Los orinantes

Josimar Reyes Mosqueda

Cuento líneal de iniciación, que muestra cómo las características cambian de generación en generación, pero los aspectos centrales se perpetúan.

En la llanta, en la defensa, en la puerta, en el poste de luz como los perros…, partiendo de los riñones viaja por los uréteres hasta la vejiga donde espera la micción para ser expulsada a través de la uretra. En la acera, cerca de las cañerías, en una botella, en un muro, en un pilar…, necesidad fisiológica enumerada en la cotidianeidad social el número 1. Su función: eliminar sustancias y toxinas que al cuerpo no le hace falta. En el pasto, en la tierra, en los arbustos, en un árbol, sobre las flores del patio de alguna tía solterona…, fertilizante para cultivos y plantas por sus nutrientes naturales, mucho más efectivos que los inorgánicos. En un retrete, en la bacinica, en una sonda…, Alivia padecimientos si la bebes con ciertas especificaciones. En una fuente, en una alberca, en el mar, río, lago o laguna…, transparente cuando los riñones están limpios, amarillenta en diversas escalas según tu alimentación, y con sangre por litiasis. En la ropa, en la cama, por la ventana del auto, en un monumento… largo llanto líquido que se dispara con presión como el agua de las mangueras con un tartamudeo pueril. En el palacio de Buckingham, en Los Pinos, en la mansión de Oprah o en tu modesto pero acogedor hogar…, de pie por los hombres, sentadas las mujeres, los travestís como gusten.

No importaba el lugar de reunión, en todas era igual, tirar, disparar, morir y reaparecer.

Hace más de una década, durante las vacaciones de verano nos obligaron a dejar los videojuegos. Pasábamos tardes enteras jugando a dispararnos en las plataformas virtuales, mientras afuera el mundo corría sin detener su paso ante miradas embrutecidas. No importaba el lugar de reunión, en todas era igual, tirar, disparar, morir y reaparecer. El calor, de más de treinta y tres grados, anidaba en nuestras frentes produciendo gotas que tragábamos y escupíamos. Las manos, grasientas por las palomitas de maíz, estrujaban los controles, que vibraban. El poco espacio, el enclaustramiento, la incomodidad perdían toda importancia ante la obsesión por el juego.

Nuestras madres terminaros por fastidiarse.

—¡Gastándose la vista y la luz! –dijo mi madre el día que de consenso prohibieron encender las consolas para asesinar el aburrimiento.

Abandonamos la opción de la televisión, siempre era lo mismo, muertos por aquí, asesinatos por allá, temblores en el sur, huracanes en la costa, millonarios que se casaban para luego divorciarse y volverse a casar, caricaturas antiguas o demasiado infantiles. Empezaba la moda de descargar música, pero nunca nos dejaban tocar las computadoras por miedo a que las rompiéramos. Las opciones de entretenimiento se reducían.

Pronto, sin fijarnos en ellos, nos encontramos tendidos en el parque de la colonia. Los cuatro iniciábamos una atapa en la que en nuestros cuerpos sucedían extrañas transformaciones, situación que los libros de texto de primaria no terminaban de explicar, pero nunca faltaba alguien de quince o dieciséis, que entre coños, madres y chingadas resolvía nuestras dudas.

—No manches, ¿cómo que no has entendido la masturbación?

—Sí la entiendo, sólo que no tiene sentido.

—¿Qué, a poco no te gustan las mujeres?

—Sí me gustan. Yo besé a una primero que ustedes. Pero ¿para qué sirve esa onda?

—Pus pá eyacular pensando en una mujer, baboso.

—Bueno, eso sí.

—¿Y si intentamos jugando fútbol? Traigo mi balón del América.

—¿No que te lo ponchó tu primo?

—Ah, sí, ¿entonces qué hacemos?

—No sé.

Los días transcurrían y con ellos las vacaciones se acortaban. Algunos tenían planes para salir al menos un fin de semana fuera de la ciudad; entre los que no, estaba yo. A mi padre le habían recortado el sueldo: “apretarse el cinturón, una verdadera lástima”, sollozaba mi madre por los restaurantes que dejaría de frecuentar.

Abandonamos la opción de la televisión, siempre era lo mismo, muertos por aquí, asesinatos por allá, temblores en el sur, huracanes en la costa, millonarios que se casaban para luego divorciarse y volverse a casar, caricaturas antiguas o demasiado infantiles.

Era urgente hallar un modo de divertirme. Leer cómics funcionaba por momentos, hasta que la espalda se entumecía y el cuello pedía cambio de posición.

—¡Chamaco huevón, muévete! ¡Barre la sala, arregla tu cama, recoge esa ropa! ¡No te comportes como un escuincle!

Sí, era urgente.

