Érase una vez un cuento en línea

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Cuento erótico

Aprendiz de voyeur 

Alicia Delaval

Este relato erótico voyeurista, de la novela “Las vírgenes terrestres”, es un antecedente de la literatura erótica escrita por mujeres en la tradición  literaria tabasqueña.

Susana y Felipe descendieron del carro pero, como siempre, la posdata les resultó más larga que la carta. Esa noche se habían acariciado como nunca; pero aun así no se sentían satisfechos tal vez porque las caricias son, en el amor, como el vino dulce y fuerte que en lugar de saciar la sed, la fustiga.

La joven hizo amago de abrir la puerta y entrar; pero Felipe, excitado, la atrajo hacia, la encerró en sus brazos y buscó la boca que se le entregó, como siempre, apasionada.

Las caricias son, en el amor, como el vino dulce y fuerte que en lugar de saciar la sed, la fustiga.

“Es una de las cosas que más amo en ella –se dijo el muchacho-, sabe besar; pone en sus besos tal fuego que uno se siente arder en una maravillosa e increíble hoguera”.

Luego ella se recostó en el umbral y él fue deslizando su boca por el cuello de su novia hasta el comienzo de la garganta, allí donde se abre el magnífico camino de los senos. Susana poseía unos senos duros y morenos, tan breves, que no necesitaba brasier para llevarlos siempre erguidos, túrgidos como pequeñas lanzaderas, y Felipe los amaba y conocía todos sus secretos.

Cuando él abrió la blusa, ella suplicó: -Aquí no, amor, pueden vernos… -pero la calle, totalmente desierta, les devolvió la tranquilidad y él pidió-: Sólo un instante, querida, solo un instante por favor… -Y cuando Felipe decía aquel “por favor” Susana no sabía resistirse, porque lo amaba, lo amaba como no podría amar a nadie más. Era el primer hombre en su vida y esperaba y deseaba, de todo corazón, que fuese el único; porque no concebía que pudiese haber ninguno más.

Como si fuese a ella a quien Felipe estuviera besando, Zoila gimió en su escondite: “Muérdeselos, hazle daño” y la intensidad de este deseo la hizo estremecerse, vibrar con tal fuerza, que tuvo que cerrar los ojos un instante pues la emoción que la poseía era tan real que sintió como si los dientes del hombre se hubiesen hincado en sus pezones.

“Muérdeselos, hazle daño.”

Jamás había experimentado una cosa igual y a pesar de sus interrogantes no se lograba explicar qué fuerza maligna la arrastraba a espiarlos, noche a noche. Había veces que se excusaba de salir sólo por no perder el espectáculo que la pareja le brindaba en el momento de la despedida.

Felipe volvió a buscar la boca de Susana; mientras su mano diestra en tales menesteres recorría pausadamente la anatomía de la muchacha. En eso, se acercaban unas personas por la acera de enfrente y ella abrió apresuradamente la puerta de su casa y se metió.

“Tengo que hacer penitencia” –reconoció Zoila; pero sintió tal urgencia que se dijo que no podía esperar el domingo sino que tenía que ser en ese mismo instante, pues todo el cuerpo le ardía como si estuviese preso de fiebre.

Recordó que se encontraba casi sola en la casa. Su madrina había ido al cine con el esposo; los niños dormían en sus recámaras.

No lo pensó más y se dispuso a castigarse.

Con una llavecita de la que nunca se separaba abrió su cómoda y sacó una caja de donde extrajo los objetos más inverosímiles: alfileres de diferentes tamaños, lápices de afiladas puntas, ligas, horquillas y un largo trozo de alambre de púas.

“¿Y si llegara mi madrina…?” –Se preguntó alarmada, pues aunque cada quien tenía su recamara a veces se le ofrecía algo y entraba a hablarle o a contarle cualquier tontería; pero la hora la tranquilizó: eran apenas las 11 y la última función salía hasta después de las 12, con lo que tenía más de una hora.

No lo pensó más y se dispuso a castigarse.

Tomó un frasco de alcohol y desinfectó concienzudamente los objetos, mientras se despojaba del camisón de dormir quedándose completamente desnuda dentro del cuarto de baño que era el lugar preferido para hacer sus penitencias.

Formando con él una especie de cilicio, como el que había leído que usaban para disciplinarse muchas religiosas, se ciñó en la cintura el alambre y luego se colocó los diversos objetos punzantes en las regiones más delicadas de su cuerpo, hasta que cada partícula de su carne era lastimada con algo: la punta de un lápiz, la presión de una horquilla, de una liga o de cualquier otro objeto… Se tendió en el piso y con un pequeño fuete, recuerdo de su padre, empezó a flagelarse los muslos contando los golpes. Cuando llegó a los cincuenta, se dio vuelta para descargar otros tantos sobre la otra nalga.

Había aprendido a retardar lo que llamaba el éxtasis de la penitencia y lo hizo así para que éste no le llegara demasiado pronto.

Tomo luego los alfileres que había dejado dentro del frasco con alcohol y los fue enterrando en los muslos enrojecidos, saboreando plenamente el dolor que se causaba.

“Cómo me gustaría que otra persona fuese la que me castigara…” Al segundo comprendió que deseaba un imposible. “¿Quién iba a entender sus deseos de hacer penitencia…? De menos iban a imaginarse que estaba loca y a nadie le gusta que duden de su razón…”

Apretó el improvisado cilicio para que las púas le penetraran más y volvió a flagelarse pensando, como otras veces, que era su padre quien la estaba azotando; pero extrañamente el éxtasis no le llegó ni con este pensamiento.

Tomado de Delaval, Alicia. Las vírgenes terrestres. Capítulo 4, segunda parte.

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3 Comentarios

  1. Manuel Tamez

    Lo mejor que he leído en este sitio. Sigue por ahí.

    • Luis Acopa

      Gracias por visitar y leer este espacio de difusión y divulgación cuentística.

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