi casa. Cree que fue ella la que mató a Estela inconscientemente, ya que cuando mi esposa empezó a hablar mal de ella y de mi hermano, tuvo un deseo enorme de agarrar el cuchillo de la cocina y clavárselo. Y mi hermano dice que fue él porque los gritos de Estela se metieron en su sueño y empezó a soñar que le arrancaba el corazón a dentelladas. Dicen que el deseo y el sueño son tan poderosos como la poesía y casi lo creo. Pero no, no puede ser. Ninguno de ellos sería capaz de semejante locura. A pesar de todo se veía que la querían. Cuando menos eso aparentaban. En fin, estoy hecho bolas.

Te suplico que aclares lo antes posible este misterio del que yo soy el único que tiene la culpa. Las criadas la odiaban, es cierto, pero no creo que ellas hayan sido porque estaban en su cuarto. Recuerda que me dijiste que desde la puerta de su habitación hasta el lugar donde estaba mi mujer era fácil tirar un cuchillo y darle en el pecho. También es cierto. Pero te recuerdo que yo estaba en medio vitándole el poema en pleno rostro y lo más lógico es que hubiese dado a mí en la espalda y no fue así. Además, ninguna de las dos sabe manejar un cuchillo; lo he visto a la hora de partir la carne o el pan. Al principio las dos lo tomaban por el filo en vez de hacerlo por el mango. Muchas veces tuve que llevarlas al médico para que les curaran las heridas. De verdad, créeme, suena absurdo e idiota pero así fue. Por otra parte, también son incapaces de semejante tontería; las conozco desde hace tiempo. Me da vergüenza confesarte que con ambas he tenido mis aventuras, y ninguna, estoy seguro, cometió ese crimen tan espantoso. Pongo la mano en el fuego.

Te repito: el único culpable soy yo. Mi madre y mi hermano deliran; ni el deseo ni el sueño son tan poderosos como la poesía. LA palabras tan fuerte que dicen que el Verbo creó al mundo, o mejor dicho, el Verbo fue primero. Así que ya te puedes imaginar si no es capaz de aniquilar a una pobre cristiana.

Tu amigo Teo

oOo

La poesía puede ser capaz de todo: hasta de matar.

Teodosio:

Veo que no has entendido que no debes intervenir en darme opiniones. Ya estoy sobre la pista y me vienes de nuevo con tus estupideces. Te suplico te abstengas de opinar. Casi sé quién es el culpable. Tu carta, sin embargo, vino a aclararme mejor el asunto.

Hace dos días me encontré a tu hermano tomando un café con Vicente Gómez Montero, el dramaturgo; con Mario de Lille y con un muchacho veracruzano de nombre Max y que edita una hoja de asuntos literarios que se llama “El pequeño sol”. Esto lo excluye de toda sospecha, no así a los otros tres y a uno que llegó después y que creo que es extranjero; se llama Fernando Nieto Cadena (es gordo y poeta). Estuve interrogando a tu hermano sin perder de vista a los demás. Desde el primer día dudé de él y creo que no ando errado. Empiezo a creer que el sueño puede ser más fuerte que el deseo y la poesía.

Las criadas, efectivamente, quedan fuera de toda sospecha. Ninguna odiaba a tu mujer como tu madre o tu hermano o tú mismo. Del interrogatorio que le hice saqué en claro (disculpa que te lo diga) que Estela tenía un amante. Este se la pasaba mucho tiempo frente de tu casa; tu hermano lo vio entrar algunas veces cuando tú no estabas y cuando tu madre iba a visitar a tus primas, que, según me dijo, era y sigue siendo muy seguido. Sin embargo, creo que ella también lo supo pero guardaron silencio para evitar una locura de tu parte, y además para no tener que pasar la vergüenza ante sus conocidos. Es por eso que tu esposa no deseaba que continuaran en tu casa. Quería el campo libre. Me contó tu hermano que él entró un día a la casa sin que lo escucharan y alcanzó a oír una conversación en la que él le pedía que te abandonara y se fueran a vivir juntos. Ella le suplicó que tuviera calma, que pronto todo se arreglaría y podría ir con él al fin del mundo. Él le gritó que ya no aguantaba más la situación, que la amaba demasiado para soportar la idea de que estuviese contigo todas las noches. Estela le dijo que no se preocupara, que tú ya no tenías relaciones con ella por ciertos secretos que tenía vergüenza decirle.