Que un bebé orne imprudentemente sobre una persona que le sostiene en brazos es una situación bastante común en películas de comedia, y no por eso deja de ser divertida, en especial para un niño. De ahí surgió la idea, posteriormente lanzada a votación en mi pandilla. Sentado afuera de casa vi a mi vecino, al bajar de su auto, tomar algo de asiento posterior: su hijo. Balbuceó varias veces y agitándolo en sus manos aplicó un sonoro beso cerca del ombligo. Lo imaginé luciendo un vestido floreado, dos trenzas y su cabach pach edición especial que te orina la cara cuando esas su ombligo. ¿Quién hubiera sido tan discreto como para ocultar la carcajada? Yo no. Manos agitadas, ojos cerrados y llorosos, las risas estrujando el aire, avergonzando al vecino…, el pañal húmedo…, el rostro también…, la orina caliente…, salada…, bajando por el rostro…, desahogando los riñones…, liberando la presión…, mi risa…, su vergüenza…, ¡salgan ciudadanos a presenciar este espectáculo!…, las risas…, nuestras risas…, salgan y miren…, la orina…, amarillenta…, balanceando las caderas…, nuestra orina…, nuestra diversión.

No perdí tiempo y reuní al grupo. Presenté la idea, de donde surgieron más propuestas. Mejoras al Plan Úrico. Se votó a favor usando el sistema democrático del levantamiento de mano. Después redactamos entre rayones las reglas a seguir para el buen desarrollo de los ataques (como fue nombrado el acto de orinar en la calle). El equipo: Mengano, Zutano, Fulano y Perengano, para identificarnos del resto de pubertos aburridos.

¿De día o de noche? Esta era la primera complicación, pues podríamos ser fácilmente atrapados por quien nos viera disparando contra su propiedad bajo la luz del sol. Salir de noche era aún más complicado; por eso tuvimos que rogar de rodillas a nuestras madres que nos dejaran salir después de las nueve de la noche con el pretexto de jugar sin el fastidioso sol; a cambio, accedimos a la obediencia total. Logramos la misión tras prometer el diario lavado de platos sin excusas.

A mi padre le habían recortado el sueldo: “apretarse el cinturón, una verdadera lástima”, sollozaba mi madre por los restaurantes que dejaría de frecuentar.

Preparadas las bicicletas, llenas de botellas de jugo, sincronizados los relojes, y sin boxers ni trusas recorríamos las deterioradas calles del fraccionamiento clasemediero, uno de esos lugares alejados del centro de la ciudad, silencioso, por no decir aburrido, con sus fronteras bien delimitadas.

El procedimiento era muy sencillo: elegida la casa, uno tenía que bajar, desenfundar y disparar, ya fuese a la puerta de la casa, al vehículo estacionado, al portón, a las ventanas o en la pared, según lo que estuviese a su alcance. Los demás vigilaban. El sonido producido contra la superficie lo convertía en un acto musical, como las cascadas en medo de un paisaje selvático. Previamente, cada quien tenía la obligación de beber un litro de jugo o refresco, según la consistencia deseada en su orina. Rara vez alguien tomaba agua. Cuando concluíamos el recorrido por cuatro sitios era necesario descansar y recargar munición líquida.

—¡Uffa! ¿Vieron que cantidad disparé contra la Ram negra? Bien dañadita la dejé –Zutano era el más gordo, y sólo por eso presumía de las grandes cantidades de orín vertido sobre los automóviles. Recuerdo incluso que, escondido tras unos arbustos, llegó a darle a un auto en movimiento. Mengano, el temeroso del grupo, le asentó un manotazo en la espalda.

—Las reglas no admiten esos disparos, nos pudieron cachar –dijo con voz medrosa. Yo opinaba lo mismo, pero la diversión me superaba.

Fulano por su parte, era extrañamente ecologista. Entendía un poco de eso como para organizar protestas, pero lo suficiente para dedicar sus disparos a zonas verdes, con entrega inmediata.

El procedimiento era muy sencillo: elegida la casa, uno tenía que bajar, desenfundar y disparar, ya fuese a la puerta de la casa, al vehículo estacionado, al portón, a las ventanas o en la pared, según lo que estuviese a su alcance.

—Todas las proteínas que requieren estas pinches macetitas –también era el más grosero. No tanto como su hermano, quien le había enseñado las palabras que pronunciaba.

—No creo que cooperes mucho, además con el disparo terminas torciendo las flores –alegaba Mengano con su cara seca.

—No te metas, pendejo; eres más culero tú que le tiras a los perros. Y te andas haciendo el maricón luego.

Perros y perras. Mengano odiaba a los canes. Nunca fue mordido por uno, ni ligeramente herido, mucho menos correteado. Era un odio por el miedo que le provocaban. Les temía por su hocico alargado y la lengua colgante. Algunos niños lloran ante los payasos, los zombies, los maestros, pero Mengano temblaba hasta con Scooby Doo.

