Cata

Gerardo Rivera

Narrador, poeta, maestro, profuso investigador de la literatura tabasqueña, fabulista oral y gran conversador.

Contigo no hago el amor aunque me pagues, me decía cata cada vez que se cambiaba de ropa y hasta de sus prendas íntimas frente a mí. La acepté en casa porque había sido mi alumna en otro tiempo, pero en los últimos días le había ido mal. Cata dormía conmigo cuando no salía con otros hombres, pero no permitía que le hiciera el amor ni que la acariciara. A veces, cuando estaba dormida, estiraba la mano para tocarla, porque dormía desnuda. Pero hasta en sueños adivinaba mis movimientos incluso cuando estaba a punto de tocarle el vello púbico.

Cuando regresaba tomada, pensaba que ahí me podría aprovechar para poseerla y tocarla a mi antojo, mas ella se dormía con sus jeans puestos, que le ayudaban a resaltar mejor su figura, provocando que la deseara más. A veces pensaba que Cata se veía mejor vestida, pero cuando salía del baño, desnuda, era como si el Diablo me tentara y hasta sentía cólera por no poderla convencer. Llegaba al cinismo de echarse talco y cremas en el cuerpo frente a mis ojos escrutadores, hasta pasarse el rastrillo por los bordes del pubis, cercano a la vagina, cuando estaba citada para ir al mar y se iba a colocar un bikini.

Cata me hacía regalos frecuentes y hasta satisfacía caprichos culinarios. En agradecimiento, la invitaba de vez en cuando a comer fuera y a tomarnos un buen vino para ver si al fin cedía, pero no.

En esos momentos sentía como la sangre subía de temperatura y comprendía a los violadores que, enardecidos por el sexo, cometen actos indebidos. Pero a Cata no podía hacerle eso, porque mientras fue mi estudiante fue una de las mejores alumnas. Además, fui el primero en enterarme cuando tuvo su primera menstruación, quien le enseñó a usar ropa interior fina, aunque después la luciera ante otros hombres.

Aunque tenía buen sueldo, Cata me hacía regalos frecuentes y hasta satisfacía caprichos culinarios. En agradecimiento, la invitaba de vez en cuando a comer fuera y a tomarnos un buen vino para ver si al fin cedía, pero no. Siempre ocurría igual, decía que para ella yo era como su padre y con eso desarmaba todas mis intenciones. Una noche, para calmar mi fiebre y darle una lección, llevé a casa a una prostituta, pero no se inmutó. Incluso tuvo la desfachatez de acercarse a nosotros para corregirnos una postura y nos hizo ejecutar un acto de malabarismo, del que dijo, aprendió de un diplomático de la embajada rusa que conoció en un hotel. Después se desnudó, se metió al baño, salió, fumó un cigarro y mientras despedía a la puta en la puerta y le pagaba sus servicios, ella tendía otra sábana sobre la cama, dispuesta a dormir.

A partir de entonces, roto el hielo de mi desnudez, empecé a desenvolverme sin ropa por la casa. Pero ella mantenía la actitud de un niño que no ha despertado al sexo y ni siquiera siente curiosidad por el cuerpo ajeno.

Cuando alguien le rompía una ilusión regresaba a casa llorando, y se recostaba en mi hombro. Entonces comprendía que algo de cierto había en ella de que yo era como su padre y por eso no debíamos tener sexo.

Cata a veces no regresaba por las noches y yo no dormía, preocupado por lo malo que pudiera ocurrirle en sus andanzas. Al siguiente día regresaba sin darme una explicación, aunque en el interior yo sintiera irrefrenables ganas de romperle el cuello, que después de hacerle el amor, era otro de los más fuertes deseos que me inspiraba. Luego nos íbamos a pescar y se bañaba desnuda. En el fondo éramos como un matrimonio, que ya no necesitaba de consumarlo en lo carnal. Cata, en el fondo no podía vivir sin mí y yo sin ella.

Cuando alguien le rompía una ilusión regresaba a casa llorando, y se recostaba en mi hombro. Entonces comprendía que algo de cierto había en ella de que yo era como su padre y por eso no debíamos tener sexo. Tratando de provocarla, le pedía que me contara algunas cosas de su vida, lo que veía en los demás. Me refería historias espeluznantes de prostitutas que habían sido masacradas y enterradas o lanzadas después en terrenos rocosos de los que, sin haber estado en ellos, conocía el lugar, los había visto, en donde había cientos de ellas, mujeres anónimas en su mayoría. Nunca supe si lo que decía era verdad. Sólo que una noche no volvió y tuve miedo de no volver a verla. Después de tres días empecé a buscarla, pero no encontré pista alguna. Al día siguiente vi una fotografía en el periódico, tal como ella lo había narrado. La asesinaron y la tiraron en alguna parte y no la volví a ver. Pero cuando la pienso, después de muchos años, tengo el presentimiento de que un día volverá, que no se ha ido lejos. De vez en cuando le compro alguna ropa de su gusto, de la que le gustaría lucir en su cuerpo cuando se iba con otros hombres. Siento la ilusión de verla otra vez, estrenando ropa íntima en esas partes en donde nunca dejo que entrara mi mano.