Dice tu hermano que en ese momento el amante le dijo que prefería verla muerta que a tu lado. No sé si me cuenta esto para despistarme o si sea verdad. Hoy lo voy a interrogar al susodicho amante. Espero y este golpe no sea muy duro para ti. Lo siento mucho. Estas cosas suelen suceder.

Lácides

oOo

Lácides:

Ahora con mayor razón te digo que soy el culpable. Estoy acabado, no sé qué hacer. Con razón siempre estaba desesperada por que saliera a distraerme. Antes me regañaba si me pasaba un tiempo de más fuera de la casa. Me hacía interrogatorios largos y fastidiosos: ¿con quién andabas?, ¿de dónde vienes?, ¿por qué llegas tan tarde? En fin, para qué meterme en esos recuerdos infernales.

De un tiempo para acá dejó de hacerlo, y al contrario: me incitaba a salir y me decía que podía tardar todo lo que quisiera con mis amigos y que me divirtiera, que al fin y al cabo sólo una vez vamos a vivir. Lo de dejar de tener relaciones fue cosa de ella; me dijo que tenía que descansar, que en esos días su espíritu religioso había despertado con gran intensidad y estaba pasando por una crisis existencial profunda y desgarradora. Yo respeté su decisión y no volví a insistir en tener relaciones, aunque me moría de ganas. Siempre la deseé demasiado. Además, la veía realmente afligida y en ocasiones la encontraba llorando en la oscuridad. ¡Claro, estaba enamorada y la conciencia no la dejaba tranquila!

Hoy no quiero más: SOY CULPABLE.

Tu amigo Teo

oOo

Teodosio:

Creo que no es para tanto. Lo importante es que estás libre de ella y con la oportunidad de buscar otra. Sé que no está bien que te diga lo anterior, pero no se me ocurre otra cosa. En fin, dejemos este tema y pasemos a otro asunto.

Como te dije en la carta pasada, fui a visitar al que era amante de tu mujer (disculpa; creo que es inevitable hablar de ello). Cuando llegué estaba allí Ramón Bolívar, al que le acaban de publicar un libro de poemas. Cuando me vio se hizo el tonto y se fue sin despedirse. Algo trae escondido junto con el otro. En fin, nos quedamos solos el susodicho y yo. Este es un muchacho delgado y de lentes con mucho aumento, llamado Salvador; también es poeta. Me doy cuenta que tu mujer adoraba las letras y esto estaba muy bien. Bueno, bromas aparte. Desde que llegué lo noté muy nervioso. Tan pronto le dije que era investigador privado, sus manos no dejaron de arañar la mesa y sus piernas de volar por el aire, al mismo tiempo que cruzaba una después otra. En dos o tres ocasiones estuvo a punto de quedar anudado. Sus ojos miraban constantemente hacia la puerta con desesperación. Parecía león enjaulado. Por cierto, “León” es uno de sus apellidos. No te digo más porque ahora sí serías capaz de cometer una locura y ya no podría salvarte. Hasta este instante sigues siendo inocente, a pesar de ser el sospechoso número uno. Gracias a mí estás libre. Pero no se trata de que me debas favores ni nada parecido.