—Sus dientes picudos…, luego, cuando ladran…, los soñé comiéndose mi estómago –sentado, comiéndose las uñas, con la mirada en el suelo, platicaba semanalmente con voz aguda.

Entonces, cuando consiguió el poder de tomar venganza, lo aprovechó. Siempre, mínimo a un metro de distancia, solemnemente bajaba su cierre. Los ladridos, tras barrotes y varillas, eran la banda sonora de su ataque. Su disparo, el de más presión. Un tanto cruel si lo reflexionamos, aunque en esos años no gastábamos el tiempo reflexionando.

Yo, por mi parte, Perengano, enfocaba los chorros a los pomos de las puertas, a los candados de las rejas, a los timbres, incluso a los teléfonos públicos. La finalidad era que la gente tocase el punto donde mis fluidos fuesen derramados. Cada quien tenía sus preferencias; otras veces nos solidarizábamos para orinar donde nuestros colegas lo hicieran.

Nadie percibía a Los Orinantes: aturdidos por las charlas familiares, las telenovelas, deudas, problemas maritales, depresiones…, el derrumbe moral. Sólo hasta la mañana siguiente, alguna madre de familia se lamentaba por las manchas en el pórtico: “Ha de ser brujería. ¡Qué joder!”. Un asalariado, al tocar la puerta del auto, experimentaba una repulsiva sensación. No faltó quien vomitase al inhalar los ácidos aromas.

Nadie percibía a Los Orinantes: aturdidos por las charlas familiares, las telenovelas, deudas, problemas maritales, depresiones.

Acechados por una luna en forma de risa ladeada, con mosquito como viles vampiros pegados al cuerpo, iluminados por lámparas del ayuntamiento y sudorosos por el calor veraniego esta experiencia superaba a cualquier otra. El mundo absorbía una parte de nosotros, se impregnaba de sustancias pestilentes que luego, evaporadas, subirían a formar criaturas en el cielo. Una protesta a las sociedades donde la niñez está condenada al tedio.

La hermana de Zutano, Sandy, descubrió a Los Orinantes el día que planeábamos el ataque a la iglesia. Un año menor a todos, era la oposición física de su hermano: delgada, de ojos miel, cabello rubio amarrado en una cola, inocente falda de mezclilla, blusa blanca estampada con Piolín y pulseras de hilos color pastel.

—Le diré a mamá que piensan ensuciar la iglesia –gritó con gesto burlón.

—Aguanta, si nos acusas, te acuso por el dinero que le robaste –sujetándola del brazo, Zutano impuso la amenaza.

—No te va a creer.

—Arriésgate entonces.

—Ya pues, pero me tienen que contar de su grupo, podría ayudarles.

Nadie, excepto yo, apoyó la inclusión inmediata: ante tres votos contra uno, tuve que dar mis razones.

—Con ella el grupo será mejor el ataque. Ella vigila, nosotros disparamos.

—Puede chingarnos, pero pus suena bien –dijo Fulano.

—Déjala ya, güey, de cualquier forma, si nos castigan, también la castigaran a ella –dijo Mengano, y fuimos mayoría.

La idea consistía en llegar a la iglesia de la colonia, y mearle cada centímetro al alcance. Once y media, el horario establecido.

Esa noche no pedimos permiso para salir. Si algo habíamos aprendido en los videojuegos eran tácticas de guerra para burlar al enemigo. Después de aceptar viajar en m bicicleta, Sandy me besó en la mejilla. Sentí la coloración de mi rostro. Por fortuna, en la oscuridad, nadie lo notó.

Edificada sobre un montículo de tierra se alza la iglesia. Sería la cumbre de la odisea en que nuestras vejigas fueron protagonistas. Siempre obligados a visitarla con formalidad de los ejecutivos la seriedad de una piedra: era el momento de la revancha. Subimos por las escaleras silenciosamente, atentos a la presencia del velador, ubicado en una caseta de lámina; Sandy tenía que avisar si él se percataba.

Frente al recinto, formados en una sola línea, con dos litros de refresco cargados, Mengano bailoteaba, Zutano apretaba con sus manos, Fulano rascaba su cabeza y yo tensaba las piernas, todo para contener el arsenal. En sincronía bajamos los cierres, desenfundamos, y contamos: 1… 2… 3… Las manchas escurrieron; sonaban los chorros en el cristal de la puerta; Zutano levantó su disparo como una fuente para pegar en lo más alto; simulábamos crear círculos, escribir nombres, encharcar el pasto, limpiar las ventanas: brillante pipí que salpica…, el espíritu se relaja…, y vuelan los chorros…, limpieza a domicilio para la casa del Señor…, hermanos estamos reunidos, vertamos la sangre de…, el cuerpo de…, espumosa como el mar…, alcen su retrete porque este es el cáliz de la vejiga…, el cinturón de Orión apretando las cinturas…, territorio marcado eternamente, el medio sencillo de ser inmortal…, las risas…, el Santo Grial en el hombre…, hombre-agua…, y en agua te convertirás…, nuestras risas…, sí, nuestra diversión.

Tuvimos que rogar de rodillas a nuestras madres que nos dejaran salir después de las nueve de la noche con el pretexto de jugar sin el fastidioso sol; a cambio, accedimos a la obediencia total. Logramos la misión tras prometer el diario lavado de platos sin excusas.

Entonces ahí estaba, en cuclillas, con las piernas juntas, apoyada en las manos, abajo su calzón de ositos y encaje, retenido en los talones, protegida por la suave falta. Unida al ataque en pose tan inocente; sonriendo entre apenada y feliz. Recordé esos labios rozándome; una leve erección representó lo que el amor produce en el cuerpo. Romántica escena ver orinar al ángel de tu vida. Amor de verano, como decía una ridícula canción en los tiempos juveniles de papá.

—¿Quién madres está cuidándonos la espalda? –alcancé a escuchar a lo lejos.

—No pasa nada, el señor no sale –dijo mientras el calzón recorría sus muslos.

Desperté de mi embobamiento cuando escuché ladridos de un perrocallejerocuidaiglesias. Sucedería lo inminente. Mengano chilló un alarmante “¡corran!”. Nadie lo hizo, excepto el animal. Los captores pudieron ser derrotados si hubiéramos permanecido juntos. Lamentablemente, ese tipo de perros, mientras estén bien alimentados, rastrean el miedo. Prendido por la playera, Mengano entró en un estado de histeria, controlado hasta varios minutos después. Acatando la regla de cuidar a los colegas, no pudimos huir del velador. De ahí los primeros caídos.

Los padres conocieron la situación. Restringieron los recorridos nocturnos. Mengano esperó más allá del regreso a clases para recuperar totalmente la tranquilidad. El padre de Fulano tomó muy en serio el papel autoritario: le dejo moretones en los brazos y la espalda.

—¿Cómo chingada madre se te ocurre hacer semejante estupidez? ¿Naciste pendejo? –reprendió el padre quien, aún más grosero que sus hijos, daba lecciones concisas de comportamiento- ¡Eres un hijo de la verga, ya vas a aprender!

Sandy cargaba el remordimiento de ser la culpable; mi hombro la consolaba y con cariñosos besos en la cabeza le daba a entender que los riesgos eran bien conocidos por los cuatro. A pesar de los elementos perdidos, decidimos segur la misión de los ataques en memoria de Fulano y Mengano. Ahora de día, los tres pedaleábamos buscando lugares indefensos. En una de esas, Zutano orinó el portón donde vivía uno de sus enemigos escolares. Una mujer obesa apareció escoba en mano.

—Chamaco malcriado, ya verás.

—¡Apúrale, ya nos cachó la puerca! –chille involuntariamente.

Zutano, acelerado y de reflejos veloces, subió su cierre para dirigirse a la bicicleta. Lo perdimos: pellejos estrujados entre los dientecillos; circuncisión gratis y sin anestesia. La Cruz Roja lo condenó a más de dos semanas de reposo.

Recordé esos labios rozándome; una leve erección representó lo que el amor produce en el cuerpo. Romántica escena ver orinar al ángel de tu vida. Amor de verano, como decía una ridícula canción en los tiempos juveniles de papá.

Solos: una niña y un niño silenciados por la incertidumbre de no saber lo que seguía. Decidimos quemar el reglamento; yo volví a usar la trusa. Mengano, Zutano y Fulano aceptaron el final, y aplaudieron mi noviazgo con Sandy. Nunca mearíamos otra vez la colonia maliciosamente.

El último fin de semana de las vacaciones, hallé a Sandy sentada en la entrada de su casa. Abría y cerraba las piernas en un juego de impaciencia, ahí pude ver algunas estrellas rosadas cobijadas por la faldita de seda. Apretó mi mano, y me miró unos segundos como si fuéramos a cometer un pecado. Sacó su lengua y sonrió.

—¿Quieres un helado? –desempolvó su trasero al ponerse de pie.

Entramos. Zutano dormía en su cuarto y los padres no estaban. Un poco nervioso, me sentí débil al pasar junto al baño. Pedí su permiso para entrar. Otra erección se abultaba tras la mezclilla. Desenfundé y entendí que la nueva forma de diversión estaba aquí: antes de regresar a comer helado, sacudí mi arma.

 

Tomado de Sánchez Salinas, Gamaliel (compilador). ¡Cuentos, joven! Muestra de autores tabasqueños. Suum Cuique Editorial. Villahermosa, Tabasco. 2012