Le pregunté cuánto tiempo llevaba de amante de Estela, y le costó un trabajo enorme responderme, no por miedo sino por caballerosidad. Se nota que la amaba. Me dijo que ya tenía mucho de conocerla pero que de amante sólo unos meses. Estuvo con ella el día anterior al crimen. Le llevó de regalo un libro que me gustaría saber cuál es y si realmente me dijo la verdad. No saqué mucho de la visita. Sin embargo, creo estar sobre la pista. Te suplico que permanezcas en tu casa. No salgas, sólo si es necesario. Si no es el asesino podría serlo ahora, pero tuyo. Él piensa que tú la mataste y está furioso. Ten cuidado.

Esto sí que es extraño, ¿no crees?: tú fuiste el engañado y ahora resulta que el ofendido es él. Así de raras resultan a veces las cosas de la vida.

Lácides

oOo

Lácides:

Te puedes imaginar: meses…, ¡ya tenían meses de compartir la cama conmigo! Estoy con la cabeza hecha añicos de tanto darle vueltas y vueltas a todo. No puedo quitarme de encima la imagen de los dos haciendo el amor y riéndose de mí. Esto es verdaderamente una tortura que no sé si podré soportar. No tengo mayor enemigo en este instante que yo mismo. Me estoy destruyendo, me estoy volviendo un criminal. No soporto más, es urgente que vengas por mí. Y no tengas miedo: no sería capaz de averiguar sobre esa persona e ir a matarla; no vale la pena. Ni sería capaz de suicidarme. Basta con mi propio pensamiento, con mi misma imaginación.

Pasando a otra cosa, ya estoy cansado de que me recomiendes qué tengo que hacer. Hoy vino a visitarme Miguel Ángel Ruiz Magdónel y me comentó que también fuiste a interrogarlo, y está preocupado. Dice que él no tiene la culpa de nada, que las palabras que soltó el otro día en la cantina, sobre lo perfecto que había estado el crimen de mi mujer, fue cosa de borrachera y que sólo lo dijo porque le interesa la parte lógica del asunto. Lo vi muy preocupado. Te suplico lo dejes de martirizar. Te repito que soy el único culpable: Miguel Ángel sería incapaz de cometer un delito de tal envergadura. Lo conozco. Además, me parece estúpido lo que andas haciendo; él no estaba en la casa ni tiene que ver nada con mi hermano.

Por otra parte, ya estuve revisando los libros que tenía mi mujer a un lado de su cama y creo que sí sería importante que los vieras. Entre ellos está el que le regaló ese hombre. Tiene una dedicatoria y lo leía en mis propias narices. En pocas palabras le dice que la ama y que va a encontrar varias frases subrayadas que expresan lo que él quiere decirle en silencio. Es un libro de Gibran Jalil Gibran que se llama “Alas rotas”, y algunos de los subrayados parecen dirigidos a mí, no a ella. Te voy a poner unos para que veas que note miento:

“Un pensamiento que se apodera de nosotros en la inquietud de la noche nos conduce a la gloria o a la locura”.

“La mirada lánguida y serena de una mujer nos convierte en el más infeliz de los hombres o en el más desgraciado”.

Hasta aquí llega mi masoquismo.

Tu amigo y único criminal, Teo

oOo

Teodosio:

Hoy pienso ir a tu casa. No salgas. No te hice caso y fui a visitar a otro sospechoso. Es un tal Rodolfo Uribe, creo que es de la Ciudad de México y llegó aquí como investigador a una oficina que se dedica a asuntos agropecuarios, históricos y otras cosas raras. “Yo prefiero este otro tipo de investigación”, le dije cuando me contó a qué se dedicaba. “¿Cuál?”, me preguntó nervioso. “La de los seres humanos que cometen una fechoría y creen que nunca van a ser descubiertos”.

“Muy bien –me contestó-. Mientras sea investigación todo es válido”. Cínico. Su rostro reflejaba cierta ansiedad y me dijo, después de lanzarle una pregunta a la cara, que sí conocía a tu mujer. “Bueno –me dijo-, la conocí muy poco”. Le pregunté cuándo había sido la última vez que la vio y me dijo que un día antes de que la mataran. Le pregunte que en dónde y a qué hora y me respondió que en tu casa y muy temprano. Que había ido por unos libros que tú le ibas a facilitar, pero que no estabas y se retiró a pesar de que tu mujer insistió en que se quedara a tomar un café. “¿Y por qué no aceptó?”, le pregunté casi nariz con nariz. “Porque tenía mucha prisa y además no quería tomarlo”, me contestó el sinvergüenza. “No le creo”, le respondí agarrándolo por las orejas. Se quiso zafar y lo agarré con más fuerzas. Estaba pálido de miedo y de cólera.

He de confesarte que pocas veces me desespero en mis investigaciones y menos en mis entrevistas, pero su cinismo me llegó a exasperar. Me dijo, casi con lágrimas, que él estaba con la conciencia limpia y que yo podía pensar lo que quisiera, que nunca iba a poder demostrar que él era el asesino. No soporté más y lo aventé a la silla de su escritorio ante las miradas de sus compañeros de trabajo. Quiso golpearme con una engrapadora y me quedó otra que sacar la pistola y llevármelo como sospechoso. Su violencia no es común. Creo que ahora sí estoy sobre la pista. Te recuerdo que hoy te visito. No escribas.

Lácides 

Aquí se interrumpe un poco la correspondencia, sin embargo continúa con otra carta de Lácides diciéndole a Teo que al fin encontró al culpable. Esta carta está arrugada. Se nota que al leerla Teodosio no aguantó la rabia, la arrugó y la tiró lejos. Esto es pura elucubración mía tratando de rehacer la historia no relatada en las cartas y que se llevó a cabo detrás de la puerta de esa casa que aún hoy huele a muerte. La carta dice así:

Teodosio:

Ya sé quién es el asesino de Estela. Me tiene sorprendido. Nunca pensé que pudiera ocurrir lo que ocurrió y que es la pura verdad.

Entre los libros que tenía tu mujer encontré uno que le regalé algunos meses. Tú lo debes recordar, fue cuando su cumpleaños. Recordarás que llegué un poco tomado. Sé que sí lo recuerdas. En él está subrayada una parte y tiene una fecha: la misma de su muerte.

¡Era el libro que estaba leyendo!

Se ve que se levantó, había dejado sin terminar de leer un cuento la noche anterior y se metió al baño con el libro para terminarlo. Después salió y subrayó su propia muerte y le puso fecha. Ya cuando llegó a la sala a gritar iba herida. No fue ni la poesía, ni el deseo, ni el sueño los que la mataron, sino algo peor.

El libro es de un escritor que leo mucho, se llama Jorge Luis Borges. Pero no fue él quien la mató, sería incapaz. Pero sí uno de sus personajes: Juan Muraña. Quien “supo lo que saben los hombres, que conoció el sabor de la muerte y que fue después un cuchillo y ahora la memoria de un cuchillo y mañana el olvido, el común olvido”. Fue ese cuchillo el que mató a Estela.

Siento decirte que el olvido, el común olvido, es más fuerte que la poesía, el deseo y el sueño juntos. Es por ello que no había huella en el mango del cuchillo. Recuerda que siempre se ha dicho que el olvido ni huella deja.

Como te podrás dar cuenta yo estoy involucrado en el crimen. Creo que no podemos continuar en esta ciudad. A mí me tildarían de loco al querer demostrar tu inocencia de este modo y a ti te meterían a la cárcel por no existir pruebas contundentes a tu favor. Hay que desaparecer. En estos casos sólo queda esfumarse y que sea el mismo olvido, el criminal que mató a Estela, el que se encargue de matar el recuerdo.

Lácides 

Tomado de Cabrera Jasso, Ciprián. Los Oníricos y otros cuentos del seño de la vida. Gobierno del Estado de Tabasco. 2008